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Relatos Ardientes

Le confesé a mi esposo lo que hice con el profesor

Lucía respira lento, sentada en el sillón frente a Mateo. Él la mira como siempre lo hace cuando algo importante se acerca: sin prisas, atento, casi paciente. Las luces del living están bajas y la copa de vino tinto que él sostiene sigue intacta sobre la mesa baja.

—Amor… tengo que contarte algo —murmura ella, jugando con el borde del cinto de su bata—. Llevo dos semanas guardándolo y ya no aguanto más.

Mateo no responde. Se reclina, cruza los brazos y la mira con esa calma que a Lucía siempre la desarmó. Ella respira hondo y empieza.

—No fue planeado, te lo juro. Yo iba a la facultad como cualquier otro día. Ya sabés cómo es: pasillos largos, olor a desinfectante, el ambo blanco que se me ajusta a la cintura cuando levanto los brazos. Yo no hago nada, amor. Solo camino, escucho, tomo apuntes. Pero hay miradas. Siempre hay alguien mirando.

En la escuela técnica de farmacia, Lucía pasa desapercibida para el que no se fija. Morena, baja, sin grandes pretensiones, el cabello recogido en una cola floja, un cuerpo agradable y nada más. Pero hay quien se detiene a verla con detalle. Bruno, el que se sienta dos bancos atrás, no le saca los ojos de encima cuando ella se inclina sobre el mostrador del laboratorio. Esteban, el que finge tropezarse con su silla solo para rozarle la cintura cuando pasa. Ella se hace la distraída. Por dentro, le gusta.

—Me gusta sentir que mientras el profesor habla de farmacocinética, hay alguien atrás pensando en mis piernas —dice Lucía con una sonrisa que no es del todo inocente—. Pensando en abrírmelas, en meterme la mano por debajo del ambo, en cogerme contra el mostrador del laboratorio. No hacen nada. Son chicos. Pero a mí me gusta saber que cuando se vayan a su casa se van a hacer una paja pensando en mí. Que se van a correr con mi cara en la cabeza.

Lucía nunca cruza las piernas para coquetear. Su forma de provocar es otra: un botón abierto de más, dejar que la tela del ambo dibuje lo que debería esconder, sonreír apenas cuando alguien la sostiene con la mirada. No insiste nunca. Se deja ver y desaparece.

—El profesor Hernán no tiene nada de especial a simple vista —continúa—. Tendrá unos cincuenta, guardapolvo blanco un poco arrugado, anteojos que casi nunca usa, una voz grave que te despierta cuando estabas por dormirte sobre los apuntes. Yo nunca pensé que se me iba a acercar así. Es serio, explica todo de memoria, casi como un libro hablando.

Lucía toma aire. Mateo no se mueve. Sigue mirándola como si nada de lo que ella pudiera decir lo fuera a sacar de su lugar.

—No soy la mejor del curso, amor. Apruebo justo, ya sabés. Por eso no me sorprendió cuando un martes me pidió que me quedara después de clase. «Lucía, esperá un momento. Quiero revisar tus parciales», me dijo. Todos se fueron. Yo me quedé sentada frente a su escritorio, jugando con la cremallera de la mochila mientras él hablaba de mis notas. Me dijo que iba bien, pero que podía ir mucho mejor. Que si quería, podíamos repasar juntos, con tiempo, para subir el promedio.

—Y vos asentiste —dice Mateo, en voz baja.

—Asentí. Me dio miedo decir que no. Pero también sentí otra cosa, amor. Sentí el coño mojarse debajo del pantalón del ambo. Ahí, sentada frente a él, con las bragas empapándose sin que yo pudiera hacer nada. Algo que no sé cómo explicarte.

***

Tres días después, Lucía aceptó tomar un café con él. En el bar de la esquina de la facultad, ella se sentó frente a Hernán y pidieron dos cortados. El de ella se enfrió. Hernán hablaba de hospitales, de farmacias clínicas, de la importancia de aprender a manejar pacientes difíciles. Lucía se sacó el ambo y se quedó con la blusa de algodón: un escote leve, nada vulgar, lo suficiente para que él bajara la vista cada tanto sin que nadie alrededor lo notara. Debajo, sin corpiño, los pezones marcándose contra la tela cada vez que él le clavaba los ojos.

Afuera pasaba un colectivo cada diez minutos. Adentro, solo se escuchaba la cafetera detrás de la barra. Lucía giraba la cucharita entre los dedos, la soltaba, volvía a mirarlo. Hernán le rozó la mano una vez, fingiendo que alcanzaba la servilleta. Ella no la apartó. Sintió un calor leve en el pecho, como una corriente que subía y bajaba y le terminaba entre las piernas. Se dijo que no era nada. Pero algo, muy adentro, empezaba a abrirse. El coño le latía. Las bragas ya estaban pegajosas.

—Hablamos de todo, amor. De la facultad, de mis turnos del año que viene, de que quiero trabajar en farmacia hospitalaria. Me dijo que ahí uno ve cosas que ningún libro enseña. Me miró fijo y me dijo que en un hospital nadie se quiebra solo con medicamentos. Que a veces un médico que lleva veinte horas de guardia necesita otra clase de alivio. Que una buena auxiliar sabe entender eso sin que se lo expliquen. Que sabe arrodillarse debajo de un escritorio y sacarle la polla al doctor de guardia y mamársela hasta hacerlo correrse en la boca sin que nadie se entere.

—¿Y vos qué le respondiste? —pregunta Mateo, y su voz suena más ronca de lo que él mismo esperaba.

—Nada. No dije ni que sí ni que no. Solo tenía la espalda mojada de sudor frío, las bragas hechas un asco de flujo y un nerviosismo raro. No del feo, del que da miedo. Del otro. Del que te hace apretar los muslos abajo de la mesa para que no se te note que se te está escurriendo el jugo por dentro.

Lucía baja la mirada un instante y vuelve a alzarla. Mateo aprieta apenas la mandíbula.

—Me preguntó si yo sabía cómo «ayudar a un paciente a relajarse» —sigue Lucía—. Me reí y le dije que no. Me dijo que una buena enfermera, una buena auxiliar, sabía aliviar la tensión sin necesidad de medicamentos. Que a un hombre agotado se lo relaja con la boca, con las manos, con el coño. Y después agregó: «En mi departamento tengo más libros y material de estudio. Si querés, te muestro». Yo sentí que se me prendían las orejas. Me quedé jugando con la taza vacía. Él lo tomó como un sí.

***

No hubo más palabras. Hernán pagó la cuenta sin preguntar. Lucía lo siguió hasta la puerta. Mientras caminaba detrás de él hacia el auto sintió que todos en la calle la miraban. Nadie la miraba. Solo ella sabía lo que estaba a punto de pasar. O lo que quería creer que no iba a pasar.

Subió al auto como si fuera a otra clase. Una asesoría privada, dijo él. Lucía miró por la ventanilla todo el camino con las piernas apretadas, el coño mojado empujándose contra la costura del pantalón. Una vocecita dentro de la cabeza le gritaba que bajara en el próximo semáforo. No bajó.

El departamento olía a colonia vieja, a café recalentado y a sábanas guardadas demasiado tiempo. Hernán se sacó el guardapolvo, puso una música instrumental baja y abrió una carpeta que nunca llegaron a tocar. Habló de exámenes, de prácticas, de técnicas de relajación. Lucía estaba sentada en una silla, frente a la mesa redonda del comedor. Él se paró detrás de ella, las manos casi rozándole los hombros cada vez que señalaba una palabra en la hoja. El aire pesaba más con cada minuto.

—Cuando lo sentí parado atrás mío, me tembló la voz, amor. Murmuré algo de querer aprender a ayudar a los pacientes. Él me preguntó si de verdad quería aprenderlo todo. Yo asentí. Tenía miedo. Pero también algo en mí quería hacerlo. No por él. Por mí. Por vos.

Por vos. Por nosotros. Por esto que estamos haciendo ahora.

—Me dijo que primero tenía que relajarme. Dejarme llevar. Sentí sus manos en los hombros, bajando lento hasta los brazos. Me susurró que cerrara los ojos. Que imaginara un turno largo en el hospital, que lo estaba ayudando a soltar la tensión. Yo solo temblaba. Pero no me corrí ni un centímetro.

Hernán le bajó la blusa con paciencia. No hubo palabras. Le besó el cuello, le mordió el lóbulo de la oreja apenas y ella se estremeció. Le buscó las tetas con las manos, despacio, sintiendo los pezones endurecerse contra sus dedos. Se los pellizcó, se los estiró. Ella soltó un gemido flojo, imposible de disimular. La hizo levantarse y le metió la mano entre las piernas por encima del pantalón, apretándole el pubis con la palma abierta. La sintió empapada. Se rio bajito en su oreja. La guio hasta el dormitorio del fondo. La espalda de Lucía estaba erguida, la cabeza dividida entre lo prohibido y un deseo que ya no podía negarse. Las bragas le chorreaban.

—Me sacó todo, amor. Primero la blusa, después el pantalón. Me miraba como si hubiera pagado entrada para verme desnuda. Me hizo pararme frente a él, en bombacha, con las tetas al aire, y me dijo que me diera vuelta despacio, que quería verme entera. Yo quería taparme con las manos, pero me quedé quieta. Me hizo abrir las piernas y me pasó los dedos por encima de la bombacha, apretándome el coño desde afuera. La tela estaba tan mojada que se me pegaba a los labios. Me la corrió a un costado y me metió dos dedos de golpe. Amor, entraron como si nada. Yo estaba tan mojada que hacía ruido. Un ruido sucio, obsceno. Él me miraba a la cara mientras me metía los dedos hasta el fondo y me susurraba «mirá cómo estás, mirá cómo se te chorrea».

—Contame más despacio —dice Mateo, ronco, la mano ya sobre el muslo de Lucía—. Contame cada cosa.

—Me sentó en el borde de la cama y me las abrió despacio. Se arrodilló en el piso, entre mis piernas, y se quedó ahí mirándome el coño abierto un rato largo, como si estuviera decidiendo por dónde empezar. Yo temblaba. Pensaba: «este viejo me va a comer entera y yo no lo voy a parar». Puso la boca ahí, entre los muslos. Primero pasó la lengua entera, de abajo hacia arriba, lento, chupándome todo lo que estaba escurriendo. Después se la clavó adentro. Me la metía y sacaba como si fuera una polla chica. Yo agarré las sábanas con las dos manos y arqueé la espalda. Me buscó el clítoris con los labios y me lo empezó a chupar como si me lo quisiera arrancar. Amor, sabía. Sabía hacerlo. Movía la cabeza en círculos, me lo mordisqueaba apenas, me metía dos dedos al mismo tiempo. No podía parar. Le agarré el pelo con las dos manos, como si eso tapara algo. Le empujaba la cara contra el coño mientras le decía «no pares, no pares, no pares». Y pensaba en vos. Pensaba que no debía estar haciéndolo, pero lo estaba haciendo igual, porque una parte de mí quería, porque era mi fantasía, y porque cuando llegara a casa te lo iba a contar así, palabra por palabra, con la lengua todavía cansada de haber gemido tanto.

El juego con la boca siguió hasta que ella reventó en un gemido largo, mojado, los muslos apretándole la cara al profesor, la espalda en arco, las tetas rebotando cuando el orgasmo la sacudió entera. Se corrió en su boca. Él siguió chupando mientras ella se retorcía, hipersensible, empujándole la frente para que parara, para que le diera un segundo. No paró hasta que ella se corrió otra vez, más flojo, más largo, con los ojos llenos de agua.

Después se incorporó, la cara brillante, la barba mojada, y se paró frente a ella. Se bajó el pantalón. Lucía le tomó la polla con la mano. La encontró tibia, normal, promedio, justo del largo y del grueso que a ella le gustaban. Se la acarició entre los dedos, tirándole la piel para atrás, viendo cómo la punta se ponía morada. Le pasó el pulgar por la cabeza mojada y le susurró que la necesitaba adentro. Que la quería llena. Que se la metiera de una vez.

Hernán la giró sobre el colchón, la puso en cuatro y la sostuvo de la cadera. Le acomodó la cabeza contra el colchón y le levantó el culo. Le pasó la punta por los labios del coño, restregándosela de arriba abajo, mojándola en el flujo de ella. Le murmuró algo sucio al oído que ella no repite ahora. Y la tomó de una sola embestida, hasta el fondo, hasta que ella gimió contra la almohada como si le doliera y le gustara al mismo tiempo.

—Lo sentí atrás mío. Empujó despacio al principio, midiendo cómo entraba. Después más fuerte. Me la clavaba hasta el fondo y se quedaba adentro un segundo, moviéndosela en círculos, sintiendo cómo yo lo apretaba. Después salía casi entera y me la volvía a meter de un golpe. Amor, me la metía tan adentro que yo veía luces. Me sostenía con las dos manos, como si yo me fuera a escapar. Me agarraba de la cintura, de la cola, del pelo. Me tiraba del pelo para atrás y me hacía arquear la espalda mientras me la seguía metiendo. El calor me subía desde el estómago hasta la garganta. Me mordí los labios para no gritar. Le pedí más. Le dije «no pares», «rompeme», «cogeme como quieras», y no paró. Se me olvidó todo. Me olvidé quién era, cómo me llamaba. Solo era un culo levantado y un coño que le apretaba la polla a un viejo. Yo movía las caderas al mismo ritmo, empujándome contra él, buscando que me la metiera más adentro, y entre la culpa y el placer pensaba en vos, amor. Te lo juro. Pensaba que esto te iba a romper. Que me ibas a odiar. Pero también pensaba que tal vez te iba a gustar. Te conozco, Mateo. Sé lo que mirás cuando creés que no te veo.

—Seguí —dice Mateo, con la voz rota—. No pares.

—Me la sacó y me hizo darme vuelta. Boca arriba. Me abrió las piernas con las dos manos, hasta hacerme doler, y me la volvió a meter mirándome a la cara. Amor, me miraba mientras me cogía. Me miraba cómo se me deformaba la boca, cómo se me caían las tetas para los costados con cada embestida, cómo se me ponían los ojos en blanco. Me chupaba los pezones sin dejar de moverse. Me los mordía. Me agarraba las dos tetas y las apretaba mientras me la clavaba fuerte. Yo lo abrazaba con las piernas, le clavaba los talones en el culo para que no se me saliera. Me corrí otra vez con él adentro. Me corrí gritando, sin poder taparme la boca. El coño se me cerró alrededor de la polla como un puño y él se rio, se rio en mi cara, y me dijo «mirala a la calladita cómo grita».

***

Lucía se queda callada un instante, respirando hondo, la boca entreabierta. Mateo le acaricia la cara, recorre la línea de su mandíbula con los dedos. Su respiración ya no es la de antes: es pesada, caliente, impaciente. Lucía se muerde el labio, se inclina hacia él y pregunta:

—¿Querés que siga? ¿Querés oír cómo terminó?

Mateo suelta un suspiro bajo, apenas controlado. Sus dedos se cierran suaves sobre el muslo de ella, justo donde la bata se abre. Le sube la mano hasta el pubis. Ella está mojada. La bata debajo empapada.

—Contámelo todo, Luci. Hacé que lo vea. Hacé que lo sienta… mientras me hacés lo que quieras.

Ella sonríe apenas. Su mano baja, le roza la entrepierna y lo siente duro debajo del pantalón. Le abre el cierre, le mete la mano dentro del bóxer y le saca la polla afuera. La aprieta despacio, la acaricia con el pulgar en la punta. Ya no hay marcha atrás para ninguno de los dos.

—Después de eso él se apartó un segundo, jadeando. Me acostó boca arriba otra vez. Me miró como si no terminara de creer lo que había pasado. Me preguntó si quería seguir y yo asentí, sin decir nada. Sudada, mojada, ardiendo. Con las piernas todavía abiertas y el coño palpitando. Me la volvió a meter. Sentí su cuerpo encima del mío, el peso, el sudor, la panza contra mi vientre. Sentí cómo salía y volvía a entrar, lento, después rápido, después lento de nuevo. Me la sacaba entera y me la volvía a meter de una. Se agachaba y me chupaba las tetas mientras me cogía. Me besaba la boca con lengua, me hacía saborear mi propio jugo que le había quedado en la barba. Estuvimos así un buen rato, jadeando, sudando, pegados. Cambiamos de posición dos o tres veces. Me montó encima. Me hizo cabalgarlo hasta que me temblaron las piernas, con las manos en mis caderas guiándome, mirándome las tetas rebotar. Me puso de costado, me levantó una pierna y me la metió así, mordiéndome el cuello. Yo ya no pensaba en nada. Solo sentía. Solo era un cuerpo cogido por un cuerpo.

El tiempo se detuvo en aquel departamento. El aire se volvió espeso, cargado de sudor y de gemidos contenidos. Mientras Hernán la tomaba, la miraba cerrar los ojos, abrir la boca, casi llorar de algo que no era tristeza. No era solo placer. Era culpa, deseo, fantasía hecha carne. Era saberse de Mateo y, durante un rato, también de otro. Era ser la mujer de un hombre y la puta de otro en la misma tarde.

En algún momento Hernán perdió el ritmo. La edad, el cuerpo cansado, algo se le escapó. La polla se le empezó a aflojar adentro de ella. Todavía tibia, todavía dura a medias, le pedía ayuda en silencio. Lucía, sin pensarlo demasiado, lo empujó del pecho para hacerlo tirarse boca arriba y se deslizó hasta arrodillarse al borde de la cama, entre sus piernas. Le tomó la polla mojada en la boca sin preguntar. Se la había cogido a ella misma un segundo antes y ahora se la lamía entera, brillante de su propio flujo. Le preguntó, con la boca todavía llena, si quería que ella se hiciera cargo. Él asintió, sin poder hablar.

—Me arrodillé, amor. Lo tomé primero con la mano y después lo envolví con los labios. Pasé la lengua despacio, como me enseñaste vos. Le lamí la punta primero, en círculos, chupándole la humedad. Después me lo metí entera hasta la garganta. Me lo trabajé con las dos manos y la boca al mismo tiempo. Le acariciaba las bolas con una mano mientras con la otra se la apretaba en la base, y con la boca se la subía y bajaba, hundiéndomela hasta que me daban arcadas. Me la sacaba, escupía saliva encima y volvía a metérmela toda. Lo sentí revivir, ponerse firme de nuevo, latir contra mi lengua. Ya sabés que me sale bien. Aprendí con vos. Aprendí a chupártela a vos, amor, y esta vez la usé para que otro viejo se corriera en mi boca.

El profesor murmuraba frases que ella apenas escuchaba mientras se concentraba en lo suyo: «mirá nada más… la callada… la del ambo blanco… la tímida y seria… la santita… quién diría… cómo mama la nena… cómo se la traga la putita». Su mano la sostuvo por la nuca. Le empezó a mover la cabeza al ritmo que él quería, más rápido, más adentro, sin dejarla respirar. Ella se dejó. Con los ojos húmedos, la baba cayéndole por el mentón, dejó que se la usara. Cuando terminó, fue de golpe. Caliente, amargo, atragantado. Un chorro largo, otro más corto, otro que se le derramó por la comisura. Ella tragó todo lo que pudo. No hubo romance. Solo la educación de no escupirlo en la cara de un hombre al que casi no conocía.

—No me avisó, amor. Me eché un poco atrás para no ahogarme y me llenó igual. Sentí el primer chorro golpearme el fondo de la garganta y después tres o cuatro más. El gusto era áspero, casi rancio. Salado, denso, mucho. Distinto al tuyo, ¿sabés? El tuyo es limpio. Más joven. Más dulce. No quise escupir nada. No quería que él se sintiera viejo, usado, descartable. Así que tragué todo. Me lamí los labios después. Le limpié la punta con la lengua para que no quedara ni una gota. Y él me miraba desde arriba, sonriendo, como diciéndome «buena chica».

***

—Después me levanté. Me vestí rápido, agarré la mochila y salí de ahí temblando, con la cabeza hecha un nudo, el coño ardiéndome, las bragas empapadas de él y de mí, el semen todavía bajándome por la garganta. Subí al colectivo y sentía que toda la gente me miraba. Que me olían. Que sabían. No sé si eran miradas de morbo o de sentencia. Pero algo sí era seguro: te lo tenía que decir. No podía guardarlo. Si me querías odiar después, podías hacerlo. Pero yo soy tuya igual. Perdoname, Mateo. O disfrutame. Pero decime algo. Decime que no querés que me calle acá.

La habitación es solo respiración caliente. Mateo la mira fijo, le acaricia la cara, la mandíbula, le besa la frente con una suavidad que después no va a tener. Le abre la bata de un tirón, le arranca el cinto, la deja desnuda arriba del sillón. Le mira las tetas, el vientre, el coño hinchado y brillante que todavía se acuerda del otro. La hace recostarse boca abajo sobre el sillón largo, con las piernas todavía dobladas debajo del cuerpo, el culo levantado hacia él.

Su voz suena ansiosa, firme, sin lugar a discusión.

—No quiero que te calles, Luci. Quiero que me lo cuentes todo. Quiero verte hacer más. Quiero verte ser una puta sin que dejes de ser mía. Pero la próxima vez… —baja la voz hasta hacerla un susurro pegado a la oreja— la próxima vez lo quiero ver yo. Quiero verte abrirle las piernas a otro delante mío. Quiero verte tragar mientras yo te miro. No lo hacés sin mí, ¿entendiste?

Lucía asiente, sin poder hablar. Mateo le separa los cachetes del culo con las dos manos y le pasa la lengua por el coño de arriba abajo, comiéndoselo entero, chupándole lo que quedó del otro, tragándose el gusto ajeno mezclado con el de ella. Ella grita contra el respaldo. Él la come hasta que se corre otra vez, temblando, gimiendo su nombre. Después se para, se baja los pantalones y le mete la polla de una sola embestida, sin pedir permiso, sin ternura.

La bata queda tirada en el piso, las manos de Mateo se cierran fuertes sobre sus caderas. Ya no hay ternura. Hay carne, sudor, gemidos bajos contra el respaldo del sillón. Le mete la polla hasta el fondo, se queda adentro sintiéndola apretarlo, y le habla al oído mientras la coge:

—Así te cogió el viejo, ¿así? ¿Te la metía así? Contame, puta. Contame mientras te la meto yo.

—Así, sí —gime ella, mordiendo el brazo del sofá—. Así, más fuerte, así me la metía…

No es como las otras noches. Esta vez no hacen el amor: lo desarman. Mateo empuja sin pausa, sin preguntas, sin paciencia. La agarra del pelo, se lo tira para atrás y le muerde el hombro mientras le clava la polla hasta el fondo. Le pega en el culo con la palma abierta, primero una vez, después otra, dejándole la marca roja de la mano. Ella arquea la espalda, gime entre mordiscos al brazo del sofá. Lo prohibido les sabe más dulce a los dos.

La da vuelta, la sienta encima de él, la hace cabalgarlo mirándose a los ojos, agarrándole las tetas, chupándoselas mientras ella se mueve. Después la tira de nuevo boca arriba, le levanta las dos piernas al hombro y se la vuelve a meter. La coge así, doblada, con la polla saliéndole y entrándole delante de sus propios ojos, hasta que siente que ya no aguanta más.

Lucía se siente usada y amada, sucia y suya, todo a la vez. Sabe que su confesión no la salvó: la marcó. Y también lo marcó a él.

—Así, amor… —susurra ella entre dientes—. Hacelo fuerte. Hacelo como si yo no fuera tu esposa, sino tu puta. Corrémela adentro. Marcámela con la tuya, así te acordás siempre que soy tuya. Pero que nadie más lo vea. Solo vos. La próxima… te prometo que la próxima te pregunto primero. La próxima te la traigo servida.

Mateo gruñe algo que no es una palabra y se descarga adentro de ella en varios latigazos calientes, apretándole las caderas hasta dejarle los dedos marcados. Lucía se corre otra vez sintiéndolo llenarla, gimiendo bajo, con la cara aplastada contra el respaldo del sillón. Se queda ahí un rato largo, sin moverse, con él todavía adentro, respirándose la nuca. Cuando por fin él se retira, ve cómo el semen le baja por el muslo, mezclado con todo lo demás. Le pasa dos dedos, junta lo que puede y se los mete en la boca a ella. Lucía chupa despacio, mirándolo a los ojos, sin dejar de sonreír.

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Comentarios(8)

Marce_lect

Que manera de escribir... esto se siente demasiado real

RomanticoSur

Por favor seguí, quede con muchas ganas de saber como reaccionó él

cata_salta

Me recordó a una conversación difícil que yo misma tuve que tener hace años. Se me hizo un nudo en la garganta leyéndolo.

Pablin77

Increible como transmitís esa mezcla de miedo y alivio al mismo tiempo. Muy bien logrado.

NinaOcean22

Hay algo en la forma de contar esto que te atrapa desde la primera línea

lectora_silenciosa

Las confesiones son el genero que mas disfruto y este es de los mejores que lei en mucho tiempo. Guardado en favoritos.

VeronicaLec

Eso de animarse a decirlo sin saber como va a reaccionar... uf, lo sentí en el estomago mientras leía

LoboGris77

Tremendo. Muy bien narrado.

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