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Relatos Ardientes

Lo que hice en el cine vacío con un desconocido

Mi segundo encuentro pasó apenas cuatro días después de lo de Horacio, el de la ferretería. Por entonces vivía pegada al chat, demasiadas horas, hablando con varios hombres a la vez. Tenía un cuaderno donde anotaba cada detalle de ellos: la edad, si eran solteros, si tenían hijos, de qué zona de Rosario eran. Lo hacía por pura supervivencia.

Me había dado cuenta de que se ofendían si me olvidaba algo o los confundía con otro. Eran celosos, posesivos, como si ya fueran dueños de algo que no existía. Así que me organicé bien. A veces, antes de contestar un mensaje, tenía que revisar la página correspondiente para no meter la pata con un dato específico.

El que terminé eligiendo para esa segunda vez se llamaba Marcelo.

Se presentó con una frase que me quedó grabada: «Ya sé que me vas a decir que soy un gordo feo y virgen, pero solo quería saludarte».

A mí me daba exactamente igual cómo fuera físicamente. Nunca le di importancia a eso. Lo que de verdad buscaba era conocer pijas distintas, probar, sentir. Pero lo de virgen me llamó la atención, sobre todo porque era un chat de mayores de cuarenta.

Lo saludé y empezamos a hablar. Me dijo que tenía cuarenta y un años, que vivía con sus padres, y me mandó una foto. Era pelado en la coronilla, con el pelo largo en los costados, negro, ondulado, tirado hacia atrás. La imagen era del pecho para arriba, pero se notaba que tenía sobrepeso. Usaba unos anteojos redondos de marco rojo y había salido muy serio, como si odiara que le sacaran fotos.

Hablamos apenas tres días. No habría sido mi primera opción, para ser honesta, pero se lo notaba tan derrotado que pensé: ¿por qué no? Pruebo una pija nueva y de paso le hago pasar un buen rato.

La propuesta de vernos la hice yo. Le dije de buscar un lugar tranquilo, y a él se le ocurrió un cine, una función de la mañana donde no fuera nadie. Era una fantasía suya de hacía años.

Le aclaré, eso sí, que yo no acostumbraba a juntarme con gente del chat y que iba a ser una sola vez. No le gustó nada. Quería que al menos siguiéramos siendo amigos virtuales. Pero fui insistente: esa era mi condición, lo tomaba o lo dejaba. Y aceptó.

Quedamos para el día siguiente, en un cine viejo de Echesortu, cerca de donde él vivía, a las once y media.

—Mejor te espero adentro de la sala —le dije.

—Yo te espero afuera y te invito la entrada, así no gastás —contestó.

No quise. Sabía que estaba sin trabajo, y a mí no me costaba nada pagar la mía; gracias a Damián y a Horacio el dinero no era un problema en esa época. Marcelo conocía bien el lugar, así que me dijo que lo buscara en las últimas butacas, contra la pared izquierda, que iba a tener una remera azul y una bermuda blanca.

Cuando nos estábamos despidiendo, me escribió algo que todavía recuerdo.

—Si me estás cargando, no me hagas ir al pedo. No necesito pasar otro mal momento. Estoy muy ilusionado y otra desilusión me haría mucho daño.

—Confiá en mí. Mañana me vas a conocer —le respondí.

No lo noté convencido, pero cortamos así.

***

Esa mañana me quedé dormida. Le había pedido a mi mamá que me despertara antes de salir para el trabajo, y ella cumplió, pero yo me dije la frase fatal: cierro los ojos cinco minutos y me levanto.

Me desperté pasadas las once. Cuando vi la hora en el celular me agarró un ataque. Salté de la cama. Quería vestirme y bañarme y desayunar todo al mismo tiempo, y terminé yendo de un lado al otro de la pieza sin hacer absolutamente nada, paralizada, pensando qué ponerme.

Por fin me calmé un poco. Solo un poco. Decidí salir lo más rápido posible. Me dejé puesta la misma bombacha blanca lisa con la que había dormido. Me puse un short rosa de jean, una musculosa blanca de los Ramones, un corpiño negro que encontré tirado en el piso y unas zapatillas oscuras.

Me lavé los dientes y, al verme en el espejo, casi me río: estaba despeinada y con las marcas de la almohada cruzándome la cara. Pobre Marcelo, no me va a conocer en mi mejor momento, pensé. Me pasé el cepillo así nomás y salí.

Me preocupaba una sola cosa: no llegar y que él pensara que lo había engañado. Sobre todo por cómo estaba su autoestima.

En la vereda, esperando un taxi, me sentí rara, liviana. Demasiado liviana. Me había olvidado el celular y la cartera adentro.

Volví corriendo. Tardé una eternidad en encontrar la cartera, hasta que apareció, y no perdí más tiempo. Justo cuando salía otra vez vi un taxi que venía a quince metros. Le grité como una loca, agitando los brazos en el medio de la calle. Por suerte frenó, y al chofer no pareció molestarle subir a una pasajera medio histérica.

Lo saludé, le dije adónde iba hablándole muy rápido, atropellando las palabras, pero entendió sin problema.

En el camino me puse a revisar el teléfono, contesté un par de mensajes a unas amigas. De repente levanté la vista y lo encontré mirándome las piernas por el espejo retrovisor. Apenas me vio, devolvió la mirada al frente.

Me gustó que me observara. Así que, sin decir nada, separé un poco las piernas y dejé que mirara con más detalle. Me concentré en el celular sin leer realmente nada, disfrutando esa sensación de ser deseada por un hombre mayor. Hasta me sirvió: me distrajo de la angustia de estar llegando tarde.

—Llegamos, linda —me dijo al frenar.

Le pagué, le agradecí y salí disparada a comprar la entrada.

***

Eran las doce y veinte. No sabía si Marcelo seguiría ahí. Entré a la sala oscura, iluminada apenas por el brillo de la pantalla, y miré hacia atrás. Estaba prácticamente vacía: conté cuatro personas. Una pareja en el centro, un hombre solo tres filas más atrás, y en el rincón izquierdo, al fondo de todo, él.

Apenas crucé la puerta me miró. Me acerqué. Se paró tan nervioso que tiró algo al suelo, era su propio celular, y empezó a pedirme perdón. Se lo notaba tímido a un nivel que me enterneció. Ni siquiera atinó a saludarme con un beso.

Tuve que hacerlo yo. Le di un beso en la mejilla derecha. Me dijo «gracias», y sonó tan absurdo agradecer un saludo que él mismo se dio cuenta, pero no dijo nada más.

Las filas de esa parte eran de tres asientos. Marcelo se había sentado contra la pared, y yo me ubiqué a su lado; en la butaca de mi derecha dejé la cartera.

—Perdón por la hora, me quedé dormida —le dije.

—No pasa nada. Para serte sincero, no te creí. Vine a ver la película. Jamás pensé que aparecieras. Cuando vi tu foto me pareció irreal que perdieras el tiempo con alguien como yo. Pero igual vine. Siempre queda esa esperanza, ahí en el fondo.

—No seas así, que tenés lo tuyo —le contesté.

—Gracias. Pero sé lo que soy.

Quise cambiar de tema.

—¿Y la película? ¿Está buena?

—Malísima. Te confieso algo: estaba por hacerme una paja yo solo.

Sacó el celular, buscó algo y me lo mostró. Era una foto mía en bikini, la misma que le pasaba a todos los que me pedían una para «conocerme». A casi todos les decía que no, insistían, y al final cedía con esa. Lo gracioso es que después juraban que la borraban. Nunca lo creí. Pero la idea de que Marcelo se estuviera por masturbar con mi foto, ahí, en un lugar público, me encantó.

—No te va a hacer falta —dije, segura de mí misma.

Me fascinaba ser esa versión mía, tan distinta a la verdadera. O quizás la verdadera era justamente esa, esta mujer descarada que estaba en la última fila de un cine. Sentirme tan deseada me quitaba de encima toda inseguridad. Ya no me preguntaba si estaba bien o mal lo que hacía. Sabía, de algún modo, que lo que hiciera les iba a gustar.

Levanté el apoyabrazos que nos separaba, recosté mi cuerpo contra el suyo y le subí la remera azul. Le desabroché el cinturón, el botón de la bermuda, le bajé el cierre. Metí la mano por debajo y empecé a acariciarlo por encima del bóxer. Todavía estaba dormido, pero ardía, transpirado. Lo manoseé sin apuro, y de a poco lo sentí endurecerse.

Dejaba escapar unos gemidos muy bajos que trataba de tragarse. Se agitaba como si estuviera corriendo. Cuando lo tuvo bien duro, lo saqué del bóxer y lo sujeté firme. Le subía y bajaba la piel, descubriendo y volviendo a cubrir, una y otra vez, lento, con la cabeza apoyada en su pecho. Sentía su respiración acelerada contra mi mejilla.

Por primera vez en todo el día me sentí relajada. Había sido una mañana de locos para llegar, pero había cumplido, y ahora todo estaba en su lugar.

Me levanté de la butaca y me arrodillé entre sus piernas. Él las abrió todo lo que pudo. Me costó acomodarme, y eso que mido bien poco. Sentí las rodillas hundirse en la alfombra gris oscura, pegajosa, sin saber si era gaseosa vieja o restos de comida. Daba un poco de asco, y al mismo tiempo me calentaba ese detalle sucio.

Una vez acomodada, le acaricié con la mano derecha mientras me lo metía en la boca. Empecé por la punta, le corrí la piel con los labios y le pasé la lengua despacio, jugando, llevando yo el ritmo. Eran mis tiempos. Después fui bajando, milímetro a milímetro por el tronco, y él soltaba unos quejidos de placer que por suerte tapaba el volumen de la película.

Bajé todo lo que su panza me dejó. Me desprendí el botón del short, le levanté el vientre apoyándolo sobre mi cabeza, y seguí. Marcelo se dio cuenta de que me costaba y se sostuvo él mismo el estómago con las manos. Recién ahí pude tragármelo entero, hasta el fondo. No lo podía creer.

Estaba empapada. Metí la mano dentro de la bombacha y empecé a tocarme sin dejar de chupar. A cada rato me venían arcadas cuando me la metía toda, pero no paraba. Pasaron dos, tres minutos, y se vino en mi boca. Pensé que iba a aguantar más, pero fue lo que pudo. Me la llenó de golpe. Tragué casi todo, una parte se me escapó por la comisura. Lo limpié con la lengua mientras seguía dándome placer, hasta que me vine yo también. Acabar con él todavía en mi boca fue una de las sensaciones más intensas que recuerdo.

Me levanté, me senté de nuevo a su lado y me abroché el short.

—¿Todo bien? —pregunté.

—Sí —respondió casi sin voz.

Si no me había mentido, ese había sido el primer sexo oral de su vida. Y me gustó ser yo la primera.

—Me tengo que ir, que llega mi abuela —dije.

Ya se lo había anticipado el día anterior: tenía que estar en casa cerca de la una y media, porque mi abuela pasaba a ver cómo estaba y me traía algo para almorzar.

—Sí, gracias —contestó, todavía en shock.

Creo que fue demasiado para él. Había ido a ver una mala película sin esperar nada, y se había llevado su primera vez.

Le di un beso corto en los labios, un piquito de los nuestros. Después apoyé la mano sobre su pija ya dormida, que seguía al aire, y sentí cómo se estremecía. Me fui sin decir más.

Pasé por el baño del cine, me sequé con papel y me miré al espejo antes de salir. No podía creer que ese reflejo fuera el de esa mujer que creía conocer.

***

En casa, mi abuela ya me había servido el almuerzo. Me dio un morbo extraño pensar que hacía menos de una hora había tenido la pija de un desconocido en la boca y ahora ella me preparaba la comida con toda su ternura. Eran dos cosas que no encajaban entre sí. Sentía que tenía dos vidas completamente distintas, y me encantaba ser la nena buena en una y la descarada total en la otra.

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