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Relatos Ardientes

Lo que hicimos en el sótano de la facultad

Como algunas ya saben, me volví adicta al sabor de mi novio. Todavía me cuesta creerlo, porque unos años antes pensaba en el sexo oral como el acto más degradante que existía. Hoy es una de las principales fuentes de mi placer. En su momento llegué a imaginar que toda mi vida sexual podía reducirse a eso y me parecía perfecto. Ya no lo pienso tan extremo, pero el oral sigue siendo, sin dudas, mi actividad favorita.

Con Bruno empezamos a salir en el último año del secundario y para cuando pasó esto ya estábamos los dos en la facultad, en la misma carrera. Hacía rato que habíamos dejado atrás todas las primeras veces: la oral, la vaginal y, por último, la más esperada de todas.

Lo que más nos gusta a los dos es el oral. Más allá de que a mí me fascina su anatomía, la forma en que se ensancha hacia la base, lo espeso y dulzón que es cuando termina, el oral tiene una ventaja enorme sobre el resto: no necesita preparación. Para lo vaginal hace falta un preservativo, para lo anal hace falta lubricante y paciencia. Para esto solo hace falta un rincón donde escondernos.

Yo necesito arrodillarme para darle placer, y para que él me devuelva el favor alcanza con una silla: me siento con las piernas abiertas y él se arrodilla entre ellas. Lo único que me hace falta, y es más psicológico que real, es un chicle para no quedar con aliento delator. La verdad es que nadie se daría cuenta de nada, pero mascar algo después me deja tranquila. Era casi una superstición.

Como íbamos a la misma facultad y vivíamos cerca, estábamos juntos casi todo el día. No nos sentábamos pegados en las clases, pero siempre caminábamos desde mi casa o desde la de él hasta el edificio. Más de una vez, si quedábamos solos un rato, le hacía algo rápido antes de salir y nos íbamos como si nada. Si teníamos diez minutos más, él me devolvía la atención.

En esas sesiones rápidas yo me arrodillaba sobre un almohadón para no lastimarme, él se sentaba en la silla del escritorio con las piernas abiertas, y yo me acomodaba el pelo antes de empezar. Tenía que acomodármelo porque después pasaba cinco o seis horas en clase y no podía aparecer despeinada.

Solía arrancar despacio, con la lengua, mirándolo a los ojos desde abajo con cara de enamorada, como diciéndole sin palabras que esa boca estaba hecha para él. Bruno se volvía loco y trataba de aguantar los gemidos, no siempre con éxito. Cuando quería que terminara, yo le pedía en voz baja que me diera lo suyo, que tenía sed. En general no aguantaba mucho después de eso.

Habíamos perdido bastante la ternura torpe de las primeras veces, aunque tragar siempre tenía una justificación práctica: si terminaba afuera podía mancharme la ropa o el pelo, y yo tenía que estar presentable varias horas. Era casi un argumento técnico, me reía sola pensándolo.

***

Ese día nos habíamos juntado a almorzar en mi casa para ir después juntos. Estaban mi mamá y mi hermana menor, así que no pudimos hacer absolutamente nada. Igual nos encerramos un rato en mi cuarto, nos besamos en silencio y lo dejé con una erección imposible de disimular.

Cuando bajamos, Bruno saludó a mi vieja. Ella lo miró, notó que estaba conmocionado y después me clavó una mirada que lo decía todo. No dijo una palabra, pero se dio cuenta de que algo habíamos estado haciendo arriba.

Salimos a caminar las quince cuadras que nos separaban de la facultad.

—Che, tu mamá me miró recontra mal —dijo Bruno, todavía colorado.

—Y no es para menos, si estabas durísimo. Encima caminaste raro para disimular y solo lo empeoraste.

—Me puse nervioso, es tu mamá. Además es tu culpa.

—¿Mi culpa?

—Sí. Vos me pasaste los dedos por la nariz.

Era verdad. Mientras nos besábamos en silencio, me había tocado por encima de la ropa, había impregnado los dedos con mi propio olor y se los había pasado por debajo de la nariz. Mi olor natural nunca falla en provocarlo, y yo lo sabía perfectamente. A veces soy bastante mala.

Llegamos cerca de las doce y media y nos cruzamos con Caro en la entrada.

—Recién avisaron que faltó la profesora de Estadística. Estamos al pedo hasta las dos y diez —nos dijo.

—La puta madre. Si sabíamos nos quedábamos en tu casa —se lamentó Bruno.

Ir y volver no tenía sentido: entre la ida y la vuelta perdíamos media hora caminando. Así que decidimos quedarnos. Nos sentamos en el patio interno, uno al lado del otro, mientras veíamos al resto entrar a sus aulas. Las chicas de nuestra comisión se quedaban hablando en su grupo, los chicos en el suyo, y los únicos en un grupo mixto éramos nosotros y otra parejita.

—Unas ganas de que me la chupes, Bru. Me dejaste durísima desde tu casa —me dijo al oído.

—Jaja, jodete. Aguantá hasta mañana, si tenemos tiempo.

—Qué bajón. A menos que…

—¿A menos qué?

—Que busquemos un lugar tranquilo y…

—¿Vos decís un aula vacía?

—No. El baño grande, el de la planta baja. Entramos los dos cómodos.

—Puede ser. Ah, no, pará: si alguien quiere entrar y nos ve salir juntos, nos hacen un quilombo.

—Tenés razón. No se puede.

—¿Y el salón de abajo? —propuso él.

El salón de abajo era un auditorio que estaba cruzando el patio y bajando unas escaleras. Se usaba para proyectar cosas en pantalla grande o para algún acto que necesitara mucho espacio. La mayoría del tiempo estaba vacío y cerrado con llave, pero valía la pena chequear.

—Hagamos una cosa —dijo Bruno—. Voy yo primero a fijarme si está abierto y vacío. Si está abierto, me quedo ahí. Vos venís en cinco minutos, así no nos ven entrar juntos.

—Dale, perfecto.

Se fue y no volvió en cinco minutos, así que entendí que ya estaba adentro. Fui detrás. Aunque todos sabían que éramos novios, que los dos desapareciéramos hacia un salón vacío habría sido demasiado obvio. Incluso encontrarnos sentados jugando con el celular fuera del aula alcanzaba para que nos llamaran la atención.

***

El salón tenía la puerta abierta y estaba a oscuras: al ser un subsuelo no entraba luz natural. Había sillas y pupitres apilados contra una pared, un proyector colgado del techo, un pequeño escenario con un telón al fondo y bastante espacio libre. Revisamos cuál era el mejor escondite y decidimos meternos detrás del telón. Si alguien entraba, no nos vería de inmediato, y en el peor de los casos podíamos quedarnos quietos y hacernos los dormidos. Eso ya habría sido un problema, pero mucho menor que el otro escenario posible.

Alumbramos con la linterna de mi celular, subimos al escenario y nos sentamos en el piso, detrás de la tela. Empezamos a besarnos despacio, conteniendo cada sonido. Le pasé la lengua por el cuello buscando esa reacción que conozco de memoria, me levanté la remera, me corrí el corpiño y dejé que me besara el pecho. Lo hizo un buen rato, hasta que casi se me escapa un gemido y tuve que frenarlo. Ya no aguantaba las ganas.

Bruno estaba al borde nada más por la situación. El morbo de que pudieran descubrirnos, sumado a las voces de nuestros compañeros que se filtraban desde el patio, hacía que la adrenalina nos subiera a los dos.

—Bajate el pantalón —le dije en voz muy baja.

—Pará, me lo bajo nada más.

Se aflojó el cinturón, se abrió el jean y se lo corrió hasta la mitad, junto con el bóxer. Se quedó sentado en el piso, incómodo, con medio pantalón puesto, pero a esa altura no importaba.

—¿Eso es para mí? —pregunté acercándome.

—Todo. Y lo que sale de ahí también.

Acerqué la cara, lo agarré con una mano y respiré hondo antes de empezar. Después subí despacio con la lengua, de abajo hacia arriba, sin dejar de mirarlo a los ojos.

—¿Así está bien o querés más?

—Por favor, no me dejes así.

Le pasé la lengua por la punta y él se estremeció entero. Hacía un esfuerzo sobrehumano para no hacer ruido, y yo me dedicaba a provocarlo justamente por eso, porque podía: cualquier sonido nos delataba a los dos. Me lo metí en la boca, lo chupé, lo succioné, jugué con el ritmo.

—Me vas a matar… qué bien la chupás —susurró él, con la voz quebrada.

Saqué la lengua un segundo para mirarlo, solo para excitarlo más, y volví. Traté de llevarlo lo más adentro que pude, mientras con una mano me apretaba un pezón. En un momento le pedí que se parara, y apenas lo hizo pude tomarlo en todo su esplendor. Se me llenaron los ojos de lágrimas del esfuerzo, pero no me importó nada.

—Mi vida, no aguanto más.

Entonces, para joderlo, frené en seco y le saqué la boca de encima.

—¿No te vas a tomar lo mío? —preguntó, desesperado.

—No, a menos que me lo pidas —contesté, jugando, porque me encantaba molestarlo.

—Tomalo, amor. Por favor.

—¿Me dejás?

—Obvio. Es todo tuyo.

Volví a chupársela con todo, y a los pocos segundos me avisó que estaba por terminar. Saqué la boca apenas y apoyé la lengua contra la punta, para que él pudiera ver cómo caía todo ahí, sabiendo que verlo lo excitaba todavía más. Terminó en un par de oleadas espesas que recibí directo en la lengua. Intenté tragar sin cerrar la boca y no me salió del todo bien; todavía me falta práctica para esas escenas de película. Apenas terminé, lo seguí un rato más para no dejar ningún rastro.

—Me encanta cómo lo hacés. Te amo —dijo él, todavía agitado.

—Y yo a vos. Y a esto también —le contesté, guiñándole un ojo.

***

Se subió el pantalón. Alumbré con el celular para chequear que no tuviera ninguna mancha en la ropa ni en la cara, y ahí fue cuando me agarró el horror: no tenía un solo chicle encima.

—Voy a estar todo el día con aliento delator —dije, espantada.

—Andá a darle un beso a Daniela, así pierde el invicto —bromeó.

La cara que le puse debe haber sido monumental, porque enseguida se rió.

—Es un chiste. En el recreo comprás algo en el kiosco.

—No traje plata.

—Yo te compro, amor.

Salí yo primero del salón oscuro. Por suerte no me cruzó nadie. Cinco minutos después salió él. Los amigos lo vieron aparecer de la nada y dijo que se había quedado dormido una siesta. No sé si le creyeron. Yo fui directo al baño a mirarme en el espejo, buscando alguna mancha que me delatara, pero estaba todo en orden.

Estuve el resto del día con el sabor en la boca y la verdad es que me pareció de lo más divertido. Esa fue la primera de muchas veces que hicimos algo en ese salón. Casi nunca había nadie, así que se transformó en el lugar perfecto para seguir alimentando mi adicción.

A la tarde volvimos caminando y tuvimos una charla que todavía recuerdo.

—Me encantó lo de hoy. Entre otras cosas, por eso te amo —dijo él.

—Y yo a vos. Podemos repetir. Me parece que ese puede ser nuestro lugar secreto.

—Sí, y hacer otras cositas.

—¿Como qué?

—Me gustaría dejarte marcada. Que todos sepan que sos mía.

—Ya lo saben todos —me reí.

Y, efectivamente, repetimos varias veces. La mayoría terminaba en mi boca, alguna vez en otro lado del cuerpo que después limpiaba sin que se notara. Pero eso lo voy a contar en otro momento.

***

La historia, sin embargo, no terminó ahí. Esa noche, mientras estaba en mi cuarto, mi mamá golpeó la puerta.

—Lucía, necesito hablar con vos.

—¿Qué pasó, ma?

—Me da vergüenza decírtelo, pero tengo que hacerlo. Tu novio se fue hoy muy… ¿cómo decirlo sin que suene mal? Muy alterado. Caminaba raro, el pobre no sabía ni cómo disimular. Entiendo que son jóvenes y que están con las hormonas a flor de piel, pero traten de contenerse acá, al menos mientras esté tu hermana.

—Perdón, ma. Te prometo que no va a volver a pasar.

La verdad es que tenía razón. Por más incómodo que fuera que mi vieja se diera cuenta de algo así, era justo que me lo dijera. A veces, en la calentura, una hace cosas sin pensar demasiado.

Igual, unos meses después, mi hermana me descubrió en plena acción con Bruno. Pero esa, definitivamente, es otra historia.

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Comentarios (5)

Tano_Lector

increible!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo

CristinaLectora

Por favor que haya segunda parte, me quede con ganas de saber mas.

ViajeandoSolo

Me recordo a algo que viví en la universidad. Esos momentos a escondidas son los que mas se quedan grabados, sin duda.

SilverLector22

Esas horas libres en la facu tenian su magia je. Me trajo recuerdos que no sabia que tenia.

Moteropatatero

El titulo me engancho de una jaja, y el relato no decepciono para nada. Muy bueno

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