Mi novia me confesó lo que pasó en aquel atraco
Voy a contaros algo que me confesó hace poco la mujer con la que salgo desde hace unos meses. Se llama Lorena, aunque casi siempre le digo Lore. Tiene treinta y tantos, es morena, alta, muy guapa, y lo que más me engancha de ella no es ni siquiera el cuerpo: es la dulzura con la que se mete en todo, esa ilusión que le pone a cualquier cosa.
Cuando follamos nos gusta contarnos cosas. Fantasías, recuerdos, experiencias que tuvimos antes de conocernos o cosas que nos gustaría probar. Es una costumbre nuestra. Una noche, mientras estaba dentro de ella, le pedí que me contara la experiencia más excitante de toda su vida.
Al principio no quería. Decía que tenía una, sí, pero que era muy fuerte y le daba apuro contarla. Eso fue justo lo que hizo que se me pusiera todavía más dura mientras la embestía despacio. Ella lo notó, se le escapó un suspiro, y ese suspiro fue el detonante. Empezó a hablar.
***
Lorena, por trabajo, viajaba mucho a África. Sobre todo a Tanzania, donde durante un par de años vivió colaborando con una organización pequeña. Fue en esa época cuando ocurrió todo.
Tenía unos días libres y decidió escaparse cuatro días a Kenia con Raquel, una compañera de la oenegé. Los dos primeros los pasaron en la capital, recorriendo la ciudad. El tercero contrataron una excursión a un valle apartado, una ruta de día entero. Como el trayecto era largo, dormirían en un pueblo cercano y al día siguiente volverían para coger el avión.
El guía las dejó en el pueblo de noche, cerca del hostal donde habían reservado. Mientras hacían el registro hablaban de cómo regresarían a la ciudad al amanecer, porque todavía no tenían transporte cerrado. Daban por hecho que encontrarían algo. Junto a la puerta había un hombre joven, de unos veinticinco años, que escuchó la conversación y se ofreció a llevarlas en su coche.
Lorena y Raquel se miraron y empezaron a discutirlo en voz baja, en español, tranquilas porque él no las entendía.
—Tía, mañana tenemos que salir muy temprano o perdemos el vuelo —dijo Lorena.
—Ya, pero me da cosa fiarnos de un desconocido —contestó Raquel.
—A mí también un poco. Pero llevo tiempo por aquí, he pasado por cosas parecidas y nunca me ha pasado nada.
—¿Y qué otra opción tenemos?
—Ninguna, la verdad.
—Pues le decimos que sí.
—Venga, que sí.
Cerraron con él que pasaría a recogerlas a las cinco de la mañana. Se despidieron y subieron a dormir.
***
El despertador sonó a las cuatro y cuarenta. Recogieron las mochilas, picaron algo y bajaron a la calle. Al otro lado las esperaba el conductor, que se llamaba Idris. Se acercó y les pidió que lo siguieran, que tenía el coche a la vuelta de la esquina.
Caminaron un par de minutos. El coche estaba con la música alta y un hombre en el asiento del copiloto moviéndose al ritmo. Idris dijo que era un amigo, que lo dejaría en su casa de camino. Las dos se miraron: estaba clarísimo que el tío venía directo de salir de fiesta y había llegado a recogerlas sin pasar por la cama. No les hizo ninguna gracia.
—¿Cómo nos vamos a meter en un coche con uno que viene de fiesta y a saber qué ha bebido? —susurró Raquel.
—No sé, pero si no salimos ya perdemos el avión —contestó Lorena.
—Me da miedo.
—A mí tampoco me gusta. Pero hay que irse.
Dejaron las mochilas en el maletero. Idris les abrió la puerta de atrás y ellas se sentaron mientras él ocupaba el del volante. Y entonces, justo cuando se ponían el cinturón, las dos puertas traseras se abrieron de golpe y tres hombres se metieron a la vez, sentándose encima de ellas. Las dos empezaron a gritar como no habían gritado en su vida. Lorena me confesó que en ese instante le pasó de todo por la cabeza: que las violarían, que las matarían, todo.
Los que estaban en los laterales les taparon la boca.
—¡Cerrad la boca! —gritó el que estaba sobre Raquel.
Las dos se callaron al momento.
—Tranquilas. Solo queremos el dinero que lleváis encima. Si no gritáis y nos lo dais, no os pasa nada y os dejamos ir —dijo el que estaba sentado sobre Lorena, mucho más sereno que los otros.
—Está bien, pero no nos hagáis daño, por favor —contestó ella.
Lorena buscó su monedero con las manos temblando mientras Raquel seguía paralizada, con las lágrimas resbalándole por la cara. Sacó lo que al cambio serían unos cincuenta euros y se los tendió al hombre que tenía encima.
—Esto es lo que tengo.
—¡Más! —chilló el del otro lado, mucho más nervioso, y precisamente por eso más peligroso.
—Es todo lo que llevo, de verdad.
—¡Y tú, saca todo! —le ladró a Raquel.
Raquel, temblando, sacó unos treinta euros. El hombre le arrancó el bolso y se puso a rebuscar. Encontró los móviles y las tarjetas. Empezaron a hablar entre ellos en un idioma que ellas no entendían, claramente enfadados. De pronto todos se quedaron en silencio.
—A ver… ¿cómo te llamas? —preguntó el más calmado a Lorena.
—Lore —murmuró.
—Bien, Lore. Necesitamos más. Y los móviles también.
—Los móviles no, por favor. Es lo único que tenemos para volver a casa, ahí están los billetes. Si nos dejáis incomunicadas no podremos coger el vuelo.
—Entonces vamos a un cajero y sacáis dinero.
—Lo que queráis, pero no nos hagáis nada.
—De acuerdo. Hay que ir al pueblo de al lado, a veinte minutos, porque aquí no hay cajeros. Sacáis, nos lo dais y os soltamos. ¿Vale?
Las dos asintieron.
***
Antes de arrancar, el hombre que estaba sobre Raquel empezó a discutir con el que parecía el jefe. No entendían nada, pero se les veía cada vez más alterados, hasta que llegaron a agarrarse y empujarse con ellas en medio recibiendo los empellones. De golpe, el sereno bajó del coche, lo rodeó, abrió la puerta, agarró al otro de la camiseta, lo sacó y le soltó dos bofetadas que lo dejaron sentado en el suelo. Luego volvió a acomodarse sobre Lorena, le dijo algo al conductor y el coche se puso en marcha.
—Perdonad, no quería asustaros más de lo necesario. Pero ese es un imbécil que solo da problemas. Estad tranquilas —dijo—. Me llamo Marcus, por cierto.
Unos segundos después le pidió al conductor que parara. Salió, le tendió la mano a Lorena, la hizo bajar, se sentó él primero y la invitó a colocarse encima de sus piernas.
—Mejor así, que si no te aplasto —dijo sonriendo.
El coche arrancó de nuevo rumbo al cajero. Aquel gesto las tranquilizó bastante. Asustadas seguían, pero entendieron que si todo se reducía a dinero, pronto acabaría.
Durante el trayecto, Marcus habló. Les contó que sentía mucho lo que estaba pasando, que se notaba que eran buenas chicas, pero que aquella zona era pobre y estaba abandonada por las autoridades, y que el robo era casi la única forma de sobrevivir que les quedaba. Que la otra opción era marcharse, pero que él no podía porque tenía familia enferma a su cargo.
Mientras hablaba, el conductor y el copiloto se reían entre ellos, y poco a poco la risa contagió a los de atrás. Marcus les tradujo: se contaban anécdotas tontas de los últimos días. Les pidió a sus amigos que hablaran en inglés para que ellas se enteraran, y en pocos minutos había logrado que las dos participaran en la conversación. Una especie de síndrome de Estocolmo absurdo.
Cuando Marcus les preguntó qué hacían en África y ellas le explicaron lo de los colegios, los profesores, los pequeños negocios que ayudaban a montar para que la zona prosperara, las caras de los hombres cambiaron. Se miraron entre ellos, hablaron de nuevo en su idioma.
—Chicas, vamos a dar la vuelta. Os llevamos al pueblo y de ahí Idris os acerca a la ciudad —dijo Marcus, que era sin duda el que mandaba—. Sentimos haberos hecho pasar este mal rato. No podemos robarle a quien viene a ayudar a nuestra gente.
Escuchar eso fue una liberación. Las dos se echaron a reír de puro alivio, soltaron toda la tensión hablando sin parar y les dieron las gracias por el gesto. Lorena, que seguía sentada sobre el regazo de Marcus, ya lo miraba de otra manera. Le había visto el lado bueno, y eso siempre fue algo que la atraía mucho de un hombre.
***
El viaje de vuelta parecía otra cosa. Un grupo de amigos volviendo de fiesta, risas y buen rollo. Marcus tenía carisma, no callaba, agarraba a las chicas de las manos para contarles cualquier tontería y terminaban riéndose los cuatro.
En un momento dado, él tenía la mano apoyada en la cintura de Lorena. Mientras hablaba, ella empezó a notar algo que crecía debajo de sus nalgas. Sus miradas se cruzaron un segundo y los dos supieron que el otro se había dado cuenta. Lorena sintió una mezcla de nervios, curiosidad y unas ganas que no esperaba, y casi sin querer empezó a mover las caderas hacia delante y hacia atrás, muy despacio.
Marcus le pidió que se levantara un segundo, con la excusa de recolocar las piernas. Aprovechó para acomodarse la polla. Cuando ella volvió a sentarse, notó una barra dura que le recorría todo el culo. Los dos llevaban pantalón fino, así que se notaba absolutamente todo.
La mano que tenía en la cintura subió hacia el ombligo y poco a poco un dedo se coló por debajo de la goma del pantalón. Las risas habían cesado. Solo se oía algún comentario suelto de los dos de delante. Lorena estaba entregada por completo a lo que sentía.
Los dedos fueron entrando más, llegaron a la goma de la ropa interior. Como ella no decía nada, Marcus se envalentonó y bajó hasta rozarle el vello del pubis. Lorena miraba por la ventanilla, absorta. Sus caderas ya no eran nada sutiles. Él bajó un poco más, encontró el clítoris, lo rozó con el dedo corazón y le arrancó una exhalación. Siguió bajando, pasó los dedos entre los labios y la notó empapada. Se lubricó con ella misma y volvió a acariciarla. Lorena relajó el cuerpo, dejó caer la cabeza sobre su hombro y, mirándose a los ojos, se besaron. En el segundo beso ya se buscaban con la lengua.
Para ella el mundo se había detenido. Ni se había fijado en Raquel, que estaba justo al lado. Cuando giró la cara, vio que el otro hombre la besaba en la boca con una mano metida bajo la camiseta. Los dos de delante miraban hacia atrás riéndose. Marcus le dijo algo al conductor, que un minuto después tomó un desvío y paró a un costado de un camino de tierra.
***
Idris y el copiloto bajaron a fumar un cigarro. Dentro del coche empezó algo que ninguna de las dos habría imaginado nunca.
Lorena se giró y se sentó a horcajadas sobre Marcus. Le sujetó la cara y lo besó hondo, chupándose los labios mientras restregaba el pubis contra el bulto enorme. Separó las caderas, le desabrochó el pantalón, le bajó la cremallera y metió la mano. Por encima de la ropa interior ya notaba el tamaño. Cuando la metió directamente, sintió el calor que desprendía. La miraba mientras con la mano subía y bajaba la piel, viendo cómo se ponía al máximo.
Marcus le metió los dedos a ambos lados del pantalón y empezó a bajárselo. Ella se incorporó un poco para ayudarlo. Le bajó la ropa interior y el pantalón a la vez, dejando a la vista todo, y se los sacó hasta los pies. Lorena levantó un pie y luego el otro hasta quedar desnuda de cintura para abajo.
Agarró la polla, volvió a sentarse y la apuntó a la entrada. Ni se acordó del condón. Estaba tan excitada que solo pensaba en disfrutar. Apoyó la punta, hizo el gesto de bajar, pero era demasiado gruesa para ella. Marcus empezó a restregársela a lo largo mientras le besaba el cuello, y eso la relajó. En un momento su cuerpo cedió y entró entera, despacio pero hasta el fondo. A Lorena se le pusieron los ojos en blanco y empezó a moverse adelante y atrás.
De pronto notó un empujón en la pierna: era Raquel, agachada, chupándosela al otro. Se la metía hasta el fondo, soltando sonidos guturales que le salían de la garganta.
Lorena, por todos esos viajes, ya se había acostado con hombres de pollas grandes, y siempre decía lo mismo: chuparlas no le iba demasiado, pero le encantaba sentir cómo la llenaban, notarse atravesada de lado a lado. Para ella era algo muy animal. Y eso era exactamente lo que estaba viviendo otra vez.
El olor a sexo lo inundaba todo. Los cristales se habían empañado con la respiración de los cuatro. Volvió a mirar a Raquel: estaba en su misma posición, pero con las tetas al aire mientras el chico se las lamía. Las dos gemían sin disimulo. Sus miradas se cruzaron, incrédulas y calientes a la vez.
***
Marcus la hizo levantarse para echar el asiento delantero hacia delante y ganar espacio. La sentó, se arrodilló en el suelo frente a ella y le puso las piernas sobre los hombros. Lorena quedó totalmente expuesta, esperando con ansia. Él se la metió de un golpe seco que la hizo gritar. Empezó a moverse con ritmo, entrando hasta el tope y saliendo casi del todo. Le coló las manos bajo la camiseta, le amasó los pechos, le soltó el sujetador y lo tiró al asiento de delante. Cuando empezó a acariciarle los pezones, fue demasiado: se corrió gritando sin ningún control, sudando, retorciéndose, hasta quedar unos segundos casi sin fuerzas. Su primer orgasmo.
Marcus había bajado el ritmo, sonriendo ante la escena. Cuando la vio recuperarse, volvió a entrar acelerando. Conforme pasaban los minutos, también él gemía más, y Lorena supo que estaba cerca. Se le pasó por la cabeza pedirle que se corriera fuera, pero las ganas de sentir del todo a aquel hombre eran demasiado. Prefería que se vaciara dentro y pasara lo que tuviera que pasar.
Él empezó a empujar más fuerte, agarrándola de las caderas. En ese momento Lorena vio que Raquel seguía cabalgando al otro, mirándose a los ojos mientras jadeaban. Raquel apretó la cabeza del hombre contra sus pechos, aceleró y empezó a gritar. El chico apoyó la nuca en el reposacabezas y soltó los brazos: se acababa de correr dentro de ella. Raquel se derrumbó encima y se quedaron quietos.
Ver cómo se había corrido su amiga fue el empujón que Lorena necesitaba. Miró a Marcus a los ojos y le pidió que se corriera dentro, que necesitaba sentirlo. Para él fue el punto de no retorno: empujó más fuerte y resopló cuando el primer chorro fue a parar al fondo. Bajó el ritmo pero aumentó la fuerza, dejando un poco más con cada embestida. Seis o siete golpes hasta vaciarse del todo. Cuando salió, despacio, el semen le resbaló por dentro de los muslos hasta el asiento.
Lorena no había llegado a su segundo orgasmo, así que le pidió que siguiera mientras le agarraba la polla. Pero él ya estaba hecho, quería descansar, y bajó del coche. Ella, con la corrida saliéndole, hizo algo que le encanta: la recogió con los dedos y se la restregó por el clítoris mientras se masturbaba.
El que había estado con Raquel también quiso salir, así que ella se apartó para dejarlo. Lorena seguía tocándose con los ojos cerrados y la cabeza hacia atrás, los dedos lubricados moviéndose en círculos, recogiendo cada poco lo que le resbalaba para volver a humedecerse.
De repente notó que alguien la empujaba, tumbándola sobre el asiento. Era Idris, el conductor, con los pantalones bajados. Lorena no opuso ninguna resistencia: lo había visto todo desde fuera y estaba tan excitado que apuntó y la penetró hasta el fondo sin esfuerzo. La folló rápido y fuerte. Iba a durar poco, y en un par de minutos avisó de que se corría. Al oírlo, y al sentir cómo removía dentro lo que le había dejado Marcus, Lorena explotó en un orgasmo brutal, abrazándolo con las piernas para que entrara más hondo.
A través del cristal delantero vio que Raquel estaba tumbada sobre el capó, con las piernas en alto, mientras el copiloto la embestía con golpes ya lentos y profundos, vaciándose en ella.
***
Cuando todo terminó, se reunieron fuera del coche.
—Joder, vaya nochecita —dijo Raquel.
—Ya, tía. ¿Quién lo iba a decir? —contestó Lorena—. ¿Nos podéis llevar ya a la ciudad?
—Claro, vámonos —dijo Idris.
Subieron todos, dejaron primero al resto de hombres en el pueblo y, tras despedirse, Idris arrancó hacia la ciudad con las chicas, tal como estaba acordado la noche anterior. Lorena se quedó dormida en el asiento. Más tarde notó que la despertaban: ya estaban en el aeropuerto.
Cogieron las mochilas, se despidieron y entraron en la terminal hablando de lo que había pasado. Acordaron que sería un secreto entre las dos. Lorena no cumplió el pacto del todo, claro, porque me lo contó a mí. No sé si Raquel se lo habrá contado a alguien.
Es la historia que me cuenta cuando estamos en la cama, y me pone muchísimo. Por eso se la pido una y otra vez, para correrme dentro de ella igual que hicieron aquellos hombres en Kenia.