El hotel que mi hermana reservó por error
Subimos a las suites y cada una se tiró un rato en su habitación para recuperar algo de energía. El paseo en velero me había dejado destrozada, pero no era capaz de decirle a Mariana que no tenía ganas de salir. Ella nunca se anima a nada, y justo esa noche, en el viaje que me regalaba por mi cumpleaños, no iba a aguarle el plan haciéndome la aburrida.
Quedamos en descansar una hora. Eran las seis y media y nos habíamos citado con Bryan y su supuesto amigo entre las nueve y media y las diez, en la entrada de la discoteca del hotel. Mariana me contó, ya medio dormida, que esa noche había fiesta temática de antifaces y que los repartía el mismo local.
—Eso lo hace más interesante —murmuró antes de cerrar la puerta.
Dormí casi dos horas. Cuando desperté, ella seguía en la ducha y yo aproveché para preparar mi ropa. Saqué un vestido color crema, estampado con flores silvestres rosadas, vaporoso, de falda a medio muslo, con tiras que se ataban al cuello y dejaban la espalda al descubierto. El escote bajaba en una línea suave hasta el ombligo. Elegí un conjunto íntimo gris translúcido a juego, para que no se marcara debajo de la tela.
Cuando Mariana salió del baño, entré yo. El agua me despertó del todo. Retoqué mi depilación con calma, me perfumé sin prisa y al volver a mi cuarto me unté crema con brillo por todo el cuerpo. No me demoré: era un vestido sencillo pero sensual, perfecto para el calor. Pinté mis labios en tono palo de rosa, un poco de iluminador y sombras a juego.
Crucé a su habitación y la encontré con un vestido azul oscuro muy parecido al mío en la forma: vaporoso, de tiras, espalda descubierta, suelto, justo encima de las rodillas. Llevaba los labios de un rojo carmesí intenso y, la verdad, estaba preciosa.
Hacía años que no la veía tan arreglada.
Como se nos había pasado la hora de la cena, bajamos al quiosco a comer algo. Yo pedí un ceviche de camarones, ella uno peruano, y nos tomamos un par de cervezas. Después subimos a lavarnos los dientes y salimos hacia la discoteca, algo ansiosas, porque ya eran más de las diez y seguro nos estaban esperando.
***
En la entrada estaba Bryan solo. Se me cayó el alma a los pies y pensé que me había arreglado para nada. Estuve a punto de decirle a Mariana que entrara ella sola, que yo me devolvía a la suite para no ser el mal tercio. Pero como si me leyera la mente, se adelantó.
—Si el otro chico no viene, entramos igual y vemos cómo está el ambiente. Con lo linda que estás, haces conquista en cinco minutos —dijo riéndose.
La miré con resignación. Entendí que para ella era importante que la acompañara, aunque fuera un rato, para ver si pasaba algo con Bryan o si solo era un muchachito intentando aprovecharse de dos mujeres solas de vacaciones. Cuando llegamos hasta él, lo primero que hizo fue disculparse: su amigo aún no aparecía, pero en veinte minutos llegaba.
—En media hora te dejo con tu amigo, ¿vale? —le dije a Mariana, y ella asintió con algo de pena.
Al entrar nos recibieron con unos cócteles y una mesa llena de máscaras decoradas que se ajustaban con una banda elástica. Cubrían de la nariz hacia arriba y dejaban libres la boca y la barbilla. Yo elegí una del mismo crema que mi vestido, con flores. Mariana, una roja de plumas azules que combinaba con el suyo. Nos escapamos un momento al baño, nos retocamos y nos tomé un par de fotos por si Andrés, mi esposo, quería verlas. Una juntas y otra cada una por separado.
Luego fuimos a la mesa de Bryan, en un rincón un poco apartado de la pista. Desde ahí se veía todo con buen ángulo. Él se veía bien con su máscara blanca contra su piel de tono chocolate. Hablaba sin un acento muy marcado, cosa que me sorprendió. Llevaba unas bermudas azules, tenis blancos y una guayabera de manga corta.
El sitio estaba lleno, casi todo parejas. Muchas mujeres con vestidos de dos piezas o minifaldas, otras con vestidos parecidos a los nuestros, y bastantes sin sostén. Los hombres, en bermudas y camiseta o guayabera, nada que llamara la atención.
***
El ambiente era tan bueno que empecé a arrepentirme de querer irme pronto. Un par de extranjeros me sacaron a bailar y, en la pista, se notaba un aire muy liberal. Algunas parejas se manoseaban sin disimulo, otras se acariciaban con descaro, y varias mujeres bailaban con los senos al aire. Las máscaras daban esa sensación de complicidad, como si nadie tuviera nombre esa noche.
Mariana bailaba a gusto con Bryan, reía mucho, y eso me alegraba por ella. El extranjero que me había sacado parecía un pulpo intentando recorrerme entera con las manos, así que lo dejé plantado y volví a la mesa. Me tomé uno de los cócteles. Cada mesa tenía una bandeja con hielo, media botella de aguardiente, condones, lubricante y agua. Todo organizado por el hotel.
Seguí mirando la pista, que ya parecía un espectáculo colectivo más que un baile. Y vi cómo Bryan, entre giro y giro, tocaba a mi hermana más de la cuenta, y ella solo se reía y se mordía el labio con picardía.
En eso, un muchacho se acercó a Bryan y lo saludó con efusividad. Era un mulato corpulento, alto, bien vestido, con bermudas verdes y guayabera blanca, muy parecido a Bryan pero más fornido. Bryan tomó de la mano a Mariana y los dos vinieron hacia la mesa. Me puse nerviosa: ese debía ser el chico que supuestamente era para mí y que no había llegado a tiempo.
Había llegado a pensar que, si aparecía, no sería ni la mitad de atractivo. Me equivoqué por completo.
Bryan me lo presentó al oído como su primo. Le extendí la mano y me quité el antifaz para que me viera bien la cara, pero él se acercó y me dio un beso en la mejilla.
—Marcos —dijo, y se sentó a mi lado.
Brindamos. Bryan y Mariana quedaron juntos, casi abrazados, jugando con las manos: él le ponía la suya en la pierna, ella se la retiraba con discreción, y él volvía a colocársela en el muslo. Verlos me dio morbo, lo confieso, porque se notaba que ella se excitaba con ese juego.
Le hice tomar a Marcos dos copas más por haber llegado tarde y dejarme sola media hora.
—Bien hecho que dejaras al otro en la pista —dijo él, sobrado—. Porque tú esta noche estás comprometida a bailar solo conmigo, o con quien yo autorice.
—¿Te creíste de buenas? —le reté, quitándome la máscara—. ¿Y quién hizo semejante oferta, si a mí no me consultaron? Soy mucho mayor que tú, niño. Y además estoy casada.
Bryan y Mariana se reían. Él le preguntó si también estaba casada y ella negó con la cabeza: hacía más de diez años que se había separado. A Marcos no se le borró la seguridad.
—Que yo sea menor no me hace menos hombre. Y en cuanto a tu marido, no lo veo por ningún lado. Si no vino contigo, será que te dio vía libre para divertirte como tú decidas.
Eso último me borró la sonrisa, porque en el fondo tenía razón. Para disimular, le mostré la copa vacía. Me la llenó al instante.
***
—De acuerdo. Sácame a bailar y vemos qué pasa.
Al pararme me sorprendió que apenas le llegaba al pecho. Sus manos, grandes pero suaves, hacían desaparecer las mías. Pusieron una ronda de bachata y él me alzaba como si no pesara nada, me hacía gritar y reír a la vez. Otras veces me separaba y le bailaba de frente. El contraste de nuestras pieles, la diferencia de tamaño, todo me hacía sentir pequeña entre sus brazos.
Cuando bailábamos pegados, mi cara quedaba sobre su pecho y su ingle rozaba mi abdomen. Me inquietó no sentir su miembro. Por curiosidad bajé la mirada un par de veces, entre vueltas, y me pareció que colgaba hacia un lado del muslo, sin nada pronunciado. No supe si eso me tranquilizaba o me asustaba.
Después de un rato largo, ya con algo de reguetón, Marcos notó que el cuello me molestaba de tanto mirarlo hacia arriba y volvimos a la mesa a seguir hablando.
Me contó que no trabajaba en el hotel, sino en un gimnasio cercano, lo que explicaba su cuerpo. Vivía con Bryan en un aparta estudio; por eso había llegado tarde, entre el turno y arreglarse. Y entonces salió el tema de cómo habíamos terminado ahí.
—Mi hermana organizó todo —le confesé, riéndome—. Es mi regalo de cumpleaños. Lo que pasa es que confundió «hotel para adultos» con «hotel liberal para adultos».
Soltamos una carcajada. Él aprovechó para acariciarme las piernas y yo le retiré las manos, no sin dejarle sentir un poco la piel. Entonces dijo algo que me erizó entera.
—Bendito sea el error de tu hermana, que me dejó conocerte. Tienes olor a delicia sin explorar.
Escucharlo tan cerca de mi cara no solo me descolocó: me excitó muchísimo, y me delaté mordiéndome el labio sin querer. Él me miró con una sonrisa de seductor y siguió hablando como si no se hubiera dado cuenta.
***
Miró un rato hacia la pista mientras yo intentaba adivinar hasta dónde quería llegar él, y hasta dónde quería llegar yo. Jamás había estado con un hombre que no fuera mi esposo, y menos me había imaginado con uno de color. Lejos de incomodarme, se estaba convirtiendo en una curiosidad que me ardía por dentro. Todavía no decidía si tener la aventura que Andrés me había soltado por la tarde, descaradamente, o seguirle el juego a este chico que no llegaba a los veintisiete.
Marcos me apretó la mano y señaló a la pista. Bryan y Mariana bailaban sin reparos, sus manos subiendo y bajando por la espalda y la cintura de ella. En una vuelta, él consiguió el beso que llevaba buscando toda la noche, y mi hermana se deshizo entre sus brazos.
Qué ironía. La misma Mariana a la que no le gustaban los hombres de color, ahora desesperada por uno que le llevaba más de veinte años. Y yo aquí, dudando si dejar que otro me tocara, solo por venganza, porque mi esposo me lo había propuesto.
Verla sucumbir era excitante. Si alguien me hubiera dicho que esto pasaría en el viaje, no lo habría creído. De hecho, Andrés lo insinuó y le juré que era un simple paseo entre hermanas.
Marcos me hizo tomar dos tragos más y me llevó otra vez a la pista. Empezamos separados, sensuales, y poco a poco me fue acercando a su cuerpo. Bailaba rico, lo reconozco. Me giró y me susurró al oído.
—Mira esa pareja. Ella se está dejando acariciar.
Pegó su pecho a mi espalda sin dejar de moverse. Vi cómo la mujer alcanzaba el orgasmo justo cuando, por primera vez, las manos de Marcos se posaron sobre mis senos por encima del vestido. Yo solo puse mis manos sobre las suyas, pero no las retiré. Miré a Mariana: ya besaba a Bryan con pasión y él le había sacado un seno por el costado del vestido. No llevaba sostén.
Marcos me giró y me alzó hacia otro lado de la pista, donde me susurró de nuevo.
—Y esa de ahí se está manoseando con otra chica.
Eran dos mujeres hermosas, una morena y otra rubia como yo, acariciándose frente a sus parejas, que disfrutaban del espectáculo. Yo de frente a la escena, él detrás, moviendo las caderas, sus manos otra vez en mis senos haciendo que mis pezones se marcaran. Una de las chicas se arrodilló ante la otra y hundió la boca entre sus piernas. Sentí cómo Marcos acomodaba su miembro hacia arriba para restregarlo en mis nalgas, sosteniéndome del vientre con la otra mano. Un escalofrío me recorrió entera: lo sentía más grueso que el de mi esposo.
***
Mis piernas se movían no por la música, sino por cómo él me sostenía. Sus manos volvieron a mis senos, esta vez por dentro de las tiras del vestido, acariciándolos directamente, ya sin resistencia de mi parte. Me giró de frente, su miembro contra mi abdomen, su boca pegada a mi oído.
—Nunca había tenido algo tan delicioso entre las manos. No imagino tu sabor. Muero por descubrirlo.
Ni mi esposo me había dicho algo así. Las palabras las escuché en los oídos, pero las sentí entre las piernas, como si me las hubiera dicho con la lengua. Mi humedad era evidente, y él la descubriría a este paso.
Lo abracé pasando los brazos por su cuello, y él me levantó, primero por las caderas y luego por las piernas, hasta que lo rodeé con ellas para no caer.
—¿Qué haces? Bájame, todos nos están mirando —le supliqué en un destello de cordura.
Algunas parejas nos observaban, y eso me producía un hormigueo extraño en el vientre. Sus manos se apoderaron de mis nalgas por debajo de la falda. Temblé.
—Bájame, me incomodan sus miradas.
—No te incomoda —susurró, rozando con los dedos mi entrepierna—. Te excita que te vean. Y verlos a ellos mirándote.
Miré alrededor y supe que tenía razón. No me daba vergüenza: me encendía. Cuando volvió a rozarme, no pude contener un gemido.
—¿Y ahora qué hacemos? —le pregunté, mirándolo de frente con cara de niña buena.
—Pídeme que te haga mía. Pídeme lo que quieres.
Abrí los ojos con angustia, sabiendo que de verdad esperaba que se lo dijera. Que quería sentirlo dentro, sus dedos y su lengua recorriéndome, que si me daba ese placer podría hacerme lo que quisiera. Algo en mí deseaba portarse como su puta esa noche.
—Quiero que me hagas tuya —balbuceé.
Y por primera vez fui yo quien lo besó, con una lujuria que nunca le había dado a mi esposo. Nos besamos como dos adolescentes mientras una de sus manos me apretaba las nalgas y la otra me sacaba un seno y se lo llevaba a la boca.
***
Me dejó bajar manoseándome a la vista de quien quisiera. Su miembro palpitaba contra mi vientre, y la excitación me hizo querer tocárselo. Posé mis manos pequeñas sobre la tela de su bermuda y sentí algo rígido y largo latiendo bajo mis dedos. Ya no era yo: mis manos se movían solas.
Lo giré para buscar a mi hermana. Mariana ya no estaba en la pista. Ellos se besaban en la mesa, sin disimulo. En el ambiente solo había lujuria, y nosotras éramos parte de ella. Le saqué el miembro de la bermuda y me quedé impresionada: erecto, imponente, venoso como jamás había visto. Lo acaricié de arriba abajo, descarada, hasta que una mujer se acercó.
—Es hermosa entre tus manos —dijo, y sin preguntar le dio un beso en la punta.
La miré atónita y eso me hizo reaccionar. Le pedí a Marcos volver a la mesa.
Al llegar, solo vi a Bryan, y me asusté por no encontrar a mi hermana. Hasta que me acerqué: Mariana estaba inclinada, con los senos al aire y el vestido enrollado en la cintura, dándole placer con la boca. Me senté impávida, viendo la escena, mientras Marcos no perdía el tiempo y me chupaba los pezones, ya sensibilísimos.
—Quiero que hagas lo mismo —me susurró.
Su mano sobre mi cabeza me fue guiando hacia abajo, ahí mismo, delante de mi hermana. No hizo falta fuerza: yo misma bajé. Su sabor era embriagante. Lamí y chupé una y otra vez, guiada por sus dedos en mi pelo, probando lo más delicioso que había tenido en la boca. Sus manos me acariciaban los senos hasta que sentí cómo todo terminaba, abundante y espeso, y no me detuve hasta recibirlo entero.
Levanté la cabeza. Mariana me observaba en silencio, con una mirada de pura lujuria. Bryan le avisó que también llegaba al final y ella se inclinó igual que yo un instante antes. Nadie dijo nada. Solo nos mirábamos, sin soltarlos, decididas a consumar mi infidelidad y su deseo.
Mariana terminó, besó a Bryan como si fuera lo más normal del mundo y nos miró.
—Necesito seguir con esto —dijo—. Sugiero que subamos a la habitación. O te cabalgo aquí mismo, delante de mi hermana y de toda esta gente.