Mi marido empacó mi maleta para un viaje sin él
Me llamo Carolina y acabo de cumplir treinta y ocho años. Soy bajita, delgada, de piel muy blanca con unas pecas que siempre me gustaron, ojos color miel y el pelo, que antes tenía castaño claro, ahora teñido de rubio. Tengo una cola redonda que sé que es mi mejor atributo, y unos pechos que, sin ser grandes, todavía se sostienen solos. Le pedí a mi amiga Renata que escribiera esto por mí, porque lo que me pasó hace unas semanas me dio vueltas la cabeza de una manera que todavía no termino de entender.
Llevo casi veinte años casada con Marcelo, un hombre que me lleva una década y que es bueno conmigo. Celoso, eso sí, bastante, pero también me consiente tanto que una cosa compensa la otra. En la cama nos llevamos bien, aunque después de tantos años la rutina hace su trabajo. No es que él sea malo amante, todo lo contrario: cuando tenemos tiempo y ganas, lo disfrutamos muchísimo. Me casé con él siendo casi una niña y nunca estuve con nadie más.
Hay cosas que con el tiempo se volvieron parte de nuestro juego. A veces usamos juguetes, y eso nos divierte cuando la cotidianidad amenaza con apagarlo todo. Lo que de verdad me sorprende, al mirar atrás, es lo poco que yo me conocía a mí misma.
Marcelo me había propuesto un par de veces, casi siempre cuando yo estaba muy excitada, la idea de meter a un tercero, o de hacer un intercambio con otra pareja. La verdad es que cada vez que lo insinuaba lograba encenderme, pero también me asustaba. No quería que pensara mal de mí, conociendo lo celoso que es, ni quería imaginarlo con otra. Entonces siempre le decía que no, mientras por dentro algo se removía.
Él insistía a su manera. A veces, mientras me penetraba, me ponía un vibrador pequeño en la boca y me susurraba que imaginara que era de algún amigo suyo. Yo me hacía la que lo rechazaba, apartaba la cara, pero seguía chupándolo sin admitir cuánto me gustaba. Otras veces me deslizaba un plug pequeño y me pedía que pensara que era de otro hombre. Los orgasmos que me venían así eran demoledores, de esos que lo mojan todo.
Una noche me vendó los ojos, encendió velas, puso música y me masajeó con aceites hasta intentar algo que nunca habíamos logrado del todo. Me dolió y le pedí que parara, así que para no enfriar el momento me puso un plug. Cuando me quité la venda y me miré al espejo, descubrí que el plug terminaba en una cola de zorra. No sé explicar lo que sentí: me excité de una forma salvaje, me monté sobre él hasta temblar y grité tan fuerte que los vecinos deben haber pensado cualquier cosa. Esa madrugada, por primera vez, le pedí que me tomara fotos y que me las pasara para guardarlas. Me veía descarada, y me sentía sexy.
***
Pero esa no es la historia que le pedí a Renata que contara.
Como dije, hace poco cumplí treinta y ocho, con la crisis de los cuarenta respirándome en la nuca, y debo confesar que me golpeó más de lo que esperaba. La autoestima se me vino abajo, por más que Marcelo no dejara de repetirme que estaba linda y que los hombres se daban vuelta a mirarme por la calle. Por eso mi hermana Beatriz, que tiene cuarenta y nueve, decidió que yo necesitaba un plan distinto para levantarme el ánimo, y me regaló un viaje con ella a la costa, cinco días con un tour en barco por las islas del Coral.
Beatriz es de piel clara, ojos cafés y cabello castaño. Mide un poco más que yo, con algo más de caderas, una figura bonita para su edad, de esas que una sabe que de joven fueron preciosas y que la vida sedentaria de oficina fue redondeando. Está separada hace quince años y desde entonces no le conozco a nadie estable, apenas algún encuentro a escondidas con un compañero de trabajo. Entendí que, al no tener con quién más ir, había decidido invitarme a mí con la excusa de mi cumpleaños.
Al principio me encantó la idea. Después caí en la cuenta de un detalle: Marcelo no estaba invitado. Iríamos solo nosotras dos. Mi primer impulso fue proponerle a mi esposo comprar otro pasaje y sumarlo al plan, pero mientras Beatriz me explicaba que ya tenía reservado el hotel, el tour y los tiquetes, entendí que eran sus vacaciones y que quería compartirlas conmigo. Y ahí apareció el verdadero problema: contárselo a Marcelo.
A él este tipo de planes no le gustan nada. Una vez mencioné irme un fin de semana con mis amigas y, aunque no me lo prohibió, me dejó tan claro que prefería que no lo hiciera que terminé desistiendo. Con lo celoso que es, no me imaginaba que aceptara verme partir cinco días con mi hermana.
Pero no podía borrarle la ilusión a Beatriz, así que la abracé, le agradecí, y ella me soltó la otra sorpresa: saldríamos esa misma semana, el miércoles temprano. Bajé al estacionamiento, donde Marcelo me esperaba en el auto para ir a hacer unas compras. Ojalá hubiera subido él; así se habría enterado por mi hermana y no por mí. Pero fui yo quien le pidió que esperara abajo, y ahora me arrepentía.
Me subí al auto con las manos sudando. Hicimos las vueltas más rápido de lo normal, porque yo no puse reparos en nada de lo que él eligió: tenía la cabeza en otra parte. Cuando me llevó a almorzar, fue tan evidente mi estado que me dijo:
—Bueno, desembucha. Desde que saliste de lo de tu hermana estás atragantada con algo.
Me puse muy nerviosa. Lo peor que podía pasar era que dijera que no, y él no era de los que arman escándalo; lo más probable era que se quedara serio y que yo después tuviera que compensarlo. Tomé aire y le conté que Beatriz me había regalado un viaje a la costa, cinco días con todo pago. Lo vi esbozar una sonrisa y enseguida ponerse serio.
—¿Si estás tan nerviosa es porque el viaje no es para los dos, sino solo para ti, verdad? —preguntó.
Me puse colorada y se lo confesé todo: el tour a las islas, que yo también había pensado al principio que el regalo nos incluía, que podíamos comprarle un pasaje para que nos acompañara, pero que cuando entendí que ya estaba todo reservado para nosotras dos no fui capaz de pedírselo. Y me quedé callada, esperando su enojo.
Para mi sorpresa, Marcelo no dijo nada. Esperó a que trajeran la comida y comió en silencio, mientras yo me moría sin saber si estaba molesto o furioso. Apenas probé mi plato. Cuando terminamos, pagó y me dijo:
—Camina. Tenemos que comprarte ropa y trajes de baño, porque te tienes que ver divina. Que piensen que sos la hija de tu hermana, y que las miradas sean todas para vos.
Se me iluminó la cara. Me llevó a una tienda donde solíamos comprar y eligió cinco bikinis, uno para cada día: celeste, rojo, uno gris satinado, uno salmón y uno dorado que era el más hermoso, con la tanga en hilo. Casi todos diminutos, de esos que yo nunca uso porque siempre elijo enterizos. También me compró shorts, blusitas que se amarran al frente y apenas cubren el busto, sandalias, salidas de playa, una transparente, una azul y una plateada. Y al salir vio un par de vestidos satinados, cortísimos, plateado y café, y los sumó por si salíamos de noche.
—Pero si solo vamos a tomar algo —protesté—. No pienso bailar con nadie que no seas vos.
Me miró pícaro.
—Ya veremos. Con esta ropa no te van a dejar de mirar, y quiero que te diviertas como si yo no existiera en tu vida.
Me asombró el comentario. Reí nerviosa y le pegué en el hombro.
***
En casa me probé todo frente al espejo de nuestro cuarto. Eran prendas tan justas que me dio vergüenza verme. Me sentía una exhibicionista. En eso entró Marcelo y se me quedó mirando.
—Amor, yo no puedo usar esto —le dije—. Están chiquísimos, se me ve todo, siento que los pechos se me van a salir. Devolvámoslos, mejor.
Él me tomó de la mano, me hizo girar sobre mí misma y me miró con un morbo impresionante. Me dio una palmada fuerte en la cola mientras me giraba.
—Te ves riquísima, y me gusta. Lo único que te voy a pedir es que me llames todos los días y me mandes fotos de lo que te pongas. Contame todo lo que pase, cómo te miran, los hombres y las mujeres, si te tiran un piropo o una insinuación. Quiero saber qué piensan otros de mi mujer.
No podía creer lo que oía. En cualquier otro momento, esta ropa lo habría puesto de mal humor y me habría hecho devolverla. Ahora era él quien la elegía y, encima, me daba permiso para escuchar lo que me dijeran con ella puesta.
Esa noche me dormí ansiosa. Su comportamiento me resultaba incomprensible, y de a poco empecé a sospechar que quería que yo me fuera para hacer algo en mi ausencia, algo que, divirtiéndome yo, no podría reprocharle. Esa idea no me dejó descansar.
El lunes pasó entre el trabajo y el apuro de dejar todo cuadrado para poder ausentarme, pero el pensamiento seguía martillándome. Después de darle mil vueltas, decidí que esa noche le haría el amor como una loca, para dejarlo complacido y agotado, sin energía para buscar a nadie esos días.
Llegué al departamento antes que él. Me vestí con el bikini dorado, el que más me gustaba, y encima la salida transparente. Me sentí tan sensual que me tomé fotos frente al espejo. Tuve tiempo incluso de desnudarme y guardar algunas para enviarle durante el viaje. Y entonces, por una razón que todavía no entiendo, me dio el impulso de buscar en el cajón el plug con la cola de zorra. Lo lubriqué bien, me lo puse, y me fotografié con él. Junto a los vibradores encontré las orejas a juego. Me sentí descarada, pequeñita, con esa cola colgando, y me mojé todavía más.
Dejé la luz tenue y lo esperé sentada en una silla, de cara a la puerta, con las piernas abiertas, como una de esas chicas de los clubes. Cuando Marcelo entró y me vio, se le notó el morbo en la cara. Se quitó toda la ropa de golpe, se acercó y me besó de una forma tan vulgar que al principio me asustó, como un animal en celo. Lo sentí más duro de lo normal, más hinchado. Me levantó de la silla, me giró para verme entera y, por primera vez en veinte años, me dijo:
—Me encanta cómo te ves de puta, así vestida.
Lo miré con vergüenza y deseo a la vez.
—No soy una puta —le contesté en voz baja—. Soy tu zorrita.
Como un salvaje me arrancó la salida y me llevó casi cargada hasta la cama. Me recostó y empezó a lamerme sin quitarme la tanga, hasta hacerme gemir casi al instante. Pasaba la lengua por todas partes, succionaba, llegaba hasta la base del plug y lo rodeaba con la boca, y un rato después me vine como no me venía hacía muchísimo. Le quedó la cara empapada por mi culpa, y aun así no se apartaba.
Mientras yo trataba de recuperarme, se incorporó y, sin avisar, me penetró de una sola vez. Grité, porque no lo esperaba con esa fuerza. Nunca me había tratado así, nunca lo había visto tan fuera de sí. Me embestía una y otra vez, y yo solo atinaba a abrazarlo con las piernas para amortiguarlo. No me lastimaba; era otra cosa. Me trataba como si yo no fuera su esposa, y esa sensación de sentirme usada, en lugar de molestarme, me estaba volviendo loca.
No sé cuánto duró. De pronto empezó a respirar como un toro, me lo sacó y me lo llevó a la boca con una rudeza que me hizo abrirla por puro instinto. Se vino de tal manera que no me cupo, y tuve que apartarlo un poco. Me quedó la cara cubierta, incrédula. Entre espasmos me lo metió otra vez, y tragué las últimas gotas, completamente sumisa.
Después se agachó a lamerme de nuevo, aflojando el plug, y por un instante pensé que iba a terminar lo que tantas veces habíamos dejado a medias, con lo desbocado que estaba. Pero no lo hizo. Solo me lamió, me arrancó un par de gemidos más y se fue al baño como si nada hubiera pasado. Lo escuché orinar con la puerta abierta, algo que tampoco había hecho jamás. Me quedé en silencio, esperando que me explicara.
Volvió con una toalla húmeda y me limpió la cara con una delicadeza que contrastaba con todo lo anterior. Mientras lo hacía, me preguntó si ya tenía lista la maleta. En una especie de trance le respondí que solo me faltaba guardar el bikini dorado, el que había estrenado con él. Me lo quitó con cuidado, lo lavó en el lavamanos con jabón, lo metió en una bolsa y, antes de llevarlo a la maleta, sacó de la mesita un vibrador, de esos que succionan y vibran a la vez.
—Quiero que una de estas noches me hagas una videollamada usándolo para mí —dijo.
Y cerró la maleta.