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Relatos Ardientes

Lo que pasó tras las rocas de la playa nudista

—Llevas un bañador muy ajustado.

Lo dijo así, sin levantar la vista de mi entrepierna, con una sonrisa que no pedía permiso. Yo también llevaba un buen rato mirándolo a él, de modo que no me ofendí. Le devolví el repaso con la misma calma.

Era difícil no fijarse. Apenas veintipocos, cuerpo fibroso, piel dorada por las semanas de sol y un bañador que cubría lo mínimo legal. Sobresalía en aquella playa de familias y de sombrillas alquiladas. No era el único que se había quedado mirándolo de reojo, pero quizá sí el único de su edad y constitución.

—El tuyo tampoco deja mucho a la imaginación —respondí.

—Me gusta tomar el sol con la menor tela posible. Estaría aún mejor si pudiera quitármelo del todo.

—Aquí no, por desgracia. Las señoras de las hamacas nos lincharían.

—¿Y si buscamos un sitio más discreto? —preguntó, señalando con la barbilla las rocas del fondo.

Detrás de aquellas rocas, siguiendo la línea del rompiente, empezaba la zona nudista oficial.

—Soy Iván —añadió.

—Diego.

Recogimos las cosas casi con prisa. Las toallas a manotazos sobre la mochila, las chanclas a medio calzar. Nos encaminamos al extremo sur del arenal sin decir una palabra más, los dos con un agradable nudo en el estómago.

Nada más cruzar las rocas, justo en ese pequeño recodo donde no se nos veía desde ninguna de las dos zonas, mi mano fue directa a su bañador.

—¿Te ayudo?

—Si vas a echarme una mano, échame las dos.

Eso fue exactamente lo que hice. Yo ya me había sacado el mío por los pies y lo había tirado encima de la mochila. Estaba a punto de bajarle el suyo cuando una mujer apareció por el sendero a nuestra espalda.

Esperaba sentirme avergonzado o, peor, ahuyentado. No ocurrió ninguna de las dos cosas. Ella se detuvo a un par de metros, hizo un repaso pausado a los dos rabos que colgaban entre nuestros muslos y, sin borrar la sonrisa, empezó a bajarse los tirantes del bañador.

Lo hizo despacio, con movimientos ondulantes, como si supiera perfectamente lo que producía. Treinta y muchos, pelo rubio recogido a un lado, pechos generosos, pubis depilado al ras. Quedó tan desnuda como nosotros y no dio un paso atrás.

En ese recodo, aislados del resto del mundo, tres desconocidos nos mirábamos sin asombrarnos. Pieles bronceadas, cuerpos suaves, deseo subiendo en silencio. Saltaban chispas en la atmósfera caliente.

—Hola, chicos —dijo por fin—. ¿Vais a la zona nudista a exhibir esos cuerpazos? Mejor instalarse en grupo, ¿no? Soy Carolina.

—Diego e Iván.

Por supuesto que aceptamos. Yo, todo caballerosidad, le recogí la bolsa de la arena. Cruzamos los últimos metros y nos internamos en la exposición de carne en busca de un sitio tranquilo donde tumbarnos.

***

Por el camino no perdíamos detalle. He de admitir que, a pesar de la estupenda compañía, se me iban los ojos detrás de algunos de los cuerpos que se doraban en la arena. Extendimos las toallas un poco apartados del resto. Ella desató el nudo de la bolsa y sacó un bote de bronceador.

—¿Te pongo crema a ti primero? —me preguntó con una mirada que no admitía mucho debate.

—Me encantaría.

Iván no quiso perderse la fiesta. Acabé recibiendo un masaje a cuatro manos. Estirado boca arriba sobre la toalla, con la polla apuntando al cielo sin disimulo, sentía las palmas de ella subiendo por mis piernas y las de él bajando desde el pecho hasta el vientre, hasta juntarse en mis huevos depilados.

Dos desconocidos manoseándome a pleno sol y al aire libre, en una playa pública. No se les daba nada mal. El bronceador resbalaba caliente entre sus dedos y mi piel, y empezaba a perder la cuenta de dónde acababa una mano y dónde empezaba la otra.

Mis manos tampoco descansaban. La derecha, en la polla de Iván. La izquierda, apretando los pechos que colgaban a mi lado. Pellizqué los pezones de Carolina con la suavidad justa para arrancarle un suspiro.

Entre risas me hicieron girar boca abajo.

—¡Date la vuelta!

Siguieron por la espalda, con fricción franca, bajando hasta el culo, al que prestaron una atención especial. No supe nunca de quién eran los dedos que se aventuraron entre mis nalgas, lubricados con el bronceador, ni cuáles me amasaron con más fuerza. La arena bajo mi vientre se me clavaba en la polla, durísima desde hacía rato, y me dolía. Pero era un dolor agradable, el de seguir excitado sin descargar.

Como pequeña venganza, lo elegí a él para el siguiente turno. Carolina iba a tener que esperar y cocerse a fuego lento manoseando a dos chicos jóvenes. Le quité el bote de las manos sin preguntar.

Entre ella y yo recorrimos toda la piel de Iván. Brazos, pecho, abdomen, ingles. Ella le agarró los huevos como si fueran suyos de toda la vida y empezó a masturbarlo despacio mientras yo le sujetaba la base. A él se le escapó un sonido bajo de la garganta, un quejido más que un gemido.

Mientras tanto, uno de sus dedos juguetones se perdía entre mis nalgas, en mi ano. La otra mano se le había metido entre los muslos largos y poderosos de Carolina. Yo ya la había dejado bien lista; mis dedos olían a ella. Cuando Iván tomó el relevo, ella se apoyó en mi vientre y se corrió en silencio, mordiéndose los labios para no llamar la atención.

***

La ayudamos a tumbarse entre nosotros y le repartí un buen chorro de crema sobre los pechos. Sobé a placer, rozando mis manos con las de Iván, que tampoco quería renunciar a ese trozo. Eran lo bastante generosos como para que cupiéramos los dos sin estorbarnos.

Por encima del cuerpo de Carolina nos miramos a los ojos por primera vez en serio. Iván se inclinó. Yo también. El primer beso fue apenas un roce, un reconocimiento. Carolina lo notó al instante.

—Yo también quiero.

Bajamos los dos sobre su cara y nuestras tres bocas se encontraron a la vez. La cosa se volvió lasciva enseguida. No sé cuál de los dos sacó primero la lengua, pero al notarla buscando la mía abrí los labios y nos repartimos saliva como adolescentes. Carolina, ni corta ni perezosa, estiró los brazos y nos agarró una polla a cada uno, sin dejar de masturbarnos despacio.

Sin abandonar sus pechos, dejé bajar la otra mano por su vientre. No era plano del todo, era voluptuoso, suave, perfecto, y llegué tarde al ombligo, donde ya estaba la mano de Iván. Pasé de largo, bajé entre sus muslos y encontré la vulva depilada.

El primer dedo entró en una humedad que ya no era del todo nueva. Tenía los labios hinchados, calientes, y al rozarle el clítoris se le escapó un sonido más fuerte. Aceleró el ritmo de las manos sobre nosotros como respuesta.

Le clavé el dedo dentro. Iván no tardó en sumarse. Acabamos penetrándola con un dedo cada uno, y aquel coño los recibía agradecido. La llevamos a un segundo orgasmo sin demasiado esfuerzo, y poco a poco ella nos fue acercando al nuestro.

Las contracciones de su vulva apretando nuestros dedos y el aumento del volumen de sus suspiros eran la señal. Nos corrimos casi a la vez sobre su vientre y sus pechos, salpicando incluso los muslos del otro. Estábamos tan tensos que fue algo explosivo.

Extendimos el semen por su piel como si fuera más bronceador, intentando disimular un poco por si alguien nos había visto.

***

Era increíble. Tres desconocidos haciendo de todo, en público, en un rincón de arena no tan apartado como parecía. Pero nadie nos prestaba atención. Cada vez que levantaba la cabeza y miraba alrededor, ninguna mirada se sostenía sobre nosotros más de unos segundos. Una pareja de chicas se instaló cerca y empezó con sus propios juegos, tan desnudas como todo el mundo en aquella playa.

Carolina se incorporó, se giró y se lanzó a la polla de Iván, lamiendo los restos de los dos y las salpicaduras que tenía sobre el pubis. Eso ya no había manera de esconderlo. Si alguien miraba en aquel momento, lo iba a ver. En aquella parte de la playa, sin embargo, lo más que podían sentir era envidia.

Su giro me dejaba las nalgas justo a la altura de la mano. Las amasé y deslicé un dedo por la raja hasta encontrar el ano. Me incliné sobre ella, lamí el pubis, el coño, la mezcla espesa que se había quedado por allí. Carolina separó las piernas para facilitarme el paso y yo me acomodé entre sus muslos. Iván se agachó sobre mi cabeza y, cada vez que yo despegaba la lengua de su vulva, volvíamos a besarnos.

Sin soltar el rabo de su boca, Iván buscaba el mío con la suya, tirando de mi cuerpo para acercárselo. Acabamos los tres formando una especie de triángulo. Cada boca ocupada en uno de los otros dos cuerpos.

Mi piel recibió la lengua de Iván en una rueda continua de lametones. Seguimos comiéndonos los unos a los otros hasta que nuestras pollas volvieron a ponerse duras sin que nos importara ya quién podía vernos. Yo conseguí arrancarle a Carolina al menos otro orgasmo antes de soltarle el coño.

***

Hablamos de bajar al mar a refrescarnos, pero ninguno de los tres tenía verdadera intención de cortar nada. Bajamos por la arena con las pollas todavía duras y una calentura de campeonato. Carolina tenía una idea muy clara. Mientras caminábamos, lo soltó sin rodeos:

—Os quiero a los dos a la vez. Diego por delante, Iván por detrás.

Era la primera vez, según nos confesó, que disponía de dos pollas a su entera disposición y no pensaba desperdiciarlo. Por mi parte, yo estaba dispuesto a follármela contra cualquier cosa o por cualquier agujero. En cuanto llegamos a una zona donde el agua cubría lo suficiente para disimular, ella se subió a mis brazos.

Me rodeó la cintura con los muslos y dejó que mi polla buscara el camino casi sola. Con un poco de ayuda. La mano de Iván agarró mi glande y lo guio entre los labios hinchados. Él se nos abrazó por detrás y enseguida encontró el camino al ano. Le costó un poco más, pero ella aguantó la respiración y empujó hacia atrás hasta que entró del todo.

No tardamos en sincronizarnos. Ella subía y bajaba entre nuestros cuerpos, clavándose alternativamente uno y otro. Alguien pasó nadando a nuestro lado, pero se alejó enseguida sin detenerse.

Sentía las tetas apretadas contra mi pecho y las manos de Iván en mi espalda, sujetándome y acariciando al mismo tiempo. En la polla notaba el calor de su coño cerrándose con cada empuje. Carolina me habló bajito, al oído:

—Córrete dentro.

Iván lo hizo antes, dejándose ir con un suspiro largo contra mi nuca. Yo no tardé mucho más en llenarle la vulva. Ella ya se había corrido varias veces, escalonadamente, entre los dos. Esta vez sí dejamos que el agua se llevara las pruebas.

***

Volvimos a las toallas con la respiración todavía irregular. Nos tumbamos un rato más al sol, repartiendo caricias suaves con la excusa del bronceador, o sin ella. Nos seguíamos deseando. Yo me había quedado con ganas de más, sobre todo de él. Carolina, según nos dijo, con ganas de vernos a los dos juntos en serio, sin compartir.

—¿Os vais? —preguntó cuando empezaba a caer la tarde.

—¿Tienes algo en mente?

Carolina sonrió, rebuscó en su bolsa y sacó la tarjeta-llave del hotel. La levantó entre dos dedos sin decir una palabra más.

No hizo falta nada más. Recogimos las toallas, sacudimos la arena y salimos del paseo marítimo con la pequeña orgía pendiente de continuar a puerta cerrada.

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