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Relatos Ardientes

La travesti que subió a mi taxi de madrugada

Manejo un taxi desde hace casi diez años. La mayor parte de mis vueltas las hago de noche, por la zona céntrica y los barrios que rodean la capital. Cuando uno trabaja tantas horas detrás del volante termina creyendo que ya lo vio todo: borrachos discutiendo con el cajero, parejas peleándose en plena vereda, chicas saliendo de los bares a las cinco con los zapatos en la mano. Pero esa madrugada me llevé una sorpresa que todavía me cuesta contar en voz alta.

Estoy casado hace nueve años y tengo dos hijos. Mi sueldo en el otro trabajo no alcanza para nada, así que los días francos y la mayoría de las noches las paso adentro del taxi. Hasta esa noche, jamás se me había cruzado por la cabeza estar con alguien que no fuera una mujer. Ni siquiera lo pensaba como una posibilidad. Lo digo de entrada, porque después de lo que voy a contar, uno mismo se queda mirándose al espejo distinto.

Eran cerca de las tres de la mañana. Bajaba por una avenida grande, de esas que a esa hora quedan vacías y solo se ven las luces amarillas de los semáforos parpadeando para nadie. Vi una figura en la vereda que levantó la mano. Una mujer alta, falda rosa corta, una especie de tapado blanco y botas blancas hasta la rodilla. Bajé la velocidad y paré a media cuadra.

Subió atrás, perfume fuerte, voz dulce. Me dio una dirección del otro extremo de la ciudad, casi cuarenta minutos por la autopista interna. Acepté sin pensarlo dos veces. A esa hora, una carrera larga es una bendición.

—¿Hace mucho que estás trabajando? —me preguntó.

—Desde las nueve —contesté, sin sacar los ojos del retrovisor.

La miré con más atención. Era guapa, con el pelo lacio cayéndole sobre los hombros y los labios pintados de un rojo casi negro. Pero había algo en la mandíbula, una sombra apenas marcada bajo el maquillaje. Y la voz, aunque la cuidaba, tenía un fondo grave que la traicionaba. En ese momento entendí que no era una mujer. O que sí lo era, pero no del modo en que yo estaba acostumbrado a entenderlo.

No dije nada. Seguí manejando.

Por dentro me preguntaba qué me estaba pasando. No sentí asco, no sentí rechazo. Sentí curiosidad. Me la quedé mirando por el espejo cada vez que la luz de un cartel le pintaba la cara. Ella cruzaba y descruzaba las piernas, despacio, sabiendo perfectamente que yo la estaba mirando.

—¿Te molesta? —preguntó en algún momento.

—¿Qué cosa?

—Que sea travesti.

Tardé en contestar. Apreté el volante un poco más fuerte de lo necesario.

—No —dije al final—. Cada uno con lo suyo.

Sonrió y se acomodó el pelo. No volvimos a hablar hasta llegar. La dirección era un edificio bajo, una de esas torres viejas con la entrada apenas iluminada por un tubo fluorescente que parpadeaba.

—Llegamos —dije, mirando el reloj del taxímetro.

Se quedó quieta en el asiento. No abrió la cartera, no buscó la billetera. Solo me miró a los ojos por el retrovisor.

—Tengo un problema —dijo.

Me di vuelta despacio. Ya sabía lo que venía.

—No tienes plata.

—No tengo. Pero te pago el viaje con otra cosa, si quieres.

La sangre me subió a la cabeza, pero no de excitación, todavía no. Era bronca. Llevaba doce horas pegado al volante y me salía una propuesta así, como si fuera lo más natural del mundo.

—Bájate —le dije seco.

—Espera.

—Te dije que te bajes.

—No te vas a arrepentir. Te lo juro que no te vas a arrepentir.

Apreté la mandíbula y la miré otra vez. Tenía los ojos clavados en los míos, sin desafío, sin miedo. Solo la firmeza de alguien que sabe exactamente lo que está ofreciendo y cuánto vale.

—Tengo familia —dije, como si eso pudiera importarle a ella o a mí.

—No te pido que dejes a nadie. Te pido cinco minutos.

Me quedé en silencio un rato largo. La avenida estaba muerta. Un perro cruzó por el medio del asfalto sin apuro. Por la ventanilla del acompañante entraba el aire frío de la madrugada. Sentí el corazón latiéndome contra las costillas.

—Dale —dije, y me quise morir apenas las palabras me salieron de la boca.

Sonrió como si hubiera ganado algo. Se bajó del asiento de atrás y dio la vuelta al auto. Cuando abrió la puerta del acompañante y se metió adelante, el perfume me invadió todo. Era un olor dulce, casi empalagoso, distinto al que usaba mi esposa.

—Reclínate —me dijo bajito.

Apreté la palanca del asiento y me dejé caer hacia atrás. El techo del taxi se transformó en una mancha gris con una luz testigo encendida. Cerré los ojos un segundo y los volví a abrir.

No estás haciendo esto. No estás haciendo esto de verdad.

Empezó por arriba del pantalón. Las uñas largas, pintadas del mismo rojo oscuro de los labios, dibujaban círculos lentos sobre la tela. Yo no tenía nada que hacer, así que me quedé quieto, mirando las luces del cartel del edificio a través del parabrisas. La sentí respirar cerca de mi oreja, y eso fue lo que terminó de despertarme más que las caricias.

Cuando se dio cuenta de que ya estaba duro, me bajó el cierre con cuidado. Sacó todo afuera con una destreza que me dejó mudo. Era evidente que esto no era la primera vez para ella. Ni la segunda. Ni la décima.

—Tranquilo —dijo, y bajó la cabeza.

Sentí la lengua antes que la boca. Una pasada larga, desde la base hasta la punta, lenta, como si estuviera probando un postre. Pegué un manotazo al apoyabrazos sin querer. Casi se me escapa una maldición en voz alta.

—Está bien, está bien —dijo, y siguió.

Lo que vino después no se parece a nada que me hayan hecho antes. Mi mujer no me hace eso. La aventura que tuve hace años tampoco. Es algo distinto. Hay una técnica, una entrega, una falta de apuro que yo no sabía que existía. Cada vez que la boca subía, la lengua jugaba alrededor de la punta; cada vez que bajaba, hacía un ruido apenas audible que me ponía la piel de gallina.

Me agarró los testículos con la otra mano, los apretó suave. Yo había abierto las piernas sin darme cuenta. Tenía las dos manos sobre el volante y los ojos cerrados, y el ruido del motor en marcha era un colchón sordo debajo de todo. La radio policial seguía sonando bajito, hablando de un choque en el cruce de la quince.

No sé en qué momento le agarré la nuca. Lo hice como si fuera una mujer, sin pensarlo. Le hundí los dedos en el pelo y la guié, le marqué el ritmo. Ella se dejó hacer, sin queja. Y entonces le toqué los hombros, las piernas, las nalgas firmes que me sorprendieron entre la tela del tapado. Estaba duro como nunca y la cabeza me iba a mil revoluciones.

—¿Te falta poco? —me preguntó, separando la boca un instante.

—Sí —respondí, casi sin aliento.

Aceleró el ritmo. Yo apretaba el volante como si fuera a arrancarlo. Cuando me vine, le llené la boca y ella no se movió, no se sacó. Se quedó ahí hasta que terminé de temblar. Después se incorporó despacio, se acomodó el pelo y se pasó la mano por los labios como si estuviera retocándose el rouge frente al espejo.

—Tranquilo —volvió a decir.

Yo no podía hablar. Tenía el corazón saliéndoseme por la garganta. La miré, y lo que más me asustó no fue lo que acababa de hacer. Fue darme cuenta de que quería volver a hacerlo.

—Ese servicio lo cobro doscientos —dijo, sonriendo—. Pero como me trajiste hasta acá, dejémoslo así.

Me reí sin querer. Asentí con la cabeza.

—Me llamo Yamila —agregó, sacando una tarjeta del bolsillo del tapado. La dejó sobre el tablero—. Si quieres que sea tu clienta, llámame.

Bajó del auto sin esperar respuesta. Cerró la puerta despacio. La miré caminar hasta el portón del edificio, con esas botas blancas y ese paso de mujer que ningún apellido le iba a sacar nunca. Después miré la tarjeta. Un nombre, un número, ninguna otra cosa.

***

La guardé en la guantera. Pasé tres semanas mirándola cada vez que abría el compartimiento, repitiéndome a mí mismo que no iba a llamar. Cuando llegaba a mi casa, abrazaba a mi mujer y me hacía a la idea de que aquella madrugada había sido un accidente, una cosa rara, algo que le pasa a cualquier trabajador después de tantas horas sin dormir.

Tres semanas exactas tardé en marcar el número.

—Hola, soy el taxista —dije, sintiéndome ridículo.

Yamila no preguntó cuál taxista. Solo dijo el nombre de una esquina y me citó a las dos de la mañana.

Desde entonces paso por ella una o dos veces por mes. Nunca la llevo a ningún lado. Nos quedamos en algún descampado, en alguna calle sin luz, y ella hace su trabajo y yo le pago lo que vale. A veces hablamos del partido del domingo, a veces de mis hijos. Una vez me contó cómo se escapó de su casa a los quince años. Otra vez lloró y yo no supe qué decirle, así que le aflojé un poco más de plata y le di un cigarrillo.

Nunca la penetré. No me animé, no me dieron las ganas, no sé bien cómo explicarlo. Pero esas mamadas que me hace Yamila no las he encontrado en ninguna otra boca. Y aunque me cueste decirlo en voz alta, aunque me siga sintiendo raro cada vez que se baja del taxi y vuelvo a mi casa con mi esposa esperándome en la cama, esto es una de las pocas cosas que tengo solo para mí.

Es mi confesión. La guardo acá, en estas líneas, porque a ningún cura me animaría a contársela.

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Comentarios (5)

VoyeurNocturno

no me esperaba ese giro jajaja, tremendo relato

NachoCRD

buenisimo, quede con ganas de mas. Por favor seguí!

ElChofer_BA

la advertencia del principio me mató de la risa, muy creible todo jaja

Torcuato_77

increible lo autentico que se siente, como si lo hubieras vivido de verdad. Sigue publicando así

MayraOscura

¿y como terminó la noche entera? necesito la segunda parte ya jaja

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