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Relatos Ardientes

Lo que pasaba en el local del lustrabotas

Hubo una temporada, hace ya unos años, en que mi rutina favorita era bajarme del autobús dos paradas antes de la mía y caminar hasta el local de Hilario. Lustraba zapatos en una avenida ancha del centro, una de esas que llaman «eje vial» desde que cambiaron las nomenclaturas. Llevaba ahí desde que por esa calle todavía pasaban los viejos trolebuses, y conocía las botas de los oficinistas del rumbo como si fueran caras.

El local era amplio para lo que era. En la pared lateral había levantado una tarima alta con dos plazas: asientos de respaldo curvo donde el cliente quedaba a la altura ideal para que él trabajara sin necesidad de agacharse. Abajo, dos placas metálicas ennegrecidas por años de betún servían de apoyo para los pies. A la entrada, un aparador vertical con chicles, cigarros sueltos y dulces de menta tapaba la vista desde la banqueta. Cumplía dos funciones: ocultaba al cliente del peatón y, sobre todo, le avisaba a Hilario quién entraba antes de que la otra persona alcanzara a verlo a él.

Me sentaba ahí cuando me sobraba tiempo entre clases. Pagaba el lustre y me quedaba leyendo los cómics que guardaba en una caja bajo la tarima. A veces, si pegaba la hora muerta —entre la una y las dos, cuando los oficinistas comen—, sacaba de un cajón distinto un par de revistas que no eran de cómics. Las dejaba sobre mis muslos sin decir nada, como quien comenta el clima, y volvía a su trabajo. Yo hojeaba fingiendo indiferencia, y dejaba que la sangre se me fuera juntando en silencio.

—Ya no te voy a prestar nada —me dijo una tarde, mirando sin disimular el bulto del pantalón—. Por lo visto, no tienes con qué bajarle a tanta inquietud.

Mientras lo decía me pasó la palma de la mano por encima de la tela. Una caricia firme, sin preguntar nada, como si fuera parte del servicio. La primera vez me sacó de onda, pero en lugar de cerrar las piernas las abrí un poco más.

—¿Y a ti qué te pasa? —dije, sin lograr el tono de reclamo que pretendía—. ¿Tú sí tienes con quién?

—Yo, no —contestó, y se le borró la sonrisa de golpe. Volvió a concentrarse en el zapato—. Ya no tengo a nadie.

Me sorprendió. Llevaba meses tratándolo y nunca lo había visto perder la chispa. Le pregunté, medio en broma, si era casado. Asintió sin mirarme.

—Lo era. Hace siete meses corrí a mi mujer de la casa. Era una puta.

No insistí. Pero él, después de un rato de silencio, sacó de la bolsa de la camisa una fotografía con las orillas gastadas, plastificada en algún kiosko para que no terminara de romperse.

—Aquí estuvimos en el balneario de Las Estacas, allá por Morelos. Imagínatela sin el traje de baño. Te juro que está mejor que cualquiera de las viejas que salen en las revistas que te presto.

Me puso la foto en las manos. Era una mujer morena clara, de melena negra muy larga, sentada sobre una toalla con la espalda recta y los pechos amenazando con derramarse del bikini blanco. Las caderas le tensaban la tela de la pantaleta. Junto a ella, Hilario sonreía con torpeza, una mano en su cintura y una cerveza en la otra. Tenía razón: la figura de su esposa le ganaba a las muchachas pálidas y sin grasa que aparecían en las páginas amarillentas de la revista, esas que se empalaban felices contra fondos de cartón.

—Se llama Aurora —dijo. Y entonces empezó a contarme.

Llevaban casi tres años de casados, cogiendo todos los días sin falta: al despertar, antes de venirse al trabajo; al mediodía, antes de comer; y en la noche, cuando volvía. Una mañana ella le pidió que recibieran al hermano menor, que había llegado de un pueblo de la sierra y andaba buscando trabajo en la capital. Sería sólo una temporada. Él aceptó.

Lo primero que cambió fue el ritmo. Empezaron a coger menos, a hacer menos ruido. Prácticamente sólo le quedaba la sesión del mediodía, cuando el cuñado salía a tocar puertas. Después, ni eso: el muchacho empezó a regresar antes de la una, justo a tiempo para frustrar la única hora segura.

—Un día —siguió Hilario, sin levantar la vista del cepillo—, el vecino de junto me jaló a un lado en el patio y me dijo que él pensaba que el hermano era yo. Que escuchaba mucho jaleo entre semana, en horas raras.

—¿Y qué hiciste?

—Me encabroné. Al día siguiente, en lugar de venirme a trabajar, me metí en el departamento del vecino.

No tuvieron que esperar mucho. A los veinte minutos empezaron a escucharse los rechinidos de la cama del otro lado del muro, y enseguida los gemidos de Aurora. El vecino lo agarró del brazo cuando lo vio amagar con salir. «Tranquilo», le dijo, «vamos despacio, agarrémoslos en pleno acto, no a medias». Bajaron al patio, abrieron la puerta del departamento de Hilario con la llave que él traía y entraron sin hacer ruido. Encontraron a Aurora montada sobre el cuñado, encima de la cama deshecha, las dos cabezas inclinadas y ella con los pechos colgando sobre la cara de él.

—Era buen mozo —dijo Hilario, casi con una admiración fría—. Y la tenía más grande que yo. Los huevos también, eso lo vi desde abajo de la mesa, porque nos escondimos los dos primero para escucharla pedir.

Aurora le rogaba que le mamara las tetas. El cuñado le pasaba la lengua por los pezones mientras ella se dejaba caer hasta el fondo, una y otra vez. Hilario sintió, según me dijo, que se le paraba la verga del puro coraje mezclado con la imagen. Pero el coraje pudo más. Salió de debajo de la mesa y se les fue encima al cuñado, que apenas alcanzó a tomar el pantalón y el resto de la ropa antes de salir corriendo casi desnudo por el pasillo. Aurora se le colgó del cuello para que no lo siguiera. El vecino, también con la verga marcada en el pantalón, lo ayudó a sostenerlo y después lo sentó en la cama para que se calmara.

—La eché esa misma noche —dijo—. Antes de que se me ocurriera ponerle la mano encima.

Me quedé callado. Él limpiaba el zapato con un trapo suave, los ojos brillosos. No lloraba, pero le costaba seguir.

—Lo peor vino después —siguió, casi en voz baja—. Como a la semana, fui a voltear el colchón. Cuando lo levanté, abajo había un montón de papel sanitario usado. Ella se limpiaba ahí. El olor me pegó como un golpe. Se me paró como resorte, ahí mismo, hincado al pie de la cama, oliendo. Recordando.

—Hilario…

—No me digas nada. Me la jalé encima de esos papeles. Y los guardé. Durante meses los usé para venirme, oliéndolos.

Suspiró largo y me devolvió la foto a las manos para que la mirara mejor. Aurora me sonreía desde el balneario como si supiera lo que él me estaba contando.

—¿Y ya no la volviste a ver?

—Hace tres semanas, en el mercado. Me pidió que volviéramos. «Ya no tengo hermanos», me dijo. Cínica.

Soltó una risa seca y guardó la foto en la bolsa de la camisa. Cuando me bajé de la tarima, le pagué con un billete y le di un par de palmadas en la espalda, como si eso compensara algo. Él volvió a sacar la foto en cuanto salí.

***

La siguiente vez que pasé por el local, me senté con la sensación de que algo había cambiado entre los dos. No sabría explicarlo. Él lo confirmó al instante.

—¿Cómics o las otras revistas? —preguntó.

—Las otras. Pero también quiero ver la foto de Aurora.

—Eres un cabrón —dijo, y me pasó la mano por encima del pantalón. Esta vez no fingí incomodidad. Abrí las piernas y se acomodó mejor.

Sin dejar de tallarme con la palma, sacó la foto del bolsillo y me la puso entre los dedos. Me apretaba los testículos por encima de la tela con la delicadeza de un orfebre, mientras yo me empapaba en la sonrisa morena de la mujer. Después me bajó la cremallera. Hice el gesto de detenerle la mano.

—Tranquilo —dijo—. Te va a gustar.

Sacó del mismo bolsillo dos polaroids que yo no había visto antes. Eran de Aurora completamente desnuda, recargada contra la pared de un cuarto que parecía ser el suyo. En una sonreía, en la otra abría las piernas mirando a la cámara sin pudor. Se me secó la boca.

Él se inclinó sobre mí y me la empezó a mamar. Yo cerré los ojos, abrí los dedos sobre los muslos, dejé las polaroids resbalando hasta la entrepierna y me concentré en imaginar que era Aurora la que tenía la boca encima. Me vine en su lengua. Él se la tragó, me limpió con la franela y me volvió a guardar todo en su sitio. Después regresó a lustrar el zapato como si nada hubiera pasado, y en ese instante entró un señor de traje pidiendo brillo doble. Yo me bajé y salí a la avenida con las piernas flojas.

***

Un mes después llegué al local en plena hora muerta. Hilario estaba atendiendo a una mujer joven, no llegaba a los treinta, con falda corta y blusa abierta dos botones de más. Estaba sentada en la otra plaza, las piernas cruzadas y descruzadas cada tres minutos. Cuando se cruzaban, la falda se le subía. Cuando se descruzaban, mostraba más de la cuenta. Yo intenté concentrarme en la revista de cómics que él me pasó, pero cada vez que ella se movía, la mirada se me iba.

—Espérame, ahorita te atiendo —me dijo Hilario, divertido.

Cuando ella terminó, se inclinó sobre la tarima y le dio un beso en la mejilla. A mí me sonrió y me hizo un saludo perezoso con la mano antes de salir a la calle.

—¿Conquista nueva? —pregunté.

—Una de las muchachas del rumbo. Mi clienta desde hace meses. Por eso le gusta dar cinito: aquí pesca clientes nuevos.

—Ah, mira tú.

—Ya me cansé. Tengo que ir a comer a la casa. ¿Vienes?

Adiviné la otra intención por debajo de la frase. La putilla me había encendido y yo no estaba con ganas de irme caminando solo. Asentí.

Caminamos cinco cuadras hasta una vecindad vieja, de esas con patio central y viviendas pegadas de un solo cuarto, separadas por paredes de mampostería delgada y techos de lámina de asbesto. Entonces entendí por qué su vecino había escuchado a Aurora con tanto detalle: ahí, una conversación en voz alta del cuarto de al lado pasaba sin pérdida.

Adentro, la cocina daba al cuarto y el cuarto daba al baño. Una sola pieza, en realidad. Abrió el refrigerador, sacó dos caguamas y me dio una. Nos sentamos en el borde de la cama a tomarlas con calma. Él sacó las polaroids del bolsillo y me las pasó. Sin avisar, me puso la mano en el muslo y empezó a recorrerlo de adentro hacia arriba. Esta vez no se conformó con la tela. Me bajó el pantalón, después la trusa, y me dejó desnudo de la cintura para abajo para acariciarme sin prisa. Yo, mientras tanto, no podía dejar de mirar a Aurora.

Acabamos los dos desnudos en la cama, en un 69. Dejé las fotos a un lado y me concentré en él. Tenía razón: estaba bien dotado. Sólo me cabía uno de los huevos a la vez en la boca. Él, mientras tanto, jugaba con los dos míos al mismo tiempo, revolviéndolos con la lengua. Seguimos así hasta vernos venir uno detrás del otro.

—¿Quieres sentirlo adentro? —preguntó, todavía con la respiración cortada, blandiendo el suyo, que volvía a crecer.

Le dije que no. Pero me dio antojo de volvérselo a chupar y bajé. Fue cuando me sujetó la cabeza con las dos manos. Yo intenté zafarme. Él apretó. Me empujó hasta el fondo y se vino en mi garganta sin avisar, ahogándome. Tosí, lo escupí como pude, le di un manotazo en el muslo y me incorporé.

—Eres un salvaje, cabrón.

Él se reía. Se carcajeaba, más bien. Recogí mi ropa del piso y me vestí con prisa, sin mirarlo. Aurora seguía sonriéndome desde la polaroid que había quedado sobre la mesita de noche.

—No te enojes —dijo entre risas—. Te juro que la próxima…

—No hay próxima.

Salí dando un portazo. Esa noche, en mi cuarto, me la jalé pensando en Aurora, no en él. Decidí, mientras me venía, que no volvería al local. Y cumplí. Cambié de avenida, cambié de bolero, dejé de bajarme dos paradas antes. Nunca lo volví a ver.

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