Lo que mi amiga hizo con un desconocido esa noche
Dana es mi amiga desde la secundaria, y es de esas personas que primero te abren la heladera y después te preguntan cómo estás. Tiene veintitrés años, no llega al metro sesenta y carga unos kilos de más que nunca le importaron demasiado. La cara es dulce, redonda, con unos ojos oscuros que se le achican cuando se ríe. Y se ríe todo el tiempo.
Lo que la define no es el cuerpo, aunque tiene un escote que hace girar cabezas. Lo que la define es la bondad. Es la amiga que te banca a las cuatro de la mañana, la que te presta plata que sabe que no le vas a devolver, la que nunca habla mal de nadie.
Su problema, si es que es un problema, es que entrega fácil. Demasiado fácil. La he visto irse de un boliche con un tipo que conoció veinte minutos antes, y la he visto al otro día contármelo como quien comenta el clima.
Siempre pensé que buscaba algo más que sexo. Buscaba que la eligieran, que por una noche alguien la mirara como si fuera la única en el lugar. El problema es que esa mirada se apaga rápido, y a la mañana siguiente Dana se quedaba con el teléfono en la mano esperando un mensaje que casi nunca llegaba.
Tuvo un par de novios que la usaron sin pudor. Tipos que aparecían cuando tenían ganas y desaparecían cuando se aburrían. Y ella, en vez de cerrarse, abría más la puerta, como si la próxima vez fuera a ser distinta.
***
El cumpleaños de Brenda fue en un restaurante grande sobre la costanera, de esos con luces bajas y música que no deja escuchar lo que dice el de al lado. Éramos seis o siete chicas. Sofía y yo veníamos en pareja, así que estábamos para comer, brindar y volver temprano.
Pero el lugar estaba lleno de hombres que no paraban de mandar tragos a la mesa. Brenda, que andaba peleada con su novio, coqueteaba un poco y después rechazaba a todos. Sofía y yo cortábamos de raíz cualquier intento. Dana, en cambio, sonreía, devolvía las miradas y dejaba que se le acercaran.
Cerca de las tres de la mañana se levantó con Brenda a buscar tragos a la barra. Dos tipos grandotes, de esos con espalda de gimnasio y camisa entallada, las interceptaron en el camino. Vimos desde lejos cómo charlaban, cómo se reían, cómo intercambiaban Instagram.
Volvieron a la mesa con cara de adolescentes.
—Juegan al rugby, son de un club de acá cerca —dijo Dana, mostrándome el perfil de uno en el teléfono—. Mirá qué lindos.
—Andá, dale —le dije, medio en broma medio en serio—. Total tenemos auto, sabemos cómo se llaman, y vos sos grande.
Brenda se arrepintió a último momento; al final seguía enganchada con su novio. Pero Dana, después de mirarnos a todas como pidiendo permiso, agarró su cartera, nos dio un beso a cada una y se fue con uno de ellos.
Anoté mentalmente el nombre y el apellido del tipo, por las dudas. Una se cuida entre amigas.
***
Me llamó al mediodía siguiente. Yo estaba tomando mate en la cocina cuando atendí, y por el tono supe enseguida que tenía para rato.
—No vas a creer lo que pasó —arrancó.
—Contame todo, pero todo todo.
—Me llevó en la camioneta hasta su departamento. Una cuatro por cuatro enorme, impecable por dentro. Me sentí en una película.
—Qué bien, amiga, te merecés un poco de buena vida —le dije, riéndome.
—Pará que sigue. Antes de llegar paramos un rato a mirar el río. Nos pusimos a charlar, una cosa llevó a la otra, nos empezamos a besar… y bueno, ahí nomás se la empecé a chupar.
—Dana, sos un caso —me reí—. ¿En el auto?
—En el auto, sí. La tiene enorme, te juro. Y a mí eso me encanta, no lo puedo evitar.
Nos reímos las dos. Hay una complicidad rara en esas charlas, donde te cuento lo que no le contarías a nadie más.
—Después fuimos al departamento —siguió—. Cuatro ambientes, cochera, seguridad en la entrada. Vive solo. Tiene como treinta y cuatro, laburaba de algo de finanzas, no le entendí bien. De pibe casi llega a primera en el rugby, pero se lesionó la rodilla.
—Un partidazo.
—Me mostró toda la casa, las ventanas dan al río, una vista de locos. Y cuando llegamos al cuarto me arrodillé y se la volví a chupar. No lo podía creer, me decía que nunca le habían hecho algo así.
—Sos terrible —le dije—. ¿Y vos no sos la que me dice que se cuida?
—Yo me cuido con vos en el chat, después hago lo que quiero —se rió—. Te juro que el tipo quedó hipnotizado. Me decía que lo iba a enamorar.
—Ay, ojalá se te dé, te lo merecés —le dije, y lo decía en serio.
—Eso pensé yo. Un tipo grande, con plata, que me trataba bien. Por un rato me ilusioné como una pendeja.
***
Hubo un silencio del otro lado. La conocía lo suficiente para saber que venía la parte que le costaba contar.
—Decime que te lo cogiste —insistí.
—Ahí está el tema. No tenía forros. Yo tampoco tenía en la cartera. Revolvió todo el cuarto, los cajones, el baño, nada.
—Bueno, no pasa nada, lo dejan para la próxima.
—…
—Dana. ¿Qué hiciste?
—…
—Dana, te conozco. ¿Qué hiciste?
—Él ni me insistió, eh. El que no se quería quedar con las ganas era yo. Nos terminamos de desnudar en la cama y se la volví a chupar. Lo tenía a mi merced, te lo juro.
—Hasta ahí, bien.
—Después me empezó a chupar él a mí, y yo ya estaba mojadísima. Nos pusimos en un sesenta y nueve que no te puedo explicar.
—Qué envidia, mentirosa —le dije—. ¿Y?
—Y no quería que terminara. Así que hice una boludez.
—No me digas que lo hiciste sin nada.
—…
—Dana, ¿cómo vas a hacer eso? No lo conocés de nada. Te podés agarrar cualquier cosa, te podés quedar embarazada.
—Justamente embarazada no… —dijo, y se hizo otro silencio.
Tardé un segundo en entender.
—No me digas que le diste el orto.
—…
—Dana. Dana, por dios.
—No me pude aguantar —dijo, y la escuché reírse de nerviosa que estaba—. La tenía tan linda, tan a mano. Se la estaba chupando con él acostado boca arriba, y de repente le dije «pará, dejame hacer una cosa». Me miró sin entender, y le escupí la pija para lubricarla.
—Pobre tipo, una desconocida escupiéndolo —me reí, entre el horror y la risa.
—Esperá, que falta. Me incorporé, me puse de espaldas a él y me senté lento, despacito, hasta que me la metí toda en el culo.
—Estás completamente loca.
—Él más que yo. Me dijo que nunca había podido terminar un anal por el tamaño que tiene. Yo empecé a moverme, él me agarraba por la cintura, me apretaba las tetas. No aguantó ni dos minutos, pobre. Me llenó adentro.
—…
—Vos hubieras hecho lo mismo, no te hagas.
—Yo estoy en pareja, querida, soy una señora respetable —le contesté, muerta de risa—. ¿Y después qué pasó?
—Quedó deshecho. Me decía que nunca había gozado tanto con nadie. Me llenó de besos, me abrazó toda la noche, dormimos juntos. A la mañana me trajo hasta casa en la camioneta. Mis viejos me preguntaron de quién era ese fierro que me dejaba en la puerta, y yo me hice la misteriosa.
—Sos increíble —le dije—. Pero ojalá se dé, en serio.
—Ojalá no me haya partido al medio al pedo —dijo, y nos reímos las dos hasta que me dolió la panza.
***
No se dio.
El tipo le contestó dos mensajes el primer día, uno al día siguiente, y después nada. Dana le escribía y le aparecía el visto. Le mandaba audios y nada. Esa ilusión de la mañana se fue apagando mensaje por mensaje, hasta que un día simplemente dejó de responder.
Una semana después lo encontramos. No fue difícil: teníamos el nombre completo. En las fotos viejas de Facebook estaba él, sonriendo al lado de una rubia altísima, con un cartel de «casados» y la fecha de un casamiento que no llegaba ni a los dos años.
Cuando Dana le reclamó, el tipo la bloqueó. De todos lados. Como si nunca hubiera existido.
La acompañé esa noche. Lloró un rato, no tanto por él, me dijo, sino por la sensación de siempre. La de ser el descarte, la de la noche divertida que no se cuenta a nadie. La rubia monumental era la que se quedaba con el departamento, la camioneta y el apellido. Dana se quedaba con la anécdota y con la espalda dolorida.
—Otra vez lo mismo —me dijo, mirando el techo—. ¿Por qué siempre termino así?
No tuve una buena respuesta. Le agarré la mano y me quedé callada, que a veces es lo único que sirve.
Esa historia es apenas una de una lista larguísima. Dana tiene decenas, todas distintas y todas iguales, todas con la misma búsqueda atrás: que alguien la elija de verdad, aunque sea por una noche. Y todas con el mismo final, donde ella entrega el cuerpo creyendo que está comprando un poco de cariño.
La quiero igual, con sus locuras y todo. Es la mejor amiga que tengo. Solo me gustaría que algún día se dé cuenta de que vale muchísimo más que la atención de un desconocido a las tres de la mañana.
Si les interesa, tengo muchas más historias de Dana. Pero esas serán para otra vez.