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Relatos Ardientes

Lo que mi tía Caro me confesó esa noche

Me llamo Lucía, aunque casi todo el mundo me dice Lu desde que tengo memoria. Tengo veintinueve años, vivo sola en un departamento del centro y, hasta hace un par de semanas, creía que había terminado de ordenar mi vida. Soy delgada, de pechos pequeños, caderas marcadas y unas piernas que entreno cuatro veces por semana en el gimnasio de la esquina. Lo único que me faltaba, y que se fue dando un portazo, era el amor.

Marina me dejó. Así, sin demasiados rodeos. Estuvimos juntas un año y siete meses, los suficientes para acostumbrarme a su olor en la almohada y a su café mal hecho los domingos. Una mañana cualquiera me dijo que necesitaba pensar y, dos días después, me llamó para confirmar que ya no había nada que pensar.

Nadie en mi familia sabe que soy lesbiana. Ni mi madre, ni mis hermanas, ni mi tía Caro. Para ellos, Marina era mi compañera de departamento, una amiga muy cercana con la que compartía gastos. Cuando llamé a mi madre llorando aquella noche, le inventé que mi novio Joaquín me había dejado. Era más fácil. Era el guion que ellos esperaban escuchar.

Mi tía Carolina —Caro para todos en casa— tiene treinta y cinco años, apenas seis más que yo. Más que tía, siempre fue como una prima mayor: la que me llevaba al cine cuando yo era adolescente, la que me prestaba ropa, la que se reía conmigo de los regaños de mi madre. Está casada con mi tío Ernesto desde los veintiuno y, durante años, todos pensábamos que eran la pareja perfecta.

Cuando se enteró del supuesto desplante de Joaquín, no preguntó. Hizo una valija pequeña, manejó tres horas y se apareció en mi puerta un viernes a las nueve de la noche con dos botellas de vino blanco y una bolsa de comida tailandesa.

—Te quedás conmigo el fin de semana —dijo, y me abrazó antes de que pudiera protestar.

Lloré sobre su hombro. Lloré por Marina, lloré por la mentira que estaba sosteniendo y lloré, sobre todo, por la sensación de estar sola en una casa que de pronto me quedaba demasiado grande. Caro no preguntó nada. Me dejó llorar hasta que el cuerpo me pidió silencio.

***

El sábado por la noche teníamos una invitación que no me animaba a cancelar. Unas amigas en común organizaban una cena en su casa, algo informal, en teoría para distraerme. Caro me convenció.

—Vamos un rato. Si te sentís mal, nos venimos. Te lo prometo.

Me puse un vestido negro, corto, que hacía meses no usaba. Caro apareció en la sala con una minifalda también negra y una blusa de seda color crema. Me quedé mirándola más de la cuenta. Tenía la piel muy blanca, las piernas torneadas y un perfume que reconocí de cuando yo tenía quince años y le robaba el frasco a escondidas.

—¿Tan mal me veo? —preguntó al notar mi pausa.

—Te ves preciosa —dije, y desvié la mirada hacia el espejo.

La cena fue lo que temí. Cinco parejas, una mesa redonda y nosotras dos como las únicas mujeres sin alguien al lado. Mis amigas eran amables, pero cada chiste interno entre maridos y esposas me hundía un poco más en la silla. A Caro le pasaba algo parecido: se reía cuando tocaba, brindaba cuando tocaba, pero la sonrisa no le llegaba a los ojos.

A medianoche le hice un gesto desde el otro lado de la mesa. Nos despedimos con cualquier excusa. En el camino al departamento paramos en un quiosco que abría toda la noche y compramos una botella de gin y dos limones.

—Necesitamos hablar —dijo Caro cuando cerramos la puerta.

—¿Yo o vos?

—Las dos, supongo.

Nos servimos los tragos en la mesa baja de la sala. Le pasé un almohadón. Ella se descalzó, dobló las piernas debajo del cuerpo y me miró de una forma que me puso nerviosa sin entender muy bien por qué.

—Me estoy separando de Ernesto —soltó.

Casi se me cayó el vaso. Caro y Ernesto eran, en mi cabeza, una postal fija. Nunca habían discutido delante de nadie. Iban juntos a todas partes. Mi madre los ponía de ejemplo cada vez que yo me quejaba de algún novio inventado.

—¿Qué pasó?

Bajó la mirada. Tomó un sorbo largo de gin. Pasaron diez segundos eternos antes de que volviera a hablar.

—Le dije algo. Algo que tenía guardado hace años. Y desde entonces no me mira igual.

—¿Qué le dijiste, Caro?

Negó con la cabeza. Yo le tomé la mano. La tenía fría, con las uñas pintadas de un rojo oscuro.

—No te puedo contar a vos. Justo a vos no.

—¿Por qué justo a mí?

Levantó los ojos y se quedó callada un momento, como midiendo cuánto podía decir. Después se rió, una risa nerviosa, casi infantil.

—Porque vas a pensar que estoy loca.

—Te aseguro que no.

Apretó el vaso entre las dos manos. Cuando habló, lo hizo casi en un susurro.

—Le confesé que siempre tuve curiosidad por estar con otra mujer.

Sentí el corazón en la garganta. No era posible. No esa noche. No con ella. La miré buscando algún rastro de broma, pero Caro tenía los ojos clavados en la mesa y las mejillas encendidas como si tuviera fiebre.

—¿Y nunca lo hiciste? —pregunté, intentando que la voz no me temblara.

—Nunca. Lo pensé. Lo soñé. Pero nunca me animé.

Hubo un silencio largo. Yo tenía dos opciones: cambiar de tema, hacer un chiste, salvar el momento. O hacer lo otro. Lo que llevaba diez minutos pidiéndome el cuerpo.

—¿Y por qué no probás? —le dije, mirándola fijo.

—¿Con quién, Lu? Tengo treinta y cinco años, estoy a punto de divorciarme. No voy a salir a un bar mañana a buscar una desconocida.

—No tenés que ir a ningún bar.

Lo dije sin pensarlo y el aire de la sala cambió. Caro levantó la cabeza despacio. La luz amarilla de la lámpara le marcaba los pómulos. Vi cómo tragaba saliva.

—¿Qué me estás diciendo?

No respondí con palabras. Me arrodillé en el sillón a su lado, le sostuve la cara con las dos manos y le besé la mejilla. Muy cerca de los labios, pero no en los labios. Quería que ella diera el último paso.

Lo dio. Giró la cabeza apenas dos centímetros y me besó. Un beso suave, asustado, breve. Cuando se separó tenía los ojos cerrados, como si temiera abrirlos y descubrir que se había equivocado.

—Caro, mirame.

Abrió los ojos.

—No te voy a contar nada a nadie —le dije—. Y si querés que esto termine acá, terminamos. No pasa nada.

Negó con la cabeza. Esta vez fue ella la que me agarró la cara y me besó con fuerza, sin pedir permiso. La boca le sabía a gin y a algo más, algo que yo conocía de memoria por las amantes anteriores y que no me esperaba encontrar en mi tía.

***

Nos desnudamos en silencio en el medio de la sala. Le bajé el cierre de la falda con las dos manos. Ella me sacó el vestido por la cabeza, despacio, como si tuviera miedo de romperlo. Cuando quedamos en ropa interior, se quedó mirándome y soltó una frase que me derritió:

—Sos hermosísima, Lu. No me había dado cuenta.

La llevé al dormitorio de la mano. La luz quedó apagada, solo entraba la del pasillo en diagonal sobre la cama. La acosté de espaldas, le saqué el corpiño y le besé el cuello, el hueco de la clavícula, el centro del pecho. Sus pezones rosados se endurecieron antes de que los rozara con la lengua.

—Decime si te incomoda algo. Cualquier cosa.

—No me incomoda nada —dijo en un hilo de voz—. Seguí.

Bajé despacio. Le besé el ombligo, le mordí apenas el hueso de la cadera, le hice esperar. Caro tenía la respiración pesada. Cuando le saqué la última prenda y separé sus piernas con cuidado, vi que estaba mojada hacía rato.

La probé primero con un beso largo, sin lengua. Después me animé. Recorrí cada pliegue con paciencia, jugando con el clítoris a veces con la punta, a veces con los labios. Caro se tapó la boca con una mano para no gritar; era ridículo, estábamos solas, pero le respeté el gesto. Subí el ritmo cuando sentí que ya no podía contenerse. Le clavé las uñas en la cara interna de los muslos. Le metí la lengua hasta donde pude.

El primer orgasmo le llegó antes de lo que yo había imaginado. Le sacudió todo el cuerpo, le arqueó la espalda y la dejó temblando varios segundos. Subí a darle un beso en la boca para que se sintiera. Tenía los ojos llenos de lágrimas.

—¿Estás bien?

—Estoy mejor que bien. Dejame hacerte algo a vos.

—No tenés que hacer nada que no quieras.

—Quiero.

Me empujó suavemente para que me acostara boca arriba. Empezó por los pechos, con timidez, hasta que se animó a usar los dientes. Bajó por la línea del estómago como yo había bajado por el suyo. Cuando llegó entre mis piernas, dudó un instante. Después dejó de dudar.

No era inexperta. O al menos no se notaba. Aprendió rapidísimo lo que me gustaba, lo que me hacía respirar más fuerte, lo que me hacía abrir más las piernas. Me hizo terminar con la lengua y un par de dedos que se movían torpemente al principio y con seguridad después. Cuando me quedé quieta, me subió por el cuerpo y se acomodó encima de mí.

—No sabía que se podía sentir así —dijo.

—Ahora sabés.

Nos quedamos un rato en silencio, su cara sobre mi pecho, mi mano recorriéndole la espalda. Después ella sugirió, con una sonrisa que ya no tenía nada de tímida, hacer algo que había leído alguna vez en una revista. Nos acomodamos al revés, una sobre la otra. Fue el primer sesenta y nueve de su vida, y se notaba el entusiasmo. Tampoco fue el último de la noche.

Perdí la cuenta de los orgasmos. En algún momento le rocé el culo con un dedo, mirándola para ver si la espantaba. No la espanté: me devolvió el gesto con la boca, despacio, atenta a cómo respondía mi cuerpo. Caí rendida y ella, lejos de detenerse, me abrió las piernas otra vez y volvió a hundirse entre ellas como si quisiera grabarse el sabor para siempre.

***

Amaneció con el sol entrando por la ventana del dormitorio y nosotras dos enredadas debajo de la sábana. Caro tenía el pelo revuelto y una marca roja en el cuello que iba a tener que tapar con maquillaje.

—¿Te arrepentís? —le pregunté antes de que pudiera levantarse.

—De nada. ¿Vos?

—Tampoco.

Se quedó pensando un rato. Después me miró con esa misma expresión que había puesto en la sala, la noche anterior, cuando me confesó lo que llevaba años guardándose.

—Lu, no quiero volver con Ernesto.

—Ya lo sé.

—Y tampoco quiero irme de acá.

Se mordió el labio. Yo no dije nada al principio. Estaba pesando cada palabra. Mi familia, mi madre, las explicaciones imposibles. Y al mismo tiempo, su cuerpo todavía pegado al mío y la sensación de que, después de Marina, no me imaginaba a nadie más en esa cama.

—Quedate —le dije al fin—. Vamos a inventar algo. Hace años que les miento sobre quién soy. Una mentira más no va a matarme.

Sonrió. Me besó en la frente.

Eso fue hace ocho meses. Caro firmó los papeles del divorcio en marzo, dejó la ciudad donde vivía con Ernesto y se mudó conmigo. Para la familia, comparte el cuarto de huéspedes porque alquilar sola le sale carísimo. Para mí, comparte la cama desde la primera noche.

Algún día vamos a tener que contar la verdad, o por lo menos parte de ella. O quizás no. Quizás baste con que dos mujeres de la misma sangre se hayan encontrado en el peor momento de las dos y hayan decidido salvarse juntas, en silencio, sin pedir permiso.

Por ahora, ésta es mi confesión.

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Comentarios (5)

MarisolPBA

que historia tan linda, me llego al corazon. De esas que no se olvidan facil

VeronicaLec

Por favor que haya una segunda parte! Quede enganchada desde el primer parrafo y cuando termino ya queria mas

Roxana_BA

Increíble... de las mejores que leí acá

silvana_bcn

Me recordó a una conversación que tuve con mi mejor amiga hace años, de esas que lo cambian todo. Muy bonito y bien contado

LectoraOsada

Me quedé pensando como habrá seguido todo entre ellas despues de esa noche. Muy bien escrito

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