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Relatos Ardientes

El zorro del barrio se cobró la deuda en su catre

Tenía veintisiete años, una figura que coleccionaba miradas en cada esquina, un marido celoso hasta la enfermedad y una vida sexual tan pobre que hasta esa fecha desconocía lo que era venirse en serio.

Damián «el zorro» Brizuela atendía la despensa medio vacía del barrio Aurora, en San Justo, una ciudad chata y aburrida donde nada pasaba salvo el viento de marzo y el chisme. La rutina ya era pesada antes, pero cuando estalló la huelga de la construcción y mi marido Hernán empezó a quedarse en casa todo el día, se volvió insoportable. Lo único que le mejoraba el humor era pasar las tardes con Walter, su mejor amigo, y de paso con Sandra, la mujer de Walter, que se había vuelto mi confidente por descarte.

La heladera se vaciaba y la libreta del fiado en lo de Damián engrosaba semana a semana. Mamá me ayudaba con alguna bolsa de mercadería de vez en cuando, pero no alcanzaba para mucho más que pagar el gas y la luz. Hernán se negaba a que yo trabajara. La sola idea le encendía la cara de rabia, como si pedirle permiso a una mujer para salir a buscar pesos fuera una afrenta personal. Yo le hice caso, claro, como siempre, aunque por dentro me iba consumiendo una desilusión cada vez más grande.

Después de un mes de huelga, la libreta ya no daba para más. El resoplido de Damián detrás del mostrador se escuchaba antes de que yo cruzara la puerta del local, y la vergüenza me subía hasta la raíz del pelo cada vez que le pedía algo a cuenta. Él, sin embargo, no me miraba con bronca. Me miraba con otra cosa.

Los días seguían pasando como en una película muda. Hernán y Walter agarraban los botines a media tarde y se iban a jugar al fútbol como si tuvieran veinte años, y nosotras nos quedábamos en el patio de Sandra tomando mate, masticando rabia y quejándonos del mundo.

Una de esas tardes calurosas de marzo, Sandra me preguntó con una sonrisa torcida, mientras tragaba el último sorbo:

—¿Qué onda con el zorro?

—¿El almacenero, decís? —Sandra asintió con la pava todavía en la mano—. Nada, le debemos la vida. Pero nada más. ¿Por?

—Ayer me hizo un comentario y… me dio a entender que vos le gustás —dijo, y me pasó el mate.

—Son cosas tuyas —contesté, pero sentí que el cuello se me ponía caliente.

La charla siguió en ese tono, ella punzando y yo restándole importancia. La verdad era que hacía rato había notado algo en él. Demasiado atento, demasiado sonriente, sacándome charla por cualquier cosa, como si quisiera retenerme cinco minutos más cada vez. Había un magnetismo difícil de explicar, una cosa rara que yo disimulaba pero que no me molestaba sentir.

Damián pasaba los cuarenta. Era alto, de uno ochenta y algo, de cabeza rapada y bigote espeso encima de una boca grande y apretada. Tenía ojos celestes, casi grises, que parecían desnudarme cada vez que entraba al local. Hablaba con una voz gruesa, despacio, como si cada palabra tuviera doble fondo. Conmigo había bajado el tono desde el principio, y de a poco lo amable se le había ido convirtiendo en una indirecta detrás de otra.

—Bienvenida a la madriguera del zorro —avisó una mañana, mostrándome los dientes.

—Ni que fuera una gallinita —contesté casi sin pensar.

—No. ¿Pero sabés cómo te como?

Lo dijo despacio, y me parece que él mismo se sorprendió de haberlo dicho. La luz del mediodía entraba de costado y le pegaba en los pómulos. No tanto como me pegaba a mí su mirada. Un calor distinto al del día me trepó por las piernas, se metió debajo de la pollera y se instaló entre los muslos. No supe qué responder. Junté las cosas que había venido a comprar, las anoté en la libreta yo misma porque él no se movía, y salí del local con la cara hirviendo.

***

Volví una hora y veinte minutos más tarde. Con más calor, más vergüenza y más decisión.

—¿Qué te olvidaste? —preguntó Damián desde atrás del mostrador, repasando un listado con un lápiz mordido.

—Mi marido se fue a jugar un partido —dije bajando la mirada—. Capaz usted quiera jugar otro.

Faltaban unos minutos para las dos de la tarde cuando Damián volcó el cartel de cerrado contra el vidrio. Una cortina azul que tapaba un pasillo lateral se corrió a un costado y me tragó entera. Detrás había un cuartito sin ventana, con olor a yerba y a cartón mojado, y un catre angosto cubierto con una manta a cuadros. Me senté en el borde sin sacarme las sandalias y el catre crujió como si protestara. Damián sonrió y el bigote se le ensanchó.

—Sabía que ibas a volver —dijo, y cerró la cortina detrás de él.

Se acercó despacio. Me apoyó una mano áspera en la rodilla y la subió por debajo de la pollera sin apuro, como si tuviera toda la tarde por delante. Cuando llegó a la cara interna del muslo me incliné hacia él. Nos besamos como dos que llevan meses pensándolo. Le agarré la nuca rapada con las dos manos y él me apretó la cintura hasta levantarme un poco del catre. Tenía la boca grande, los labios duros, y sabía a tabaco negro.

Me sacó la blusa por arriba, sin desabrocharla, y tiró del corpiño con un solo dedo. Cuando se le quedó la mano cerca del pezón izquierdo lo pellizcó muy de a poco, como si estuviera midiendo cuánto resistía yo. Hernán nunca había tocado un pezón con esa intención. Sentí el mordisco después, despacio, y se me erizaron las nalgas como si me hubieran tirado agua fría. Las bragas se me empezaron a despegar solas, húmedas, y él las terminó de sacar con un tirón. Me corrió hasta el borde del catre y me abrió las piernas con las dos manos.

—Quieta —ordenó.

Apoyó la boca abajo y me sostuvo de los muslos para que no me corriera. No sabía si pelearle o agradecerle. Me agarré del borde del catre y me dejé. Damián tenía la lengua paciente, sabía exactamente dónde apretar y dónde aflojar. No me tocaba con apuro: me lamía desde abajo, me separaba los labios con la boca y volvía a hundirse, como si quisiera ir buscando mi temblor capa por capa. Me chupaba con una hambre que me aflojaba la espalda y me hacía arquear la cintura hacia su cara. Yo respiraba entrecortado, con las manos clavadas en la manta, sintiendo cómo la humedad me resbalaba por los muslos y cómo él la buscaba con precisión de perro cazador.

—Eso, no me hagas trabajar al pedo —murmuró contra mi coño, y la vibración me corrió un escalofrío por la panza.

Me separó más las piernas con las manos y metió dos dedos dentro de mí al mismo tiempo que me seguía comiendo. Entraron despacio, abriéndome, tanteando el camino con una paciencia sucia que me puso peor que cualquier caricia linda. Yo gemía bajito, con vergüenza al principio y después sin ninguna. Sentía el dedo mayor rozándome adentro y su lengua castigándome el clítoris, una y otra vez, hasta que todo el cuerpo me empezó a latir como si me hubieran enchufado a la pared.

—No te aguantes —dijo sin levantar la boca—. Córrete en mi cara.

Y me vine de golpe, con un espasmo tan fuerte que me dobló los dedos de los pies dentro de las sandalias. La sacudida me arrancó un quejido ronco y me hizo apretar los muslos alrededor de su cabeza. Damián me sostuvo igual, clavado entre mis piernas, lamiendo lo último que quedaba de mí con una calma de hijo de puta. Cuando por fin se enderezó tenía la boca brillosa y la mirada más oscura.

—Ahora viene lo otro —dijo.

Se levantó, se desabrochó el cinturón y dejó caer el pantalón sin teatralidad. Estaba durísimo, mucho más grueso que mi marido, con una vena que le subía por el lado izquierdo. Lo agarré con una mano y la mano me pareció chica. Me lo acerqué a la boca con curiosidad, más para saber a qué sabía un hombre así que por otra cosa. Aguanté unos segundos antes de que él me agarrara la cabeza, no para forzarme sino para marcarme el ritmo. Le lamí la punta, me llené la boca con su sabor salado y pesado, y sentí cómo se le tensaba la mandíbula. Cuando le pareció que ya era suficiente me hizo subir al catre otra vez.

—Sentate —me dijo—. Y mirame.

Me senté arriba de él, con las dos rodillas hundidas en el costado del colchón finito. Bajé despacio sobre la punta nueva de aquel mástil pesado y controlé yo el descenso, milímetro a milímetro, hasta que el dolor se me transformó en otra cosa. Primero me abrió con una punzada seca, después me llenó entero, caliente y firme, y tuve que tragar saliva para no salir corriendo. Damián se quedó quieto unos segundos, mirándome la cara, dejando que mi cuerpo se acomodara alrededor de su verga. Cuando por fin empujé un poco más, sentí cómo me partía la respiración.

—Así —gruñó—. Más abajo.

El catre crujió bajo los dos. Damián me sostenía de la cintura con las dos manos y empezó a empujar desde abajo, sin apuro pero sin pausa. Yo apoyé las palmas sobre su pecho y me dejé llevar por el vaivén. Cada embestida me sacaba un gemido nuevo, porque la presión contra el punto adentro me iba subiendo hasta la garganta. Él me miraba la cara como si quisiera aprenderme. Tenía la frente húmeda, la boca entreabierta y las manos marcadas en mis caderas. Me alzó apenas y me clavó de nuevo, fuerte, haciendo que el catre chocara contra la pared con un golpe seco que parecía acompasar nuestros jadeos.

—Decime si querés que pare —dijo.

—No pares —le contesté, y me sorprendió oír mi voz tan rota.

Entonces me agarró las tetas con las dos manos y se las comió a su manera, alternando tirones, mordiscos y apretadas hasta que yo me sentí desarmar. Me daba más fuerte cada vez, llenándome y saliéndome con una facilidad que me hacía perder el aire. Podía sentirme abriéndome para él, húmeda, resbalosa, incapaz de sostener ningún pensamiento que no fuera ese golpe dentro de mi cuerpo. Me vine de nuevo casi enseguida, con un temblor largo que me hizo apretar los dientes. Damián me siguió moviendo encima, disfrutando el tirón de mi coño contra su palo, hasta que la segunda oleada me dejó lloriqueando sin poder hacer otra cosa que hundirle las uñas en los hombros.

Pensé en Hernán justo cuando me venía por tercera vez, y eso me hizo gritar el nombre de Damián como si estuviera escupiendo algo. El crujir del catre se mezcló con mis gemidos y con la voz ronca de él, que me daba órdenes en un susurro: «así, no te muevas, dejá que yo te use». Yo le obedecía. Era lo único que tenía sentido en esa pieza sin aire. Damián me levantó después, me giró boca abajo y me puso de rodillas en el catre. Me penetró otra vez desde atrás, agarrándome del pelo para obligarme a arquear el culo, y me fue dando embates secos, profundos, mientras me apartaba las nalgas con una mano para verme cómo entraba y salía. Cada golpe me arrancaba un sonido distinto, más animal, más bajo, y la manta a cuadros se había arrugado bajo mis rodillas como si también estuviera sufriendo conmigo.

—Qué lindo culo tenés —me dijo al oído—. Te lo voy a dejar marcado.

Me agarró las caderas con fuerza y me usó como si de verdad quisiera dejarme la espalda rota. Yo no podía hacer otra cosa que abrirme más, pedirle más, empujarle el culo hacia atrás para recibirlo mejor. El olor a sexo se hizo espeso, mezcla de sudor, saliva y ese fondo agrio del cuarto cerrado. Tenía la verga metiéndose hasta el fondo, sacándome gemidos cortos y desesperados, y yo ya no pensaba en nada salvo en resistir un poco más para que durara. Cuando empezó a temblarle la respiración, se corrió adentro de mí con un gruñido bajo y largo, apretándome fuerte las nalgas mientras se quedaba enterrado, clavado hasta el final, llenándome de un calor espeso que me hizo cerrar los ojos.

Después dormité un rato sobre su pecho, mientras él me acariciaba la espalda con la punta de los dedos. Me sentía mujer por primera vez en mi vida, y la culpa que pensé que iba a llegar nunca llegó. Cuando me desperté, seguimos. Damián me hizo de todo lo que le pedí y de todo lo que no le pedí también. Me hizo arrodillarme frente a él para que lo mamara lento, me volvió a meter los dedos hasta dejarme goteando, me sentó encima otra vez y me hizo rebotar sobre su verga hasta que las piernas me temblaban. Fue glorioso, no encuentro otra palabra.

***

Volví a casa antes de que Hernán llegara del partido, me bañé dos veces y le serví la cena como si nada. Esa noche dormí mejor que en años.

Lo que vino después fue más fácil de lo que me hubiera imaginado. Cada vez que Hernán y Walter agarraban los botines, yo agarraba la cartera y caminaba las tres cuadras hasta el local. Damián ya tenía el cartel de cerrado preparado a las dos menos cinco. A veces me esperaba en el cuartito, a veces me sentaba yo a esperarlo a él. A veces no llegábamos al catre y él me tomaba contra los estantes de las galletitas, con el bigote raspándome el cuello mientras me hacía bajar la voz. Me metía la mano debajo de la pollera apenas yo cruzaba la cortina, me obligaba a abrirle la boca con los dedos, me hacía arrodillarme en el piso de cemento si se le ocurría que tenía ganas de tenerme rendida. Yo ya sabía leerle el hambre en la cara, y el hambre de él me gustaba porque coincidía con el mío. Había tardes en las que me apoyaba contra el mostrador, levantaba la cola apenas y él me la llenaba por atrás, una y otra vez, con la mercadería moviéndose en los estantes y la respiración de los dos hecha un desastre.

La libreta del fiado siguió creciendo, pero ya no me daba vergüenza. Damián la tachaba cada tanto con un gesto y un guiño, como si los pesos no importaran. Yo sabía que él también jugaba a esa cuenta paralela y me daba igual. Me gustaba ser su deuda.

Tres meses y un par de semanas tardó Hernán en darse cuenta de que el zorro me estaba arañando. Se enteró por un comentario suelto en el club, una pavada de borrachos, y se fue derecho al local a reclamarle a Damián con la mano cerrada. No le pegó. Damián le dijo, mirándolo a los ojos, que no me había hecho nada que yo no quisiera, y era verdad. Hernán salió del local sin decir una palabra y entró a casa sin gritar tampoco, lo cual era todavía peor.

Me fui a vivir con mamá esa misma noche, con dos bolsos y una bronca extraña, mezcla de alivio y de pena. Hernán me llamó dos meses después, llorando, pidiendo que volviera. Estuve por hacerlo. Pasamos algunas tardes hablando en un café del centro, dimos vueltas, hicimos promesas que ninguno creía. Pero él no se podía olvidar de Damián y yo, en el fondo, tampoco podía olvidarme de cómo me había sentido en aquel catre.

El zorro, por su parte, no me esperó. Se fue comiendo de a poco a Sandra primero, después a una vecina del fondo, después a la hija de la panadera y a media docena más. Cuando me enteré ya estaba lejos. Me había mudado a la capital con un trabajo en una zapatería del centro y un departamento chiquito sobre la avenida.

De ahí escribo esta confesión, ocho años después, con otro hombre durmiendo al lado y una sonrisa que no se me borra cuando paso por la góndola de la yerba en el supermercado. A veces, sin querer, se me cruza el olor a cartón mojado y a tabaco negro, y se me eriza la piel como aquel marzo. No me arrepiento de nada. Ni de la deuda, ni del catre, ni del zorro que me enseñó que el cuerpo de una mujer también es de la mujer.

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Comentarios(9)

Ferchu_Cba

que locura!!! me enganche desde el primer parrafo sin darme cuenta

MarcosT_Sur

la deuda se cobro con interes jajaja. muy bien escrito

LectoraNocturna

Por favor seguí escribiendo, necesito saber si hay algo mas entre los dos. Me quede con ganas!!!

cordobes_77

muy buen relato, se nota que conoces el ambiente del barrio de verdad. Sigue asi!!!

AndresBA

Me recorde a algo parecido que paso en mi barrio hace años, uno de esos almacenes de toda la vida donde el dueño conocia a todos... muy bien captado eso. El relato te mete adentro de la escena sin que te des cuenta.

Diego_Mza

excelente, uno de los mejores que lei aca ultimamente. Espero la continuacion

ViajeroNocturno

Lo que me gusto es como describis la tension sin apurarte. Se siente muy autentico.

lector_pasional

esto esta basado en algo real?? jaja porque se siente muy vivo todo desde el principio

Marcos_79

tremendo relato!!! que manera de arrancar una historia

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