Aquella noche descubrí cómo se sentía un orgasmo
Siempre fui una chica curiosa, pero también demasiado callada para preguntar lo que de verdad quería saber. Crecí en un pueblo pequeño, en una casa con dos hermanos mayores y unos padres que cambiaban de tema cada vez que en la televisión aparecía una escena más explícita de lo que ellos consideraban decente. La sexualidad existía, por supuesto, pero existía siempre del otro lado de la puerta cerrada del dormitorio de mis padres, o en los chistes que mis hermanos contaban entre dientes en el pasillo.
A los doce empecé a notar cosas raras. Cuando me sentaba a horcajadas sobre el reposabrazos del sofá del salón para ver dibujos, una corriente cálida me subía por la espalda y se me iba directa a la nuca. Lo hacía sin darme cuenta, mientras pasaba los canales con el mando, y solo entendía que cuando me levantaba tenía las mejillas calientes y la respiración un poco más rápida.
En el baño me había acostumbrado a mirarme. No de un modo morboso, sino con la concentración con la que se mira un mapa antiguo. Me conocía cada lunar, cada pliegue, cada vello nuevo, pero no entendía qué hacía mi cuerpo con todo aquello.
La palabra exacta llegó por sorpresa, en sexto curso, durante una charla que dieron en el gimnasio de la escuela. Una psicóloga jovencísima, con coleta alta y zapatillas blancas impolutas, nos habló de menstruación, de anticonceptivos y, casi al pasar, de masturbación. Mencionó el término como si fuera una palabra cualquiera y luego siguió con las diapositivas. A mi lado, Carolina me dio un codazo y soltó una risita. Yo no me reí. Yo me quedé apuntando la palabra en el margen del cuaderno, con la letra pequeña, para que nadie la viera.
Masturbación.
No me atreví a buscarla esa noche. Ni la siguiente. Pasaron meses, casi un año entero, antes de que aquella palabra volviera a aparecer en mi vida. Fue durante un recreo, mientras Carolina y otra compañera, Mariana, hablaban en voz baja sobre lo que hacían cuando se quedaban solas en sus cuartos. Ellas se reían con una naturalidad que me hirió. Yo no entendía la mitad de las cosas que decían y no quise preguntar. Volví a casa con la curiosidad raspándome por dentro.
Esa tarde mi madre estaba en el supermercado y mis hermanos en sus entrenamientos. La casa olía a la lavanda del suavizante y al pan que se había quedado tostándose en la cocina. Me senté frente a la computadora del comedor, la de toda la familia, y abrí el navegador en una ventana de incógnito.
Para entonces ya sabía que existía esa opción. Lo había aprendido en clase de informática, casi por casualidad. Tecleé la palabra entera, con todas sus letras, y el primer resultado fue un artículo larguísimo de una revista para adolescentes. Lo leí dos veces. Lo leí una tercera. Aprendí, casi como quien estudia para un examen, que no era algo malo, que la gente lo hacía, que se podía sentir placer tocándose.
Y aprendí, sobre todo, que existía otra cosa.
Pornografía.
La palabra aparecía dos veces en el artículo, entre advertencias responsables y enlaces a páginas oficiales. Pero yo ya no estaba leyendo el artículo. Yo estaba mirando la barra del navegador con el corazón en la garganta.
***
No lo hice esa tarde. No tuve valor. Apagué la computadora como si hubiera robado algo y me fui a mi cuarto a hacer los deberes con manos torpes. Pero la idea no me soltó.
Pasé tres noches dándole vueltas. Tres noches en las que cenaba mirando al plato, en las que respondía con monosílabos, en las que me iba pronto a la cama solo para acostarme boca arriba y mirar el techo. La cuarta noche, un viernes, mis padres se acostaron temprano y mis hermanos se quedaron en casa de unos amigos.
Eran las once y media. La casa estaba en silencio.
Me levanté en pijama, cerré la puerta de mi habitación con llave —cosa que casi nunca hacía— y volví a meterme bajo el edredón con el teléfono en la mano. Tenía el pulso en el cuello, las orejas calientes y la boca tan seca que tuve que tragar dos veces antes de teclear nada.
Abrí la pestaña de incógnito. Escribí una sola palabra. La borré. Escribí otra. La borré también. Al final, sin pensar, dejé que mis dedos hicieran solos y tecleé cualquier cosa que terminara con un punto y una extensión que conocía nada más de oídas. El primer enlace que me apareció fue una página azul oscura, con miniaturas en cuadrícula, muchas de ellas tan explícitas que aparté el teléfono de la cara como si quemara.
Toqué un video al azar. Sin filtrar, sin buscar, sin entender los iconos pequeños que aparecían encima.
Lo que apareció en pantalla me cortó la respiración.
En el sofá de un salón limpio y demasiado iluminado, una mujer rubia y un hombre castaño hablaban en inglés. Pulsé el botón de avanzar diez segundos, otra vez, otra vez, hasta que la conversación se terminó. Apareció entonces otro hombre desde la izquierda del encuadre. Más alto, más serio, con la camisa medio abierta.
La rubia se deslizó del sofá hasta quedar de rodillas sobre la alfombra. Los dos hombres seguían sentados. Cuando empezaron a desabrocharse los pantalones, yo apreté el teléfono entre las dos manos para que no se me cayera.
Era la primera vez en mi vida que veía una polla erecta. Más bien dos.
Me quedé mirando como quien mira un fenómeno natural, sin parpadear. Una parte de mí, la más infantil, pensó por un segundo que tenían que ser falsas. Que era todo un truco, prótesis, efectos especiales. La otra parte, la que ya no podía mentirse, sintió que el aire del cuarto cambiaba de densidad.
La mujer empezó a turnárselas. Se metía una en la boca, sacaba, la otra, sacaba, volvía a la primera. Lo hacía con una naturalidad que me hipnotizó. Yo había leído alguna vez la palabra en una pintada del baño del colegio y nunca me había imaginado que se pareciera a aquello.
Y entonces sentí, por primera vez con conciencia, lo que llevaba años sintiendo sin nombre. Una corriente baja, eléctrica, que se me concentraba entre los muslos. Una urgencia. Algo que pedía que la mano dejara de estar sobre el edredón y se metiera debajo.
***
Me llevó dos minutos atreverme.
Primero bajé la mano hasta el borde del pijama, fingiendo que solo me estaba acomodando. Después la deslicé por dentro, sobre la ropa interior. La tela estaba caliente y, cuando apoyé la yema del dedo encima, descubrí que también estaba mojada. Me sorprendí. No relacionaba esa humedad con nada que hubiera oído antes. Era como si mi cuerpo hubiera empezado a hablar un idioma que yo todavía no sabía leer.
En la pantalla, uno de los hombres había pasado del sofá al suelo. La mujer estaba ahora a cuatro patas. Él la embestía despacio al principio, más rápido después, mientras ella seguía con el otro en la boca. No entendía cómo podía respirar. No entendía cómo podía no atragantarse. Y, sobre todo, no entendía por qué su cara, cuando se separaba para tomar aire, parecía la de alguien que no quería estar en ningún otro sitio del mundo.
Mi dedo, mientras tanto, había aprendido solo. Se movía en círculos pequeños, encontrando, sin necesitar instrucciones, un punto que reaccionaba con un latido propio cada vez que lo rozaba. Cerré los ojos un segundo y los abrí de golpe, asustada de perderme algo del video. La sensación crecía. Tuve que morderme el labio para no respirar fuerte.
—Madre mía —susurré.
Era casi la primera vez en mi vida que decía algo así en voz alta dentro de mi propio cuarto, sin estar hablando con nadie.
Sentía el corazón en los oídos. Las piernas se me tensaban solas, como si quisieran cerrarse y abrirse a la vez. En la pantalla, la mujer empezó a gemir más alto. Sus jadeos eran tan exagerados que en otro contexto me habrían dado risa. Aquella noche no. Aquella noche cada uno de sus sonidos me empujaba un poco más cerca de algo cuya forma todavía no podía adivinar.
El hombre que la embestía se retiró de pronto. Se puso de pie. Le derramó algo blanco y espeso por la espalda y por la curva del culo. La mujer se rio, giró la cabeza, abrió la boca. El otro hombre, el que seguía de pie frente a ella, también empezó a tocarse rápido. Yo estaba a punto de romperme por dentro.
Solté el teléfono sobre la almohada, casi sin querer, y me concentré en lo que estaba sintiendo. Aumenté la presión del dedo. Apreté los muslos. Me convertí, por unos segundos, en un solo cable cargado de electricidad.
El segundo hombre se vació encima de la cara de la mujer en el preciso instante en que algo dentro de mí cedió.
***
No supe poner nombre a lo que pasó. No en ese momento.
Sentí un calor que subía desde la pelvis hasta el esternón, una contracción que me dobló las rodillas debajo del edredón, y una serie de pulsaciones que iban y venían como pequeñas olas que no terminaban de retirarse del todo. Me quedé quieta, con los ojos clavados en el techo, con el dedo todavía donde estaba pero sin moverlo, esperando a que pasara.
Cuando pasó, abrí la boca como quien sale a la superficie.
El video seguía sonando bajito. Los actores se sonreían entre ellos, decían cosas en inglés, se levantaban del sofá. Cerré la pestaña. Bloqueé el teléfono. Lo dejé boca abajo sobre la mesita.
Me quedé así no sé cuánto tiempo. Cinco minutos. Diez. Escuchaba mi propia respiración volver poco a poco a un ritmo normal. Sentía cada contracción pequeña, residual, que mi cuerpo iba soltando como una despedida.
Esto, entonces. Esto era.
Me levanté con cuidado, como si tuviera miedo de romperme. Fui al baño en puntas de pie, encendí solo la luz del espejo y me bajé el pijama hasta los tobillos. La ropa interior estaba calada, oscura en la entrepierna, y un hilo brillante se estiraba un poco al separarla de la piel. Me quedé mirando aquello con la misma cara con la que años antes me había mirado al espejo cualquier marca nueva del cuerpo: con la mezcla exacta de extrañeza y orgullo.
No sabía todavía que aquello tenía un nombre. Que se llamaba lubricación. Que era la prueba de que mi cuerpo había estado de acuerdo con cada cosa que había sentido. Lo aprendería más tarde, leyendo a escondidas, preguntando con frases torcidas a Carolina, juntando piezas.
Esa noche solo supe una cosa: que acababa de tener mi primer orgasmo sin saber del todo qué era un orgasmo.
Volví a la cama. Me tapé hasta la barbilla. Me dormí con una sonrisa pequeña, casi culpable, en la comisura.
***
A la mañana siguiente bajé a desayunar como si nada. Mi madre me preguntó si había dormido bien y yo respondí que sí, con la naturalidad de quien acaba de descubrir que es capaz de mentir mejor de lo que pensaba. Mi padre leía el periódico. Mis hermanos volvieron al mediodía oliendo a sudor y a colonia barata.
Nadie sospechó nada. Nadie podía sospechar nada. Pero yo, por dentro, era una persona distinta. Tenía un secreto nuevo y, sobre todo, tenía una llave nueva. Sabía dónde estaba el interruptor. Sabía cómo encenderlo. Sabía qué hacer cuando la casa se quedara en silencio y yo me quedara sola entre las sábanas.
Aquella primera noche fue solo el principio. A partir de ahí empezaron mis verdaderas aventuras, primero conmigo misma y mucho después con otras personas. Pero ninguna iba a olvidar nunca aquel viernes a las once y media, la puerta cerrada con llave, la pestaña azul oscuro del navegador, y el descubrimiento de que mi cuerpo, todo este tiempo, había estado esperando a que yo me presentara.