Lo que pasó en la piscina con mis amigos y mi mujer
Desde que nació nuestro hijo, el sexo con Aitana se había convertido en una rutina apurada, hecha a escondidas y con un ojo en la puerta. Seguíamos deseándonos, pero ya no había madrugadas largas ni juegos que se estiraran hasta el amanecer. Algo se nos había gastado en silencio.
Aquel verano fue distinto. Tenemos una piscina pequeña en el jardín de casa, y en julio se convirtió en nuestro refugio. Ella se ponía bikinis diminutos que parecían rendirse al primer movimiento del agua, y yo la miraba durante horas con la excusa de leer bajo la sombrilla.
A veces, al cruzarla nadando de espaldas, se le escapaba un pecho del triángulo de tela. Lo arreglaba con una risa floja, como si no le importara que yo perdiera el aire. A mí me bastaba con esos descuidos para no pensar en otra cosa durante toda la tarde.
Fue en uno de esos días de calor cuando me llamaron Bruno y Mateo, dos amigos de la infancia que viven fuera desde hace años. Coincidían en la ciudad esa semana y propusieron pasar un día por casa.
—Diles que sí —me dijo Aitana cuando colgué—. Dejamos al niño con mis padres y nos damos una tarde de las de antes.
Llegado el día compramos demasiada cerveza, demasiada carne y demasiado hielo. El plan era simple: piscina, parrilla y emborracharse hasta perder el reloj.
Me sorprendió verlos llegar solos. Bruno me explicó que su mujer, Carla, no había podido organizarse con los niños. Mateo soltó el bombazo al segundo whisky: se había separado hacía unos meses. Inés se había hartado de sus historias con otras y lo había echado de casa. Lo dijo encogiéndose de hombros, como si lo contara de otro.
—Es lo que hay —murmuró, y se sirvió otro.
Aitana le dio un abrazo lateral y cambió de tema. Sabe leer cuándo un silencio pesa demasiado.
La tarde transcurrió como cualquiera de nuestras reuniones: chistes viejos, comida que no se acaba, copas que se llenan solas. Hacia las once, los cuatro estábamos en ese punto exacto en el que todo te parece gracioso y la temperatura de la piel sube sin razón.
El calor era espeso. Sin habernos puesto de acuerdo, terminamos los cuatro dentro de la piscina. Mateo, que siempre fue el descarado del grupo, levantó la cerveza y soltó:
—Yo me lo quito. Paso del bañador.
Y lo hizo. Se bajó el slip junto al borde y se metió desnudo. Aitana lo miró un segundo de más. Él se dio cuenta. Yo también.
Mateo siempre fue el que la tenía más grande del grupo. En los campamentos era un chiste recurrente; ahora, dentro del agua iluminada por dos focos amarillos, ya no parecía un chiste. Algo en mí, que el alcohol había vuelto blando y curioso, empezó a empujarme hacia delante en lugar de hacia atrás.
—Pues hala —dije, y me quité el bañador antes de meterme.
Bruno se rio y se sumó. Aitana se quedó con su biquini puesto, riéndose y diciendo que con nosotros tres así parecíamos un anuncio de algo muy raro.
Seguimos bebiendo dentro del agua. En algún momento ella se puso a nadar entre las luces sumergidas y, al salir, tenía un pecho fuera del triángulo. Tardó dos largos en darse cuenta. Cuando lo notó, soltó un gritito y se cubrió con la mano, riéndose.
—Perdón, perdón —dijo entre carcajadas.
—Mujer, si nosotros estamos con todo al aire —se rio Mateo—. No te disculpes.
—Quítate eso, amor —le dije yo, y la voz me salió más ronca de lo que pretendía—. Estás haciendo el ridículo siendo la única vestida.
Aitana me miró. Reconozco esa mirada: la que pone cuando sabe que estoy permitiendo algo que no debería. Tardó tres segundos en decidirse. Soltó la parte de arriba primero y, con un movimiento limpio, se quitó la braguita y la lanzó al borde.
—A tomar por culo —dijo.
Mateo aplaudió. Bruno se atragantó con la cerveza.
***
El juego siguió un rato como si nada hubiera cambiado, pero todo había cambiado. Fingíamos jugar a la pelota, y cada choque era una excusa. Aitana se reía cada vez que se rozaba con alguno de los dos. Yo me acerqué por la espalda en un momento y le pasé la polla por la nalga; ella se rio sin girarse, y supe por esa risa que el alcohol no era lo único que la estaba poniendo así.
Mateo no disimulaba. Cada vez que salía del agua a por hielo se demoraba en la escalerilla un par de segundos de más, dándonos la postal. Bruno, más callado, sostenía su copa como un escudo y miraba.
—Cariño —dije, ya cruzando la línea sin frenar—, ¿te has fijado que tú eres la única vestida? Ah, no. Ya no.
—Me da cosa estar desnuda con gente que conozco —dijo ella, riéndose—. Con desconocidos no, porque no me los vuelvo a encontrar. Con vosotros sí.
—Pues más razón para enseñarlo —dijo Mateo.
—Voy un momento al baño —cortó ella, y salió del agua sin taparse. Las gotas le caían del pelo por la espalda hasta perderse en la curva de las nalgas. Los tres la seguimos con la mirada hasta que entró en casa.
Mateo se fue detrás unos minutos después con la excusa de servir más hielo. Volvió tarde y empalmado a medias. Yo lo noté pero no dije nada.
Cuando Aitana salió por la puerta, ya no llevaba el biquini puesto. Caminaba hacia el borde con esa lentitud que pone cuando sabe que la están mirando. Se sentó en el bordillo, abrió las piernas y nos mostró un sexo recién depilado.
—¿Te has rasurado? —me reí—. ¿Cuándo?
—Ahora. No os lo iba a enseñar con pelos. Y, por cierto, vuestro amigo se ha colado en el baño y se ha quedado mirándome mientras lo hacía. Y se ha tocado un poco.
Mateo se acercó a explicarme entre risas que lo sentía, que se había desorientado. Yo le dije lo que solo dice un hombre que ya ha decidido no detener nada:
—No pasa nada. Si ese coño es para mirarlo, no me importa que lo mires. Ni que hagas alguna otra cosa.
Él abrió los ojos. Aitana también. Bruno, que apenas se sostenía en pie, se limitó a sonreír sin entender del todo.
—Cariño, del uno al diez —le dije a ella—, ¿cómo estás de cerda?
—Mmm —se mordió el labio—. Un siete.
—¿Solo un siete?
—Es que no he visto suficiente —dijo, y miró a Mateo con la misma sonrisa que me dedica cuando vamos a hacer algo que después nos hará reír durante meses.
—Hazle caso —le dije a mi amigo—. Aquí ella manda.
***
Aitana se metió en el agua y le pidió a Mateo que se sentara en el bordillo, donde había estado ella. Él obedeció. Estaba ya a medio empalmar.
—Ya que te la has tocado mirándome —le dijo ella—, ahora quiero verte cómo lo haces tranquilo. Sin esconderte.
Mateo se rio bajito, se escupió en la mano y empezó a acariciarse. Lo hacía con una calma que no encajaba con la situación, como si lo hubiera ensayado. Yo me acerqué a Aitana por detrás, le pasé las manos por los pechos y le besé el cuello. Ella no apartaba la mirada de mi amigo.
Y aquello creció. Yo siempre supe que Mateo tenía una polla más grande que la media, pero verla así, despierta del todo y al alcance de la mano de mi mujer, era otra cosa. Aitana se separó de mí, salió del agua y se sentó al lado de él con las piernas abiertas. Se miraban: él el sexo de ella, ella el de él.
—Cariño —me dijo sin girarse—, ¿me traes el lubricante de la mesilla? Que aquí va a hacer falta.
—¿Ya estás decidida? —pregunté riéndome.
—Hombre, si llegamos hasta aquí, ¿no me la voy a meter? Mi maridito siempre me consiente.
Entré en casa, cogí el lubricante y, ya que estaba, su dildo favorito. El que tantas noches habíamos usado juntos. Cuando salí, Aitana le estaba haciendo a Mateo una paja a dos manos, con el culo en pompa hacia mí.
—Te traigo el lubricante y a nuestro amigo de goma, por si quieres montar un show de los que te gustan.
Se rio. Cogió el dildo y lo puso al lado de la polla de Mateo. La de él sobresalía. Le sacaba la cabeza y un par de centímetros más.
—Esta es mejor —dijo meneando la de mi amigo—. Pero la otra tampoco la voy a desperdiciar.
Embadurnó el dildo, lo pegó al suelo de la terraza con la ventosa y se sentó encima poco a poco. Bajaba con la espalda recta, sin perder de vista la polla de Mateo. Cuando lo tuvo dentro hasta la mitad, le cogió a él el tronco con una mano y se llevó el glande a la boca.
***
Bruno se había sentado en una tumbona, todavía con las pantorrillas en el agua, y se masturbaba sin decir una palabra. Yo, de pie a un metro, no sabía si estaba viendo aquello desde fuera o desde dentro de la escena.
Aitana subía y bajaba sobre el dildo con un ritmo que conozco muy bien, el que pone cuando quiere correrse despacio. La diferencia es que la boca, en lugar de morderme a mí el hombro, estaba ocupada con la polla de otro. Mateo, en algún momento, le pasó una mano por la nalga y, antes de que yo pudiera procesarlo, le metió el dedo corazón en el culo.
El culo siempre había sido tierra prohibida. Nunca había dejado entrar a nadie ahí, ni siquiera a mí salvo por accidentes que terminaban con disculpas. Esta vez no se quejó. Sacó la polla de la boca, soltó un grito largo, ronco, y se corrió temblando sobre el dildo.
Me miró buscando mi cara. Yo le hice un gesto de okey con la mano que me quedaba libre. Ella sonrió y volvió a meterse la polla de Mateo en la boca como si hubiera entendido la respuesta exacta.
—No aguanto más —dijo Mateo al rato, con la voz cortada—. Me la voy a follar.
—Lo que ella diga —respondí.
Aitana no habló. Lo empujó hacia atrás, se sacó el dildo, se arrastró sobre él y, sin mediar palabra, se clavó la polla casi entera de una sentada. Empezó a temblar antes de moverse. Se corrió ahí mismo, en cuclillas, sin haber dado siquiera un brinco.
Cuando reaccionó, empezó a cabalgarlo. Gritaba sin palabras. Mateo le apretó las nalgas con las dos manos y volvió al culo con tres dedos esta vez. Yo no entendía cómo, pero ella se abría sola.
***
—Vamos dentro —dijo de pronto, sin parar.
Salimos los cuatro chorreando hacia el salón. Bruno se había espabilado un poco, traía la polla a reventar y se la sostenía como si pidiera permiso. Aitana arrastró a Mateo del miembro y lo empujó al sofá, pero no se sentó encima como yo esperaba. Se subió de pie sobre los cojines, le cogió la cabeza y se la llevó al sexo.
Él le lamía con prisa. Ella apretaba el culo hacia delante y, cuando se corrió por tercera vez, se le doblaron las rodillas. Lo empujó otra vez para volver a sentarse encima.
—Empótrame —pidió en algún momento.
Se puso a cuatro patas en el sofá, pegando la mejilla al respaldo y dejando el culo en alto. Mateo la penetró de un golpe. Yo estaba a tres metros, pajeándome despacio, mirándola gemir contra la tela. Bruno se había acercado al sofá y se había sentado en el reposabrazos, masturbándose más cerca.
Aitana giró la cabeza hacia él y, sin hablar, le hizo una seña para que se acercara más. Cuando lo tuvo a tiro, le agarró la polla con la mano y se la metió en la boca hasta el fondo. La tenía menos grande que Mateo, parecida a la mía, y se la tragó entera de una sola vez.
Yo nunca la había visto así. Ni de lejos.
***
Mateo le echó lubricante en el ano y se lo presentó a la entrada. Ella se giró un segundo, no dijo nada y dejó que empujara. La cabeza entró sin problema. Cuando ya entraba más, ella levantó la mano.
—Para. Ahí no. Mejor en el coño.
Mateo obedeció. Ella se incorporó, lo besó en la boca y se sentó otra vez encima. Tres botes después se volvió a correr.
Bruno se atrevió por fin a moverse de verdad. Le metió dos dedos en el culo y ella, riéndose, dijo:
—Joder, tú también quieres.
Se inclinó sobre el pecho de Mateo. Bruno arrimó el glande y empujó. Esta vez sí. Esta vez su culo se abrió como si llevara años esperándolo. Abrió los ojos enormes, me buscó con la mirada y, con la cabeza, me preguntó. Yo asentí.
Bruno empezó despacio, Mateo se acopló por debajo. Aitana, atrapada entre los dos, dejó de gemir y se quedó callada con la boca abierta. Los ojos se le pusieron en blanco. Yo no me acercaba: me quedé donde estaba, sosteniendo la mía con la mano, sabiendo que lo que estaba viendo no iba a volver a verlo igual.
—Joder cómo aprieta —dijo Bruno.
—Tu marido te consiente bien, eh —murmuró Mateo.
—Le doy las gracias todos los días —contestó ella, con la voz hecha jirones.
***
Bruno se corrió primero. Le dejó el culo lleno y se desplomó hacia un lado, jadeando. Aitana siguió un rato encima de Mateo, ella misma metiéndose dos dedos en el ano para recoger lo que Bruno le había dejado.
—Ahora tú, cariño —me dijo, y me señaló con la barbilla.
Me acerqué. Le metí mi polla en el culo y, te lo digo con vergüenza, no aguanté ni cinco minutos. Estaba tan tenso desde hacía tantas horas que el primer apretón me hizo terminar. Le pedí perdón. Ella se rio sin girarse.
—Tranquilo. Hoy no eres tú quien tiene que aguantar.
Mateo seguía sin correrse. Tenía un aguante que no era humano. Aitana se sacó su polla del coño, se dio la vuelta y se sentó encima al revés. Él, debajo, le pidió que probara lo que llevaba toda la noche evitando.
—Métela en el culo —le pidió—. Tú controlas desde arriba.
Ella obedeció. Se puso la cabeza en la entrada y empezó a apretar. La mitad entró sola. La otra mitad fue trabajando despacio, con la espalda recta, los pechos en alto, los muslos temblando.
—Joder, ahora sí —dijo.
Yo me arrodillé delante. Tenía el sexo rojo, hinchado, abierto. Mateo le metió tres dedos ahí también y los movió hacia su pubis. Aitana empezó a correrse por enésima vez, esta vez sin gritar, solo con un temblor largo que le subió desde los muslos hasta la garganta.
Mateo terminó con ella encima, mordiéndole el cuello, sin moverse apenas.
—Casi me partes —dijo él riéndose después.
—Y yo casi no me siento las piernas —contestó ella.
***
Nos quedamos dormidos los cuatro en el sofá, desnudos, encajados como podíamos. Por la mañana, Aitana me despertó con un tanga y el pelo mojado para preguntar si quería desayunar.
Desayunamos así, sin ropa, los cuatro. Antes de irse, ella se llevó a Mateo aparte un minuto, le hizo una mamada de despedida y le dijo que el resto del cuerpo iba a tardar en recuperarse. Bruno me pidió en voz baja que no contara nada por Carla. Le dije que por mí, descuidado.
Mateo, antes de subirse al coche, nos invitó a su casa en la sierra. Dijo que tenía amigas y que volveríamos a pasarlo bien los cuatro. Aitana sonrió. Yo asentí sin comprometerme.
Desde aquel día, ella me deja entrar por detrás de vez en cuando. No siempre. Solo cuando salimos, bebemos demasiado y la noche se nos empieza a desbordar como aquella. Y cada vez que pasa, los dos sabemos a qué piscina estamos volviendo.