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Relatos Ardientes

Le confesé mi mayor fantasía a mi cuñado en el hotel

Apenas Mateo cerró la puerta de la suite, supe que esa noche iba a romper algo. No físicamente. Algo más profundo. Lo veía en cómo respiraba, en cómo le temblaba la mandíbula cuando me miraba. En el taxi me había metido la mano por debajo de la falda y, cuando el conductor frenó en seco al escuchar mi jadeo, ninguno de los dos se rio. Veníamos cargados de un deseo sucio, denso, imposible de disimular.

Me empujó contra la cama sin quitarme los jeans. Me bajó el cierre y soltó un gemido sordo al sentirme empapada por encima de la ropa interior.

—Estás fuera de control, Renata —murmuró mientras me besaba el cuello—. Por culpa tuya casi chocamos.

Solté una risa descarada. Una de esas risas que no me reconocía a mí misma hasta esa noche. Lo agarré del cinturón y tiré de él hacia mí. Le desabroché el pantalón con dedos torpes de pura ansia y le saqué la verga. Era gruesa, dura, caliente, y de pronto me encontré arrodillada frente a él, devorándolo con la misma hambre con la que se devora algo prohibido.

Lo miraba desde abajo mientras intentaba metérmelo entero en la boca. No me cabía. Él me empujaba la cabeza con esa mezcla de delicadeza y autoridad que sabía que me ponía como una loca, y yo arqueaba la espalda, dejándome usar, sintiéndome poderosa precisamente por entregarme así.

Entonces me detuve. Lo miré a los ojos y, sin pensarlo del todo, le solté:

—Si esto te volvió loco, Mateo… imagínate que mi mamá nos viera ahora mismo.

Sentí cómo se le tensó todo el cuerpo. No fue miedo. Fue otra cosa. Algo oscuro y purísimo que le bajó por la columna y se le metió entre las piernas. Se quedó quieto un segundo, mirándome con una chispa nueva, una maldad que nunca antes le había visto.

—Tu mamá… —repitió, paladeando la palabra como si la masticara.

Lo que vino después no me lo esperaba.

—Renata, tengo que confesarte algo —me dijo de pronto, jadeando—. Tu mamá ya se me ha insinuado antes.

Lo que cualquier mujer normal habría sentido —ira, traición, asco— a mí no me llegó. Lo que me llegó fue un calor distinto, otro tipo de morbo. Me mojé al instante. Era como si mi cabeza no terminara de procesar la información mientras mi cuerpo ya hubiera decidido qué hacer con ella.

—Qué rico —le susurré, levantándome y empujándolo contra el respaldo de la cama—. ¿Te imaginas que ella estuviera aquí ahora? ¿Mirándonos? ¿Pidiéndote que también se la metieras a ella?

Mateo se puso tan duro que me asustó. Lo agarré con las dos manos y empecé a masturbarlo lento, mirándolo a los ojos, exigiéndole cada detalle. Y él me los dio. Me contó que mi madre, en una cena de cumpleaños, se había agachado a propósito frente a él para que le viera la tanga. Me contó que en otra ocasión, en la cocina, se había soltado los dos primeros botones de la blusa y se había inclinado para mostrarle los pechos «por accidente».

Mi madre tiene unos pechos enormes. Los heredé yo, aunque los míos son un poco más pequeños. Tiene caderas anchas, cintura marcada, piernas largas. A sus cincuenta y un años está mejor conservada que muchas amigas mías de treinta. Y siempre supe que era una mujer caliente: la había escuchado más de una vez en la cocina de su casa con hombres que no eran mi padre. Una vez incluso, cuando entré sin avisar, la encontré en el sofá de la sala con un tipo encima. Hice como que no había visto nada. Y sin embargo, no me la pude sacar de la cabeza durante meses.

Mateo me empujó de nuevo contra el colchón y me arrancó los jeans de cuajo. Me dejó solo en sostén y bragas, las dos prendas de encaje negro que me había puesto sabiendo que terminarían en el piso esa noche. Me sacó los pechos de un tirón, me chupó los pezones, los mordió. Yo arqueaba la espalda buscando más.

—Ponte en cuatro —me ordenó—. Frente al espejo.

Obedecí sin chistar. Frente al espejo del clóset me veía a mí misma de rodillas, con el pelo cayéndome sobre la cara, con Mateo detrás recorriéndome la espalda con las dos manos. Me sentía expuesta, vulnerable, justo como me gustaba.

—Mírate, Renata. Mira cómo tiemblas. Sabes que voy a hacerte mía como te tiene que hacer un hombre.

Sus manos bajaron a mis nalgas y me las apretó. Después me metió dos dedos, despacio, sintiéndome empapada. Yo gemía, y veía a la mujer del espejo gemir conmigo. Esa mujer no era yo. Era alguien más libre, más sucia, más viva.

Y mientras la veía retorcerse, pensé en mi madre. Pensé en su cara si supiera lo que estaba a punto de pasar en esa suite. Pensé en su cara si entrara por la puerta en ese mismo instante. Y ahí, ahí mismo, lo solté:

—Imagínate, Mateo… que mi mamá entrara ahora mismo, nos viera así, y en vez de gritarte te dijera: «Así, yernito, métele toda la verga a mi hija, que aprenda lo que es un hombre de verdad».

El cambio en él fue inmediato. La verga se le hinchó contra mi piel. Lo sentí como si fuera otra cosa, como si hubiera dejado de ser él y se hubiera convertido en pura lujuria. Sacó los dedos, agarró su miembro y, en vez de buscar mi sexo, fue directo al otro lado.

Se enterró de un solo movimiento. Yo arqueé la espalda y solté un grito que se ahogó en la almohada. El dolor me cruzó la espalda como un latigazo y, dos segundos después, se convirtió en otra cosa. En fuego. En algo que no podía nombrar.

—¡Así, Renata! ¡Así mismo le voy a reventar el culo a tu mamá! —rugió contra mi oreja, mientras me embestía con un ritmo que no admitía pausa.

Lo que sentí en ese momento no fue dolor ni placer. Fue poder. Verlo así, transfigurado por la idea de mi madre, saberme yo la responsable de ese estado, me dio una sensación de control absoluto. Como si por primera vez en mi vida tuviera entre las manos las riendas de algo enorme.

Lo empujé. Lo obligué a acostarse boca arriba. Me trepé encima de él, le agarré la verga con la mano y, abriéndome yo misma las nalgas, me la fui metiendo lento. Centímetro a centímetro, viéndolo a los ojos, sintiéndome partir en dos.

Cuando lo tuve dentro entero, empecé a moverme. Arriba y abajo, primero despacio, después con una desesperación animal. Mis pechos golpeaban contra los suyos. Su pecho estaba empapado de sudor. Me agarró de la cintura para imponer el ritmo y yo me dejé llevar, gimiendo como nunca, dejando que se me cayera el pelo sobre la cara, sobre la de él, sobre los dos.

—Dime la verdad, Mateo —le pedí, sin soltarle la mirada—. ¿Te gusta mi mamá?

Soltó un suspiro largo. Estaba derrotado por sí mismo, por su propia confesión, por lo que estaba por decir.

—Eres una puta, Renata —dijo, casi riéndose—. Y sí. Tu mamá está riquísima. Igual que tú.

Después me lo contó todo. Que nunca le había hecho nada porque respetaba a mi hermana, su esposa. Y, sobre todo, porque a quien se quería coger desde hacía meses era a mí. Que yo era su obsesión secreta, la que se imaginaba cuando se metía a la regadera. Pero que cada vez que mi madre se le acercaba demasiado, le costaba el doble respirar.

—¡Qué desperdicio, Mateo! —le dije, aumentando el ritmo—. Quiero que nos rompas el culo a las dos. Juntas. En la misma cama.

Lo que le dije fue el detonante. Me agarró de la cintura con tanta fuerza que sentí cómo los dedos se me clavaban. Me obligó a moverme más rápido, en círculos, arriba y abajo. Cada embestida me abría más. Yo me dejaba, me entregaba, le suplicaba que no parara.

—Si eso quiere mi putita —jadeó—, lo hago. Pero antes te vas a tragar toda mi leche.

Cambiamos de posición. Me acostó boca arriba, me agarró las piernas y me las puso sobre sus hombros. Volvió a entrar por el mismo lugar, despacio esta vez, dejándome sentir cómo me llenaba. Yo me veía las piernas abiertas, el cuerpo entero abierto para él, y no había vergüenza, no había culpa. Solo deseo en estado puro.

Con una mano me empezó a acariciar el clítoris. Despacio al principio, después en círculos más rápidos. Yo me retorcía, me dejaba ir, le pedía que no parara. La habitación olía a sudor, a perfume mío, a sexo. La almohada estaba empapada de saliva mía, de sus mordidas en mi cuello.

—Vente conmigo, Renata —me ordenó.

Sentí su descarga primero. Caliente, abundante, inundándome por dentro. Mi cuerpo se contrajo entero, me agarré a sus brazos como si fuera a caerme, y exploté. Un orgasmo distinto a cualquier otro que hubiera tenido. Largo, oscuro, casi doloroso, que me dejó temblando, mojando las sábanas debajo de mí.

Nos quedamos así un rato largo, entrelazados, respirando despacio.

—Esto no fue solo esta noche, ¿verdad? —le pregunté, todavía con la cabeza sobre su pecho.

—No —contestó, mirando al techo—. Esto fue solo el principio.

Lo miré entonces. Y en sus ojos vi lo que ya sabía: que en algún momento, antes de que volviéramos a tener este encuentro, él iba a buscar a mi madre por su cuenta. Y yo, antes de que ellos se vieran a solas, iba a buscarla a ella por la mía. Cada uno con su parte. Como un pacto sin palabras, firmado en una suite de hotel a las tres de la mañana.

Y después, los tres juntos, terminaríamos de cerrarlo en el lugar que correspondía.

En la casa de mi madre.

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