Lo que hicimos en el sótano de la facultad
Como algunas ya saben, me volví adicta al sabor de mi novio. Todavía me cuesta creerlo, porque unos años antes pensaba en el sexo oral como el acto más degradante que existía. Hoy es una de las principales fuentes de mi placer, y no exagero cuando digo que mamarle la polla a Bruno se transformó en mi obsesión. En su momento llegué a imaginar que toda mi vida sexual podía reducirse a chupársela hasta la última gota y me parecía perfecto. Ya no lo pienso tan extremo, pero el oral sigue siendo, sin dudas, mi actividad favorita.
Con Bruno empezamos a salir en el último año del secundario y para cuando pasó esto ya estábamos los dos en la facultad, en la misma carrera. Hacía rato que habíamos dejado atrás todas las primeras veces: la oral, la vaginal y, por último, la más esperada de todas, cuando le dejé meterme la verga en el culo después de meses de rogármelo.
Lo que más nos gusta a los dos es el oral. Más allá de que a mí me fascina su anatomía, la forma en que la polla se ensancha hacia la base, lo gruesa que es cuando la tengo entera en la mano, lo espeso y dulzón que es el semen cuando se corre en mi boca, el oral tiene una ventaja enorme sobre el resto: no necesita preparación. Para follar hace falta un preservativo, para lo anal hace falta lubricante y paciencia. Para mamársela solo hace falta un rincón donde escondernos y que él se baje el pantalón.
Yo necesito arrodillarme para chupársela bien, y para que él me devuelva el favor y me coma el coño alcanza con una silla: me siento con las piernas bien abiertas y él se arrodilla entre ellas, con la lengua directo en mi clítoris. Lo único que me hace falta, y es más psicológico que real, es un chicle para no quedar con aliento delator a semen. La verdad es que nadie se daría cuenta de nada, pero mascar algo después de tragarme una corrida me deja tranquila. Era casi una superstición.
Como íbamos a la misma facultad y vivíamos cerca, estábamos juntos casi todo el día. No nos sentábamos pegados en las clases, pero siempre caminábamos desde mi casa o desde la de él hasta el edificio. Más de una vez, si quedábamos solos un rato, le hacía una mamada rápida antes de salir y nos íbamos como si nada, con el sabor de él todavía en mi lengua. Si teníamos diez minutos más, él me bajaba las bragas y me hacía correr con la boca pegada a mi concha.
En esas sesiones rápidas yo me arrodillaba sobre un almohadón para no lastimarme, él se sentaba en la silla del escritorio con las piernas abiertas y la verga ya dura apuntándome a la cara, y yo me acomodaba el pelo antes de empezar. Tenía que acomodármelo porque después pasaba cinco o seis horas en clase y no podía aparecer despeinada, con pinta de recién haber tenido una polla en la boca.
Solía arrancar despacio, con la lengua, lamiéndole toda la extensión de la verga desde los huevos hasta la punta, mirándolo a los ojos desde abajo con cara de enamorada, como diciéndole sin palabras que esa boca estaba hecha para él, para su polla y para su corrida. Le chupaba los testículos uno por uno, me los metía enteros en la boca mientras con la mano le hacía una paja lenta, y después subía otra vez recorriéndole la vena que le atraviesa la verga por debajo. Bruno se volvía loco y trataba de aguantar los gemidos, no siempre con éxito. Le encantaba cuando le escupía en la polla y usaba mi propia saliva para masturbársela mientras le chupaba solo la punta, jugando con el glande contra el paladar. Cuando quería que terminara, yo le pedía en voz baja que me diera lo suyo, que tenía sed, que necesitaba tragarme toda su leche. En general no aguantaba mucho después de eso: sentía cómo la verga se le hinchaba más todavía dentro de mi boca y en dos o tres embestidas se me corría hasta la garganta.
Habíamos perdido bastante la ternura torpe de las primeras veces, aunque tragarme cada gota siempre tenía una justificación práctica: si terminaba afuera podía mancharme la ropa o el pelo, y yo tenía que estar presentable varias horas. Era casi un argumento técnico, me reía sola pensándolo mientras sentía el semen bajarme por la garganta.
***
Ese día nos habíamos juntado a almorzar en mi casa para ir después juntos. Estaban mi mamá y mi hermana menor, así que no pudimos hacer absolutamente nada. Igual nos encerramos un rato en mi cuarto, nos besamos en silencio, le agarré la verga por encima del jean y la sentí ponerse dura contra mi mano en cuestión de segundos. Le apreté los huevos suavecito, le mordí el labio, y lo dejé con una erección imposible de disimular, con la punta marcándose contra la tela.
Cuando bajamos, Bruno saludó a mi vieja. Ella lo miró, notó que estaba conmocionado y después me clavó una mirada que lo decía todo. No dijo una palabra, pero se dio cuenta de que algo habíamos estado haciendo arriba.
Salimos a caminar las quince cuadras que nos separaban de la facultad.
—Che, tu mamá me miró recontra mal —dijo Bruno, todavía colorado.
—Y no es para menos, si estabas durísimo. Encima caminaste raro para disimular y solo lo empeoraste. Se te marcaba la verga contra el pantalón, boludo.
—Me puse nervioso, es tu mamá. Además es tu culpa.
—¿Mi culpa?
—Sí. Vos me pasaste los dedos por la nariz.
Era verdad. Mientras nos besábamos en silencio, me había metido la mano por debajo de la bombacha, me había hundido dos dedos hasta que salieron empapados de mis jugos, y se los había pasado por debajo de la nariz para que respirara mi olor a coño mojado. Mi olor natural nunca falla en ponérsela dura, y yo lo sabía perfectamente. A veces soy bastante mala.
Llegamos cerca de las doce y media y nos cruzamos con Caro en la entrada.
—Recién avisaron que faltó la profesora de Estadística. Estamos al pedo hasta las dos y diez —nos dijo.
—La puta madre. Si sabíamos nos quedábamos en tu casa —se lamentó Bruno.
Ir y volver no tenía sentido: entre la ida y la vuelta perdíamos media hora caminando. Así que decidimos quedarnos. Nos sentamos en el patio interno, uno al lado del otro, mientras veíamos al resto entrar a sus aulas. Las chicas de nuestra comisión se quedaban hablando en su grupo, los chicos en el suyo, y los únicos en un grupo mixto éramos nosotros y otra parejita.
—Unas ganas de que me la chupes, Bru. Me dejaste el coño hecho un charco desde tu casa —me dijo al oído.
—Jaja, jodete. Aguantá hasta mañana, si tenemos tiempo.
—Qué bajón. A menos que…
—¿A menos qué?
—Que busquemos un lugar tranquilo y te la meta en la boca ya mismo.
—¿Vos decís un aula vacía?
—No. El baño grande, el de la planta baja. Entramos los dos cómodos y te la mamo contra la pared.
—Puede ser. Ah, no, pará: si alguien quiere entrar y nos ve salir juntos, nos hacen un quilombo.
—Tenés razón. No se puede.
—¿Y el salón de abajo? —propuso él.
El salón de abajo era un auditorio que estaba cruzando el patio y bajando unas escaleras. Se usaba para proyectar cosas en pantalla grande o para algún acto que necesitara mucho espacio. La mayoría del tiempo estaba vacío y cerrado con llave, pero valía la pena chequear.
—Hagamos una cosa —dijo Bruno—. Voy yo primero a fijarme si está abierto y vacío. Si está abierto, me quedo ahí. Vos venís en cinco minutos, así no nos ven entrar juntos.
—Dale, perfecto.
Se fue y no volvió en cinco minutos, así que entendí que ya estaba adentro. Fui detrás. Aunque todos sabían que éramos novios, que los dos desapareciéramos hacia un salón vacío habría sido demasiado obvio. Incluso encontrarnos sentados jugando con el celular fuera del aula alcanzaba para que nos llamaran la atención.
***
El salón tenía la puerta abierta y estaba a oscuras: al ser un subsuelo no entraba luz natural. Había sillas y pupitres apilados contra una pared, un proyector colgado del techo, un pequeño escenario con un telón al fondo y bastante espacio libre. Revisamos cuál era el mejor escondite y decidimos meternos detrás del telón. Si alguien entraba, no nos vería de inmediato, y en el peor de los casos podíamos quedarnos quietos y hacernos los dormidos. Eso ya habría sido un problema, pero mucho menor que el otro escenario posible: que nos pescaran con su verga en mi boca.
Alumbramos con la linterna de mi celular, subimos al escenario y nos sentamos en el piso, detrás de la tela. Empezamos a besarnos despacio, conteniendo cada sonido. Le pasé la lengua por el cuello buscando esa reacción que conozco de memoria, sentí cómo se le erizaba la piel y cómo se le marcaba de nuevo la polla dura contra el pantalón. Me levanté la remera, me corrí el corpiño de un tirón y dejé que me chupara las tetas. Me agarró un pezón entre los labios y empezó a lamerlo con la punta de la lengua, primero uno y después el otro, mientras yo le apretaba la nuca contra mi pecho. Me los mordió suavecito, después con más fuerza, y me pasó la lengua por el escote. Lo hizo un buen rato, hasta que casi se me escapa un gemido y tuve que frenarlo con la mano en la boca. Ya no aguantaba las ganas de tenerlo entre los labios.
Bruno estaba al borde nada más por la situación. El morbo de que pudieran descubrirnos, sumado a las voces de nuestros compañeros que se filtraban desde el patio, hacía que la adrenalina nos subiera a los dos. Le puse la mano encima del bulto y estaba durísimo, marcado contra el jean, pidiendo que lo liberara.
—Bajate el pantalón —le dije en voz muy baja.
—Pará, me lo bajo nada más.
Se aflojó el cinturón, se abrió el jean y se lo corrió hasta la mitad, junto con el bóxer. La verga le saltó hacia afuera, dura, hinchada, con la punta ya brillando de líquido pre. Se quedó sentado en el piso, incómodo, con medio pantalón puesto, pero a esa altura no importaba.
—¿Eso es para mí? —pregunté acercándome, relamiéndome los labios.
—Todo. Y lo que sale de ahí también.
Acerqué la cara, lo agarré con una mano por la base y respiré hondo antes de empezar, olfateándole el olor a hombre que me vuelve loca. Le pasé la lengua por los huevos primero, se los chupé uno por uno, se los envolví con los labios mientras con la otra mano le hacía una paja bien despacio, apretándole la piel hacia abajo para que la punta se le pusiera todavía más morada. Después subí despacio con la lengua, de abajo hacia arriba, siguiendo la vena gruesa que le recorre la verga por debajo, sin dejar de mirarlo a los ojos.
—¿Así está bien o querés más?
—Por favor, no me dejes así.
Le pasé la lengua por la punta, di vueltas alrededor del glande y él se estremeció entero. Le lamí el hilo de líquido pre que le colgaba y me lo tragué mirándolo fijo. Hacía un esfuerzo sobrehumano para no hacer ruido, y yo me dedicaba a provocarlo justamente por eso, porque podía: cualquier sonido nos delataba a los dos. Abrí bien la boca y me la metí de golpe hasta la mitad, la chupé con fuerza mientras subía y bajaba, la succioné haciendo el vacío con los cachetes, jugué con el ritmo, primero lento, después más rápido, ahogándome un poco a propósito. Sentía cómo se le hinchaba adentro de mi boca, cómo se le tensaba la piel de la verga contra mi lengua.
—Me vas a matar… qué bien la chupás… qué puta que sos, mi amor —susurró él, con la voz quebrada.
Saqué la lengua un segundo para mirarlo, con un hilo de saliva conectándome los labios a la punta de su verga, solo para excitarlo más, y volví. Traté de llevarlo lo más adentro que pude, hasta sentir cómo la punta me chocaba contra el fondo de la garganta, mientras con una mano me apretaba un pezón y con la otra le masajeaba los huevos. Aguanté ahí unos segundos, respirando por la nariz, sintiendo cómo se le movía la verga dentro de mi boca por el mismo latido del corazón. En un momento le pedí en voz baja que se parara, y apenas lo hizo, agarrado del telón con una mano y con la otra en mi nuca, pude tomarlo en todo su esplendor. Me la metió hasta el fondo, empujó con las caderas hacia adelante muy despacio, controlando para que no hiciera ruido, mientras yo abría bien la boca y me dejaba usar. Se me llenaron los ojos de lágrimas del esfuerzo, se me corrió el rímel, se me hizo un hilo de baba en el mentón, pero no me importó nada. Escuchaba cómo intentaba tragarse los gemidos y ese sonido ahogado me mojaba todavía más.
—Mi vida, no aguanto más. Me voy a correr.
Entonces, para joderlo, frené en seco y le saqué la boca de encima, dejándole la verga chorreando saliva, palpitando en el aire, a un segundo del clímax.
—¿No te vas a tomar mi leche? —preguntó, desesperado.
—No, a menos que me lo pidas —contesté, jugando, pasándole la punta de la lengua por el glande apenas, sin dejar que descargara—. Pedímelo bien.
—Tomala toda, amor. Por favor. Tragate hasta la última gota.
—¿Me dejás toda tu corrida?
—Obvio. Es toda tuya. Chupámela, no pares.
Volví a metérmela en la boca con todo, subiendo y bajando la cabeza rápido, apretándole los huevos con la mano, y a los pocos segundos me avisó apretando los dientes que estaba por terminar. Sentí cómo se le contraía la verga entera contra mi lengua, cómo se le hincharon los testículos. Saqué la boca apenas y apoyé la lengua contra la punta, con los labios entreabiertos, para que él pudiera ver cómo caía todo ahí, sabiendo que verlo lo excitaba todavía más. Terminó en un par de oleadas espesas de semen caliente que recibí directo en la lengua, chorros gruesos que me llenaron la boca, uno atrás del otro. Intenté tragar sin cerrar la boca, para que él viera cómo la leche me bajaba por la garganta, y no me salió del todo bien; se me escapó un hilo por la comisura de los labios que atrapé con el dedo y me llevé de vuelta adentro. Todavía me falta práctica para esas escenas de película. Apenas terminó, me la volví a meter entera y lo seguí chupando un rato más para sacarle hasta la última gota y no dejar ningún rastro sobre la verga ni sobre el pantalón. Sentí cómo se le iba ablandando en mi boca, cada vez más sensible, hasta que casi no aguantó y tuvo que apartarme la cabeza.
—Me encanta cómo lo hacés. Sos la mejor. Te amo —dijo él, todavía agitado, con la respiración entrecortada.
—Y yo a vos. Y a esto también —le contesté, pasándome la lengua por los labios y guiñándole un ojo, con el sabor de su corrida todavía instalado en la boca.
***
Se subió el pantalón. Alumbré con el celular para chequear que no tuviera ninguna mancha en la ropa ni en la cara, y de paso me miré yo, porque tenía la sensación de que se me había escapado algo por el mentón. Estaba todo limpio, pero ahí fue cuando me agarró el horror: no tenía un solo chicle encima.
—Voy a estar todo el día con aliento a leche —dije, espantada.
—Andá a darle un beso a Daniela, así pierde el invicto —bromeó.
La cara que le puse debe haber sido monumental, porque enseguida se rió.
—Es un chiste. En el recreo comprás algo en el kiosco.
—No traje plata.
—Yo te compro, amor. Como recompensa por la mamada.
Salí yo primero del salón oscuro. Por suerte no me cruzó nadie. Cinco minutos después salió él. Los amigos lo vieron aparecer de la nada y dijo que se había quedado dormido una siesta. No sé si le creyeron. Yo fui directo al baño a mirarme en el espejo, buscando alguna mancha que me delatara o algún resto blanco en la comisura, pero estaba todo en orden.
Estuve el resto del día con el sabor de su semen en la boca y la verdad es que me pareció de lo más divertido. Esa fue la primera de muchas veces que hicimos algo en ese salón. Casi nunca había nadie, así que se transformó en el lugar perfecto para seguir alimentando mi adicción a la polla de Bruno.
A la tarde volvimos caminando y tuvimos una charla que todavía recuerdo.
—Me encantó lo de hoy. Entre otras cosas, por eso te amo —dijo él.
—Y yo a vos. Podemos repetir. Me parece que ese puede ser nuestro lugar secreto.
—Sí, y hacer otras cositas. Alguna vez quiero cogerte ahí abajo, apoyada contra el escenario.
—¿Como qué más?
—Me gustaría dejarte marcada. Correrme en tu cara, en tus tetas. Que todos sepan que sos mía.
—Ya lo saben todos —me reí.
Y, efectivamente, repetimos varias veces. La mayoría terminaba con su corrida en mi boca, alguna vez me la dejó en la cara o entre las tetas y después limpiaba sin que se notara. Pero eso lo voy a contar en otro momento.
***
La historia, sin embargo, no terminó ahí. Esa noche, mientras estaba en mi cuarto, mi mamá golpeó la puerta.
—Lucía, necesito hablar con vos.
—¿Qué pasó, ma?
—Me da vergüenza decírtelo, pero tengo que hacerlo. Tu novio se fue hoy muy… ¿cómo decirlo sin que suene mal? Muy alterado. Caminaba raro, el pobre no sabía ni cómo disimular. Entiendo que son jóvenes y que están con las hormonas a flor de piel, pero traten de contenerse acá, al menos mientras esté tu hermana.
—Perdón, ma. Te prometo que no va a volver a pasar.
La verdad es que tenía razón. Por más incómodo que fuera que mi vieja se diera cuenta de algo así, era justo que me lo dijera. A veces, en la calentura, una hace cosas sin pensar demasiado.
Igual, unos meses después, mi hermana me descubrió en plena acción con Bruno, arrodillada entre sus piernas con la verga hasta el fondo de la garganta. Pero esa, definitivamente, es otra historia.