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Relatos Ardientes

Le confesé a mi esposo lo que hice con el profesor

Lucía respira lento, sentada en el sillón frente a Mateo. Él la mira como siempre lo hace cuando algo importante se acerca: sin prisas, atento, casi paciente. Las luces del living están bajas y la copa de vino tinto que él sostiene sigue intacta sobre la mesa baja.

—Amor… tengo que contarte algo —murmura ella, jugando con el borde del cinto de su bata—. Llevo dos semanas guardándolo y ya no aguanto más.

Mateo no responde. Se reclina, cruza los brazos y la mira con esa calma que a Lucía siempre la desarmó. Ella respira hondo y empieza.

—No fue planeado, te lo juro. Yo iba a la facultad como cualquier otro día. Ya sabés cómo es: pasillos largos, olor a desinfectante, el ambo blanco que se me ajusta a la cintura cuando levanto los brazos. Yo no hago nada, amor. Solo camino, escucho, tomo apuntes. Pero hay miradas. Siempre hay alguien mirando.

En la escuela técnica de farmacia, Lucía pasa desapercibida para el que no se fija. Morena, baja, sin grandes pretensiones, el cabello recogido en una cola floja, un cuerpo agradable y nada más. Pero hay quien se detiene a verla con detalle. Bruno, el que se sienta dos bancos atrás, no le saca los ojos de encima cuando ella se inclina sobre el mostrador del laboratorio. Esteban, el que finge tropezarse con su silla solo para rozarle la cintura cuando pasa. Ella se hace la distraída. Por dentro, le gusta.

—Me gusta sentir que mientras el profesor habla de farmacocinética, hay alguien atrás pensando en mis piernas —dice Lucía con una sonrisa que no es del todo inocente—. No hacen nada. Son chicos. Pero a mí me gusta saber que cuando se vayan a su casa van a pensar en mí un rato más.

Lucía nunca cruza las piernas para coquetear. Su forma de provocar es otra: un botón abierto de más, dejar que la tela del ambo dibuje lo que debería esconder, sonreír apenas cuando alguien la sostiene con la mirada. No insiste nunca. Se deja ver y desaparece.

—El profesor Hernán no tiene nada de especial a simple vista —continúa—. Tendrá unos cincuenta, guardapolvo blanco un poco arrugado, anteojos que casi nunca usa, una voz grave que te despierta cuando estabas por dormirte sobre los apuntes. Yo nunca pensé que se me iba a acercar así. Es serio, explica todo de memoria, casi como un libro hablando.

Lucía toma aire. Mateo no se mueve. Sigue mirándola como si nada de lo que ella pudiera decir lo fuera a sacar de su lugar.

—No soy la mejor del curso, amor. Apruebo justo, ya sabés. Por eso no me sorprendió cuando un martes me pidió que me quedara después de clase. «Lucía, esperá un momento. Quiero revisar tus parciales», me dijo. Todos se fueron. Yo me quedé sentada frente a su escritorio, jugando con la cremallera de la mochila mientras él hablaba de mis notas. Me dijo que iba bien, pero que podía ir mucho mejor. Que si quería, podíamos repasar juntos, con tiempo, para subir el promedio.

—Y vos asentiste —dice Mateo, en voz baja.

—Asentí. Me dio miedo decir que no. Pero también sentí otra cosa, amor. Algo que no sé cómo explicarte.

***

Tres días después, Lucía aceptó tomar un café con él. En el bar de la esquina de la facultad, ella se sentó frente a Hernán y pidieron dos cortados. El de ella se enfrió. Hernán hablaba de hospitales, de farmacias clínicas, de la importancia de aprender a manejar pacientes difíciles. Lucía se sacó el ambo y se quedó con la blusa de algodón: un escote leve, nada vulgar, lo suficiente para que él bajara la vista cada tanto sin que nadie alrededor lo notara.

Afuera pasaba un colectivo cada diez minutos. Adentro, solo se escuchaba la cafetera detrás de la barra. Lucía giraba la cucharita entre los dedos, la soltaba, volvía a mirarlo. Hernán le rozó la mano una vez, fingiendo que alcanzaba la servilleta. Ella no la apartó. Sintió un calor leve en el pecho, como una corriente que subía y bajaba. Se dijo que no era nada. Pero algo, muy adentro, empezaba a abrirse.

—Hablamos de todo, amor. De la facultad, de mis turnos del año que viene, de que quiero trabajar en farmacia hospitalaria. Me dijo que ahí uno ve cosas que ningún libro enseña. Me miró fijo y me dijo que en un hospital nadie se quiebra solo con medicamentos. Que a veces un médico que lleva veinte horas de guardia necesita otra clase de alivio. Que una buena auxiliar sabe entender eso sin que se lo expliquen.

—¿Y vos qué le respondiste? —pregunta Mateo, y su voz suena más ronca de lo que él mismo esperaba.

—Nada. No dije ni que sí ni que no. Solo tenía la espalda mojada de sudor frío y un nerviosismo raro. No del feo, del que da miedo. Del otro. Del que emociona sin saber por qué.

Lucía baja la mirada un instante y vuelve a alzarla. Mateo aprieta apenas la mandíbula.

—Me preguntó si yo sabía cómo «ayudar a un paciente a relajarse» —sigue Lucía—. Me reí y le dije que no. Me dijo que una buena enfermera, una buena auxiliar, sabía aliviar la tensión sin necesidad de medicamentos. Y después agregó: «En mi departamento tengo más libros y material de estudio. Si querés, te muestro». Yo sentí que se me prendían las orejas. Me quedé jugando con la taza vacía. Él lo tomó como un sí.

***

No hubo más palabras. Hernán pagó la cuenta sin preguntar. Lucía lo siguió hasta la puerta. Mientras caminaba detrás de él hacia el auto sintió que todos en la calle la miraban. Nadie la miraba. Solo ella sabía lo que estaba a punto de pasar. O lo que quería creer que no iba a pasar.

Subió al auto como si fuera a otra clase. Una asesoría privada, dijo él. Lucía miró por la ventanilla todo el camino. Una vocecita dentro de la cabeza le gritaba que bajara en el próximo semáforo. No bajó.

El departamento olía a colonia vieja, a café recalentado y a sábanas guardadas demasiado tiempo. Hernán se sacó el guardapolvo, puso una música instrumental baja y abrió una carpeta que nunca llegaron a tocar. Habló de exámenes, de prácticas, de técnicas de relajación. Lucía estaba sentada en una silla, frente a la mesa redonda del comedor. Él se paró detrás de ella, las manos casi rozándole los hombros cada vez que señalaba una palabra en la hoja. El aire pesaba más con cada minuto.

—Cuando lo sentí parado atrás mío, me tembló la voz, amor. Murmuré algo de querer aprender a ayudar a los pacientes. Él me preguntó si de verdad quería aprenderlo todo. Yo asentí. Tenía miedo. Pero también algo en mí quería hacerlo. No por él. Por mí. Por vos.

Por vos. Por nosotros. Por esto que estamos haciendo ahora.

—Me dijo que primero tenía que relajarme. Dejarme llevar. Sentí sus manos en los hombros, bajando lento hasta los brazos. Me susurró que cerrara los ojos. Que imaginara un turno largo en el hospital, que lo estaba ayudando a soltar la tensión. Yo solo temblaba. Pero no me corrí ni un centímetro.

Hernán le bajó la blusa con paciencia. No hubo palabras. Le besó el cuello, le mordió el lóbulo de la oreja apenas y ella se estremeció. Le buscó los pechos con las manos, despacio, sintiéndolos endurecerse contra sus dedos. La hizo levantarse y la guio hasta el dormitorio del fondo. La espalda de Lucía estaba erguida, la cabeza dividida entre lo prohibido y un deseo que ya no podía negarse.

—Me sacó todo, amor. Primero la blusa, después el pantalón. Me miraba como si hubiera pagado entrada para verme desnuda. Yo quería taparme con las manos, pero me quedé quieta. Sentí sus manos en mi cola, bajando por las piernas. Me sentó en el borde de la cama y me las abrió despacio. Puso la boca ahí, entre los muslos. No podía parar. Le agarré el pelo con las dos manos, como si eso tapara algo. Y pensaba en vos. Pensaba que no debía estar haciéndolo, pero lo estaba haciendo igual, porque una parte de mí quería, porque era mi fantasía, y porque cuando llegara a casa te lo iba a contar.

El juego con la boca siguió hasta que ella reventó en un gemido largo, mojado, los muslos tensos, la espalda en arco. Después se incorporó y le tomó el sexo con la mano. Lo encontró tibio, normal, promedio, justo como a ella le gustaban. Lo acarició entre los dedos y le susurró que lo necesitaba adentro.

Hernán la giró sobre el colchón y la sostuvo de la cadera. Le murmuró algo sucio al oído que ella no repite ahora. Y la tomó.

—Lo sentí atrás mío. Empujó despacio al principio. Después más fuerte. Me sostenía con las dos manos, como si yo me fuera a escapar. El calor me subía desde el estómago hasta la garganta. Me mordí los labios para no gritar. Le pedí más. Le dije «no pares» y no paró. Yo movía las caderas al mismo ritmo y entre la culpa y el placer pensaba en vos, amor. Te lo juro. Pensaba que esto te iba a romper. Que me ibas a odiar. Pero también pensaba que tal vez te iba a gustar. Te conozco, Mateo. Sé lo que mirás cuando creés que no te veo.

***

Lucía se queda callada. Mateo le acaricia la cara, recorre la línea de su mandíbula con los dedos. Su respiración ya no es la de antes: es pesada, caliente, impaciente. Lucía se muerde el labio, se inclina hacia él y pregunta:

—¿Querés que siga? ¿Querés oír cómo terminó?

Mateo suelta un suspiro bajo, apenas controlado. Sus dedos se cierran suaves sobre el muslo de ella, justo donde la bata se abre.

—Contámelo todo, Luci. Hacé que lo vea. Hacé que lo sienta… mientras me hacés lo que quieras.

Ella sonríe apenas. Su mano baja, le roza la entrepierna y lo siente duro debajo del pantalón. Ya no hay marcha atrás para ninguno de los dos.

—Después de eso él se apartó. Me acostó boca arriba. Me miró como si no terminara de creer lo que había pasado. Me preguntó si quería seguir y yo asentí, sin decir nada. Sudada, mojada, ardiendo. Sentí su cuerpo encima del mío, el peso, el sudor. Sentí cómo salía y volvía a entrar, lento, después rápido, después lento de nuevo. Estuvimos así un buen rato, jadeando, sudando, pegados. Yo ya no pensaba en nada. Solo sentía.

El tiempo se detuvo en aquel departamento. El aire se volvió espeso, cargado de sudor y de gemidos contenidos. Mientras Hernán la tomaba, la miraba cerrar los ojos, abrir la boca, casi llorar de algo que no era tristeza. No era solo placer. Era culpa, deseo, fantasía hecha carne. Era saberse de Mateo y, durante un rato, también de otro.

En algún momento Hernán perdió el ritmo. La edad, el cuerpo cansado, algo se le escapó. Su sexo, todavía tibio, le pedía ayuda en silencio. Lucía, sin pensarlo demasiado, se deslizó hasta arrodillarse al borde de la cama y le preguntó si quería que ella se hiciera cargo. Él asintió.

—Me arrodillé, amor. Lo tomé primero con la mano y después lo envolví con los labios. Pasé la lengua despacio, como me enseñaste vos. Lo sentí revivir, ponerse firme de nuevo. Ya sabés que me sale bien. Aprendí con vos.

El profesor murmuraba frases que ella apenas escuchaba mientras se concentraba en lo suyo: «mirá nada más… la callada… la del ambo blanco… la tímida y seria… quién diría». Su mano la sostuvo por la nuca. Cuando terminó, fue de golpe. Caliente, amargo, atragantado. Ella tragó. No hubo romance. Solo la educación de no escupirlo en la cara de un hombre al que casi no conocía.

—No me avisó, amor. Me eché un poco atrás para no ahogarme. El gusto era áspero, casi rancio. Distinto al tuyo, ¿sabés? El tuyo es limpio. Más joven. No quise escupir nada. No quería que él se sintiera viejo, usado, descartable. Así que tragué todo.

***

—Después me levanté. Me vestí rápido, agarré la mochila y salí de ahí temblando, con la cabeza hecha un nudo. Subí al colectivo y sentía que toda la gente me miraba. No sé si eran miradas de morbo o de sentencia. Pero algo sí era seguro: te lo tenía que decir. No podía guardarlo. Si me querías odiar después, podías hacerlo. Pero yo soy tuya igual. Perdoname, Mateo. O disfrutame. Pero decime algo. Decime que no querés que me calle acá.

La habitación es solo respiración caliente. Mateo la mira fijo, le acaricia la cara, la mandíbula, le besa la frente con una suavidad que después no va a tener. La hace recostarse boca abajo sobre el sillón largo, con las piernas todavía dobladas debajo del cuerpo.

Su voz suena ansiosa, firme, sin lugar a discusión.

—No quiero que te calles, Luci. Quiero que me lo cuentes todo. Quiero verte hacer más. Quiero verte ser una puta sin que dejes de ser mía. Pero la próxima vez… —baja la voz hasta hacerla un susurro pegado a la oreja— la próxima vez lo quiero ver yo. No lo hacés sin mí, ¿entendiste?

Lucía asiente, sin poder hablar. La bata sube, las manos de Mateo se cierran fuertes sobre sus caderas. Ya no hay ternura. Hay carne, sudor, gemidos bajos contra el respaldo del sillón.

No es como las otras noches. Esta vez no hacen el amor: lo desarman. Mateo empuja sin pausa, sin preguntas, sin paciencia. Ella arquea la espalda, gime entre mordiscos al brazo del sofá. Lo prohibido les sabe más dulce a los dos.

Lucía se siente usada y amada, sucia y suya, todo a la vez. Sabe que su confesión no la salvó: la marcó. Y también lo marcó a él.

—Así, amor… —susurra ella entre dientes—. Hacelo fuerte. Hacelo como si yo no fuera tu esposa, sino tu puta. Pero que nadie más lo vea. Solo vos. La próxima… te prometo que la próxima te pregunto primero.

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Comentarios (1)

Marce_lect

Que manera de escribir... esto se siente demasiado real

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