Rompí con ella mientras mi vecina dormía en mi cama
Desperté con frío, descobijado. Tardé un par de segundos en reconocer mi habitación, mi cama, el ventilador girando sobre mi cabeza. Giré sobre el colchón y ahí seguía Mariana, la vecina del piso de arriba, completamente dormida, con la sábana enredada en los pies. La cabeza me daba vueltas por el cúmulo de cosas que habían pasado la noche anterior. Tenía algo parecido a una resaca emocional y sexual al mismo tiempo.
Me levanté con cuidado para no despertarla y me llevé el celular al baño. Me senté y, mientras esperaba a que el cuerpo terminara de despertar, encendí la pantalla. Tenía notificaciones acumuladas desde la noche anterior. El corazón se me empezó a acelerar y, sin razón aparente, mi verga le hizo segunda.
Pasé el seguro de la puerta para evitar sorpresas. La sorpresa me la llevé yo cuando vi el índice de mensajes.
Cinco mensajes de distintos grupos. Quince mensajes del trabajo. Dos de familia. Uno de Renata.
Cero de Camila.
Respiré hondo. No era posible que me estuviera obsesionando así con la hija de la mujer con la que acababa de empezar a salir. Al final, Camila no era más que una chamaca caliente, con ganas de conocer y de coger, y yo tenía suficientes complicaciones encima como para meterme en una más. Entre otras cosas, tenía a una vecina desnuda en mi cama.
Abrí el mensaje de Renata.
«Hola, corazón. Desperté y ya no te vi. Espero que se haya resuelto lo del trabajo. ¿Cuándo nos vemos? Tengo muchas ganas de verte».
Me quedé un momento mirando la pantalla. Lo que más deseaba era paz mental, y esa relación apenas empezaba. No quería involucrarme de manera insana con Renata mientras pensaba en su hija cada vez que cerraba los ojos. Hice algo que no me gusta hacer pero que en ese momento me pareció lo único decente. Decidí terminar.
Además, lo otro era cierto: tenía a Mariana desnuda en mi cama, era joven, cogía delicioso y vivía justo arriba. ¿Para qué complicarme la vida?
Armé un mensaje más o menos digno y se lo envié.
«Hola, Renata. Me acaban de avisar que tengo que viajar a Monterrey de urgencia, hay un proyecto que requiere mi atención y salgo hoy mismo. Perdona lo abrupto, pero no quisiera lastimarte ni que pensaras lo que no es. No sé cuánto tiempo voy a estar fuera y prefiero que cada uno siga su camino. Sé que esta no es la manera, y menos por mensaje, pero no encuentro otra. Voy rumbo al aeropuerto. Te quiero mucho. Espero que encuentres a alguien que te dé lo que yo no puedo. Besos».
Pulsé «enviar» antes de arrepentirme. Me levanté de la taza, me lavé la cara con agua helada y salí del baño sin esperar a ver si el mensaje había sido leído.
***
Mariana seguía en la cama, pero ahora estaba boca abajo. La sábana se había deslizado hasta sus rodillas y tenía el culo completamente expuesto, redondo, generoso, dispuesto. La luz que entraba por la persiana le caía sobre la espalda en franjas paralelas, y por un segundo me quedé parado en el marco de la puerta, mirándola como quien encuentra un regalo que no recordaba haber pedido.
No quise esperar a comprobar si Renata había leído nada. Mi verga ya estaba lo bastante dura como para que cualquier pensamiento ajeno se evaporara.
Me acerqué al pie de la cama y empecé por los tobillos. Le besé el derecho, después el izquierdo, dejando que la lengua trazara una línea húmeda hacia las pantorrillas. Subí despacio. Ella suspiró profundo, sin abrir los ojos, y murmuró unos buenos días que sonaron más a invitación que a saludo. Acomodó las caderas, abrió un poco más las piernas y siguió boca abajo, como si llevara horas esperando que yo hiciera exactamente eso.
Seguí subiendo. Llené de besos el reverso de las rodillas, los muslos, el pliegue de las nalgas. Cuando llegué al borde inferior de su trasero, deslicé la punta de la lengua entre las nalgas, recogiendo el sabor, el sudor y ese olor fuerte que deja una cama después de una noche larga.
Me acomodé sobre el colchón con las rodillas separadas. Le abrí las nalgas con ambas manos hasta dejar todo expuesto: el ano apretado, los labios vaginales todavía hinchados por lo de la noche anterior. Pasé la lengua a lo largo, presionando, como si quisiera entrar.
La oí gemir contra la almohada.
—Levanta el culo para mí —dije, con la voz más baja de lo que pretendía—. Apóyate en las rodillas.
—Sí, papi —contestó, y levantó la cadera.
Esa palabra me cortó la respiración. Me la había dicho por primera vez la noche anterior, en medio del cansancio, y ahora la repetía con los ojos cerrados, como si fuera un código privado entre los dos. La excitación se me disparó de manera exponencial.
—Ábrete con las manos —le pedí.
Mariana llevó las palmas a sus propias nalgas y se abrió ella misma. Me dejó la vista entera, ofrecida, sin pudor. Hundí los labios y la lengua donde podían llegar, mientras los dedos de mi mano derecha empezaban a entrar y salir de su vagina. Con el pulgar de la izquierda le frotaba el clítoris a un ritmo constante, no rápido, pero firme.
Empezó a resoplar contra la sábana. A gemir en frases entrecortadas que no eran palabras. Aumenté el ritmo. Le metí un tercer dedo. La cogía con la mano como si fuera otra cosa, y con la otra apretaba el clítoris en círculos cada vez más cerrados. La lengua iba y venía del borde de la vagina al ano, sin pausa, sin pensarlo.
Estaba tan metido en lo que hacía que casi no me di cuenta de que ya se venía. Sentí cómo los músculos internos me apretaron los dedos y un chorro me salpicó las manos, la sábana, parte de la cara. Las piernas le temblaban. Las contracciones del ano le presionaban la punta de la lengua de un modo que solo había sentido en muy pocas mujeres.
Se dejó caer de lado, respirando como si acabara de subir cuatro pisos corriendo.
***
Me puse de pie y caminé hacia la cabecera frotándome la verga sin prisa. Nos seguimos con la mirada todo el recorrido. Cuando llegué a la altura de su cabeza, me incliné y la besé. Fue un beso largo, lento, con la lengua hurgando, con sabor a ella todavía en mi boca. Le llevé una mano al pecho, le apreté los pezones, los rodé entre los dedos. Sus lenguas y la mía se peleaban por entrar en la boca del otro.
La acomodé boca arriba y deslicé su cabeza hasta dejarla en la orilla de la cama. Quería que mi verga quedara justo a la altura de su boca, como un sesenta y nueve con ella debajo. Embestí desde arriba. Empecé a meter y a sacar despacio, controlando la profundidad, mirándole los ojos cada vez que tomaba aire. La estaba disfrutando demasiado.
—Espera —dijo, separándose con las manos en mis caderas—. Me dolió el cuello. Mejor súbete y te sientas en mi cara.
La petición me tomó por sorpresa, pero accedí sin discutir. Nos acomodamos. Me arrastré con las rodillas hasta colocarme sobre ella, dejando que los testículos le fueran rozando la frente y la nariz a medida que avanzaba. Cuando llegué a la posición correcta, ella me abrazó las piernas con las dos manos y, sin avisar, hundió la lengua entre mis nalgas hasta llegar al ano.
Di un pequeño brinco por reflejo. No me lo esperaba. Pero ella apretó más fuerte, me bajó hacia su boca y siguió. Sentí un estallido de placer que no había sentido nunca de esa manera. La lengua moviéndose en círculos, la respiración caliente contra una zona que no estaba acostumbrada a esa atención y mi propia verga endurecida hasta el dolor.
Me empecé a masturbar. Movía la cadera contra su boca, despacio al principio, después más rápido. No duré mucho. Apenas un minuto, quizá dos. Me vine en un chorro enorme que cayó sobre sus tetas y le manchó el abdomen hasta el ombligo. El culo me temblaba, las piernas también. Me dejé caer de lado, junto a ella, todavía con la respiración descompuesta.
No podía dejar de mirarla. Con una calma absoluta, ella se recogió el semen del pecho con dos dedos y se lo llevó a la boca. Se incorporó, se inclinó sobre mí y me besó.
Justo así, con la boca llena, dejamos que las lenguas mezclaran todo hasta que no quedó nada. Fue uno de los besos más obscenos y más íntimos que recuerdo. No hablamos. No hacía falta.
Después se levantó. Caminó hasta el baño sin recoger nada, sin ponerse nada. Oí la puerta cerrarse y el grifo abrirse.
***
Yo me quedé rendido en la cama, mirando el techo. El celular seguía boca abajo en la mesita de noche. No me animaba a darlo vuelta todavía. Tampoco hacía falta. Lo que tuviera que llegar de Renata, llegaría. Lo que no llegaría nunca de Camila, tampoco hacía ya tanto ruido como antes.
Pensé en la cara que pondría Renata cuando viera el mensaje. Pensé también en lo fácil que había sido escribirlo. En que un par de párrafos servían para borrar dos meses de cenas, de risas, de promesas de fin de semana en la playa. Y en que, mientras yo escribía esas líneas en el baño, Mariana respiraba dormida a tres metros, sin saber que acababa de ganarme entero.
Oí el grifo cerrarse en el baño. Después la puerta. Mariana volvió a la cama caminando despacio, todavía desnuda, todavía sin pudor, y se acostó a mi lado boca arriba. Me pasó una pierna por encima del muslo y apoyó la cabeza en mi hombro.
—¿Tienes que ir a algún lado hoy? —preguntó, con los ojos cerrados.
—No —dije.
—Bien.
No agregó nada más. Yo tampoco. Por primera vez en muchas semanas, no estaba pensando en ninguna de las dos mujeres que me habían tenido la cabeza ocupada hasta el día anterior. Solo escuchaba la respiración lenta de Mariana al lado, el ventilador girando sobre nosotros y, abajo en la mesita, el celular vibrando una vez, dos, tres.
No lo agarré.