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Relatos Ardientes

La noche que perdí mi virginidad sin estar lista

Llegué al edificio con los huesos rotos. No sé bien si me dolían más las piernas por la doble serie de sentadillas que Esteban, mi entrenador, me había hecho repetir, o la cabeza por los dos exámenes que rendí antes del receso. Sumá a eso a Andrés llamándome desde el mediodía con ese «aguántame que estoy mal» que ya empezaba a hartarme, y a los borrachos de la mesa diez del restaurante, los mismos que cada viernes se creen con derecho a apoyarme la mano en la cintura porque dejan propinas largas. Mandé a Andrés al carajo por teléfono entre comanda y comanda. A los del restaurante les sonreí y les bajé la cerveza, porque eso es lo que se hace cuando uno cumple apenas seis meses pagando sus propias cuentas y todavía le faltan dos años para terminar la carrera.

Acababa de cumplir diecinueve. Hasta esa noche, me sentía más adulta de lo que en realidad era.

Camila, mi compañera de departamento, dormía hecha un ovillo en el sillón con el televisor encendido. Le bajé el volumen, le tiré una manta encima y entré a mi habitación sin hacer ruido. El primer gesto que hago siempre al llegar es desvestirme. No me gusta dormir con el olor del trabajo en el pelo, ni con las medias marcadas en las pantorrillas.

Mientras me sacaba el pantalón negro del uniforme, volví a pensar en los hombres de la mesa diez. Me molestaba, sí, pero había algo allí que no me animaba a confesar ni a mí misma. Me había sentido deseada. Atractiva. Una de esas mujeres a las que la gente mira y olvida en qué andaba antes. Sentí un cosquilleo conocido entre las piernas, un tirón húmedo que me apretó el coño de golpe, y maldije a Andrés por no haber sido decente esa tarde. Si no me hubiera arruinado el día con su drama, ya estaríamos por teléfono, yo con dos dedos metidos en la concha y él contándome al oído cómo me la iba a coger, fantaseando con cosas que ninguno de los dos había hecho todavía.

El celular vibró sobre la cómoda. Era él.

—Estoy abajo. Baja un segundo, por favor. Te traje algo.

Suspiré. Lo quería demasiado como para mandarlo a dormir a su casa después de haber cruzado media ciudad en colectivo. Le dije que subiera. Me puse un sweater largo, de los que me quedaban casi como vestido, y nada más. Mi cabeza repetía un mantra mientras bajaba a abrirle: dos besos, una caricia, hasta ahí. Mañana hay que estar a las ocho en clase de literatura.

***

Cuando abrí la puerta y lo vi con un ramo de fresias blancas, todos mis planes se rompieron a la vez. Andrés no era de los que regalaban flores. Las fresias eran las que mi mamá ponía en la mesa los domingos. Algo en ese detalle me ablandó por completo.

Lo dejé pasar. Mientras yo buscaba un florero en la alacena, él me miraba desde el living como si me viera por primera vez. Me acerqué con el frasco vacío en una mano y, antes de soltarlo, ya estaba en sus brazos. Lo abracé del cuello, salté y le crucé las piernas alrededor de la cintura. Olía a su perfume y al humo de la parada del colectivo.

Sus manos me sostuvieron por los glúteos. El sweater se me había levantado del todo en el salto y sentí sus palmas calientes contra la piel, recorriéndome la goma de la bombacha, intentando colar los dedos por debajo. Me tironeó la tela hacia un costado y me metió la punta del dedo del medio directo en la raja, arrastrándolo desde el culo hasta el clítoris, y encontró todo empapado. Se le escapó un gemido ronco contra mi cuello.

—Estás chorreando, Sofi. Mierda.

Al mismo tiempo, su verga creció contra mí, separada apenas por la tela del jean. La sentí latir contra mi pubis, gruesa, pidiendo salir. Yo, que un momento antes pensaba en frenarlo, empecé a moverme contra él como si ya me la estuviera cogiendo, despacio, restregando el coño mojado contra el bulto del jean, contra la pared del pasillo. Le mordí el labio, le metí la lengua en la boca hasta el fondo, y él me apretaba el culo con las dos manos, separándomelo, hundiéndome los dedos.

Si antes me había sentido húmeda, ahora estaba empapada. Sentía un hilo de flujo bajándome por el muslo.

—Vamos a mi cuarto —le susurré al oído—. No hagas ruido. Camila duerme.

Lo llevé de la mano por el pasillo. Cerré la puerta con cuidado y giré la llave. Pensé que íbamos a quedarnos en una caricia larga, en un faje hasta dormirnos abrazados, sin cruzar la última línea. Pero Andrés me sacó el sweater por la cabeza antes de que yo pudiera reaccionar. Quedé parada al lado de la cama, descalza, con la bombacha pegada al cuerpo y la mancha húmeda visible en la tela, un óvalo oscuro que me marcaba el coño como si fuera un cartel.

Él se me tiró encima antes de sacarse la ropa. Me empujó contra la cama, me chupó una teta y después la otra, mordiéndome los pezones hasta que se me pusieron duros como piedritas. Me lamía en círculos, se los metía enteros en la boca, y cada tirón me repercutía derecho entre las piernas. Bajó por el vientre a los besos, me enganchó la bombacha con los dientes y me la fue arrastrando por los muslos hasta sacármela. La tiró al piso húmeda.

Se quedó mirándome el coño de cerca, con la respiración pesada. Yo tenía las piernas apenas abiertas y una vergüenza nueva, distinta a la del vestuario del gimnasio. Él me separó los muslos con las dos manos, me abrió los labios con los pulgares y hundió la cara. La primera pasada de lengua me hizo arquearme entera. Me lamía de abajo hacia arriba, largo, chato, y después me chupaba el clítoris hasta agarrarlo entre los labios y tironearlo despacio. Yo le agarré la cabeza y se la apreté contra la concha, sin pensar, moviéndole el pelo, cogiéndole la cara. Se me escapaban chillidos que trataba de tragar mordiéndome la muñeca para que Camila no oyera.

—Callate, callate —me decía él con la boca llena, con los labios brillantes de mi jugo—, callate que te va a escuchar.

Me metió dos dedos y siguió chupándome. Los curvaba adentro, buscando algo que yo no sabía que tenía, y de pronto me apretó un punto que me sacudió las piernas. Se me contrajo todo el vientre, el culo, los dedos de los pies. Le grité en la mano que me acabara, que no parara, y él aceleró, chupando fuerte, metiendo y sacando los dedos con un ruido líquido que hasta a mí me daba pudor. Me vine en su boca, mordiéndome el brazo, con los ojos apretados y las caderas alzadas, empujándole la cara. Me temblaba todo.

Cuando levanté la cabeza para mirarlo, tenía la barbilla ensopada y una sonrisa de nene.

Él se desnudó frente a mí con torpeza, enredándose en el jean. Cuando se sacó el bóxer vi que también tenía la tela manchada de líquido preseminal. Era la primera vez que veía a un hombre así, real, no el cuerpo de una revista ni el de un actor en una película pirateada. La verga se le paraba pegada al ombligo, gruesa, con una vena azul cruzándola de un lado, el glande morado brillando de tanto pre. Me daba miedo y curiosidad por partes iguales.

Me la quedé mirando y, sin pensarlo, me arrodillé al borde de la cama. Se la agarré con la mano derecha —no me la abarcaba entera— y le pasé la lengua desde los huevos hasta la punta. Andrés se estremeció y soltó un jadeo largo. Me animé más. Me la metí en la boca, primero solo la cabeza, chupando despacio, sintiendo el sabor salado del preseminal en la lengua. Después bajé, tratando de tragarme todo lo que pudiera, hasta que me golpeó el fondo de la garganta y me arcadeé. La saqué con hilos de saliva colgando y volví a metérmela, esta vez marcando un ritmo, ayudándome con la mano en la base. Le lamí los huevos, me los metí en la boca de a uno, y volví a subir a chupársela entera.

—Sofi, Sofi, pará —me pidió agarrándome del pelo—, pará que me vengo en tu boca.

Los dos éramos vírgenes. Lo habíamos hablado un montón de veces, hasta nos habíamos prometido que cuando llegara el momento sería distinto, lento, conversado. Lo de esa noche no se parecía a ninguna de las versiones que habíamos imaginado.

***

Me acosté de espaldas, cerré los ojos y dejé que el peso de su cuerpo me cubriera. Sentí su boca en el cuello, en la oreja, en el hombro. Sentí también que él buscaba, sin acertar, dónde meterse. Embistió contra mi muslo, contra mi vientre, dejándome un rastro de líquido pegajoso en la piel, contra todo menos donde había que ir. La verga se le resbalaba por la raja, me la restregaba contra el clítoris, me golpeaba el vientre con la punta. La torpeza me ablandó un poco; pensé que íbamos a reírnos del enredo y que después podríamos volver a empezar.

Pero el deseo me venció. Le tomé la verga con la mano derecha, la sentí latir en la palma, dura y caliente, con la izquierda me abrí los labios del coño y lo guié hasta donde yo creía que iba. El glande encontró la entrada, se acomodó ahí, ancho, y empujó. Apenas un centímetro. El dolor fue mucho más fuerte de lo que esperaba, un desgarro caliente que me subió hasta la boca del estómago.

—Despacio —le pedí en voz muy baja—. Por favor, Andrés. Despacio.

No me escuchó. O me escuchó y no le importó. O sintió, como me explicó después, que si paraba se iba a romper. Dejó caer el peso entero de su cuerpo sobre el mío y de una embestida seca me metió la verga hasta donde mi cuerpo lo dejó entrar. Grité. No sé si fuerte o bajo, no sé si Camila me escuchó del otro lado de la pared. Sé que enterré los dedos en su espalda, que le arañé desde los omóplatos hasta la cintura, y que las lágrimas me empezaron a salir solas, no por la emoción que había imaginado, sino por el ardor de sentirme abierta a la fuerza.

Él intentó moverse, sacar y meter, imitando lo que había visto en mil videos. Sacaba casi toda la verga y me la volvía a clavar de un golpe, sin ritmo, buscándose el placer y no el mío. Cada embestida me prendía fuego por dentro; sentía cómo me raspaba las paredes, cómo me golpeaba adentro con la punta. Quise pedirle de nuevo que parara, pero apenas me salía la voz. Su cadera chocaba contra la mía haciendo un ruido húmedo, obsceno, mezclado con mis jadeos entrecortados. A los pocos minutos —segundos, tal vez— lo sentí endurecerse todavía más, agarrotarse encima de mí, y después un calor distinto, líquido, chorros gruesos llenándome adentro, uno detrás de otro. Andrés se desplomó sobre mí, agitado, con la verga todavía latiendo en mi coño, vaciándose, repitiéndome al oído que me amaba, que había sido increíble.

Yo solo pensaba en sacármelo de encima. Lo empujé suave, después con fuerza. Su miembro seguía semirrígido y la salida fue casi tan dolorosa como la entrada. Sentí el semen escurriéndoseme entre los muslos, tibio, mezclado con algo más espeso y oscuro que no quise mirar. Me senté en el borde de la cama, abrazada a mis rodillas, y le dije que se vistiera y se fuera.

—Pero amor…

—Vete. Por favor.

***

Camila apareció con la bata mal puesta y los ojos hinchados de sueño. No me preguntó nada. Me levantó del codo como si yo fuera una niña con fiebre y me llevó al baño. Abrió la ducha caliente, probó el agua con la muñeca y me ayudó a meterme. Se sentó en la tapa del inodoro y se quedó ahí, en silencio, mientras yo lloraba bajo el chorro y veía cómo el agua se llevaba entre mis piernas los restos de él, hilos blancos y rosados que se iban por la rejilla.

Cuando salí, ella había cambiado las sábanas de mi cama. Había una taza de té de tilo en la mesita de luz. Camila me dijo solamente una cosa antes de apagar la luz.

—No fue tu culpa. No te pongas a pensar que fue tu culpa.

Esa noche me prometí, con la solemnidad ridícula con la que uno se promete cosas a los diecinueve años, que no iba a dejar entrar nunca más a un hombre en mi cama.

***

Tres meses después rompí la promesa. Con el mismo hombre.

Andrés volvió a buscarme con una paciencia que no le conocía. Me invitó a caminar por la rambla cuatro tardes seguidas sin pedirme nada. Me preguntó qué había sentido, qué me había dolido, qué hubiera querido yo que pasara. Yo, que en el restaurante había aprendido a despachar a hombres con una sonrisa, no supe qué hacer con uno que escuchaba.

La segunda vez fue en su departamento, con la luz prendida y las ventanas abiertas. Me pidió permiso para cada cosa. Empezamos hablando, después besándonos vestidos en el sillón, después él arrodillado en el piso entre mis piernas, chupándome el coño como si estuviera aprendiendo un idioma, mirándome cada tanto para confirmar que iba bien. Me hizo venir dos veces con la boca antes de tocarme con la verga. Cuando me la metió, esa vez sí, despacio, un centímetro por vez, preguntándome «¿así, así está bien?», me di cuenta de que el cuerpo mío podía abrirse sin dolor, chupar la verga adentro, apretarla, moverse a favor. Terminé arriba, cogiéndomelo yo, con las manos apoyadas en su pecho, marcando el ritmo, viéndolo venirse mientras yo me acababa por tercera vez esa noche.

Lo que vino después fue una aventura larga, ordenada, casi metódica. Cada encuentro empezaba con una conversación. Probamos cosas que en su momento me parecieron audaces y que hoy me dan ternura: se la mamé con hielo en la boca, dejé que me la metiera por el culo con paciencia y mucha saliva, me hice acabar en la cara, me lo comí después de que él se viniera adentro mío. Aprendí a decir lo que quería y a pedir lo que no. Aprendí a acabarme de a chorros mojándole la mano. Aprendí, sobre todo, que el cuerpo de una mujer no se rinde por la fuerza: se entrega cuando le da la gana, se abre cuando quiere y se cierra cuando no.

Esa relación duró poco más de un año. Lo que nació en aquella noche de fresias blancas y bombacha mojada se transformó en algo que no se parecía a la fantasía adolescente que yo cargaba antes. Era más sucio, más conversado, más mío.

De esa primera vez me quedó una certeza incómoda: el dolor no fue del todo por culpa de Andrés ni del todo por la mía. Fue porque dos vírgenes pretendieron, con el cuerpo, lo que nadie les había explicado con palabras. Hoy, varios años después, sigo escribiendo en cuadernos lo que descubrí esa noche y todas las noches que vinieron después. Pero esa es otra historia, y también voy a contarla.

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Comentarios(8)

PatriciaRos

Que relato tan fuerte. Me llego al corazon de una manera que no esperaba. Muy bien escrito.

KarenMDP

Me trajo recuerdos que tenia muy guardados... a veces la primera vez no es como uno se imagina. Gracias por animarte a contarlo.

lectora_cba

Buf, que final mas duro. Muy honesta la historia.

Ana_rom

Escribis con mucha sensibilidad, se nota que viene de un lugar real. Seguí así!

Marinela_Uy

De los pocos relatos de esta categoría que tienen emocion de verdad, no solo morbo. Me gusto muchisimo, espero que sigas escribiendo.

Camila_B33

Quede con ganas de saber como siguio despues de esa noche. Por favor una continuacion!!!

RodrBA_lector

Buenisimo, de lo mejor que lei aca. La narracion te mete adentro de la historia sin esfuerzo.

Valentina_cts

Me identifiqué demasiado con esto jajaja, aunque prefiero no contar los detalles. Muy buen relato.

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