La azafata cerró el baño del avión por mí
A la mañana siguiente, por suerte, no tuvimos tiempo ni de hablar. Desperté con la luz del cuarto pegándome en la cara y la boca seca, sintiendo que alguien pasaba a mi lado. Abrí los ojos y vi a Carla arrastrando sus maletas hacia la sala, en bata rosa y con un café recién hecho en la mano.
No me dijo ni hola. Solo me dejó la taza sobre la mesita y me sonrió de costado, con esa mueca pícara que no se le borraba. Caminaba contoneándose más de lo normal. Por un segundo creí que iba a decirme algo —la noche anterior seguro había escuchado todo desde su cuarto—, pero subió la escalera a despertar a los demás como si nada.
Me vestí con lo más cómodo que encontré. Necesitaba una ducha; después del sexo de la noche anterior y de dormir tirado en el sillón, no olía precisamente a flores. En esa casa, con el tiempo justo, ducharme era imposible.
Mientras Bruno y yo cargábamos las maletas en la camioneta, vi salir a Carla por la puerta principal, estirándose de tal forma que el pecho se le marcaba bajo la ropa.
—No babees —dijo Bruno con una risita—. Esa mujer te queda grande.
No contesté. No tenía sentido aclararle que esa mujer me había buscado a mí para una buena noche y que la había dejado agotada. Me importó más la cara de Carla, que me miró, me guiñó el ojo y me lanzó un beso discreto. Después se dio la vuelta, y cuando Bruno metió la cabeza en la cajuela para acomodar el equipaje, se inclinó un poco y se acarició el trasero. Entró a la casa muerta de risa, lo que hizo que Bruno girara hacia mí.
—Espera antes de entrar —dijo cerrando la cajuela—. Mírate… tienes una erección. No queremos más burlas hoy.
Se metió sin saber que apenas se me notaba el bulto en el pantalón deportivo, y que ni siquiera estaba del todo duro.
Adentro desayunamos rápido. No entendía cómo Carla y su madre charlaban con tanta naturalidad, las dos en ropa deportiva. Por un momento miré a Daniela; estaba con Paula, la hija menor de Carla, que había cumplido los dieciocho hacía poco. Eran muy amigas y parecían no saber nada de lo de la noche. Del otro lado, Valeria conversaba animada con Bruno sobre todo lo que haríamos al llegar a la costa.
Yo todavía no me creía lo de la madrugada. Tenía que hablar con Carla cuanto antes.
—¿Estás bien, Marcos? —me preguntó Daniela cuando terminé y me levanté a lavarme los dientes.
—Sí, ¿por qué? —dije, intrigado de que me hubiera seguido hasta la puerta del baño.
—Te noto raro. No hablaste casi nada.
—Es estrés —contesté, intentando esconder el desorden que tenía en la cabeza.
—Ya veo. Fue duro ganarse el viaje —sonrió y se acercó hasta quedar a un paso, mirándome fijo—. Si puedo ayudarte a soltar un poco esa tensión… pídeme lo que quieras. Incluso si…
—¡Daniela! —gritó Paula, lanzándose desde atrás para abrazarla por la espalda. Daniela se sobresaltó y un rubor le tiñó las mejillas.
Paula tiró de ella para correr a agarrar los mejores asientos en la camioneta. Daniela y yo nos miramos con una sonrisa antes de que se alejara por el pasillo. Tal vez fue mi imaginación, pero juraría que Paula giró la cabeza y me clavó unos ojos furiosos.
***
Salimos a la hora prevista. Durante el trayecto se habló mucho, todos contando lo que pensaban hacer en esas vacaciones. Llegamos al aeropuerto, pasamos los filtros de seguridad casi en silencio y abordamos con el tiempo justo. Ya acomodados en el avión, respiramos. Al menos yo, porque me había tocado al lado de Valeria, mi jefa: una mujer alegre, de una energía que desbordaba.
De inmediato empezamos a charlar, esta vez no de las vacaciones sino de nuestras vidas. Siempre supe que tenía treinta y dos años, pero nunca nos habíamos metido en lo personal. Ahí me enteré de que estaba casada con un hombre de casi cincuenta, que tenía una hermana gemela y que jamás había querido hijos. Por eso se había operado y ligado las trompas.
—¿Y tú quieres tener hijos? —preguntó Valeria, mirándome con esos ojos analíticos que tan bien conocía.
—Por ahora no, la verdad —dije, mientras recordaba sin querer cómo me había corrido dentro de Carla la noche anterior sin pensarlo dos veces—. Todavía quiero hacer muchas cosas.
—Ya veo —sonrió, y deslizó la mano desde mi rodilla hasta el muslo, girándose un poco hacia mí. Algo cambió en ella de un segundo a otro. Conocía esa mirada: la que ponía cuando aparecía un cliente importante y se transformaba en cazadora. Era la misma, pero con más fuerza, más cruda—. Yo también quiero probar muchas cosas. Anoche hacía calor y estaba muy inquieta. No duermo bien en casa ajena. El ruido… era excitante.
No alcancé a reaccionar. Su mano fue directo a mi entrepierna y se posó sobre el bulto, que dio un salto al instante.
—Tú también estabas inquieto. Pero ya no, por lo que veo.
—Señora… —siempre le hablaba con respeto, nunca por el nombre. En ese momento no sabía qué hacer. Estábamos en medio del vuelo, rodeados de un centenar de personas, y la azafata acababa de pasar a un metro—. Hay gente.
Me sorprendí a mí mismo, sintiendo cómo crecía bajo su palma y cómo aceptaba que una mujer casada, mi jefa directa, me sedujera así. No soy de piedra, y aquello era una fantasía que llevaba tiempo guardando. No quiero pensar cuántas veces me masturbé imaginándola.
Cambió de tema, hablando de lo lindo que sería el viaje, mientras seguía acariciándome y rozando mi brazo con el suyo. Agradecí que los respaldos altos taparan a los de adelante y a los de atrás, aunque de los del otro pasillo no estaba tan seguro. Por unos minutos mi mente se puso en blanco. Mi mano cobró vida propia, le tomé el muslo y subí despacio hacia su entrepierna, sin que ella me detuviera.
—¿Les ofrezco algo de tomar? —preguntó la azafata, volviendo a pasar.
Los dos saltamos. Valeria disimuló cubriendo su mano con el suéter sobre mis piernas y aceptó un trago. Yo me quedé clavado en la mirada de la azafata, que era obvio se había dado cuenta de todo: estaba algo roja y no me sacaba los ojos de encima. Era hermosa, alta, el cabello negro recogido, el uniforme entallado y unos ojos verde esmeralda que resaltaban.
Cuando se alejó, sentí su mirada en la nuca.
Valeria se rió bajito, volvió a apretarme por encima de la tela y se acercó a mi oído.
—Eso me calentó —susurró, y con un gemido apenas audible añadió—: Te encantaría tenernos a las dos.
Asentí como un idiota. Me estaba gustando demasiado esa faceta de mi jefa, una que nunca había visto. Siempre fue seria, correcta, sonriente y nada más. Casi quería que siguiera con la tortura, pero ella retiró la mano, se reacomodó y me dedicó una sonrisa pícara.
Como si nada, después de encenderme así, me empezó a hablar del hotel, de las playas y de la excursión que tendríamos a mitad de semana. Mi cabeza ya no estaba ahí. Estaba en la mujer de al lado, que ni con ropa deportiva perdía un gramo de sensualidad: me volvía loco solo con reacomodarse o quitarse la chamarra y quedar en playera.
***
Faltaba casi una hora para aterrizar cuando me levanté para ir al baño. Apenas me puse de pie, Valeria no solo me miró la entrepierna con descaro, sino que pasó la mano por mi pierna y me rozó el trasero. Traté de no parecer sorprendido, pero en el pasillo no podía caminar rápido.
Estábamos al frente del avión y los baños quedaban al fondo, así que tuve que recorrerlo casi entero. A mitad de camino encontré a Daniela, sentada junto a Bruno. Charlaban, aunque noté que ella se mantenía lo más lejos posible y él no podía acercarse por el apoyabrazos bajado. Al verme, me sonrió y me miró como pidiendo que la rescatara de algo. Solo saludé, pregunté si todo estaba bien y, tras un sí, seguí mi camino. No me pareció prudente quedarme en medio del pasillo.
Para mi suerte —o mi mala suerte—, me topé con la misma azafata que había visto lo de Valeria y yo. Estaba sentada en su sitio, junto al baño, conversando con una compañera. Me dio algo de vergüenza tener que verla de nuevo.
—¿Puedo? —pregunté señalando la puerta.
—Claro —contestó con las mejillas encendidas y una sonrisa que escondía curiosidad.
Entré sin esperar, me eché agua en la cara e intenté calmarme. Sentía que, si mi jefa seguía provocándome así, terminaría perdiendo la cabeza sin importarme nada. Me senté un momento a pensar. Estaba seguro de haber puesto el seguro, pero quizá con el apuro lo olvidé, porque la puerta se abrió y, en un movimiento rápido, entró la azafata.
Me quedé mirándola. Por suerte aún tenía el pantalón puesto. Ella apoyó una mano en mi pecho, porque el lugar era diminuto, y se llevó un dedo a los labios. Sonó el aviso del capitán: el baño quedaba fuera de servicio por limpieza.
—Ah… voy —dije sin entender nada.
Sonrió con picardía, todavía empujándome con suavidad, y echó el pestillo. En ese instante supe que algo estaba por pasar, algo que poca gente vive. Sin dejar de mirarme a los ojos, empezó a inclinarse. El espacio era poco, pero logró acomodarse casi en cuclillas frente a mí.
Tardé en comprenderlo del todo. Abrió mi cierre, desabotonó el pantalón y, de un tirón, intentó bajármelo. No cedió, porque yo estaba sentado sobre la tapa. Me miró y volvió a sonreír. Tenía los labios de un rojo carmín intenso.
—Permítame ayudarlo —dijo con una voz dulce, tomando la hebilla del cinturón—. Es parte de la cortesía a bordo.
Se le puso la cara aún más roja, como si jamás hubiera dicho algo así. Me levanté y la ayudé a bajarme el pantalón hasta quedar en ropa interior. Ella se acercó más y bajó también la última prenda. Estaba flácida; ni la situación había logrado despertarla del todo.
La miró y pareció decepcionada. Después de la noche anterior y del juego con mi jefa, necesitaba un estímulo más fuerte.
Llevó la mano por mi pierna y me acarició despacio. El roce de su piel hizo que diera un salto. Sus ojos cambiaron al ver cómo crecía, cada vez más cerca de su rostro. Por un segundo la conciencia me peleó: era una desconocida, no sabía ni su nombre. Tal vez lo notó, porque movió la mano y se aferró a la base, mientras la punta asomaba entre su pulgar y su índice.
Entonces arrugó la nariz y me miró sin decir nada. No entendí hasta que me llegó el olor: el de la noche anterior, el del sexo con Carla que no había alcanzado a lavar. No dije nada. Al final ella había entrado por su cuenta; podía levantarse e irse cuando quisiera.
Sentí su mano subir y bajar con suavidad. Acercó la cara y respiró hondo. Se estremeció y entreabrió los labios.
—Me encanta —murmuró, bajando la mano y descubriendo del todo la punta.
No supe a qué se refería, solo que esas palabras me prendieron de golpe. Crecí en su mano hasta dejar la punta a milímetros de su boca, con el triple del tamaño de antes. Abrió mucho los ojos y se quedó sin habla, abriendo y cerrando los labios.
Después de un instante reaccionó y empezó una caricia lenta, de abajo hasta la punta y de vuelta. Yo esperaba más, pero una buena paja de una mujer así tampoco era para quejarse.
El avión dio un sacudón. La turbulencia fue inesperada; yo me sujeté de los costados y ella, prendida de mí, apretó con fuerza, arrancándome un quejido. Pasó rápido, pero sentí algo suave y tibio en la punta. Bajé la mirada: tenía los labios sobre mí, la boca entreabierta, rozándome con cuidado.
Hubo un segundo de tensión en el que no se movió. Entonces mis manos actuaron solas: le tomé la cabeza con suavidad.
—Despacio —dije bajito, excitado, sin querer parar.
Empujé apenas. Ella cerró los labios un momento, como dudando. Me miró, y en sus ojos vi que nunca había hecho esto. Le acaricié el pelo y la mejilla.
—Abre la boca y saca un poco la lengua. Cuidado con los dientes —le indiqué, no como instrucción, sino casi como una orden que ni yo reconocí en mi voz.
Tras unos segundos, con un leve temblor, abrió la boca. Sentí la punta de su lengua. Despacio empezó a recibirme; el calor húmedo era tan rico que apreté un poco más. Me detuve para disfrutarlo. Era distinto a todo lo anterior, y me fascinaba. No entraba entera, apenas un tercio, y ella no podía más.
Empezó a soltarla, y al salir dejó caer un hilo de saliva. Me miró, besó la punta y pareció dispuesta a seguir.
—Mueve la lengua, disfrútalo —dije de nuevo.
Asintió y volvió a tomarla. Repitió el movimiento varias veces, entrando casi hasta el fondo, saliendo y volviendo a empezar. Cada vez recibía un poco más. Su lengua se movía en todas direcciones, encontrando los puntos exactos que me hacían saltar. Era una boca sin experiencia, pero el entusiasmo la hacía increíble. La saliva se le escapaba por las comisuras y caía sobre el suelo. De vez en cuando paraba a tomar aire, sin dejar de acariciarme con la mano.
Seguimos así unos diez minutos, sin que ninguno dijera nada, solo los cuerpos. Pronto sentí que estaba por llegar.
—Me corro —le avisé.
Me soltó, pero dejó la punta dentro y succionó. Solté todo en cuatro o cinco descargas, las últimas ya sin fuerza, pero con la sensación de haberme vaciado por completo. Respiraba agitado. Ella limpió con la lengua, se separó, me miró y tragó.
La observé levantarse, acomodarse el uniforme, limpiarse los labios con el dedo y mirarse en el espejito minúsculo. Hasta se revisó el aliento y se enjuagó la boca. El espacio era tan reducido que seguí sentado, admirándola. No tenía mucho cuerpo, pero lo justo, y eso la hacía atractiva.
—Espero que le haya gustado mi atención —dijo con una sonrisa traviesa, tendiéndome una tarjeta—. Aquí estoy. Podemos coordinar para su próximo… vuelo.
—Claro que sí —contesté al instante—. Sin falta.
Iba a salir, pero le tomé la mano: la tenía ardiendo. La sujeté de la cintura, tiré de ella y, parándome un poco, busqué sus labios. Le abrí la boca con la mía. Apenas un segundo, y respondió con fuerza, restregándose contra mí, queriendo más. Pero el lugar y el tiempo no daban. Nos separamos entre pequeños besos y se rió.
—Aitana. Un placer.
—Marcos. El placer fue mío.
Salió en un movimiento rápido. Me miré en el espejo: tenía unos puntos húmedos en el pantalón y la respiración alterada. Me refresqué. Sonó el aviso de que el baño volvía a estar disponible y aproveché para salir.
***
Afuera me crucé con Aitana, sentada otra vez junto a una compañera pelirroja y bajita. Me pregunté si la otra sabría lo que había pasado. Sería raro que no. Seguí caminando, escuchando cómo cuchicheaban.
Pasé de nuevo por los asientos de Daniela y Bruno. Ahora él dormía y ella leía un libro. No dije nada; no quería que notaran mi tardanza. La única que sí lo notaría era mi compañera de asiento, y tendría que inventarme algo. Pero no me dio tiempo: llegué antes de pensarlo. Valeria estaba con los audífonos puestos. No preguntó nada, solo me dejó pasar.
—Tardaste más de lo que pensé —dijo con una sonrisa, quitándose un audífono—. Te extrañé.
—¿Sí? El baño… estaba en limpieza —respondí sin más.
Me sonrió, plantó un beso en mi mejilla, muy cerca de la boca, y me acarició la pierna.
—¿Te corriste pensando en mí? —susurró en mi oído.
La miré. ¿Se habrá dado cuenta? No dije nada. Ella me besó el lóbulo y me arañó la cadera con una uña, erizándome la piel.
—En cuanto lleguemos, se acabaron las pajas. Te voy a enseñar lo que es una mujer de verdad.
No supe qué contestar. Me alivió y me encendió a la vez. De algo estaba seguro en ese viaje: no iba a necesitar masturbarme ni una vez. Había mujeres deseando estar conmigo. Aunque yo, en el fondo, todavía no entendía por qué.





