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Relatos Ardientes

Le confesé a mi amante lo que de verdad me excita

Hay cosas que una piensa toda la vida y nunca dice en voz alta. Yo se las dije a Marcos una mañana de domingo, con su polla todavía descansando entre mis dedos, y creo que esa conversación nos cambió a los dos para siempre.

Estábamos echados en la cama, cada uno frente a las piernas del otro, acariciándonos sin prisa. La luz entraba filtrada por las cortinas y le daba a la habitación ese tono dorado de las horas en las que nadie nos espera en ninguna parte. Llevábamos meses así, descubriéndonos, y aun así había algo que yo no le había confesado.

—Me encanta cuando está así —le dije, rozando con la yema del pulgar la piel que escondía aquella cabecita tímida—. En modo inocente, como si todavía no supiera lo que es capaz de hacer.

Marcos sonrió, pero fue una de esas sonrisas que no terminan de creerse el cumplido. Lo conozco. Sé que durante años pensó que aquello que descansaba entre sus muslos era un defecto, algo que esconder, una conversación que prefería esquivar. Y yo estaba decidida a desarmarle esa idea esa misma mañana.

—No sabes lo que pensamos las mujeres, ¿verdad? —seguí, sin separar la vista de él—. Te lo voy a contar, porque creo que te hace falta oírlo.

Él se quedó quieto, atento, con la mano derecha viajando despacio por mi muslo, mi vientre, el monte cubierto de un vello suave que le gustaba acariciar como quien acaricia terciopelo. No buscaba nada en concreto. Solo paseaba. Y ese paseo, le dije, ya valía más para mí que cualquier exhibición. Bajó los dedos un poco más, separó los labios de mi coño con dos yemas y se quedó ahí, tanteando la humedad que empezaba a asomar, sin meter todavía, solo dibujando círculos lentos sobre el clítoris como quien afina un instrumento antes de tocarlo.

—¿Ves esto que me haces ahora? —le pregunté, arqueando un poco la espalda—. A casi todas las mujeres que conozco nos enloquecen las manos de un hombre. Porque viéndoos manejarlas, sin que os deis cuenta, nos hacemos una idea de cómo seréis después, en la caricia íntima. Y casi nunca nos equivocamos.

Marcos me miraba embelesado, sin detener ninguno de sus dedos curiosos. Uno de ellos se hundió por fin en mí, lento, hasta el nudillo, y lo sentí curvarse buscando ese punto que solo él había aprendido a encontrar. Se me escapó un jadeo mientras seguía hablando, porque ya no había marcha atrás.

—Te voy a decir algo que a lo mejor te sorprende. En mi cabeza, el amante perfecto nunca ha tenido una polla enorme. Nunca. La prefiero discreta, como la tuya. Y no es consuelo, ni una mentira piadosa para que te sientas bien. Es la verdad más honesta que te he dicho en mi vida.

Lo dije y sentí que se me aceleraba el corazón, como si estuviera confesando un secreto prohibido.

Le conté entonces lo que casi nunca contamos. Que las que alguna vez tuvimos la mala suerte de estar con hombres que empezaban y terminaban en aquel atributo que enseñaban como bandera, aprendimos rápido la diferencia. Esos hombres llegaban con urgencia, con algo que creían un trofeo, y te penetraban sin un solo miramiento. Ponían en marcha el martillo y empezaban a bombear, pim-pam, pim-pam, como si el único lugar que importara fuera el más obvio y todo lo demás sobrara.

—No preguntaban si me dolía —le dije, mientras él sacaba el dedo mojado y me lo pasaba por el clítoris, embadurnándolo con mi propio flujo—. No les importaba si yo estaba cómoda, si disfrutaba, si me corría. Venían, follaban y se iban. Se sacaban la verga chorreando, se limpiaban con la sábana y se dormían de espaldas. Y una se quedaba mirando el techo con el coño irritado, pensando que el placer era una cosa de las películas.

Marcos frunció un poco el ceño, como si le molestara imaginarme con aquellos otros. Le acaricié la mejilla para tranquilizarlo y volví a lo que de verdad quería decirle, sin dejar de mover la mano sobre su piel. Su polla, todavía blanda, empezaba a rellenarse despacio contra mi palma, como si me escuchara ella también.

—Durante años pensé que el problema era yo —le confesé—. Que no sabía disfrutar, que era fría, que pedía demasiado. Tardé mucho en entender que el problema no estaba en mí, sino en hombres que confundían follar con una demostración de fuerza. Para ellos yo era poco más que un agujero donde correrse.

Le conté que había llegado a creer que el deseo era algo que se fingía. Que una aprendía los gestos, los suspiros, las frases justas, y los repetía para que el otro terminara y la dejara dormir. Durante demasiado tiempo, el placer fue para mí una actuación, no una verdad del cuerpo.

—Hasta que apareciste tú, con tu manera tranquila de tocar y de preguntar. Y de pronto ya no tuve que actuar nada. La primera vez que me corrí contigo lloré, ¿te acuerdas? No era tristeza. Era rabia de todos los años tirados.

—Tú no eres así. Y tu cuerpo tampoco. Déjame que te cuente la primera vez.

***

—La primera vez que te vi entero —le confesé, agachando la cabeza hasta que mi aliento le rozó el glande—, me di cuenta enseguida de que no te sentías cómodo. Te tapabas un poco, mirabas hacia otro lado. Y yo, en cambio, no podía estar más feliz.

Le recordé aquella noche con todo detalle, porque sabía que él la recordaba distinta. Para él había sido un momento de vergüenza. Para mí había sido un descubrimiento.

—Fue maravilloso metérsela entera en la boca y notar cómo iba creciendo despacio, a medida que la rodeaba con la lengua —le dije, y vi cómo se le encendían las orejas—. Fuiste mi sorpresa. Algo blando y tímido que se fue irguiendo para mí, como si quisiera demostrarme lo a gusto que estaba. Nunca me había pasado sentir que una polla me respondía así, con tanta sinceridad.

Y para que no le quedara duda, hice lo que ya no podía aguantarme. Abrí la boca y me la metí entera, hasta el fondo, sin esfuerzo, hasta notar el pubis contra mi nariz. Se me llenó la garganta de ese olor cálido a hombre limpio que reconocería entre mil. La chupé despacio, sacándola centímetro a centímetro, dejando que mi lengua le rodeara la corona por debajo, ahí donde sé que se le derriten los muslos. Marcos gimió, un gemido de sorpresa, y yo lo miré desde abajo con la boca llena.

—Mmmm —fue todo lo que pude decir sin soltarla.

La saqué con un beso húmedo, tiré del prepucio con dos dedos y volví a hundirla en mi boca. Le mamaba con hambre, chupándole también los huevos, uno primero, luego el otro, metiéndomelos en la boca con cuidado mientras la mano no dejaba de subir y bajar por la verga. Él tenía la cadera levantada, empujando apenas hacia mí, sin atreverse a follarme la boca del todo, y esa contención suya, esa maldita educación, me ponía todavía más caliente.

Mientras se la trabajaba con los labios, jugaba con ella entre los dedos. Pinzaba con suavidad la piel fina, la estiraba apenas para ver asomar esa punta brillante que ya escupía una gota clara, la recogía con la lengua y volvía a empezar. Me gustaba lo delicado que era todo, lo suave de cada parte. Me seducía hasta su sabor, ligeramente salado, honesto.

—Te adoro, Marcos —le dije, y le di un beso casto en la punta antes de mirarlo a los ojos—. No sabes cuánto.

Él me devolvió una sonrisa que esta vez sí parecía creérsela. Por primera vez no había sombra en su cara, solo esa especie de asombro de quien escucha algo que necesitaba escuchar desde hacía años.

Giré de nuevo la cabeza y seguí, porque todavía me quedaba lo más importante. Con la mano seguía masturbándolo despacio, para no dejarlo bajar.

—De esa primera noche hubo otra cosa que me enamoró, y no fue tu polla. Fue que no quisiste follarme solo porque estabas empalmado. Me preguntaste. «¿Qué te apetece a ti?», dijiste. Así, sin más.

Le confesé que aquella pregunta había borrado de golpe una presión que yo arrastraba desde hacía demasiado tiempo. La presión de tener que estar lista, de tener que abrir las piernas aunque no me apeteciera, de fingir que todo iba bien para no incomodar a nadie. Con cuatro palabras él había desarmado todo eso.

—Ese fue el complemento perfecto —le dije—. No el tamaño, no la fuerza. La sensibilidad. La maldita sensibilidad que casi ningún hombre se molesta en tener.

***

—Porque a las mujeres, en general, nos gustan más los hombres que también nos hablan que los que solo nos usan —seguí, con la voz un poco más baja—. Es agradable que pregunten si duele, si molesta, si me he corrido bien, si prefiero una caricia suave o que me follen con más fuerza. Eso es lo que de verdad nos derrite.

Marcos no decía nada. Tenía la mano quieta sobre mi cadera y me miraba como si yo le estuviera revelando un mapa secreto del que nadie le había hablado. Con la otra mano volvió a colarse entre mis piernas, dos dedos esta vez, entrando y saliendo con un ritmo lento que ya me tenía chorreando por los muslos.

—Los hombres como tú usan todos los recursos —le dije, con la voz temblona—. Las manos, la boca, las palabras, la paciencia. Conseguís que una se sienta tan cómoda como si estuviera con alguien que la conoce de toda la vida. Y eso, créeme, vale infinitamente más que cualquier centímetro de más.

Me incorporé un poco para verle bien la cara.

—Y no te lo tomes a mal —añadí, sonriendo—. Es el mayor cumplido que sé hacer.

Él me atrajo hacia su pecho y por un momento nos quedamos así, en silencio, escuchando la respiración del otro. Sentí cómo algo se aflojaba dentro de él, una tensión vieja que por fin encontraba la salida. Su polla, dura ahora, palpitaba contra mi cadera.

—Nadie me había dicho nunca algo así —murmuró por fin—. Pensaba que tenía que disculparme.

—Nunca —le dije—. Nunca más.

Le besé el cuello despacio, recorriéndolo con los labios hasta el hueco de la clavícula, mientras pensaba en cuántos hombres habrán pasado la vida convencidos de que valían menos por algo tan absurdo. En cuántas mujeres habrán renunciado al placer por creer la mentira contraria, la de que más grande es siempre mejor. Dos engaños que nos separan cuando lo único que importa es lo que pasa cuando dos cuerpos por fin se escuchan.

***

Sus dedos, hábiles como yo le había contado, habían seguido trabajando mientras hablábamos, y me habían dejado con el coño empapado y abierto casi sin que me diera cuenta. Esa era otra de las cosas que me volvían loca de él: la forma en que me preparaba sin prisa, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo. Cuando sacó los dedos, chorreaban de mí; se los llevó a la boca y se los chupó despacio, mirándome. Se me contrajo entero el vientre.

Me coloqué sobre él a horcajadas. Tomé su polla dura entre los dedos, la restregué por fuera contra mis labios, adelante y atrás, embadurnándola con mi propio flujo. Se la pasé por el clítoris hasta que se me escapó un quejido, y solo entonces la coloqué en la entrada. Bajé la cadera despacio y la sentí entrar, ensanchándome centímetro a centímetro, encajando como si aquel fuera su sitio desde siempre. Cuando la tuve entera dentro, me quedé quieta, con las manos apoyadas en su pecho, sintiendo cómo latía en el fondo de mí.

—¿Sabes qué otra cosa me encanta? —le dije con la voz entrecortada, empezando a moverme despacio sobre él, subiendo hasta casi sacarla y bajando de golpe hasta clavármela entera.

Marcos no respondió. Tenía la boca ocupada en mis pezones, chupándolos y mordisqueándolos con un cuidado que me erizaba la piel, las manos firmes recorriéndome la espalda hasta agarrarme el culo con las dos palmas abiertas, ayudándome a marcar el ritmo, y los ojos cerrados con una expresión que jamás le había visto. La de un hombre que por fin se siente deseado de verdad.

—Me encanta cuando pierde toda la vergüenza —le susurré al oído, cabalgándolo más fuerte—. Cuando se olvida de lo que cree que le falta y simplemente se mete entera. Cuando me la clavas del modo en que lo haces, sin pedir permiso, sin disculparte por existir. Fóllame, Marcos. Fóllame así.

Él gruñó algo contra mi cuello y me apretó más fuerte contra su cuerpo. Empezó a empujar desde abajo, encontrando mi bajada con una embestida cada vez, y el choque de nuestras carnes se volvió un sonido húmedo, obsceno, precioso, que llenó la habitación entera. Me agarró de la nuca, me buscó la boca y me metió la lengua mientras seguía embistiéndome desde abajo, sin salir ni un momento.

Nos dimos la vuelta sin separarnos. Quedé de espaldas, con él encima, y le rodeé la cintura con las piernas para tenerlo todavía más adentro. Marcos me miró a los ojos, apoyó los antebrazos a cada lado de mi cabeza y empezó a follarme de verdad, con embestidas largas, hondas, cada una arrancándome un gemido más agudo que el anterior. Su pubis me golpeaba el clítoris en cada bajada y yo notaba que se me subía el orgasmo por las piernas, imparable.

—Así, así, no pares —jadeé, clavándole las uñas en la espalda—, dame más, dámela toda.

Y él me la dio. Sin urgencia pero sin freno, entrando y saliendo con un ritmo que me hacía perder la cabeza, mirándome a la cara todo el tiempo, sin apartar los ojos ni un segundo. No había prisa, no había trofeo que exhibir, no había nada que demostrar. Solo dos personas que habían dejado de fingir y follaban con la boca abierta.

—Eres tú —le dije al borde del orgasmo, agarrándome a sus hombros, sintiendo cómo se me tensaba todo por dentro alrededor de su polla—. Siempre fuiste tú. Tal y como eres.

Me corrí con un grito que no me reconocí, apretándolo dentro con espasmos que le arrancaron a él el suyo un segundo después. Lo sentí hincharse, palpitar y vaciarse en el fondo de mí, chorro a chorro, con un gruñido ronco contra mi cuello. Yo seguí temblando debajo, riéndome casi sin aire, sintiendo cómo su semen caliente me resbalaba por dentro cuando por fin la sacó despacio. Supe entonces que aquella confesión de domingo había valido más que mil noches con cualquiera de los otros. Porque le había dicho la verdad. Y porque, por primera vez, él se la había creído.

Después nos quedamos abrazados, con la luz dorada subiéndonos por las piernas y su corrida escapándoseme entre los muslos sobre la sábana, y Marcos me besó la frente como quien sella un pacto.

—Gracias —dijo, en voz muy baja.

No le pregunté por qué. Ya lo sabía. A veces el regalo más grande que puedes hacerle a alguien es contarle, sin miedo y sin mentiras, lo que de verdad te enciende. Y yo se lo había contado todo.

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Comentarios(5)

Melu_bsas

Que relato tan lindo!!! me encantó como lo narraste, se siente muy real.

RamonNocturno

Por favor seguí escribiendo, quede con ganas de saber como terminó todo entre ustedes.

Oscura_lectora

Me identifiqué bastante con esto. A mi me costó años animarme a decirle a mi pareja lo que queria de verdad. Al final siempre vale la pena.

CuriosoRM

¿Y como reaccionó él cuando se lo dijiste? eso es lo que mas me intriga jaja

NocheCalida21

Increible la tensión que se siente en cada línea. Se hizo corto!

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