Lo que pasó en ese callejón nunca lo había contado
Hacía meses que no salíamos solos los dos. Camila había reservado mesa en un bistró del barrio nuevo, una cuadra antes de la plaza, y se vistió con esa falda roja que le marcaba la cintura. No le pregunté por qué se la había puesto. Tampoco hizo falta preguntarle.
Durante la cena hablamos de cosas tontas: la mudanza pendiente, el viaje a la costa que veníamos posponiendo desde el verano, una serie que ella quería terminar antes de fin de mes. Pero había algo distinto en cómo se acomodaba en la silla, en cómo cruzaba y descruzaba las piernas cada vez que el mozo se acercaba a la mesa.
—Tengo un secreto —me dijo al servirse la segunda copa de Malbec.
—¿Cuál?
—Cuando lo descubras no vas a poder concentrarte en el postre.
Sonrió y volvió a cruzar las piernas. Esta vez bajó la mirada hacia su propia falda, apenas un segundo, como un gesto involuntario. Y supe.
No traía nada debajo.
El resto de la cena me costó respirar normal. Pedí la cuenta antes del café. Ella se rio bajito al verme la cara, como si llevara horas esperando exactamente ese momento.
—¿Tan rápido te ganaste el postre? —preguntó cuando pagamos.
—El postre lo elijo yo esta noche.
Salimos del local y caminamos rumbo al estacionamiento, dos cuadras más allá. La calle estaba prácticamente vacía: un martes a las once, en un barrio residencial, no había mucho movimiento. A mitad de camino pasamos por un callejón de servicio, ese pasillo angosto entre dos edificios donde dejan los contenedores. Sin querer reduje el paso. Ella también lo hizo.
—¿Estás pensando lo mismo que yo? —murmuré.
—Llevo pensándolo desde que salimos de casa.
***
El callejón era estrecho y oscuro. Al fondo, una luz amarilla parpadeaba sobre la puerta cerrada de un depósito. El olor a humedad se mezclaba con el del jazmín que trepaba por la pared del edificio de la izquierda. A mitad del pasillo, donde la oscuridad era casi completa, la frené apoyándole la mano en la cadera.
—Acá —dije.
Camila no contestó. Apoyó las dos manos contra la pared, separadas un palmo más anchas que sus hombros. Después fue retrocediendo los pies hasta que la espalda le quedó arqueada y el culo le quedó ofrecido hacia atrás. Era una pose practicada, como si la hubiera ensayado mentalmente durante toda la cena. Probablemente lo había hecho.
Me agaché detrás de ella. Mi cabeza quedó a la altura de sus caderas. Con las dos manos le levanté la falda roja despacio, hasta dejarle el culo al aire. La luz amarilla del fondo le iluminaba apenas la curva de las nalgas, y el resto se perdía en sombra.
Me mareé un segundo.
—Mové la cadera —le pedí en voz baja—. Como si me buscaras.
Lo hizo. Un movimiento mínimo, casi imperceptible, pero suficiente para confirmarme que estaba tan caliente como yo. Mis manos le agarraron las dos nalgas, las separé, las volví a juntar, las apreté. Camila soltó un suspiro tembloroso. Sabía que ese juego previo le ablandaba todo por dentro antes incluso de la primera caricia.
Acerqué la nariz a su sexo sin tocarlo. El olor me ganó antes que la vista: salado, tibio, con esa nota particular que solo aparece cuando lleva horas mojándose en silencio. Estaba lista hacía rato. La cena entera había sido la antesala.
Volví a separarle las nalgas, esta vez con los pulgares, y le abrí también los labios menores. Ahí, en la penumbra, su carne brillaba húmeda. No la toqué todavía. Junté los labios y le soplé encima, despacio, como si estuviera a punto de silbar una melodía muy lenta. La piel se le erizó en las nalgas y los muslos. Sentí el estremecimiento subirle por la espalda antes de oír el suspiro.
—Por favor —murmuró sin volver la cara.
***
Saqué la punta de la lengua y le toqué apenas el borde del clítoris. Camila echó la cabeza atrás y soltó un «dios mío» largo, alargando la última sílaba hasta que se le acabó el aire en los pulmones. Su voz rebotó en la pared y se perdió en el techo del callejón. Nadie podía oírnos, o al menos eso quería creer en ese momento.
Empecé a lamer de abajo hacia arriba, en pasadas anchas y lentas, como si quisiera no perderme ni una gota de lo que ella había estado guardando toda la noche. Sus muslos comenzaron a temblar a la cuarta o quinta pasada. Yo le sostenía las nalgas con las dos manos, amasándole la carne mientras la boca trabajaba sin pausa.
Cuando ya tenía toda la entrepierna empapada entre sus fluidos y mi saliva, junté la lengua en punta y la empujé adentro, lo más que pude. No entraba mucho, pero ella lo notó perfectamente: arqueó más la espalda, me apretó la cara contra su sexo, y mi nariz quedó hundida en el hueco tibio entre las dos curvas.
—Más —pidió.
Separó todavía más las piernas, abriéndome el paso. Aproveché el ángulo nuevo para subir la lengua hasta el clítoris, que ya tenía hinchado y duro. Le hice círculos lentos primero, después rápidos, después succioné con suavidad. Cada cambio de ritmo le arrancaba un sonido distinto. Aprendí en silencio cuál era la combinación que mejor le funcionaba esa noche.
Le temblaron las piernas con una intensidad nueva. Estuve a punto de hacerla acabar ahí mismo, pero paré. No quería que se viniera tan pronto. Ella lo entendió: gruñó frustrada y empujó la cadera atrás, buscándome de nuevo.
—Tranquila —le dije—. Todavía falta lo mejor.
***
Volví a lamerle de abajo hacia arriba, pero esta vez la lengua siguió subiendo hasta el otro orificio, el más cerrado. Camila gimió fuerte y golpeó la pared con la palma abierta. La barbilla me chorreaba.
—¿Querés más? —pregunté.
—Sí.
—Decilo bien.
—Quiero más.
Solté una de sus nalgas y me chupé el dedo del medio. Lo bajé despacio y le entré con suavidad en la vagina. Estaba tan empapada que no opuso ninguna resistencia. Camila empujó la cadera atrás para sentirme más adentro. Lo saqué, lo volví a mojar con saliva, y entré con dos dedos. Mientras tanto, la lengua seguía haciendo el trabajo arriba, sin perder el ritmo.
Los dos dedos los doblé apenas hacia adelante, buscándole el punto que la volvía loca, el que solo encontraba en ciertos ángulos. Cuando di con él, lo supe enseguida: ella soltó un «ahí, ahí, ahí» en una sola exhalación tomada. La palma de mi mano le rebotaba contra el clítoris cada vez que empujaba, y la lengua le había vuelto a subir al ano.
—Si seguís así me muero —jadeó.
—Esa es la idea.
Agregué un tercer dedo. El callejón empezó a hervir entre los dos. Mi erección me apretaba contra el pantalón con una fuerza casi dolorosa, pero no era mi turno todavía. Quería que ella se viniera primero, fuerte, antes de que se acabara la noche o nos descubrieran o pasara cualquier otra cosa.
Saqué los dedos un segundo y me los llevé a la boca. El sabor era denso, casi mineral, con el rastro tibio del Malbec que ella había bebido durante la cena. Volví a meter los dedos enseguida, antes de que protestara por la pausa.
***
Camila ya no controlaba la respiración. Apoyaba la frente contra la pared fría, y por la espalda le bajaban gotas de sudor que le mojaban el cuello del top. El contraste entre la pared helada y el calor acumulado entre sus piernas la estaba volviendo loca. Podía sentirlo en cómo se le tensaba cada músculo.
—Te falta poco —le dije, no como pregunta sino como afirmación.
—Mucho poco —contestó con la voz rota.
Entonces probé algo nuevo. Saqué los dedos de la vagina, dejé adentro el del medio y el anular, y con el índice, despacito, le tanteé el otro lado. Ella se tensó un instante, después se relajó. Era una invitación clara.
El dedo entró con cuidado, ayudado por la humedad que ya le bajaba por todo el muslo. Camila soltó un sonido nuevo, agudo, casi infantil, y empujó la cadera hacia atrás como si quisiera tragarse los tres dedos a la vez.
—Cogeme así —dijo, ya sin filtro.
Le marqué el ritmo. Los tres dedos entraban y salían al mismo tiempo; la lengua iba donde podía, lamiéndole lo que no estaba ocupado. Sus «sí, sí, sí» se transformaron en una sola palabra alargada, y los movimientos de su cadera empezaron a perder coordinación, a volverse instinto puro.
Fue como esperar la última descarga de una tormenta eléctrica. Sentís el aire cargarse antes del estallido, y cuando llega no podés hacer otra cosa que mirar y aguantar el golpe.
***
El cuerpo de Camila se sacudió de arriba abajo. Las piernas se le abrieron tanto que pensé que iba a perder el equilibrio. Gritó algo que no fue una palabra, después gritó mi nombre, después dejó de gritar del todo.
Y se vino.
Pero no fue un orgasmo como los que conocíamos. Algo cedió adentro y un chorro tibio me golpeó el mentón y el cuello. Cerré los ojos por instinto, aunque eso no impidió que me empapara la camisa hasta los pectorales. Cuando llegó la segunda oleada, ya tenía hasta las rodillas del pantalón mojadas.
Camila se quedó quieta, con la frente apoyada en la pared, respirando como si hubiera corrido diez cuadras seguidas. Yo me quedé en cuclillas detrás de ella, sin atreverme a moverme, oyéndola.
—Hijo de puta —susurró finalmente, riéndose—. Mirá la que me hiciste hacer.
—Mirá la que te hiciste hacer vos —contesté—. Yo solo seguí la falda roja.
Me levanté con las rodillas doloridas. Le bajé la falda como pude, aunque seguía goteando. Salimos del callejón medio tropezando, mirando hacia los dos lados por si alguien nos había visto. La calle seguía vacía. Si alguien escuchó algo desde alguna ventana, tuvo la decencia de no asomarse.
Corrimos hasta el auto. Adentro encontré un paquete de pañuelos descartables en la guantera y se los pasé. Ella se rio mientras intentaba secarse los muslos, sin mucho éxito.
—Vas a tener que conducir vos —dijo—. Yo no siento las piernas.
—Eso es exactamente lo que quería oír.
***
Manejé hasta casa con el olor de ella todavía pegado a la cara, las manos, la camisa. Camila se durmió a los diez minutos, con la cabeza apoyada en la ventanilla y una sonrisa que no terminaba de borrársele. La miré dos o tres veces en cada semáforo. Pensaba en la falda roja, en el callejón, en la pared fría contra sus palmas, en el contraste entre ese frío y todo el calor que se le había juntado entre las piernas.
Esto pasó hace casi un año. No se lo conté a nadie hasta hoy. Camila no sabe que estoy escribiendo esto. Si lo lee algún día, espero que se ría como esa noche.
Y que después me lleve a otro callejón.