La amante que tuve que callar en mi oficina
Hacía casi un mes que no tenía noticias de Lorena. No era por falta de ganas, ni suyas ni mías. El problema era el marido. Desde que lo habían echado de la consultora, el tipo se había vuelto una sombra: pegado a ella las veinticuatro horas, sin un horario que rompiera la rutina, sin un hueco por donde colarse. Yo entendía la situación y, al mismo tiempo, me consumía. Uno se acostumbra rápido a la piel de alguien, y la abstinencia se sentía como una sed que no se iba con nada.
Me la crucé un martes por la mañana, en la avenida que baja hacia el centro. Ella salía de la farmacia con una bolsa pequeña en la mano. Llevaba el pelo recogido y unas gafas de sol que se subió a la cabeza apenas me reconoció. Algo en mi pecho dio un salto absurdo, de adolescente.
—¿Cómo estás? —le dije—. Hace siglos que no sé nada de ti.
—Lo sé, perdóname —contestó, bajando la voz aunque no había nadie cerca—. Es que con Esteban en casa todo el día es imposible. No puedo respirar sin que me pregunte adónde voy.
—¿Y eso hasta cuándo?
Sonrió de una manera que conocía bien, esa mezcla de culpa y promesa que me había metido en líos desde el primer día.
—Le salió un contrato afuera —dijo—. Se va dos o tres meses al extranjero. En un par de semanas lo tengo en un avión.
—Dos semanas —repetí, como si dijera dos años.
—En cuanto se suba a ese avión, te aviso —murmuró—. Y nos desquitamos todos los días que haga falta.
—Habrá mucho que recuperar.
Por la acera venía un hombre con un perro, así que nos despedimos con dos besos protocolarios, los mismos que se darían dos vecinos cualquiera. La vi alejarse con ese andar suyo que no tenía nada de inocente, y me quedé ahí parado un segundo de más.
Esta mujer me vuelve loco con solo mirarla.
***
Aguanté un día entero. Al siguiente, no pude más y le escribí desde la cocina, mientras el café se enfriaba en la taza.
«Hoy voy a estar un buen rato solo en la oficina. Escápate aunque sea media hora.»
La respuesta tardó lo justo para ponerme nervioso.
«A ver si puedo. Avísame cuando llegues y veo cómo me invento algo.»
Terminé lo que tenía pendiente en casa, me cambié dos veces de camisa como un idiota y salí hacia el estudio que alquilo en un edificio viejo del centro, uno de esos con suelos de madera que crujen y paredes finas que no guardan ningún secreto. Subí los tres pisos sin esperar el ascensor. Apenas entré, le mandé el mensaje.
«Ya estoy. Ven.»
«En quince minutos te tengo ahí.»
Esos quince minutos se me hicieron eternos. Acomodé papeles que no necesitaban acomodarse, miré el reloj cada treinta segundos, repasé mentalmente todo lo que llevaba semanas guardando para ella. Y entonces, justo cuando faltaba poco, escuché la cerradura del despacho de al lado.
No puede ser.
Era Gustavo, mi vecino de planta. Para colmo, el dueño del local que yo le alquilaba. Un hombre cordial, de esos que hablan fuerte y se ríen más fuerte todavía, incapaz de cruzarse con alguien sin contarle media vida. Asomé la cabeza por cortesía.
—¡Hombre! ¿Trabajando un sábado? —me soltó con una palmada en el hombro.
—Algo de papeleo atrasado —mentí—. Ya sabes cómo es esto.
Hablamos lo justo del clima, de unas humedades en el techo del pasillo, de un cliente que a los dos nos debía dinero. Cada palabra suya era un minuto menos de tranquilidad. Al final se metió en su despacho, pero no cerró del todo. Y al rato llegó un conocido suyo, y los dos empezaron una conversación a todo volumen, de esas que atraviesan la pared como si no existiera.
Yo calculaba, hacía cuentas imposibles. Pensaba en escribirle a Lorena para suspenderlo todo. No alcancé a hacerlo.
***
Cuando levanté la vista, ella estaba en el marco de mi puerta, observándome en silencio. Vaqueros ajustados, una blusa clara, el pelo suelto esta vez. Me sostuvo la mirada un instante, y ese instante fue suficiente para que todo lo demás dejara de importar.
Me levanté, fui hacia ella y la besé antes de decir una palabra. Me besó de vuelta con una urgencia que reconocí al toque: la misma sed que yo tenía. Nuestras lenguas se encontraron, se buscaron, se pelearon. Cerré la puerta con el pie, despacio, para que no sonara el golpe.
—Qué ganas tenía de verte —susurró contra mi boca.
—Y yo —le dije al oído—. No sabes cuántas.
Volvimos a besarnos, ahora más lento, mordiéndonos los labios, como si quisiéramos recuperar cada día perdido de a poco. Del despacho de al lado seguía llegando la voz de Gustavo, una carcajada, el arrastrar de una silla.
—Está tu vecino —murmuró ella, separándose apenas—. Así no vamos a poder hacer nada.
Tenía razón. Lorena no era de las que se quedaban calladas. Cuando se dejaba ir, se le escapaba todo: la voz, el aire, el cuerpo entero. Y la pared no perdonaba.
—No vamos a follar —le dije bajito, con la frente pegada a la suya—. Pero no me digas que te vas a ir así.
Ella sonrió con los ojos cerrados.
—No me voy a ir así.
***
La empujé con suavidad contra la pared, en el rincón más alejado de la puerta y de la voz del vecino. Mis manos empezaron a recorrerla por encima de la ropa, despacio, memorizando lo que llevaba semanas extrañando. Después se colaron debajo de la blusa, subieron por su espalda, bajaron por su cintura. La sentí estremecerse.
Le mordí el cuello con cuidado de no dejar marca y la oí contener la respiración. Mi mano bajó por su vientre, desabroché el botón del pantalón, bajé el cierre apenas lo necesario. Metí la mano por dentro y la encontré ya húmeda, lista, impaciente.
—Tienes que quedarte callada —le advertí en el oído—. Ni un ruido. ¿Puedes?
—Lo voy a intentar —respondió, y su voz ya temblaba.
No iba a dejarla tocarme. Esa era parte del juego, y ella lo sabía. Con la otra mano le sujeté las dos muñecas a la espalda, firme, inmovilizándola contra la pared. Si tenía las manos ocupadas, no podía agarrarse a nada, y eso la enloquecía. Empecé a acariciarla despacio, en círculos, sintiendo cómo se le aceleraba la respiración contra mi cuello.
Del otro lado de la pared, Gustavo seguía con su charla interminable. Cada vez que su voz subía, yo aprovechaba para apretar el ritmo; cada vez que bajaba, yo me detenía un segundo, dejándola al borde, obligándola a esperar. Lorena apretaba los dientes, echaba la cabeza hacia atrás, buscaba mi boca para no gemir contra el aire.
—No pares —me pidió en un hilo de voz—. Por favor, no pares.
Le metí dos dedos mientras seguía con el pulgar afuera, y ella se mordió mi hombro para ahogar el sonido. La sentí tensarse entera, las piernas rígidas, el cuerpo arqueado contra el mío. Subí el ritmo. Más fuerte, más rápido, sin soltarle las muñecas.
—Me corro —exhaló contra mi camisa—. Dios, me corro…
Se vino así, de pie, apretada entre la pared y mi cuerpo, conteniendo un grito que se le escapó convertido en un jadeo largo y ahogado. La sostuve mientras temblaba, mientras buscaba aire con la boca entreabierta, mientras las rodillas amenazaban con fallarle. Le tapé la boca con la mía para que el último sonido no llegara al pasillo. Y no me detuve: seguí, más despacio ahora, alargando el temblor hasta que ella me empujó la mano, sobrepasada.
***
Le solté las muñecas. Apenas tuvo las manos libres, fue directa a mi cinturón. No me dio tiempo a decir nada. Me desabrochó el pantalón con dedos torpes por las prisas y me liberó de la ropa con una sonrisa que prometía revancha.
—Ahora tú —murmuró—. Y tú también te callas.
Empezó a acariciarme con la mano, imitando el ritmo que yo le había marcado a ella, esa misma cadencia lenta y luego brusca que me dejó sin aire en segundos. Después se arrodilló frente a mí, sobre la madera vieja del suelo, sin importarle el polvo ni la incomodidad.
Me tomó en su boca con un hambre que no le conocía. Yo apreté los dientes, apoyé una mano en la pared y me obligué a no hacer ruido, justo como le había exigido a ella. La voz de Gustavo seguía del otro lado, ajena a todo, y esa cercanía absurda lo volvía más intenso, más prohibido, más imposible de parar.
Lorena levantó la vista hacia mí sin detenerse, los ojos brillantes, disfrutando del poder que tenía en ese momento. Apartó la boca apenas lo justo para susurrar:
—Quiero que te vengas.
Y volvió a tomarme entera. Le sostuve la cabeza con una mano, suave, marcando el ritmo, y sentí que ya no aguantaba más. Todas las semanas de espera, la tensión de la pared, el peligro de la voz vecina, se me juntaron de golpe. Apreté la mandíbula para no soltar un solo sonido y me dejé ir en su boca, conteniendo el gemido que me subía por la garganta.
Ella se quedó quieta hasta el final, tragando, mirándome con esa satisfacción tranquila de quien sabe exactamente lo que provoca. Después se limpió la comisura con el pulgar y se puso de pie sin dejar de sonreír.
***
Nos arreglamos la ropa en silencio, los dos con la respiración todavía agitada y una sonrisa idiota que no nos cabía en la cara. Le acomodé el cuello de la blusa; ella me alisó la camisa con las dos manos, demorándose en el gesto más de lo necesario.
—Estás loco —me dijo bajito—. Con tu vecino al lado.
—Tú viniste igual —le contesté.
—Yo siempre vengo igual.
La acompañé hasta la puerta. Antes de abrir, le di un último beso, lento, casi tierno, distinto a todo lo de antes.
—No aguanto a que se suba a ese avión —me dijo con la mano en el picaporte—. En cuanto se vaya, vengo y no salimos de la cama.
—Cuento los días —le respondí.
Abrió la puerta, le dedicó un saludo perfectamente normal a Gustavo, que justo salía de su despacho, y bajó las escaleras como si nada. Yo me quedé apoyado en el marco, escuchando sus pasos perderse, pensando que esas dos semanas iban a ser las más largas de mi vida. Y que valdrían cada minuto de espera.





