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Relatos Ardientes

Pedí cena y el botones me trajo otra cosa

Mi trabajo me obliga a viajar más de lo que me gustaría. Esa temporada me había tocado República Dominicana, un proyecto de tres semanas en Santo Domingo que me tenía con la cabeza puesta solo en planillas, cronogramas y reuniones a horas raras. La ciudad era hermosa, la gente cálida, la mezcla de acentos y olores se sentía en cada esquina, pero yo apenas la veía desde la ventana del taxi entre el hotel y la obra.

Tenía veintiséis años entonces. Caliente, como siempre, y muy poco filtro para reconocerme bisexual cuando la cabeza me daba vueltas y la mano izquierda ya no rendía. La diferencia era que en viajes así, con la agenda comiéndome los días, ni siquiera tenía energía para intentar un ligue. Me masturbaba antes de dormir más por higiene mental que por gusto, una manera rápida de bajar la presión para poder caer redondo en la almohada.

Una noche regresé al hotel reventado. Habíamos pasado catorce horas en el sitio de obra, con un cliente que se había puesto exigente y un calor que se pegaba a la camisa como una segunda piel. Lo único que quería era sacarme la ropa, cenar algo liviano y desaparecer hasta la mañana siguiente. Subí los seis pisos en ese ascensor lento que olía a madera vieja y entré a la habitación con la corbata ya en la mano.

Para mí, ponerme cómodo significa una cosa muy específica: bóxer blanco y camiseta blanca tipo militar, sin más. Es una costumbre que arrastro desde la universidad, una especie de uniforme privado para cuando bajo el telón del día. Tirado en la cama, abrí la carta del servicio a la habitación, escogí un pollo a la criolla con arroz y una soda de jengibre, y levanté el teléfono.

—En cuarenta minutos lo tenemos arriba, señor —dijo una voz al otro lado.

Cerré los ojos y me dejé caer en la almohada. Tenía un cansancio que dolía hasta en los párpados. Quizá me adormilé porque el toque en la puerta me sobresaltó como si hubiera pasado una hora entera y no media.

Abrí descalzo, sin pensarlo. Del otro lado había un muchacho de unos veintiún años, alto, moreno, con la espalda recta de quien se cuida y una placa en la solapa que decía Damián. Me miró de arriba abajo sin disimulo, una mirada larga, lenta, que se detuvo en mi pecho y bajó hasta el elástico del bóxer antes de volver a mis ojos.

—Buenas, le traje el pedido —dijo, pero la frase venía con un tono extraño, como si estuviera pensando otra cosa al mismo tiempo.

—Pasá, por favor. Dejalo en el escritorio.

La puerta se cerró sola detrás de él con ese ruido suave que tienen las puertas de los hoteles caros. Damián empujó el carrito hasta el escritorio, acomodó la bandeja con la calma de quien sabe lo que hace, y antes de pasarme el cuaderno para la firma, me dejó caer una frase que no esperaba.

—¿Es militar usted?

Levanté la vista del cuaderno.

—¿Por qué lo decís?

—Por la camiseta blanca y el bóxer. El corte de pelo también. Todos los militares que pasan por acá usan esa misma combinación. Le queda bien.

El «le queda bien» me cayó como una piedra caliente en el estómago. No por la frase en sí, que era trivial, sino por la pausa que hizo antes y por la manera en que se le quedó la mirada clavada a un palmo de mi cintura. Firmé el cuaderno y se lo extendí. Damián no lo tomó. Dio un paso más cerca, lo justo para que su perfume —algún cítrico barato pero limpio— me llegara a la cara.

Yo sentí, sin querer, que mi pene reaccionaba. No estaba duro todavía, pero ya no estaba dormido tampoco. Esa cosquilla incómoda de cuando el cuerpo se adelanta a la cabeza. Bajé la mano al cuaderno como si el problema fuera reacomodarlo, pero la verdad era que quería taparme.

Damián lo vio. Lo notó con la misma claridad con la que se ve una luz roja en una habitación oscura. Y entonces hizo algo que todavía me cuesta describir.

—Yo fui soldado dos años, en mi pueblo —dijo, mientras me agarraba el bulto por encima de la tela del bóxer, sin pedirme permiso, sin avisar, con una mano firme—. Y sé reconocer cuando alguien anda buscando un poco de disciplina.

No me moví. No supe cómo moverme.

Mi verga creció en su palma como si tuviera vida propia, una respuesta automática que me ganó la voluntad antes de que pudiera tomar una decisión. Damián apretó un poco más fuerte, midiéndome, y vi en sus ojos que ya había decidido por los dos. Me agarró del hombro, me dio media vuelta con la facilidad con la que se voltea una almohada, y me empujó contra el borde del escritorio.

—Quieto.

Sentí su pelvis pegada a mis nalgas. Todavía vestido él, con el pantalón del uniforme rozándome la piel desnuda de los muslos. Su bulto, que ya no era un bulto sino una forma reconocible, se acomodó contra la abertura del bóxer, restregándose despacio, con la paciencia de alguien que sabe que tiene todo el tiempo del mundo.

Arqueé la espalda. Fue un movimiento involuntario, casi un reflejo, como cuando alguien te roza una cosquilla en la nuca y el cuerpo se acomoda solo. Damián lo registró y se rio bajito, una risa corta, sin burla, casi de aprobación.

—Eres de los que les gusta la verga, ya lo veía desde la puerta.

Cerré los ojos. No respondí porque no había nada que responder. Lo que sí hice fue dejar caer un poco más el peso del torso sobre el escritorio, una rendición silenciosa que él entendió sin necesidad de palabras.

***

Me empujó hacia la cama. Caí boca abajo sobre el edredón, con la cabeza ladeada para poder respirar. Oí el ruido metálico de su hebilla, el cinturón cayendo al piso, el roce del pantalón bajando. Me bajó el bóxer hasta los muslos sin ceremonia, me separó las piernas con las suyas, y antes de que pudiera siquiera respirar profundo, sentí su verga abrirse paso de un solo empujón.

Sin lubricación. Sin aviso.

Grité. No fue un grito alto porque su mano me tapó la boca casi al mismo tiempo, con la misma firmeza con la que antes me había agarrado el bulto. Palma ancha, dedos largos, presión justa para que no se escapara nada del corredor del hotel.

—Silencio —me susurró al oído—. Esto es lo que estabas pidiendo desde que abriste la puerta así.

Vi estrellas. Literalmente. Una constelación de puntos blancos detrás de los párpados, con un ardor que me corría desde el coxis hasta la nuca. Damián era ancho, demasiado ancho para esa forma de entrar, y la mezcla de dolor y susto me dejó sin aire por unos segundos largos.

Pero algo, en medio de todo eso, empezó a girar. Una corriente caliente que iba avanzando despacio, una vibración rara en la base de la espalda, una rendición que se parecía menos al miedo y más al alivio. El cuerpo aprendió a recibirlo antes que la cabeza.

Empezó a moverse. Embestidas largas, sin apuro, con palmadas secas sobre la nalga derecha cada vez que yo intentaba acomodarme. La cama crujía con un ritmo que se volvió métrico, casi musical. Su mano seguía sobre mi boca; con la otra, me sujetaba la cintura como si fuera un asa.

—Así me gusta —dijo, y la voz le salía más ronca—, así, calladito, recibiendo lo que viniste a buscar.

Yo jadeaba contra su palma. Cada vez que él bajaba el pecho contra mi espalda, la camiseta blanca se me subía hasta los omóplatos. Sentía su respiración pegada a mi nuca, el olor a sudor mezclado con el cítrico del perfume, el calor concentrado de los dos cuerpos en una habitación con el aire acondicionado demasiado bajo.

Llevaba ya varios minutos así cuando noté que se le aceleraba el ritmo. Las embestidas se acortaron, se volvieron irregulares, y le oí soltar el aire entre los dientes. Su verga palpitó dentro de mí con esa pulsación que reconozco aunque venga del otro lado, y enseguida sentí los chorros calientes vaciándose en mi interior, uno detrás del otro, cuatro o cinco, no los conté.

Se quedó arriba unos segundos, respirando contra mi pelo. Después salió, lento, dejándome la sensación de un hueco caliente y palpitante en su lugar. Lo oí caminar al baño, abrir un grifo, lavarse con esa naturalidad de quien lo ha hecho mil veces. Yo no me moví. No podía. Tenía la pelvis fija contra el colchón y un cansancio nuevo, distinto al del trabajo, que me anclaba a la cama.

Cuando volvió, se subió el pantalón frente al espejo del escritorio, se acomodó la camisa por dentro, se peinó con los dedos. Pasó al lado de la cama, me apoyó dos dedos en la corva izquierda, casi cariñoso, y dijo desde la puerta:

—Ya estás disciplinado.

La puerta se cerró con el mismo ruido suave de antes.

***

Me quedé así dos horas, boca abajo, con el bóxer enredado en una rodilla y la camiseta arrugada en la espalda. No dormí del todo; flotaba entre el sueño y la conciencia, sintiendo cómo su semen iba saliendo despacio y manchando la sábana. Cuando finalmente me levanté ya pasada la madrugada, vi en el blanco del edredón una mezcla de leche y un poco de sangre, no mucha, lo justo para confirmarme que aquello había sido tan violento como había sentido.

Caminé al baño con las piernas separadas, como si llevara algo entre los muslos. Me senté en el inodoro, me limpié con paciencia, y bajo el chorro de la ducha me quedé un rato largo dejando que el agua tibia me corriera por la espalda. No lloré, aunque pensé que iba a hacerlo. Lo que sentí fue otra cosa, más difícil de nombrar: una mezcla de vergüenza, asombro y una calentura nueva que ya no era física.

Durante los tres días siguientes caminé raro. En las reuniones me sentaba con cuidado y, cuando me reía con un chiste del cliente, una punzada me recordaba dónde había estado Damián. La mente me volvía sola a esa escena: la frase del militar, la mano sobre la boca, el peso encima, las palmadas, el silencio absoluto del corredor del hotel mientras él vaciaba lo suyo dentro de mí.

Cada noche, al cerrar la carta del servicio a la habitación, dudaba. Levantaba el teléfono y lo volvía a colgar. La culpa, esa culpa que no es del todo culpa sino más bien miedo a uno mismo, me ganaba la mano. No volví a pedir room service en ese hotel. Tampoco volví a cruzarme con Damián en los pasillos, aunque lo busqué con la vista cada vez que pasaba por recepción, fingiendo que revisaba el celular.

Volví a Buenos Aires con el proyecto cerrado, los planos firmados y un secreto al que todavía vuelvo cuando estoy solo. A veces, cuando me pongo el bóxer blanco y la camiseta militar después de una ducha larga, me miro al espejo y pienso lo mismo: que en algún piso de algún hotel del Caribe, un muchacho llamado Damián me enseñó algo de mí que yo no quería saber, y que esa madrugada, sin permiso pero sin equivocarse, me dejó marcado para siempre.

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