Una avería en plena ruta y el favor del camionero
Volvía sola del litoral, por ese tramo de carretera que serpentea entre dunas y matorrales secos. Eran las tres de la tarde y el termómetro del salpicadero marcaba treinta y nueve grados.
La aguja de la temperatura empezó a moverse cuando llevaba unos veinte kilómetros sin cruzarme con nadie. Primero un susurro raro debajo del capó, después un olor a goma caliente. Cuando el humo empezó a salir por las ranuras, supe que no iba a llegar a ninguna parte.
Detuve el coche en el arcén, encendí los intermitentes y bajé. Levanté el capó con cuidado, apartando la cara del vaho que subía hacia el cielo limpio. Avería segura.
Llevaba puesto lo justo. Una camiseta blanca de tirantes, sin sujetador porque el bikini mojado se había quedado dentro de la bolsa, y un pantalón corto de tela ligera que apenas me tapaba la mitad de las nalgas. Me había cambiado a la sombra de unas rocas con la idea de conducir hasta el aparcamiento del edificio y subir directa a la ducha. No contaba con esto.
Saqué el móvil. Una rayita, después ninguna. Caminé unos pasos hacia delante, después hacia atrás. Nada. Volví a apoyarme en el lateral del coche, crucé los brazos y miré la línea recta de asfalto hervir en el horizonte.
Estuve así unos diez minutos, sin saber qué hacer y notando cómo la chapa quemaba a través del pantalón. Entonces lo escuché. Primero un zumbido lejano, después un rugido de motor diésel. Por la cuesta apareció un camión enorme, de cabina alta, blanco con una franja roja.
Agité una mano en el aire. El camión empezó a frenar mucho antes de llegar a mi altura y se detuvo unos metros detrás de mi coche, con el aire comprimido silbando al soltar los frenos.
El hombre que bajó tendría unos cuarenta años. Alto, cuadrado, con el pelo corto entrecano. Llevaba un mono azul oscuro con cintas reflectantes y un pañuelo al cuello empapado de sudor. Caminó hacia mí con tranquilidad, como si todo en su día estuviera bajo control.
—¿Qué tenemos aquí? —preguntó cuando llegó a mi altura.
—Se ha calentado. Sale humo. Y no tengo cobertura —dije, intentando sonar más serena de lo que estaba.
—Déjame mirar. Si no doy con el problema, llamo a una grúa desde la emisora del camión.
Su voz era grave, pausada. Tenía esa manera de hablar de quien ha visto demasiadas averías en demasiadas carreteras. Me tranquilizó.
Se inclinó sobre el motor y empezó a tantear con los dedos. Yo me asomé desde el otro lado, en parte por curiosidad y en parte porque no sabía qué otra cosa hacer.
—Con este sol y el motor recalentado, hasta la chapa quema —comenté al sentir el calor en los muslos.
—En este coche, ahora mismo, todo está caliente —respondió.
Levantó la mirada un segundo. La fijó en mi cara, después la dejó caer. Bajó hasta el escote de la camiseta, donde la postura inclinada dejaba el algodón holgado y los pechos visibles. No tengo el busto grande, pero la posición era inequívoca. Sentí cómo se me subía el calor a las mejillas y, en lugar de incorporarme, me quedé tal cual. Que mire, pensé. Que mire si quiere.
—Voy a buscar un medidor al camión —dijo, sin dejar de observarme un segundo de más—. Vamos a ver si entendemos qué le pasa a este trasto.
Mientras lo veía alejarse, me di cuenta de que el corazón me iba más rápido de lo que correspondía a una simple avería. Y me di cuenta también de algo más: hacía meses que no me sentía así. En casa, las últimas conversaciones con Iván habían sido sobre la hipoteca, sobre los suegros, sobre cualquier cosa menos sobre nosotros. La mirada de ese desconocido me había despertado más que cualquier cena de aniversario de los últimos años.
Volvió con un aparato pequeño, con dos cables y una pantalla. Se acercó a mi lado, me lo enseñó y me explicó:
—Vas a sujetar tú estos cables donde yo te indique. Yo me pongo dentro a darle gas mientras miro la pantalla. Si la temperatura sigue subiendo sin pasar al circuito de refrigeración, tenemos un problema gordo. ¿Te animas?
—Sí —dije, sin entender la mitad—. Dime dónde.
Me giré hacia el motor y agarré los cables. Entonces sentí su cuerpo detrás del mío. Pasó los brazos por encima de los míos para guiarme las manos hacia dos puntos concretos. Su pecho me rozó la espalda. Y, contra mi nalga izquierda, noté algo duro y firme que no era el cinturón de las herramientas.
—Aguanta así. No te muevas. ¿Puedes? ¿Te molesta?
Acompañó la pregunta con un movimiento mínimo de cadera. No fue casualidad. Fue un roce calibrado, deliberado, una pregunta sin palabras.
—Molestar no molesta —dije muy bajo—. Pero…
—¿Pero qué?
Como respuesta, mi mano izquierda soltó el cable. No supe si por los nervios o por algo distinto. Él se separó al instante y dio la vuelta al coche, hasta colocarse frente a mí.
—No pasa nada. Sujétalo otra vez. Yo me pongo de este lado.
Me incliné de nuevo, más de lo necesario. Sabía perfectamente lo que estaba haciendo. La camiseta colgaba abierta, los pezones se marcaban contra el algodón y, desde su posición, debía estar viéndolo todo. Cuando levanté un instante la vista, lo confirmé. Tenía los ojos donde yo quería que estuvieran.
Trabajó un rato con las manos dentro del motor, ensuciándose de grasa hasta los codos. Después volvió a mi lado.
—Un último intento —dijo, colocándose otra vez detrás—. ¿Cómo te llamas?
—Marina.
—Yo soy Damián.
Esta vez tomó mis manos sobre los cables y las llevó más adelante, hacia el fondo del motor. Tuve que ponerme de puntillas y aplastarme contra el lateral del coche. El borde caliente del marco se me clavaba en las ingles. Su mono me presionaba la espalda. Y su erección, ya sin disimulo posible, se acomodaba entre mis nalgas como si llevara horas buscándolas.
—Estira más los brazos. Así. Aguanta que voy a darle al acelerador.
Cuando se separó para meterse al coche, miré mis manos. Tenía cinco huellas de dedos negros en la muñeca izquierda. Sus dedos. Su grasa.
El motor rugió y un nuevo penacho de humo brotó del radiador. Giré la cabeza para mirarlo y lo vi salir disparado de la cabina, casi corriendo, mientras me gritaba:
—No sueltes. No sueltes todavía. Quiero ver hasta dónde sube.
Apreté los dedos sobre los cables y esperé. No tardó ni dos segundos. Sus manos se posaron en mis caderas. Las recorrió de fuera hacia dentro hasta encontrar el borde elástico del pantalón. Y, sin pedirme permiso, lo bajó.
Lo bajó hasta los muslos. Después, otra mano, esta más firme, me separó las nalgas. Y lo que se abrió camino entre ellas no fue ninguna pregunta.
Solté los cables sin querer y solté también un suspiro largo, el primero que había salido de mí en mucho tiempo. Entró húmedo, decidido, hasta el fondo, como si supiera exactamente cómo estaba yo de mojada después de quince minutos de teatro inútil.
—Cabrón —murmuré.
—Puta. Qué buena estás. Y qué calor hace aquí, joder.
Sus manos pasaron de mis caderas a mis pechos por debajo de la camiseta. Los dedos sucios me dejaban manchas alrededor de los pezones. Apretaba, pellizcaba, soltaba, y me embestía con un ritmo que se ajustaba al mío sin que yo lo pidiera.
—Me estás dejando perdida de grasa.
—¿Quieres que pare?
—No. Sigue. Sigue, no pares ahora.
—Dilo.
—Soy tu puta. Una puta de carretera a la que paraste a ayudar. Una mujer que te pidió un favor y de la que estás abusando, cabrón. No pares.
El coche temblaba con cada embestida. Mis caderas chocaban contra el guardabarros, que me dejaba una franja ardiente en la piel cada vez. El sol golpeaba como un martillo. Y en algún momento, entre dos jadeos, escuché el rugido lejano de otro vehículo en la carretera.
Damián también lo escuchó. Salió de mí en seco, me agarró de la muñeca y me dijo, muy serio:
—Al camión. Ya. Allí tengo aire, agua y emisora para llamar a la grúa.
No esperé a que repitiera la orden. Me subí el pantalón a medias, lo cerré como pude y trepé tras él hasta la cabina del camión, dejando atrás mi coche con el capó abierto y mis bragas dentro de la bolsa de la playa.
***
La cabina era enorme. Más de lo que parecía desde fuera. Tenía un salpicadero plagado de luces, dos asientos altos y, detrás, una cortina corrida que tapaba la litera. Damián descolgó el micrófono de la radio, marcó una frecuencia y empezó a dar coordenadas con la misma voz pausada de antes. Como si no acabara de tenerme contra el motor de un coche.
Mientras él hablaba, yo me quité la camiseta. Me quité el pantalón. Me quedé como había llegado al mundo. Solo con un par de huellas de grasa en el vientre y un sudor que ya no sabía si era del calor, del miedo o de las ganas. Me senté a horcajadas sobre él en el asiento del conductor, le bajé el mono hasta los muslos y me clavé encima.
—Treinta minutos —dijo a la emisora, con mi cuello contra su boca y mis pechos contra su cara—. Cambio.
—Treinta minutos —repitió la voz al otro lado—. Cambio y corto.
Colgó el micrófono. Yo le clavé las uñas en los hombros y empecé a moverme despacio, dejando que cada bajada me partiera por la mitad. Él me sujetaba por la cintura con las dos manos. No decía nada. Solo respiraba contra mi clavícula, con esa misma calma con la que había bajado del camión la primera vez. Pero ahora la calma temblaba.
La grúa tardó más de una hora. Una hora larga, en la que pasamos del asiento a la litera. En la que recibí su cuerpo con las piernas sobre sus hombros, doblada en dos sobre un colchón estrecho que olía a colonia barata y a tabaco viejo. En la que tuve tres orgasmos seguidos, cada uno más fuerte que el anterior, mientras él aguantaba con una disciplina que solo se explica por años de aguantar tramos largos sin parar.
Cuando se corrió, fue dentro. Avisó un segundo antes con un gemido ronco y me lo dejó dentro, profundo, sin sacar, mientras yo lo abrazaba con las piernas para que no se moviera. Estuvimos así unos minutos, sudando, sin hablar. Después se levantó, abrió una nevera pequeña que tenía bajo el asiento y me pasó una botella de agua.
—Toma. Te conviene.
La grúa llegó cuando me estaba terminando de vestir. Damián salió de la cabina como si nada, habló con el conductor, le explicó que se había encontrado a una chica tirada y que le había dado agua mientras esperaban. El otro hombre me miró un segundo, asintió y empezó a enganchar mi coche.
Damián volvió a la cabina para despedirse. Me dio un beso en la sien, casi paternal.
—Cuídate, Marina.
—Tú también, Damián.
Le anoté mi número en el reverso de un albarán que tenía sobre el salpicadero. Él no me dio el suyo. Tampoco se lo pedí.
Y mientras escribo esto, meses después, todavía siento cómo se me humedece todo abajo solo de acordarme. Todavía espero, de vez en cuando, que suene el móvil con un número desconocido. Y, lo confieso, todavía no sé qué le diría a Iván si un día decide llamar.