Mi amiga me suplicó un trío con su marido esa noche
Conocí a Sebastián en una fiesta de cumpleaños de una amiga en común, hace ya unos cuantos años. Llegó acompañando a otros conocidos, sin pareja a la vista, y desde el primer trago me sorprendió lo distinto que era del resto de los hombres de aquella noche. No buscaba ligar, no se acercaba a las chicas con segundas intenciones. Era de los que reparten servilletas cuando alguien derrama vino y se ofrecen a llevar a las amigas borrachas hasta la puerta.
Esa noche bebimos demasiado. Mis amigas y yo terminamos riéndonos sobre el sofá, descalzas, sin coordenadas y con las llaves del coche perdidas en algún bolso. Sebastián nos cuidó. Nos sirvió agua, nos acompañó al baño, condujo mi auto hasta mi departamento y se aseguró de que las cuatro llegáramos en una pieza.
Al día siguiente le escribí por Facebook para agradecerle. Me contestó con una frase que recuerdo de memoria: «No me agradezcas. Tengo esposa. No me gustaría que algún tipo se pasara de listo con ella en una fiesta, así que cuido a las demás como me gustaría que cuidaran a la mía».
Esa frase me ganó. No por galantería barata, sino porque en mi mundo —reuniones de oficina, salidas de viernes, antros llenos de manos sueltas— ese tipo de hombre ya casi no existía. Sebastián y yo seguimos hablando. Nunca tiró una indirecta. Nunca insinuó nada. A los pocos meses me presentó a su esposa.
Mariana era diez años mayor que yo, dueña junto a Sebastián de un pequeño local de snacks en la colonia donde vivían. Bonita, sí, pero sobre todo lúcida, divertida, con una risa fácil que invitaba a sentarte y quedarte. La primera vez que fui al negocio con mis amigas, ella nos preparó café, sacó galletas hechas en casa, nos contó chismes de las vecinas y nos pidió WhatsApp antes de irnos.
Pensé, los primeros días, que su amabilidad podía ser un disfraz. Que en realidad quería conocer a las amigas con las que su marido pasaba noches enteras de fiesta. Pero me equivoqué. Mariana no era de esas. Me invitó a comer a su casa en dos ocasiones distintas, me presentó a su hijo de tres años, me sirvió pasta hecha por ella y me trató como una más de la familia. Entré a su vida sin esfuerzo, y la sentí entrar en la mía.
***
Un año y medio después, Sebastián consiguió un puesto mejor en Monterrey y se mudaron. Lloramos un poco las tres —Mariana, mi amiga Pamela y yo— una tarde en la sala de su departamento ya casi vacío. Prometí visitarlos. Lo intenté un par de veces, pero los meses pasan rápido y el norte queda lejos cuando uno tiene un trabajo que no perdona.
Hace dos años, en diciembre, me escribió ella. Iban a pasar las fiestas en Guadalajara, en el departamento que mantenían para esos viajes. Me invitó a cenar el sábado anterior a Navidad. Algo relax, dijo, una velada de las nuestras.
Llegué al edificio a las ocho. Sebastián abrió en pantalón de mezclilla y camisa blanca, con el pelo todavía húmedo de la regadera. Mariana salió de la cocina con un delantal y una sonrisa que no le había visto en mucho tiempo. Me abrazó largo, como si el abrazo se hubiera quedado guardado desde la última vez.
Cenamos pasta con vino blanco. Pusieron música, las mismas canciones de aquellas tardes en su negocio. Mariana se reía de todo, me contaba anécdotas del norte, me enseñaba fotos del niño en uniforme escolar. Sebastián bebía poco —siempre fue así—, pero ella y yo no parábamos. Una copa, dos, tres. Cuando vacié la segunda botella en mi vaso, me di cuenta de que estábamos las dos hablando demasiado fuerte.
Aún era temprano para el cuerpo de Guadalajara. A la una y media, Mariana propuso seguir la noche en un bar gay que quedaba a tres cuadras del departamento. Sebastián levantó las cejas, pero asintió. Yo me reí. Mariana ya estaba poniéndose los tacones.
***
El bar estaba lleno. Música a todo volumen, luces moradas, drag queens en una tarima haciendo lip sync. Pedimos una ronda, después otra. Mariana y yo bailábamos sobre la pista, ella riéndose, yo sosteniéndola por la cintura para que no resbalara con los tacones. Sebastián se quedó en la mesa, vigilando los abrigos y respondiendo cortésmente a los chicos que se le acercaban a ofrecerle un trago.
Hacia las cinco y media de la mañana, Sebastián vino a buscarnos. Me dijo al oído que un grupo lo había estado rondando con demasiada insistencia y que prefería irse. Mariana protestó un rato, pero terminó cediendo. Caminamos los tres por la avenida vacía, ella entre nosotros, cantando una canción que yo no conocía.
En el departamento nos quitamos los zapatos en la entrada. Sebastián se metió al baño. Mariana me jaló del brazo y me llevó a su habitación.
—Tú duermes conmigo —dijo riéndose—. A él lo mando a los pies de la cama.
Yo me reí también, sin pensar nada. Sebastián salió del baño y obedeció sin queja. Se acostó atravesado, con la cabeza apoyada en un cojín, ya casi dormido cuando apagamos la luz. Mariana y yo nos metimos bajo las cobijas, una junto a la otra. Yo tenía sueño. Cerré los ojos.
Algo me rozó la oreja.
***
Pensé que era el cabello de Mariana al moverse. Pero después sentí su aliento, caliente y lento, y sus labios mordiéndome el lóbulo. Abrí los ojos en la oscuridad. Ella me miraba con una sonrisa que no era de borracha. Era de mujer decidida.
—¿Qué haces? —susurré.
—Nada —dijo, y se acercó a mi boca.
No me aparté. No supe si fue por la sorpresa, por el alcohol o porque hacía meses que no me besaba con nadie. Ella sabía que yo era bisexual, se lo había contado una de esas tardes en su negocio, riéndome de mis citas fallidas. Quizá lo guardó. Quizá lo pensó muchas veces antes de esa noche.
Nos besamos despacio. Su lengua entraba en mi boca con la torpeza dulce de alguien que lleva años besando a una sola persona. Intentamos no hacer ruido. Sebastián respiraba pesado a los pies del colchón. Cada tanto, Mariana se separaba un instante, escuchaba, y volvía.
Le puse la mano en la cintura por encima del camisón. Ella la subió hasta uno de sus pechos. Los tenía grandes, llenos; los pezones se endurecieron entre mis dedos en segundos. Me di cuenta de que estaba mucho más excitada de lo que su sonrisa dejaba ver. Yo también. La cabeza me daba vueltas por el tequila y por algo más, una culpa caliente que me arañaba el estómago.
—Sebastián —murmuré contra su cuello.
—Duerme —contestó ella—. Está hecho piedra.
No estaba hecho piedra.
—¿Qué están haciendo, cochinas? —dijo desde los pies, con la voz pastosa, sin moverse.
—Nada —contestamos las dos al mismo tiempo, y nos reímos como niñas.
Sebastián resopló y se dio la vuelta hacia el otro lado del colchón. Mariana esperó tres segundos y volvió a besarme.
***
Mi mano bajó por su vientre, por debajo del camisón, hasta encontrarla húmeda. Ella tembló. Le acaricié con dos dedos, despacio, sintiendo cómo se abría bajo mi tacto. Era su primera vez con una mujer, lo supe enseguida. No por torpeza, sino porque se dejaba hacer todo: no devolvía las caricias, no buscaba mi cuerpo, solo respiraba y abría más las piernas con cada movimiento.
Bajé por su cuerpo. Le besé los pechos, le mordí los pezones con cuidado, le pasé la lengua por el ombligo. Cuando llegué entre sus piernas, ella levantó las caderas para acercarse. Sabía exactamente dónde tocar. Es la ventaja de estar con otra mujer: conoces el mapa. La lamí despacio, le mordí el clítoris con suavidad, le metí los dedos al ritmo de su respiración. Mariana se mordía los labios para no gemir, pero el silencio le duraba poco. Cada cierto rato se le escapaba un sonido agudo que ella misma se tragaba.
—Así, así —me susurró—. Acaríciame así.
Lo hacía. Lo seguía haciendo. Sentía sus piernas temblar contra mis hombros. Iba a venirse.
Y entonces extendió la mano hacia los pies de la cama y sacudió a Sebastián.
***
Me quedé congelada. Sebastián se incorporó con cara de quien acaba de cruzar un umbral que no esperaba. Mariana le dijo algo al oído que no escuché. Él me miró a mí, después a ella, después a mí otra vez. Yo me incorporé sobre los codos, con el camisón de Mariana arrugado bajo mis manos.
—Mariana —dije—. Espera.
—Ven —me dijo ella, sentándose contra el respaldo—. Vamos a chupársela juntas.
—No —contesté, y la palabra me salió firme—. Te quiero. Eres mi amiga. No voy a hacer eso.
—No mames, Mariana —dijo Sebastián—. Está bien pedo. Déjala.
—¿En serio? —dijo ella, mirándome—. Te creía más atrevida. ¿Te da miedo?
—Miedo no —dije—. Es respeto. Por ti.
Mariana se acercó otra vez. Me besó. Me besó con más insistencia que antes, con la mano detrás de mi nuca. Y me susurró, muy bajo, que era la única persona en el mundo a la que ella le pediría algo así. Que llevaba meses pensándolo. Que confiaba en mí como en nadie. Que por favor, por favor.
No sé qué pesa más a esa hora de la madrugada: el alcohol, el cansancio o el miedo a romperle algo a alguien que quieres.
Cedí. No por deseo. No por curiosidad. Cedí porque ella me lo pedía y porque pensé, en ese instante absurdo, que negarme heriría más que aceptar.
***
Lo que vino después lo recuerdo con la nitidez del que mira de afuera. Mariana se inclinó sobre Sebastián. Yo me acerqué por el otro lado y la imité sin convicción. Apenas mis labios rozaban su miembro; Mariana, en cambio, lo hacía con una urgencia que yo no le conocía. Sebastián la miraba a ella, no a mí. Eso, en el fondo, me alivió.
Después se acostó ella y él la penetró con la calma de quien sabe el cuerpo de su mujer de memoria. Yo me arrimé a un lado y le besé los pechos mientras Mariana cerraba los ojos y arqueaba la espalda. Tenía las mejillas rojas, la sonrisa abierta, esa cara de gata satisfecha que solo le enseña tu mejor amiga cuando se olvida de que la estás viendo.
—Cógemela —le dijo a Sebastián, señalándome con la barbilla—. A ella, ahora.
Negué con la cabeza. No quería. Sebastián también negó. Pero Mariana insistió, jaló el brazo de su marido, me suplicó con esa misma cara que me había suplicado antes. Me puse en cuatro. No por ganas. Por terminar.
Sebastián entró. Era ancho, era largo, en otra vida habría disfrutado cada centímetro. Aquella madrugada no sentí nada. Estaba demasiado lejos de mi propio cuerpo, mirando el techo, contando las grietas mínimas del yeso, escuchando a Mariana decirme al oído lo guapa que era y lo mucho que me quería.
—Le toca a ella —dije, dándome la vuelta—. A ella le toca.
***
Y eso fue lo que pasó durante el resto. Yo me convertí en lo que en el fondo siempre había querido ser esa noche: una espectadora. Mariana se puso en cuatro y Sebastián la cogió con una intensidad que hacía rebotar la cabecera contra la pared. Le escupió en el ano y la penetró por detrás, despacio al principio, después con todo. Mariana gritaba, le pedía más, le decía cosas que jamás imaginé que pudieran salir de su boca. Yo le masturbaba el clítoris con la mano izquierda mientras le pasaba la otra por la espalda, y ese contacto fue lo único que sentí real en toda la madrugada.
Se vinieron juntos. Ella primero, en un grito largo que tuvo que tragarse contra la almohada. Él un segundo después, con la mandíbula apretada y los ojos cerrados. Se desplomó sobre la cama. Mariana lo abrazó. Yo me senté contra la pared, con las rodillas pegadas al pecho.
Hubo un silencio raro. Ni vergüenza ni risa. Solo silencio.
***
Me vestí sin decir nada. Recogí mi bolso, mis zapatos, mi abrigo. Mariana me siguió a la sala. Eran las ocho y media, ya entraba luz por las cortinas. Me pidió un Uber desde su teléfono y me dijo que ella lo pagaba. Me agradeció. Me dijo que me apreciaba. Me dio un beso de piquito en los labios, corto, y se quedó mirándome con una expresión que no supe descifrar.
Sebastián me acompañó hasta el ascensor. No se atrevió a abrazarme. Yo tampoco a él. Levantó la mano y se quedó en la puerta hasta que las puertas del elevador se cerraron.
En el coche, el chofer puso música suave. Yo miré por la ventana las calles vacías de la colonia y entendí, sin terminar de aceptarlo todavía, que acababa de cruzar una línea que no sabía que tenía dibujada.
***
Esa misma tarde, Sebastián me escribió un mensaje. Una disculpa larga, en nombre de Mariana y en el suyo. Me pidió perdón por haberme empujado a algo que no quería. Me dijo que ella estaba avergonzada y que prefería esperar unos días antes de hablarme. Le contesté lo único que se me ocurrió: que estábamos bien, que no había nada que perdonar, que olvidáramos la noche como se olvida un sueño raro.
Pasaron dos años. Mariana y yo seguimos hablando como antes. Nos mandamos memes, fotos del niño, audios largos en los que ella me cuenta de la vida en Monterrey y yo le cuento de mis citas torpes. Ni una vez volvimos a mencionar aquella madrugada. A veces, cuando hablo con ella, me pregunto si la recuerda con la claridad con que la recuerdo yo, o si para ella es solo una mancha borrosa de tequila.
Lo confieso por escribirlo. Porque cargarlo en silencio durante dos años empezaba a pesarme. No fue mi mejor experiencia. No fue una experiencia, siquiera, en el sentido que esa palabra suele tener. Fue un favor mal entendido a una amiga que quería más de lo que yo podía darle.
De aquella noche, lo único que me llevo —y lo digo sin culpa— es la imagen de Mariana mordiéndose los labios bajo el cuerpo de su marido. La cara de mujer feliz, de mujer cumplida, de mujer que por una vez se permitió pedir lo que no se atreven a pedir. Por verla así, supongo, valió la pena la incomodidad. Por verla así, ya me da igual lo demás.