La condición de Sofía y Damián antes del intercambio
Mariela y yo llevamos casados quince años. Quince años buenos, no me malinterpretes: nos seguimos riendo en la cocina, todavía discutimos sobre quién pone el lavavajillas y hay noches en las que volvemos a casa abrazados después de una cena con amigos. Pero también llevamos quince años con la misma cama, el mismo cuerpo conocido al milímetro y la misma rutina los sábados por la noche.
Fue ella la que tiró la primera piedra. Una tarde de domingo, recostada sobre mi pecho, me soltó la idea sin levantar la cabeza.
—¿Y si probamos con otra pareja?
No me caí del sofá porque ya me había pasado por la cabeza más de una vez. Solo que yo nunca me había atrevido a decirlo en voz alta. Así que esa misma semana abrimos un perfil en una página seria y empezamos a chatear.
Llevábamos tres intentos fracasados cuando nos cruzamos con ellos. Al primer matrimonio yo no le veía gracia a la chica; al segundo, Mariela no soportaba el bigote del marido; al tercero, los dos coincidimos en que olían demasiado a colonia rancia. Estábamos a punto de tirar la toalla cuando aparecieron Sofía y Damián.
Quedamos un viernes a media tarde en una terraza del centro. Vinieron puntuales, los dos vestidos como si saliesen de la portada de una revista. Sofía era morena, con un flequillo recto y unos ojos color miel que no parpadeaban cuando hablaban en serio. Damián era alto, ancho de hombros, con esa barba corta y cuidada que tarda más en arreglarse que mi mujer un domingo. La primera mirada que cruzamos Mariela y yo bajo la mesa lo dijo todo: por fin.
Pedimos vino, hablamos de viajes, de cómo habíamos llegado al estilo de vida, de los códigos que cada uno tenía. Todo iba demasiado bien. Yo me había confiado.
—Antes de seguir, hay un peaje —dijo Sofía de pronto, apoyando los codos en la mesa.
—¿Un peaje? —repetí.
—Nosotros somos bisex —explicó ella, mirando a Mariela primero y a mí después—. Si tu marido quiere follarse mi coño, primero tiene que ocuparse de la polla de Damián. Y a la inversa: la mujer que quiera probar a mi marido, antes me come a mí como entrante. Es la única regla.
Mariela se quedó con la copa a medio camino entre la mesa y los labios. Yo me reí, no porque tuviese gracia, sino porque mi cuerpo no supo qué hacer con esa información. En quince años de relación, esa puerta nunca se había abierto. Ni siquiera había una rendija debajo de la puerta.
—Os dejamos pensarlo —añadió Damián, sonriendo como si estuviese ofreciéndonos un postre.
***
Llegamos a casa en silencio. Mariela se quitó los tacones en el recibidor, dejó el bolso colgado de la silla y se sirvió un dedo de whisky sin preguntarme si yo quería. Mala señal.
—No te voy a obligar a nada —fue lo primero que dijo, y eso ya era una manera de empezar a empujarme.
Hablamos hasta las cuatro de la mañana. Le di vueltas a todos los argumentos que se me ocurrían. Que nunca me había planteado tocar a un hombre. Que no quería confundirme. Que no sabía si después podría mirarme al espejo igual.
—Yo tampoco había pensado en estar con una mujer —dijo ella, y se llevó la copa a la boca—. Pero llevo dos horas pensándolo y, sinceramente, no me desagrada. Me imagino comiéndole el coño a Sofía y se me moja la braga, ¿qué quieres que te diga?
Esa frase me cayó como una piedra en el estómago. Y por debajo de la piedra, algo más pequeño y más caliente que me sorprendió: curiosidad.
Cedí. Le pedí una sola cosa.
—Con Damián, yo el activo. Yo se la meto, no al revés.
Mariela llamó a Sofía a la mañana siguiente. Cuando colgó, me dijo que estaba todo arreglado y que Damián, casualmente, era exactamente al revés: con su mujer y con otras mujeres adoptaba un rol muy marcado, pero con un hombre prefería ponerse en el lugar contrario. «Para follar duro ya me tiene a mí», le había dicho Sofía.
Quedamos el sábado siguiente. Cena, teatro y luego a su apartamento, que tenía jacuzzi. Lo cuento como si fuese un programa de turismo, pero me temblaban las manos cada vez que lo pensaba.
***
El sábado nos encontramos en una esquina del centro. Ellos llegaron primero. Sofía llevaba un vestido largo de color vino tinto que se le pegaba en las caderas; Mariela un vestido negro hasta los tobillos y el pelo recogido como cuando me quiere matar. Damián y yo, los dos con americana sin corbata, como si nos hubiésemos puesto de acuerdo.
Al principio cada uno iba con su pareja. Yo del brazo de Mariela, Damián abrazando a Sofía. Pero a la segunda calle ya no aguantamos el guion. Damián soltó a su mujer, se acercó a Mariela y le pasó el brazo por la cintura con la naturalidad de quien lleva años haciéndolo. Yo, sin pensarlo demasiado, hice lo mismo con Sofía.
Caminando hacia el restaurante, Damián le susurró algo al oído a mi mujer que la hizo reír de esa forma grave que solo se le escapa cuando algo le interesa de verdad. A los pocos metros, ya se estaban besando entre semáforo y semáforo, como adolescentes con permiso. Yo bajé la boca hasta el cuello de Sofía y le mordí ahí donde el perfume era más fuerte. Ella se rió bajito y me apretó la mano contra su cadera, muy cerca del culo.
Después, en otro tramo, Mariela y Sofía caminaron juntas un buen rato. Vi de reojo cómo se besaban, sin prisa, una mano de mi mujer en la nuca de Sofía y la otra bajando hasta apretarle una teta por encima del vestido. Tuve que mirar al suelo para no quedarme parado en mitad de la acera con la polla dura.
La cena fue una excusa. Pedimos lo más rápido de la carta y bebimos despacio. Hablamos de tonterías, pero las manos no estaban en la mesa, sino debajo. Sofía me metió la mano en la bragueta a los diez minutos y me la sacó del calzoncillo con una tranquilidad que me dejó sin aire. Me la fue trabajando bajo el mantel mientras miraba a mi mujer a los ojos y le preguntaba por su trabajo. Para cuando llegó la cuenta, yo ya tenía la camisa pegada a la espalda y una gota de líquido preseminal manchándome el pantalón.
En el teatro, la oscuridad lo arregló todo. La obra daba igual. Damián, sentado a mi izquierda, deslizó la mano hasta mi muslo sin decir palabra. La dejó ahí un buen rato, como si me estuviera dando tiempo. Yo me quedé inmóvil, con los ojos clavados en el escenario, intentando ordenar lo que sentía. Era una mano ancha, segura, distinta a las que conocía. No retiré la pierna.
Cuando subió un poco más y me apretó la polla por encima del pantalón, descubrí algo que no esperaba: mi cuerpo respondió antes que mi cabeza. La verga se me puso dura como un palo bajo su palma. Y mi cabeza, en lugar de pelear, encogió los hombros y dijo «vale». Damián me bajó la cremallera con dos dedos y me la sacó ahí mismo, en la butaca, escondido bajo el programa de mano. Empezó a masturbarme muy despacio, con el pulgar resbalando por el glande, y yo tuve que morderme el labio para no soltar un gemido en pleno drama del segundo acto.
Al otro lado, escuchaba la respiración de Mariela cortada, y por el rabillo del ojo la vi con la mano dentro del vestido de Sofía. No miré del todo. No me hizo falta.
***
Salimos del teatro con un calentón que no podíamos disimular. En el taxi hasta su apartamento ya estábamos los cuatro mezclados. Yo besaba a Sofía con dos dedos metidos en su coño por debajo del vestido, notando lo empapada que estaba; Damián tenía la cara enterrada en el escote de mi mujer y ella le apretaba la mano contra la entrepierna, palpándole el bulto duro del pantalón.
El piso era grande, con un ventanal que daba a las luces de la ciudad. Sofía preparó cuatro copas que nadie llegó a terminar. El jacuzzi estaba en una habitación aparte, con luz tenue y la temperatura ya lista, como si lo hubiesen previsto todo. Nos desnudamos sin pudor. Mariela y yo entrenamos, sí, pero Sofía y Damián parecían esculpidos. La polla de Damián colgaba gruesa y pesada entre sus piernas, con los cojones bien recogidos; las tetas de Sofía se le mantenían firmes, con los pezones morenos ya duros de excitación. Daba un poco de rabia y un poco de hambre.
En el agua caliente se rompió lo último que quedaba. Las manos no preguntaban antes de tocar. Las bocas iban de una cara a otra. Sofía se sentó a horcajadas sobre mí y me lamió el cuello con una lentitud insoportable mientras me restregaba el coño mojado contra la polla, sin llegar a metérsela todavía. Frente a mí, Mariela estaba sentada en el borde del jacuzzi con las piernas abiertas y Damián de rodillas dentro del agua, comiéndoselo con esa concentración de hombre que sabe hacerlo. Mi mujer echaba la cabeza atrás, agarrada al borde de mármol, y soltaba unos gemidos cortos que reconocí como los del principio.
Yo no sabía a dónde mirar y miraba a todas partes a la vez. Sofía me cogió la mano y se la llevó a la boca. Me chupó dos dedos, despacio, mirándome, y luego los guió hasta su culo. Los fui metiendo mientras ella se seguía frotando contra mi polla. Al minuto ya la tenía gimiendo con la boca pegada a mi oreja.
—Fóllame ya, joder —me susurró—. Pero primero cumples la regla, ¿te acuerdas?
Salimos del agua hacia una tarima ancha y baja que tenían preparada con toallas y cojines. Sofía me empujó suavemente para que me tumbase boca arriba. Antes de subirse encima me guió la mano hasta su coño otra vez y se hizo un par de pasadas con mis dedos, para que la notase abierta y caliente. Después bajó, me chupó la polla entera de una sola vez —hasta la raíz, sin arcadas, tragándomela con una técnica que me dejó ciego un segundo— y volvió a subir. Se sentó despacio, me guió con la mano y empezó a moverse arriba y abajo, sosteniéndome la mirada, apretándome el coño con esos músculos que parecían tener vida propia.
Por detrás, Damián se acercó a su mujer y la tomó por las caderas. Mariela se quedó sentada en el borde, mirando, mordiéndose el labio, con una mano entre las piernas.
—Ven —le dijo Sofía a mi mujer, sin dejar de cabalgarme, y le señaló el armario que estaba al fondo—. Ahí hay arneses. Coge el que más te guste y aprovecha que mi marido está bien colocado. Le encanta que se lo den por detrás.
Mariela me miró un segundo, buscando algo en mi cara. Lo que vio le bastó. Volvió con un arnés y un consolador negro de buen tamaño que, sinceramente, me dio un poco de envidia. Se lo ajustó con la naturalidad de alguien que llevaba años sin saber que sabía hacer eso. Damián se puso a cuatro patas al lado nuestro, apoyado sobre la tarima, y le presentó el culo a mi mujer con una obediencia que no le había visto a nadie. Sofía le pasó a Mariela un bote de lubricante.
—Ponle mucho. Y empieza despacio, aunque él te pida rápido.
Mariela le echó un chorro entre las nalgas, se untó el consolador y lo fue guiando con la mano. Cuando él notó cómo lo abría, soltó un gemido grave que no me esperaba, un gruñido de macho al que le acaban de tomar el control. Y yo, debajo de Sofía, miraba de reojo cómo mi mujer entraba y salía de aquel hombre con una expresión que no le había visto nunca. Una mezcla de concentración y de pequeño triunfo. Los golpes de cadera de Mariela iban acompasándose con los míos hacia arriba, contra el coño de Sofía. Los cuatro respirábamos al mismo compás.
Sofía se inclinó sobre mí sin dejar de moverse y me besó con la lengua bien metida.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Mejor de lo que pensaba —contesté, con las manos apretándole el culo, ayudándola a bajar más fuerte contra mi polla.
—Espera a probar el culo de mi marido —susurró—. Está más apretado que cualquier coño.
***
Cambiamos de postura un par de veces. En una de ellas acabé sentado en el sofá grande, con Damián de espaldas subiéndose encima de mí. Mariela había dejado el arnés a un lado y ahora era yo quien tenía que cumplir el peaje. Llevaba más de una hora preparándome para ese momento y, cuando llegó, ya no era el muro insalvable que había imaginado por la tarde. Sofía se arrodilló entre nuestras piernas y me embadurnó bien la polla de lubricante, sin dejar de mirarme, dándole un lametón lento al glande justo antes de guiarla hasta el culo de su marido.
—Muy despacio —me indicó—. Deja que se abra él solo.
Damián empujó las caderas hacia abajo y sentí cómo el anillo cedía, poco a poco, hasta que mi polla entró entera. Estaba caliente, apretada, distinta a cualquier coño. Damián soltó un jadeo largo, con la cabeza hacia atrás sobre mi hombro, y empezó a moverse solo, subiendo y bajando sobre mi verga con un ritmo que él mismo se marcaba. Yo le agarré la cintura con las dos manos y empecé a follármelo desde abajo, todavía sin poder creerme del todo lo que estaba haciendo.
Mariela y Sofía nos rodearon. Mi mujer se sentó frente a mí, a horcajadas encima de las piernas de Damián, y le pidió a él que le metiese los dedos en el coño. Damián empezó a hacerlo, tres dedos hasta el fondo, mientras yo lo seguía embistiendo por detrás. Sofía se arrodilló al lado y nos lamía a uno y a otra según le venía en gana: le comía las tetas a Mariela, le chupaba los cojones a Damián en cuanto se los dejaba al aire, me lamía la boca a mí.
En algún momento de aquella torre de cuerpos, Sofía hizo bajar a Damián de encima de mi polla, lo dejó libre y me dirigió hacia el coño de Mariela. Quería tener libre a mi mujer para comérsela ella. Mariela se tumbó de espaldas en la tarima, yo me metí entre sus piernas y le clavé la polla de una sola estocada. Estaba tan mojada que resbalé hasta el fondo. Sofía se colocó a horcajadas sobre la cara de Mariela y bajó su coño hasta su boca. Damián se tumbó al lado y les miraba, masturbándose despacio.
Lo que vino después fue uno de esos minutos largos que se quedan grabados: Mariela con los ojos cerrados, la lengua de Sofía en su coño y la suya en el coño de Sofía a la vez, mi polla entrando y saliendo del suyo cada vez más rápido, y yo intentando no correrme antes de tiempo para no romper la imagen. Le agarré una teta a mi mujer y le apreté el pezón entre los dedos, y ella arqueó la espalda contra el suelo.
Mariela se corrió con un grito ahogado contra el coño de Sofía que seguramente despertó a más de un vecino. No exagero. Sentí cómo se le contraía todo el coño alrededor de mi polla, una serie de latigazos que casi me arrastran con ella. Se quedó floja, riéndose, tapándose la cara con las dos manos como una cría que acaba de hacer una travesura.
Yo no aguanté mucho más. Cuando estaba a punto, Sofía me sacó de Mariela con un movimiento experto, se dio la vuelta, me llevó la polla hasta su boca y me terminó ella. Empujé dos, tres veces contra el fondo de su garganta y me corrí a chorros dentro. Ella no tragó del todo: guardó parte del semen en la boca, se giró hacia Damián y lo besó, pasándole mi corrida de lengua a lengua. Damián la besó justo después, sin pudor, compartiendo. Mariela se acercó a la fiesta sin que nadie la invitase, metió la lengua entre las dos bocas de ellos, y los tres se pasaron mi corrida de boca en boca hasta que decidieron que ya había sido suficiente juego.
Después fue el turno de Damián. Sofía y Mariela se ocuparon de él entre risas, dándose instrucciones, riéndose de los ruidos. Lo tumbaron boca arriba y se turnaron para chupársela: mientras una se comía la polla, la otra le lamía los huevos, y luego cambiaban. Sofía se sentó encima y lo cabalgó unos minutos, para dejarle sitio enseguida a Mariela, que se subió y le dio la espalda para que yo pudiese ver desde el sofá cómo el coño de mi mujer se tragaba entera la polla de otro hombre. Damián se corrió dentro de Sofía al final, y las dos se comieron mutuamente el semen que le fue cayendo entre las piernas. Yo me hundí en el sofá con una copa que ya no recordaba haber pedido y miré cómo mi mujer descubría que también le gustaba mirar, y comer, y compartir.
***
Acabamos los cuatro en albornoz, sentados en el suelo del salón, comiendo aceitunas que Damián sacó de la nevera. No hubo el silencio incómodo que yo me había temido en la terraza. Al contrario: hablamos de tonterías, nos burlamos los unos de los otros, hicimos planes para repetir.
Volvimos a casa al amanecer. En el taxi, Mariela apoyó la cabeza en mi hombro.
—¿Estás bien? —me preguntó.
—Estoy raro —contesté—. Pero raro bien.
Sonrió sin abrir los ojos.
—Yo también.
Con Sofía y Damián seguimos viéndonos. No cada semana, ni siquiera cada mes, porque las cuatro agendas son un caos. Pero cuando coincidimos, sabemos exactamente a qué vamos y volvemos a casa con esa sensación rara de haber compartido algo que no se cuenta en ninguna cena familiar.
Lo que sí cambió fue lo demás. Mariela y yo dejamos de evitar conversaciones. Dejamos de dar por hecho qué le apetecía al otro. La cama de casa volvió a tener sorpresas, no porque hubiese alguien nuevo en ella, sino porque después de aquella noche ya no había temas prohibidos entre nosotros. Y ese, al final, ha resultado ser el verdadero peaje que nos cobraron Sofía y Damián. Uno que pagué encantado.