Lo que hicimos en el baño del cine no estaba previsto
—¡Llámame, que quiero que me comas el coño!
Lo gritó desde la otra punta del bar, sujetando la puerta con una mano y rodeada de sus amigas, que se taparon la boca entre carcajadas. Yo me quedé congelado en la entrada, con la cazadora a medio poner y la cara ardiendo. Tan rotunda fue la despedida que tardé un par de segundos en reaccionar y salir a la calle. Pero perdonadme que esté empezando la casa por el tejado. Dejadme que os cuente cómo llegué hasta ahí.
A Jimena la conocí hace unos meses, en una bocatería del centro. Era una pija de manual, de esas que llevan la melena negra azabache siempre perfecta y unas curvas a las que, aunque te ataran al cinturón de seguridad, no había forma de no salirse. Tenía una boca de las que te hacen perder el hilo de lo que estás diciendo. Yo había entrado a pedir un té moruno y ella esperaba su pedido de pie, mirando el móvil.
En un arranque de osadía que no me caracteriza en absoluto, la invité a sentarse en mi mesa mientras le preparaban lo suyo. Gracias a la lentitud de la camarera tuvimos tiempo de charlar e intercambiar teléfonos. Os confieso que pensé que me había dado un número falso. No sería la primera vez ni, seguramente, la última. Pero tuve suerte, y dos días después me animé a llamarla.
No os voy a marear con los detalles. Nuestra conversación fue de lo más normal, nada que la hiciera derretirse por mis huesos, aunque yo me moría por besarla. Me costó varias llamadas y un buen montón de paciencia conseguir que aceptara quedar conmigo. Elegí uno de los pocos cines de butaca que quedan abiertos en la ciudad, un sitio antiguo que casi nunca está lleno.
Para que la cosa fluyera busqué en la cartelera la única película para adultos que ponían esa semana. Entre los superhéroes y las pelis de niños, no había nada más decente. Cogí la sesión de las nueve, así podíamos cenar luego. No esperaba nada más. Jimena se me antojaba una montaña imposible de escalar, pero había que intentarlo.
El día señalado se presentó con una minifalda de cuero negro y unos pantis que dibujaban unos muslos dignos de una escultura, torneados a base de quién sabe cuántas horas de gimnasio. Tras los dos besos de rigor y un reproche entre risas —«pensé que no íbamos a quedar nunca»—, fuimos a la barra a por las clásicas chuches.
Ella pidió unas palomitas medianas y yo un paquete de caramelos de menta extrafuerte, de esos que te despejan hasta el último rincón del cerebro. No caí en que, con la mascarilla puesta, el frescor me haría saltar las lágrimas, y así fue. Entramos en la sala riéndonos de mi cara llorosa.
Ese cine tiene una virtud: puedes escoger las butacas que llaman VIP, más grandes y casi siempre vacías. Estábamos solos. El espectador más cercano se sentaba cuatro filas por delante. Charlamos de cosas sin importancia, de su trabajo, de sus proyectos, de un viaje que tenía pendiente. Y entonces empezó la película.
Pasó media hora. El galán de turno se quitó la camiseta y se secó el sudor de la frente con gesto de anuncio. La protagonista se le acercó, subió un poco la temperatura de la escena y… nada más. Estos tiempos de lo políticamente correcto dejan las cosas a medio camino. No había pasado ni un minuto cuando Jimena se inclinó hacia mi oído.
—Oye, la peli es una castaña y tengo una idea malévola. ¿Nos vamos?
—Por mí, vale —respondí—. No vale ni las palomitas que hemos pagado.
Nos levantamos sigilosos y salimos de la sala sin hacer ruido. En el camino hacia la salida pasábamos por la puerta de los baños, y ella se detuvo de golpe.
—Espera, que tengo que hacer pis. ¿Me esperas?
—Claro —dije, y me quedé apoyado en la pared, tranquilo, sin sospechar nada.
Qué inocente fui.
Apenas unos segundos después, asomó la cabeza por la puerta y me habló bajito, casi sin voz.
—Entra, que no hay nadie. Quiero enseñarte una cosa.
Más asustado que sorprendido, empujé la puerta. La mano de Jimena me agarró la muñeca y tiró de mí hacia ella. Me plantó un beso que más parecía una exploración a fondo de mi garganta. Entre bocados, gemidos contenidos y suspiros, me arrastró hasta uno de los reservados. Yo todavía llevaba el caramelo de menta en la boca y casi me lo trago en plena vorágine de labios y lengua.
—Mmm, qué rica boca, fresquita por el caramelo —murmuró—. La peli era un horror, pero verlo a él con el pecho al aire me ha puesto a mil.
Tengo que confesaros algo. Ninguna de mis compañeras de cama se ha quejado nunca de mi lengua. Oírlas y sentirlas retorcerse mientras me hundo entre sus muslos es una de las cosas que más me gustan del mundo. Tanto es así que una vez, hablándolo con una amiga muy especial, le solté que la penetración está sobrevalorada, que una buena sesión de sexo oral a tu chica es algo sublime. Con esa premisa me propuse que Jimena no me olvidara jamás.
Tras los primeros escarceos bajamos un poco el frenesí. La miré con picardía, puse dos dedos sobre sus labios y le pedí en voz baja que no hiciera ruido. La subí a la cisterna del baño y yo me senté del revés sobre la tapa. Le besé el ombligo por encima de la blusa blanca de seda, que no le quité en ningún momento.
Mientras paseaba los labios alrededor de su ombligo, mis manos subieron por sus muslos con la intención de bajarle los pantis. La muy traviesa venía sin ropa interior y depilada. Para que luego digan que somos nosotros los únicos que vamos preparados. Pero yo, ante semejante regalo, no iba a poner ni una sola pega. Le bajé los pantis hasta la mitad del muslo y le subí la minifalda negra lo justo para hacerme sitio.
Por experiencia sé que estimular el clítoris de golpe es molesto, incluso doloroso, si una mujer no está muy excitada. Lo de meter el dedo, igual: de cada diez mujeres a las que he hecho sexo oral, solo a una le gustaba, así que no suelo hacerlo a menos que me lo pidan. Aquel sexo caliente y palpitante esperaba lo mejor de mí, y yo estaba dispuesto a dejarme los labios para que Jimena soñara con aquella noche el resto de su vida.
Apoyé los labios, hidratados por el caramelo, sobre los suyos. Su aroma me envolvió. Con cuidado de no atragantarme con la menta, saqué la lengua despacio, buscando el clítoris bajo su capuchón. Poco a poco lo sentí empujar contra mí, como si saliera a mi encuentro. Al principio el caramelo no parecía hacer efecto, pero el frescor empezó a extenderse y ella lo notó enseguida.
Con las manos me sujetaba la cabeza y me apretaba contra sí. Yo movía la lengua dibujando figuras: primero por un lado, luego por el otro, trazando círculos, siempre con mucha saliva para que se sintiera bien. Jimena gemía de un modo que, si alguien hubiera entrado al baño, lo habría oído sin esfuerzo. El miedo a que nos pillaran me crecía en el pecho, pero mi lengua seguía incansable entre aquellos pliegues que tanto me gustaban.
—Dios, qué bien lo haces —susurró acariciándome la cabeza—. Lo del caramelo es la leche.
—Shhh, que nos van a oír —contesté como pude.
—Sigue, por favor, que me voy a correr. Nunca me había pasado tan rápido. Sigue, no pares… me corro, me corro.
No hubo chorros ni espectáculo, por mucho que se cuente por ahí. Pero sus piernas temblaban como un flan en medio de un terremoto. Los espasmos de sus muslos me aplastaban la cara cada vez con más fuerza. A medida que el orgasmo la recorría, fui aflojando la presión sobre el clítoris sin perder el contacto, con pasadas cada vez más suaves y lentas.
Hay zonas que se vuelven más sensibles justo después, sitios exactos que no os voy a revelar porque son secreto profesional. Cuando por fin relajó los muslos, levanté la cara de entre sus piernas y alcé la vista. Ella seguía con los ojos cerrados, respirando hondo, las manos apoyadas en mis mejillas. Como los pantis no le dejaban abrir más las piernas, desistí de bajarla para darle un beso.
Con cuidado le subí los pantis, empapados de mi saliva, y me sequé la barbilla, que la tenía igual de mojada. Le dejé espacio para que se recompusiera. Apenas habían pasado quince minutos, pero juraría que la había llevado al cielo. Agucé el oído por si alguien entraba. Nada. Seguíamos tan solos como al principio.
Jimena fue recuperando el aliento poco a poco. Me miró de un modo distinto, con algo nuevo en los ojos que me gustaba y me daba un poco de miedo a la vez. Se asomó primero al reservado y luego a la puerta principal, y cuando me dio el visto bueno salí detrás de ella y la esperé fuera.
No fueron más de cuatro o cinco minutos. Salió como si nada, otra vez esa musa esculpida en mármol que había visto hacía un rato. Solo en la mirada que me dedicaba quedaba el rastro de lo que acababa de pasar.
—Bueno, ¿y qué plan tenemos? —pregunté.
—Había quedado con unas amigas después del cine, pero te vienes conmigo.
Me agarró la mano y, como un corderito camino del matadero, la seguí. Me llevó a un local de picoteo cercano, donde la esperaban tres amigas que, al verme aparecer, se sorprendieron de verdad. Ahí até cabos: Jimena pensaba ver la película conmigo y luego reunirse con ellas, tan amiga. Si venía preparada para la guerra, no era por mí. Pero mira tú la sorpresa: fui yo el que disfrutó de la tarde.
La velada se alargó, con demasiado alcohol por su parte y bastante menos por la mía. Cerca de las once y media me despedí de ella con un beso casto en la mejilla, mientras sus amigas cuchicheaban a mis espaldas. Me puse la cazadora y, cuando estaba a punto de cruzar la puerta, me llegó aquel grito desde el fondo del bar.
—¡Llámame, que quiero que me comas el coño!
Salí a la calle con las orejas rojas y una sonrisa idiota que no se me borró en todo el camino a casa. Por supuesto que pienso llamarla. Y, conociéndola, esta vez no será ella la única que tenga ideas malévolas.





