Mi ex vecino me reconoció en la parada del bus
Fue hace ya un par de años, pero el recuerdo todavía me sube como un calambre cada vez que paso por esa esquina. Salí de la oficina arrastrando los pies, con el cuello rígido de tantas horas frente a la pantalla y un cansancio acumulado de no haber pegado un ojo la noche anterior. Mi marido había llegado tarde, otra vez, y yo había fingido dormir mientras él se movía por la casa con la torpeza de quien ya no rinde cuentas.
El refugio del paradero estaba medio vacío. Me apoyé contra la chapa caliente del cartel, cerré los ojos y dejé que el sol de la tarde me pegara en la cara. Cinco minutos. Diez. Empezaba a quedarme dormida de pie cuando escuché el motor de una camioneta bajando la marcha justo frente a mí.
—¡Carolina! ¿Te llevo?
Abrí los ojos despacio. Vidrios polarizados, ventanilla del copiloto bajando, una sonrisa inclinada sobre el volante. Tardé dos segundos largos en reconocerlo y, cuando lo hice, sentí cómo el sueño se me iba por los pies.
—¿Andrés?
—El mismo. ¿Te llevo o no? Me están pitando atrás.
Era mi ex vecino, el que vivía a tres puertas de la mía cuando todavía éramos los dos solteros y compartíamos pasillo, ascensor y alguna que otra charla de madrugada. No lo veía hacía más de cinco años. Cada uno de esos años le había sentado de un modo que dolía mirarlo: hombros más anchos, mandíbula marcada, la misma sonrisa de siempre pero con algo nuevo encima, una seguridad que antes no tenía.
—Hola, qué milagro —dije, todavía con la voz pastosa.
—Sube, dale. Te invito algo y después te llevo a tu casa. Esto está imposible a esta hora.
No lo pensé. Abrí la puerta y me trepé al asiento como si lo hubiera hecho toda la vida. El interior olía a cuero nuevo y a su perfume, uno cítrico que reconocí enseguida, igual al de cuando se cruzaba conmigo en el pasillo con la toalla al hombro.
—¿Qué haces por aquí? —pregunté mientras él cambiaba de marcha.
—Me mudé hace dos años, a seis cuadras. Y tú, ¿trabajas cerca?
—En ese edificio —señalé el bloque vidriado a mi izquierda—. Llevo casi tres años ahí adentro.
—El mundo es un pañuelo, ¿no?
Solté una risa nerviosa. Cinco años sin saber de él y un martes cualquiera me lo encontraba al volante de una camioneta que parecía sacada de una revista. Lo miré de reojo: jean oscuro, camisa arremangada hasta el codo, un reloj en la muñeca que antes no usaba. Había crecido en todos los sentidos posibles.
—Mira, vivo aquí cerca —dijo cuando dobló en la siguiente esquina—. Subimos un rato, te preparo unos sándwiches y descansas hasta que afloje el tráfico. ¿Qué te parece?
Lo correcto era decir que no. Lo correcto era recordarle que tenía marido, hija, una vida con horarios y rutinas. Pero hacía tanto tiempo que nadie me ofrecía algo sin pedirme nada a cambio, que solo asentí.
—Dale, gracias.
El edificio era moderno, con portero detrás de un mostrador de mármol. Subimos hasta un octavo piso en silencio, mirándonos en el reflejo del espejo del ascensor. Yo intentaba acomodarme el pelo. Él no disimulaba que me observaba.
—Pasa, ponte cómoda. Descálzate si quieres —dijo apenas abrió la puerta, ya caminando hacia la cocina.
El living tenía un ventanal enorme con vista a los techos de la ciudad. Me saqué los zapatos, hundí los pies en la alfombra y me dejé caer en un sillón gris que me tragó hasta los codos. Desde la cocina llegaban los sonidos de la heladera abriéndose, el filo del cuchillo contra la tabla.
—¿Te gusta el lugar? —preguntó desde adentro.
—Mucho. Tienes una vista que da envidia.
—Después te la muestro en serio. Hay un balconcito atrás.
Volvió con una bandeja y la apoyó en la mesa baja. Dos sándwiches recién armados, dos vasos con hielo, una botella de gaseosa fría sudando sobre la madera. Se sentó a mi lado, no enfrente. Mucho más cerca de lo necesario.
—No me lo puedo creer que estés aquí —dijo, sirviendo.
—Ni yo. Esta mañana me levanté pensando en mil cosas, menos en esto.
—Cuéntame cómo te trató la vida.
—Rutina, Andrés. Una rutina larga y poco interesante. Casa, trabajo, casa.
—¿Y el de siempre?
Tardé en contestar. Mordí el sándwich para ganar tiempo.
—El de siempre. Pero hace tres años que no dormimos en la misma cama.
Andrés dejó el vaso sobre la madera. Me miró distinto, con esa atención que se reserva para algo que de pronto se vuelve interesante.
—¿Y por qué sigues ahí?
—Por la nena, la menor. Espero que sea cuestión de un par de años más y después armo mi propia vuelta.
—Ojalá. Te lo mereces.
El silencio que vino después fue distinto al de antes. Más pesado. Terminamos de comer hablando de pavadas: del barrio viejo, de la dueña del kiosco que se había muerto, del portero del edificio donde nos habíamos conocido. Él recordaba detalles míos que yo creía olvidados: la pollera azul de los viernes, la manía de cantar bajito mientras esperaba el ascensor, la vez que bajé en pijama porque se me había quemado una olla.
—Me acuerdo de todo, Carolina —dijo, levantando los platos—. Quizás nunca te lo dije, pero me acuerdo de todo.
Cuando volvió de la cocina, se sentó todavía más cerca. Sentí el peso de su muslo contra el mío. No me corrí ni un centímetro.
—Te voy a confesar una cosa —arrancó, y antes de seguir me corrió un mechón detrás de la oreja con una delicadeza que me dejó sin aire—. Siempre me gustaste. Desde el primer día que te vi bajando con las bolsas del supermercado.
Sentí cómo se me prendían las mejillas. Andrés siempre había sido mi fantasía silenciosa, esa que se piensa en duchas largas y noches en blanco. Escucharlo así, dicho en voz alta, fue como si alguien encendiera una luz que llevaba años apagada.
—¿En serio?
—¿Te puedo dar un beso?
No alcancé a responder. Sus labios ya estaban sobre los míos, blandos, calientes, sin apuro. Me besó como si llevara cinco años ensayándolo, con la lengua midiendo la mía y la mano hundida en mi pelo. Yo tenía el corazón en la garganta y, entre las piernas, una humedad que me asustó por lo rápido que apareció.
—Ven.
Me tomó de la cintura y me subió a horcajadas sobre él. Sentí el bulto contra mi ropa interior y un escalofrío me recorrió la espalda entera.
—Andrés, esto no está bien —murmuré, con la respiración recortada, mirándolo a los ojos.
—Shhh. ¿Cuántas veces lo pensaste? Dime la verdad.
—Muchas.
—¿Y vas a dejar pasar esta?
—No.
—Déjate llevar, entonces.
Me sacó la blusa por los brazos, me desabrochó el sostén y se quedó mirándome como si nunca hubiera visto a una mujer en su vida.
—Qué tetas tienes —dijo en voz baja, sosteniéndolas con las dos manos—. Cuando te cruzaba a la mañana, con esas camisas blancas que dejaban marcar los pezones, me iba pensando en esto. Y ahora son mías.
Bajó la cabeza y me chupó uno, después el otro, sin apuro, con la punta de la lengua dibujándome círculos lentos. Eché la cabeza hacia atrás. Empecé a moverme sobre él, buscando el contacto del jean contra mi ropa interior. Cada vez que ondulaba la cadera, encontraba el bulto creciendo debajo.
—Ven, sácate todo. Quiero verte entera.
Me bajó el pantalón y me dejó parada delante de él, con una tanga mínima que no escondía nada. Él se sacó la camisa y se desabrochó el cinturón. El bóxer negro le quedaba tirante, marcando una verga que se asomaba por arriba del elástico.
—Ven —me llamó con un dedo—. Ahora sí. Restriégate como recién, mójame entero. Quiero quedarme con tu olor toda la semana.
Volví a sentarme arriba de él, una pierna a cada lado. La tela del bóxer ardía contra la tanga. Empecé a frotarme, lento al principio, después más rápido, agarrándome del respaldo del sillón para tener apoyo.
—Así, así —gruñó él, con la boca otra vez en mis pezones.
No lo podía creer. Si era un sueño, no quería que me despertaran. Después de un rato dejé de ser pasiva. Le bajé el bóxer de un tirón, le saqué la verga, corrí la tanga a un costado y me clavé despacio, centímetro a centímetro, hasta sentirlo entero adentro.
Me quedé quieta un segundo, con la frente apoyada en la suya, respirando como si hubiera corrido cuadras. Tres años. Tres años sin sentir algo así.
—No te muevas todavía —le pedí.
—Tómate tu tiempo.
Cuando me moví, fue para arriba, despacio, midiendo. Después más rápido. Después con la cadera entera, frotándome el clítoris contra el vello de su pubis. Él me agarraba de las caderas y me hundía cada vez más profundo. Mis gemidos se fueron haciendo cada vez más altos en el living, mientras la luz del atardecer entraba sesgada por el ventanal y pintaba la alfombra de naranja.
—Dale, clávate fuerte, Carolina. Con ganas. Como te imaginaste tantas veces.
Me tomó del pelo y me obligó a arquear la espalda. Yo me daba sentones largos, sintiendo cómo el placer subía desde adentro, lento al principio, después imposible de contener. Llevaba unos meses usando unas bolas chinas para fortalecer la zona, y esa tarde lo agradecí: cada vez que mi cuerpo se tensaba, él soltaba un quejido sordo, como si lo estuviera apretando con la mano cerrada.
—Me estás volviendo loco —dijo, con los dientes apretados.
El orgasmo me agarró sin aviso. Me clavé hasta el fondo y me quedé ahí, temblando, con la espalda arqueada y los ojos cerrados. Sentí su verga latir adentro, sus manos clavadas en mis caderas, su frente pegada a mi pecho.
—Quédate así, no te muevas —jadeó.
Nos quedamos un rato largo en esa posición, escuchando cómo se nos iba acompasando la respiración. Le acaricié el pelo, todavía con la cara en su cuello. El olor cítrico de su perfume ahora estaba mezclado con sudor y conmigo.
—¿Te arrepientes? —preguntó al final, mirándome a los ojos.
—Para nada.
—¿Quieres más?
Me reí, una risa floja, casi de adolescente, una que no recordaba haberme escuchado en años.
—Sí.
Se rió conmigo. Me besó la frente, me acomodó el pelo detrás de la oreja, otra vez, como había hecho al principio. Volvimos a empezar despacio, esta vez sin la urgencia, con el sol bajando del todo detrás del ventanal y nosotros dos descubriéndonos como si tuviéramos toda la vida por delante.
***
Esa tarde no llegué a mi casa hasta bien entrada la noche. Subí al ascensor de mi edificio con las piernas blandas y el pelo húmedo de la ducha rápida que me había dado en lo de Andrés. Mi marido apenas levantó la vista de la tele cuando entré. Murmuró algo sobre la cena fría y volvió al partido.
Yo me metí en el baño, me senté al borde de la bañera y me miré en el espejo. Tenía las mejillas todavía encendidas y los ojos con un brillo que llevaba años sin verme. Por una tarde, fui otra vez la mujer que era antes de todo esto, pensé, y la idea me dio risa y miedo al mismo tiempo.
Volví a verlo varias veces más, en ese mismo octavo piso, durante casi seis meses, hasta que la vida nos separó otra vez por motivos que no vienen al caso. Nunca le conté esto a nadie. Es un secreto que pienso llevarme a la tumba, como tantos otros. Pero hoy, no sé bien por qué, sentí que tenía que escribirlo. Quizás porque algunas tardes vuelvo a pasar por esa parada y juro que escucho el motor de la camioneta bajando la marcha justo detrás de mí, y por un segundo me doy vuelta a buscarlo.