Lo que pasó en el consultorio de la oficina vacía
La cuarentena me dejó algo que no esperaba: un hambre vieja, animal, que ningún juguete podía calmar. Cinco meses encerrado en mi departamento, hablando con clientes por videollamada y midiendo los pasos del balcón al refrigerador. La masturbación se volvió un trámite tan rutinario como cepillarse los dientes. Probé de todo —desde el mango de un cepillo hasta consoladores que pedí por delivery con caja sin marca—, pero nada se acercaba a la sensación de una verga real empujando dentro de mí. A las tres semanas dejé de contar las pajas diarias. A los dos meses empecé a soñar con desconocidos que me arrinconaban en el ascensor y me la metían contra el espejo.
Cuando la empresa nos permitió volver por turnos, me hubiera vestido con corbata aunque no hiciera falta. Trabajábamos en grupos de seis personas por planta, distanciados, con barbijo y horarios cortos. La oficina parecía un set abandonado: pasillos vacíos, computadoras tapadas con plástico, el aire acondicionado zumbando en una sala donde no había nadie. Y en ese silencio, las miradas se notaban más.
El doctor Gonzalo me miraba.
Gonzalo era el médico clínico de la compañía. Tendría unos cincuenta y ocho años, contextura pesada, casi calvo, con cejas demasiado pobladas y unos antebrazos cubiertos de pelo gris. No era un hombre atractivo en el sentido convencional —siempre olía a una mezcla de loción barata y café—, pero tenía una forma de mirarte que te despojaba antes de que abrieras la boca. Yo había sentido esa mirada antes de la pandemia, en el pasillo del comedor, en el ascensor, una vez en el estacionamiento del subsuelo. La había anotado en mi cabeza y la había guardado para las noches solo en mi cama, con dos dedos dentro del culo y la otra mano encerrándome la polla, junto a otras miradas que coleccionaba de hombres mayores y que jamás iba a admitir en voz alta.
El segundo jueves de oficina amanecí con una contractura. Real o imaginada, no me importaba. A media mañana me levanté del escritorio, caminé hasta el ala D y golpeé la puerta del consultorio. El consultorio quedaba en el rincón más alejado del piso, sin ventanas externas, al fondo de un pasillo que en esa época nadie pisaba.
—Adelante —dijo desde adentro.
Entré y cerré la puerta. Gonzalo estaba sentado detrás del escritorio, llenando una planilla a mano. Levantó la vista. La sostuvo más de lo que un médico debe sostener una mirada.
—¿Qué te trae por acá?
—Me duele la zona lumbar. Llevo días así. Pensé que se me iba a pasar.
Asintió despacio. Se puso de pie, rodeó el escritorio y se acercó a mí.
—Sacate la camisa. Sentate en la camilla, de espaldas a mí.
Obedecí. Desabotoné la camisa, la doblé sobre una silla y me senté en la camilla. Sentí el papel descartable crujir bajo mi pantalón. Gonzalo se puso unos guantes —se tomó su tiempo, los estiró con un chasquido seco— y se acercó por detrás. Sus dedos recorrieron mi columna desde la nuca hacia abajo. No eran manos delicadas. Tenían callos, tenían fuerza.
—Acá —dijo, presionando una vértebra baja—. Y acá. Tenés todo contracturado. Respirá.
Respiré. Bajó la mano un poco más, una vez, otra vez. En el tercer recorrido, sin disimular del todo, deslizó dos dedos por encima del elástico de mi calzoncillo, rozó el comienzo de mis nalgas y volvió a subir. Cerré los ojos. Sentí el calor subirme por el cuello y la polla empezar a hincharse contra la tela del pantalón.
Tragué saliva. El consultorio entero, con su olor a alcohol y su luz fluorescente, había empezado a achicarse hasta caber del tamaño de esos dos dedos.
Que siga, por favor, que siga. Que me meta la mano entera.
—Tenés una pequeña desviación en la lumbar —dijo, y su voz había bajado medio tono—. Te voy a poner una inyección para el dolor y después te alineo. ¿Te parece?
Asentí sin mirarlo. Mi corazón golpeaba como un tambor.
—Bajate los pantalones. Acostate boca abajo, abrazá la almohada. Voy a preparar la inyección.
Lo hice antes de pensar. Me bajé los pantalones hasta las rodillas, también el calzoncillo, y me acosté boca abajo. Apoyé la mejilla contra la almohada, abracé sus bordes y miré la pared. La pared tenía un afiche viejo del calendario de vacunación. Lo memoricé entero para no pensar en lo que estaba haciendo, pero pensar era lo único que podía hacer. Sentía la corriente del aire acondicionado contra la espalda desnuda, contra los muslos, contra el culo pelado, contra una parte de mí que llevaba meses sin que nadie tocara. Mi verga, aplastada bajo mi peso, chorreaba pre-semen contra el papel descartable.
Escuché agua corriendo en la pileta. Escuché un envoltorio plástico abriéndose. Escuché la hebilla de un cinturón cediendo, y un pantalón cayendo al piso. Eso último no era el sonido de un médico preparando una inyección.
No me moví.
—Quedate como estás —dijo, y su voz ahora venía de muy cerca.
Sentí la camilla hundirse a mis costados cuando subió. Sus rodillas se metieron entre las mías y me abrieron las piernas con una calma deliberada, sin prisa, como si tuviera todo el derecho del mundo. Apoyó el pecho contra mi espalda. Su peso era enorme. Su olor a loción y café me llenó la cara. Algo duro, caliente, sin tela de por medio, me tocó entre las nalgas. Era gordo. Sentí el glande babeado deslizarse por la hendidura, buscando la entrada, marcándome. Me pasó la punta de la polla por el ojete una, dos, tres veces, restregándola, haciéndomela sentir entera antes de meterla.
—¿Para esto bajaste? —me preguntó al oído.
—Sí —susurré.
—Decilo más fuerte. Decí para qué bajaste.
—Sí, doctor. Bajé para que me la metas.
—Así me gusta.
Escuché el chasquido de un sobre de lubricante. Sentí un chorro frío caerme sobre el culo y bajar por el perineo. Después dos dedos gordos abrirse paso, uno primero, después el otro, girando adentro, separándose para agrandarme. Me hurgó sin cariño, con la rudeza de quien sabe que no hace falta, apretando ese punto interno que me hizo levantar la cadera sin querer. Sacó los dedos con un chasquido húmedo. Y después sentí el resto. Empujó la cabeza gruesa contra el anillo apretado, hizo presión, presión, hasta que el ojete cedió con un ardor blanco. Empujó de un solo movimiento, sin pausas, sin preguntar. El ardor me arrancó un grito que ahogué contra la almohada. Era grueso, mucho más grueso de lo que había imaginado, y largo, y entraba centímetro a centímetro sin permitirme protestar, abriéndose camino a la fuerza. Por un segundo pensé que no iba a entrar entera, que mi cuerpo se iba a partir. Pero entró. Entró toda, hasta que sentí sus huevos peludos aplastarse contra los míos y su vello púbico rasparme las nalgas.
—Si gritás, te va mal —murmuró—. Acá al lado pasa gente. Aguantá esta verga adentro. Aguantala toda.
Aguanté. Cerré la boca, apreté la mandíbula y me concentré en respirar por la nariz mientras él se quedaba clavado adentro, dejándome sentir cada vena, cada centímetro caliente. Después de los primeros segundos, el ardor se transformó. Se convirtió en una llenura imposible, en un calor que se irradiaba hacia adelante, hacia adentro, hacia partes de mí que llevaban meses esperando. Sin darme cuenta levanté las caderas. Las paré para él, las ofrecí, empujé el culo hacia atrás como un animal en celo que pide más. Una parte de mi cabeza me decía que tenía que estar enojado, indignado, llamando a alguien. La otra parte me decía que no iba a haber otra oportunidad como esa, que ese doctor gordo me estaba partiendo el culo como necesitaba desde hacía meses.
Gonzalo lo notó. Soltó una risa baja contra mi nuca.
—Mirá vos. Bajaste a buscar esto. Bajaste a que te la meta el viejo. ¿Cuánto hace que no te cogen bien?
—Meses —jadeé—. Meses, doctor.
—Se nota. Tenés el culo hambriento. Te aprieta como una virgen.
Empezó a moverse despacio, sacándola casi hasta el glande y volviéndola a hundir con calma, para que la sintiera entrar y salir entera. Cada retirada me dejaba vacío y cada empuje me llenaba de nuevo, un golpe seco contra el fondo que me subía la voz a la garganta. Después más rápido. Después con la regularidad de un hombre que sabe lo que está haciendo, que sabe dónde tiene que golpear. Una mano me sostenía la cadera, la otra me agarraba el pelo y me tiraba la cabeza hacia atrás para clavarme mejor. La camilla crujía con cada embestida. El papel descartable se rompió bajo mi pecho, hecho un bollo pegoteado de mi propia baba y de mi pre-semen. Sus testículos golpeaban contra los míos en cada empuje, un chasquido húmedo y rítmico que llenaba el consultorio.
—¿Te duele todavía la espalda? —me preguntó, jadeando, hundiéndome la verga hasta la raíz.
—No —dije, casi sin voz—. No, doctor.
—Bien. Eso es el tratamiento. Verga hasta el fondo. Es lo único que te cura.
Me mordió la nuca. Me clavó los dientes en el hombro. Me tiró del pelo tan fuerte que se me arqueó la espalda y el culo se me abrió más para él, y él aprovechó para empujar más adentro, más adentro, hasta que sentí la punta gorda golpear un lugar que nunca me habían tocado. Se me escapó un gemido agudo, de puta, que traté de ahogar contra la almohada.
—Eso te gusta —dijo, y volvió a golpear el mismo punto—. Decime que te gusta.
—Me gusta —susurré—. Me gusta tu verga, doctor. Cogeme más fuerte.
Le clavé las uñas a la almohada. Me costaba creer que estuviera pasando, y al mismo tiempo me costaba creer que hubiera esperado tanto. Cada vez que entraba hasta el fondo, una corriente eléctrica me recorría desde el coxis hasta la base del cráneo. Mi propia erección, atrapada contra el papel, latía cada vez que él se hundía, chorreando líquido claro sin que yo me la tocara. El culo hacía un sonido obsceno, chuic, chuic, mojado de lubricante y de saliva y de lo que él iba a dejarme adentro.
Metió una mano por debajo de mi cuerpo y me agarró la polla. La cerró en su puño áspero y la empezó a masturbar al ritmo de sus embestidas, cada empuje coordinado con un tirón. Fue demasiado. Me temblaron las piernas. Me clavé sus dedos en el pelo y su verga en el culo y sentí que me iba.
—Aguantate —me ordenó al oído—. Te venís cuando yo te lo diga.
—No puedo —gemí.
—Aguantá. Yo estoy cerca.
Aumentó el ritmo. Me cogió sin piedad, con esos golpes duros de hombre grande que no tiene que probar nada, hundiéndome la camilla, hundiéndome contra el papel roto, sudando encima de mí. El olor a loción y café ahora era también olor a sudor, a sexo, a cuerpos.
—Voy a venirme adentro —me anunció, sin pedir permiso—. Y te lo vas a guardar.
—Sí —dije.
—Decilo bien. Decí qué querés que te haga.
—Sí, doctor. Vaciate adentro. Lléname el culo.
Lo escuché contener la respiración. Sus dedos se cerraron sobre mi cadera con tanta fuerza que al día siguiente todavía iba a tener las marcas moradas. Empujó hasta el fondo, una, dos veces, y se quedó ahí, temblando, con la polla clavada hasta la raíz. Sentí los espasmos de su miembro contra mis paredes, los latidos de la verga descargando adentro, el calor de cada chorro abriéndose paso, uno tras otro, gordos, largos, un semen espeso y caliente que me llenó hasta que no cupo más. Su puño se apretó contra mi verga en ese momento y me terminó a mí también. Me corrí sin poder aguantarme, con espasmos que me sacudieron la espalda, disparando semen contra el papel descartable y contra su mano y contra mi propia panza, mientras el culo se me apretaba en oleadas alrededor de la polla del doctor y le ordeñaba hasta la última gota.
***
Gonzalo se quedó un momento sobre mí, respirando fuerte, con la verga todavía enterrada. Después salió con cuidado, muy despacio, y sentí el vacío tibio y el semen empezar a escurrirse. Se bajó de la camilla. Lo escuché abrir la canilla y lavarse. Yo no me moví. Me quedé boca abajo, con las piernas abiertas, con el culo dilatado y palpitante, con su leche caliente goteando por la cara interna del muslo.
—Vestite —me ordenó—. Y no la botes. Apretá el culo y tenela adentro un rato. Que te dure hasta la casa.
Me incorporé despacio. Me dolía todo y no me importaba. Apreté el ojete como me había dicho, sintiendo cómo el semen se movía adentro, y me subí el calzoncillo apretado, después los pantalones. Cuando me agachaba a atarme los zapatos, sentí la leche moverse adentro y una gota escaparse hasta la tela. Solté un suspiro que él escuchó.
—¿La sentís?
—Sí. La siento toda.
—Bien. Pasado mañana volvés. Te tengo que controlar la columna. Y el culo.
Asentí. Me terminé de abotonar la camisa. Antes de salir lo miré por primera vez de frente. Tenía el guardapolvo otra vez puesto, prolijo, y estaba escribiendo algo en mi ficha como si nada hubiera pasado. Solo me miró cuando alcancé la puerta.
—Y la próxima —dijo—, traete algo más interesante que un dolor de espalda. Vení con el culo lavado y sin calzoncillo.
Salí al pasillo. La oficina seguía vacía. Caminé hasta mi escritorio con esa sensación tibia entre las piernas, con el ojete latiéndome, con las nalgas ardiendo, con la cabeza zumbando. Me senté frente a la computadora y abrí un mail cualquiera para fingir que trabajaba. Cada vez que me movía en la silla, una gota se desprendía del culo abierto y bajaba por mi muslo. Cada gota era un recordatorio de que aquello había pasado, de que no lo había imaginado, de que dentro de mí algo estaba marcado, de que ese viejo me había roto y me había dejado su firma adentro.
A la mañana siguiente, antes de salir de casa, busqué en el calendario qué días me tocaba volver a la oficina. Marqué cada uno con una crucecita. Después abrí el mail y le escribí al doctor Gonzalo para pedirle un turno de control. No tardó en contestarme.
—El jueves —me escribió—. Y vení sin almorzar. Y sin calzoncillo, como te dije.
Cerré la laptop y me quedé mirando la pared, con la mano metida en el pantalón, tocándome el ojete todavía sensible. Afuera, los autos volvían a sonar como antes. Adentro, yo recién empezaba.