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Relatos Ardientes

La mulata que me esperaba desnuda en un piso vacío

La conocí en la peor ciudad del trópico, una de esas que se pudren despacio bajo el calor, con las fachadas descascaradas y los bares oliendo a ron barato. Yo llevaba meses en una pensión sin futuro, matando las tardes con cigarros y conversaciones cínicas. Entonces apareció ella, y todo lo demás se volvió ruido de fondo.

Se llamaba Yamilet. Mulata, alta, con una manera de caminar que obligaba a los hombres a callarse cuando pasaba. La primera vez que cruzamos miradas yo estaba en el balcón de la pensión, fumando. Ella levantó la cabeza desde la calle, me sostuvo la mirada más de lo necesario y sonrió como quien ya sabe el final de la historia.

—¿Me invitas a subir o me vas a mirar desde ahí toda la tarde? —dijo.

No supe contestar. Ella se rió, siguió de largo, y durante tres días no pensé en otra cosa.

La volví a ver en el bar de la esquina. Esta vez me senté a su lado sin pedir permiso, con el descaro que da la desesperación. Hablamos de nada, de la ciudad, del calor, de lo poco que quedaba por hacer en un lugar así. Pero todo lo que decía tenía un doble fondo, una invitación escondida bajo cada palabra.

—Tengo un sitio —me dijo al final, mientras se mordía el borde del vaso—. Un apartamento prestado. Vacío. Si quieres, te enseño lo que se puede hacer en un lugar donde nadie nos conoce.

Debí haber dudado. No dudé.

***

El piso estaba en el tercer nivel de un edificio que se caía a pedazos. Subí la escalera con el corazón golpeándome como a un adolescente. Cuando abrí la puerta, la encontré de espaldas, junto al ventanal, con la luz del atardecer entrándole por la piel. No había muebles. Solo un colchón en el suelo y ella, quitándose el vestido despacio, sin volverse todavía.

—Cierra —dijo—. Y no enciendas la luz. Quiero verte solo con lo que entra de la calle.

Obedecí. Me acerqué por detrás y le puse las manos en la cintura. Su piel estaba caliente, húmeda por el bochorno de la tarde. Olía a sudor limpio y a algo dulce que no supe nombrar. Le aparté el pelo del cuello y la besé ahí, justo debajo de la oreja, y la sentí estremecerse contra mí.

Se giró. Me clavó la mirada y me empezó a desabrochar la camisa botón por botón, sin prisa, como si tuviéramos toda la vida por delante. Cada vez que liberaba uno, me rozaba el pecho con las uñas. Yo apenas respiraba.

—Despacio —murmuró cuando intenté apurarla—. Lo que vale la pena no se hace con prisa.

Me empujó contra la pared. Bajó la vista a mi bulto y sonrió con una malicia abierta, sin vergüenza. Me abrió el pantalón, me soltó el cinturón y me bajó la ropa interior con una lentitud cruel, dejando mi polla al aire, dura y palpitando bajo la penumbra. La tomó con la mano y la apretó desde la base hasta el glande, despacio, como si la estuviera midiendo para decidir cuánto me iba a hacer sufrir.

—Mira qué ansioso estás —susurró, y me lamió el frenillo con la punta de la lengua—. Te la voy a dejar empapada antes de que me la metas.

Se arrodilló sin dejar de mirarme, me sostuvo por las caderas y se llevó la polla a la boca. No fue una mamada apurada ni bonita. Fue profunda, húmeda, sucia, con ruido de saliva y de respiración contenida. Se tragaba la mitad de mi largo y luego retrocedía hasta dejar el glande brillando de babaza, antes de volver a bajar otra vez, más hondo, con la lengua apretando la vena de abajo. Yo tuve que apoyar una mano en la pared para no perder el equilibrio.

—No te me vengas todavía —dijo sin soltarme, con la boca llena—. Quiero probarte bien.

Me lamió los huevos, me los chupó uno por uno, y después volvió a la polla con una paciencia de hija de puta, haciendo un vaivén lento que me arrancaba gemidos cortos. Cada vez que notaba que estaba a punto de venirme, se apartaba, se pasaba la lengua por los labios y se reía bajito, dejándome duro y temblando.

—No todavía —dijo—. Esta noche mandas tú, pero el ritmo lo pongo yo.

La levanté del suelo y la cargué hasta el colchón. La acosté boca arriba y me tomé mi turno. Le levanté el vestido que le quedaba, le aparté las bragas empapadas y me encontré con un coño oscuro, abierto y brillante de ganas. Hundí los dedos entre sus pliegues y ella soltó un jadeo largo, echando la cabeza hacia atrás. Le abrí bien la carne, le acaricié el clítoris con la yema, primero suave y luego más firme, hasta que empezó a moverse contra mi mano, pidiendo más con la cintura.

Me agaché y le metí la lengua. La lamí desde la entrada hasta el capuchón del clítoris, despacio, sorbiendo el jugo que ya le corría por el muslo. A cada pasada ella se retorcía más, me hundía los dedos en el pelo y me empujaba la cara contra el coño como si quisiera borrarme la boca con su humedad. La habitación se llenó de su olor, agrio y dulce a la vez, y de sus gemidos cada vez más rotos.

—Eso, cabrón… así —murmuró—. Chúpame bien. No me hagas perder el tiempo.

Le metí dos dedos mientras seguía lamiéndola, abriéndola, bombeando despacio hasta que respondió con un espasmo y me empapó la mano. Entonces la miré, con la cara húmeda de su jugo, y vi que ya no se reía. Tenía los labios entreabiertos, las tetas subiendo y bajando rápido, y una necesidad cruda en los ojos que me golpeó más que cualquier palabra.

—Ahora —pidió, agarrándome de la nuca—. Ahora sí.

Me acomodé entre sus muslos y le froté la punta de la polla contra el coño, una, dos veces, manchándome con su flujo. La abrí bien con la mano y entré despacio, mirando cómo me tragaba centímetro a centímetro. Estaba cálida, apretada, mojada de una manera que me hizo apretar los dientes, y cuando el glande pasó el primer anillo de carne soltó un suspiro que me recorrió toda la columna. Fui hundiéndome hasta el fondo, sintiendo cada contracción, cada temblor de sus paredes alrededor de mí.

Empezamos lento, encontrando el compás, y poco a poco el ritmo se volvió urgente, brutal, con el colchón resbalando sobre el piso y nuestros cuerpos pegados por el sudor. Ella me clavó las uñas en la espalda y abrió más las piernas, exigiéndome que la abriera de verdad, que le diera sin miramientos. Yo le sostenía las caderas con ambas manos y la embestía con golpes secos, oyendo el sonido de nuestros cuerpos chocando, húmedo y grosero, en ese cuarto vacío que ya no era de nadie.

—Más hondo —me gritó al oído, con la voz rota—. Métela hasta el fondo, hijo de puta.

Le levanté las piernas sobre los hombros y la trabajé así, entrando más profundo, viendo cómo se le tensaba el vientre con cada choque. Ella se agarraba de las sábanas inexistentes, arqueaba la espalda y me ofrecía el coño abierto, resbalando, latiendo alrededor de mi polla. Yo salía apenas para volver a hundirme, una y otra vez, más duro cada vez, hasta que los gemidos de ambos se mezclaron en un solo ruido animal.

En un cambio de impulso la giré boca abajo, le puse la cara contra el colchón y le levanté las caderas. Le abrí el culo con la mano y le froté la polla entre las nalgas, mareado por el calor de su piel. Ella soltó una carcajada ahogada, sucia, como si entendiera exactamente lo que yo pensaba. No llegué a meterme por detrás; me pidió que no, que la siguiera reventando por delante, que no la sacara de ese vértigo. Así que volví al coño, directo, sin delicadeza, y la clavé desde atrás mientras ella se mordía el antebrazo para no gritar demasiado.

—Así, así… no pares —decía entre jadeos—. Quiero sentirte todo el camino.

Yo le respondía con embestidas más largas, más pesadas, perdiendo la paciencia. La polla me palpitaba por dentro de tanta fricción y la sentía cerrarse y abrirse a cada golpe, empapándome los huevos, resbalando por la base. Le metí una mano entre las piernas para frotarle el clítoris al mismo tiempo, y en cuanto la toqué bien, con firmeza, empezó a temblar. Tembló primero en los muslos, luego en el vientre, y después en todo el cuerpo, hasta que soltó un quejido ronco, largo, y me apretó dentro como si quisiera ordeñarme.

—Eso, nena —le susurré—. Corréte en mi verga.

La palabra la enloqueció. Se movió ella misma, levantando y bajando las caderas contra mí, pidiéndome más ruido, más fuerza, más brutalidad. La vuelta del aire caliente en el cuarto nos hacía sudar como animales. Le chuqué una teta, después la otra, pellizcándole los pezones hasta que se le endurecieron bajo mi boca, y ella respondió hundiéndome las uñas en los hombros y dejándome marcas rojas que sentí arder.

Acabamos casi a la vez, ella temblando debajo de mí, yo vaciándome con un gemido que se me escapó del fondo. Sentí la corrida reventándome adentro de ella en pulsos espesos, calientes, y no me aparté enseguida; me quedé enterrado hasta el fondo mientras seguía vaciándome, oyendo cómo respiraba a tirones, con la pelvis todavía húmeda y temblorosa. Cuando por fin me retiré, un hilo de semen se quedó brillando entre sus muslos y el colchón chato.

Nos quedamos quietos, jadeando, con la piel ardiendo, hasta que el ventilador de un vecino fue el único sonido que quedó.

***

Pasamos así una semana entera. Cada tarde el mismo piso, la misma escalera, el mismo colchón en el suelo. Aprendí su cuerpo de memoria: el lunar bajo el pecho izquierdo, la forma en que entrecerraba los ojos justo antes de terminar, la risa que soltaba después, gloriosa y descarada. Me convencí de que aquello era algo más que sexo. Me convencí, como un imbécil, de que ella sentía lo mismo.

Una de esas tardes me habló de irnos juntos. De dejar la ciudad, cruzar la frontera, empezar de cero en cualquier parte donde no oliera a podrido. Yo la escuchaba con la cabeza apoyada en su vientre, fumando, creyendo cada palabra.

—Necesitaría arreglar unos papeles —dijo, pasándome los dedos por el pelo—. Y tú tendrías que tener todo listo. El dinero, los documentos. Para no perder tiempo cuando llegue el momento.

—Tengo lo justo —admití—. Unos ahorros. El pasaporte.

—Pues guárdalo bien —sonrió—. Lo vamos a necesitar.

***

El día que lo entendí todo no lo entendí en el momento. Lo entendí después, cuando ya era tarde.

Me pidió que la acompañara al banco. Necesitaba un trámite, dijo, y le daba vergüenza ir sola. Fuimos juntos, su mano en mi brazo, su perfume nublándome el juicio. En la cola se me pegó al cuerpo, me habló al oído de lo que íbamos a hacer esa noche, me describió con detalle cada cosa hasta que dejé de mirar lo que firmaba. El empleado deslizaba papeles, yo asentía, ella me mordía el lóbulo de la oreja y se reía bajito.

—Firma aquí, mi amor —susurró—. Y aquí. Para no perder tiempo después.

Firmé. Firmé sin leer, embobado, con la sangre lejos de la cabeza. Salimos del banco y ella me llevó de vuelta al piso, donde nos duchamos juntos por primera vez. El agua tibia, sus manos enjabonándome la espalda, su boca buscando la mía bajo el chorro. Se arrodilló en la ducha y me chupó la polla otra vez, rápida, mojándome los muslos con agua y saliva, y luego se puso de pie, me abrazó por el cuello y me dijo al oído que estaba feliz, que esa noche me iba a dar todo. Fue la última vez que la toqué. No lo sabía.

—Mañana —dijo al despedirse en la puerta—. Mañana a esta hora nos vamos. Ven temprano.

***

Llegué temprano al apartamento, con la ilusión latiéndome otra vez como a un muchacho. Subí la escalera de dos en dos, abrí la puerta y encontré el espacio vacío, igual que el primer día. Me senté en el suelo a esperar.

Pasó una hora. Después dos. El sol empezó a caer y la luz cambió de tono. Encendí un cigarro tras otro, me asomé al balcón, di vueltas por la sala desierta. De Yamilet, ni rastro.

Al caer la noche volví a la pensión. Abrí la puerta de mi habitación y me detuve en seco: estaba revuelta. La maleta abierta, la ropa por el suelo. Faltaba el reloj de mi padre, la cámara vieja, el pasaporte. El cajón donde guardaba los pocos dólares ahorrados estaba vacío.

Sentí un vértigo en el estómago. Me dejé caer en la cama deshecha, con la respiración agitada, buscando los documentos que ya no estaban. Solo quedaba el hueco sucio del cajón y un olor a perfume dulce que de pronto me dio náuseas.

A la mañana siguiente corrí al banco, sin haber dormido, con la ropa arrugada. El empleado me miró con frialdad.

—Su cuenta está en cero, señor. Retiraron todo ayer. Aquí están los formularios, firmados por usted mismo.

Reconocí mi firma en el papel. Recordé la cola, el aliento de ella en mi oreja, la ducha. Todo era un mismo instante, una sola trampa perfectamente armada mientras yo creía estar enamorado.

Salí tambaleándome. Caminé sin rumbo por una ciudad que parecía burlarse de mí en cada esquina: los bares sucios, las mujeres apoyadas en los portales, los edificios en ruinas. El mundo entero me mostraba mi propia miseria.

***

Dos semanas después, la pensión había recuperado su rutina: los ventiladores flojos, las moscas lentas sobre la fruta podrida del desayuno, las discusiones insípidas sobre el clima. Yo estaba en la mesa de siempre, con un vaso de ron aguado y un cigarro consumiéndose en el cenicero.

Parecía el mismo de antes. El mismo traje gastado, la misma barba descuidada, los mismos chistes cínicos que me servían de escudo. Nadie habría dicho que me habían despojado hasta del último centavo, que me habían dejado sin papeles y casi sin cama propia. Nadie, salvo los que conocen la mirada que se esconde detrás de una sonrisa.

Esa tarde, uno de los huéspedes nuevos, un tipo joven con la camisa demasiado limpia, rompió la rutina:

—Oigan… ¿alguien sabe qué fue de la mulata preciosa? Yamilet, creo que se llamaba. La veía por aquí y desapareció de golpe.

Hubo un silencio espeso. Los viejos se miraron entre sí y se encogieron de hombros. Nadie quiso ser el primero en hablar.

Tomé mi vaso y lo levanté como en un brindis.

—Que le vaya bonito —dije, con la voz tranquila—. Que haya conseguido salir de esta ciudad podrida. Allá donde esté, que la quieran más de lo que la quisimos aquí.

El joven me miró intrigado, esperando más. No añadí nada. Seguimos bebiendo, fumando, riendo con amargura, y su nombre se disolvió en el humo, como si nunca hubiera existido.

Me recosté en la silla. El ron me ardía en la garganta, pero ya no lo sentía. Miré el ventilador girando lento en el techo y pensé en ella: su risa, su piel, el calor de su cuerpo, y enseguida la imagen del cuarto saqueado. Las dos cosas eran verdad al mismo tiempo. La ternura y la traición. El placer y la estafa.

Lo más absurdo es que, si volviera a aparecer en ese balcón, creo que subiría la escalera otra vez.

Sonreí con esa mueca torcida de quien ya no espera nada. Porque había entendido, al fin, la única verdad que valía la pena en aquella ciudad: nadie gana nunca. Uno solo se demora más o menos en perderlo todo. Y yo, al menos, lo había perdido entre las piernas de la mujer más hermosa que vi en mi vida.

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Comentarios(6)

NicoMDQ

Increible!! uno de los mejores que lei aca en mucho tiempo. Ojala haya continuacion

Romina_bsas

Que manera de escribir, se siente como si uno estuviera ahi parado en esa escalera. Muy bueno

Gustavo_BA

Buenisimo! la categoria confesiones no defrauda nunca, pero este me llevo a otro nivel

MarianoCba

Me recordo a algo que me paso hace tiempo... esa tension antes de que todo empiece es insuperable jaja. Gracias por subirlo

Lucas1988

Bien escrito, con emocion y sin ser burdo. Sigue asi!

Pato_lector

dios que final, me dejo pensando todo el dia

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