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Relatos Ardientes

Le fui infiel a mi novio en la piscina del campo

Hay días que parten una vida en dos. El mío fue un sábado de julio, con cuarenta grados aplastando el campo de mi abuelo y el agua de la piscina temblando como si también tuviera sed. Lo cuento ahora, años después, y todavía me tiembla el pulso al escribirlo. Nunca se lo confesé a nadie. Esta es la primera vez.

El terreno había sido siempre mi refugio. De niña corría entre los olivos con mis primos, me bañaba en esa misma piscina cuando el cemento del borde quemaba las plantas de los pies, y dormía la siesta bajo la parra mientras los grillos llenaban el silencio. Era un lugar de paz, de inocencia. No tenía ni idea de que un día se convertiría en otra cosa para mí.

Aquel verano había bajado sola. Mis padres seguían en la ciudad, mi novio Rubén estaba de exámenes y a mí me sobraban las ganas de no hacer nada. Llevábamos tres años juntos, desde el instituto. Lo quería, de verdad que lo quería, pero el sexo entre nosotros se había vuelto una costumbre tibia, tres minutos los viernes después de cenar, una polla mediana que entraba y salía sin imaginación, un par de gemidos educados y a dormir. Hacía meses que no me corría con él. Me hacía yo el trabajo después, en el baño, con la mano.

Adama llegó esa misma mañana. Era amigo de un tío lejano que le había alquilado la casa de al lado durante el mes, un hombre que venía a descansar de no sé qué trabajo y a tomar el sol que en su tierra le sobraba y que sin embargo buscaba como si fuera oro. Lo vi por encima de la valla baja que separaba las dos fincas: alto, muy alto, de hombros anchos y piel oscura como el café sin leche. Me saludó con la mano y una sonrisa que tardé en olvidar.

—¿Tú eres la nieta? —preguntó con un acento que arrastraba las erres.

—Esa misma —respondí, y noté que la voz me salía más aguda de lo normal.

Tenía cuarenta y tantos, eso se notaba en las pocas canas y en la calma con la que se movía. Yo acababa de cumplir veinte. La diferencia me pareció enorme y, al mismo tiempo, daba igual.

***

Esa tarde el calor era insoportable. Saqué una hamaca al borde de la piscina, me puse un bikini blanco que me había comprado para presumir delante de Rubén y que él apenas había mirado, y me tumbé a leer sin leer nada. A los diez minutos oí el ruido de la cancela.

—¿Molesto si me baño? Mi piscina es una bañera de plástico —dijo Adama, señalando con la barbilla hacia la casa vecina.

Me reí. Le dije que no, que el agua era de todos cuando hacía ese calor. Traía una nevera pequeña con hielo y botellas, y antes de meterse me ofreció un cubata. Acepté sin pensarlo. El primero entró fresco y dulce, sabor a ron con miel. El segundo entró todavía más rápido.

Hablamos de tonterías durante un rato. De su tierra, de los olivos, de lo raro que era el silencio del campo para alguien acostumbrado al bullicio de una ciudad enorme. Cada vez que se reía, la garganta le vibraba con un sonido grave que yo sentía en el coño, húmedo ya debajo del bikini sin que él hubiera hecho nada. Llevaba solo un bañador negro y ajustado, y la mitad del cuerpo metida en el agua no escondía gran cosa: por debajo de la tela se marcaba un bulto largo, grueso, que se movía cada vez que él cambiaba de postura. No podía dejar de mirarlo. Cada vez que apartaba los ojos, volvía enseguida, como si tirara de mí.

—Nunca he estado con un hombre como tú —solté de pronto, y enseguida me ardió la cara—. Quiero decir... bueno, ya me entiendes.

Él no se rió. Me miró fijo, con una tranquilidad que era casi insultante.

—¿Y qué dicen de los hombres como yo? —preguntó.

—Cosas —dije, y me bebí de un trago lo que quedaba en el vaso.

—¿Quieres comprobarlo?

Di que no. Tienes a Rubén. Di que no.

No dije nada. Y el silencio, esa tarde, valía más que cualquier sí.

***

Bajé los tres escalones de la piscina y me acerqué a él por el agua, que me llegaba a la cintura. El cuerpo me pedía cosas que la cabeza todavía intentaba frenar. Cuando estuve a un palmo, me puso una mano enorme en la cadera y me atrajo sin prisa, como si tuviéramos toda la noche. Su otra mano me agarró de la nuca, firme, y me obligó a mirarlo desde abajo.

El primer beso supo a whisky y a calor. Su lengua era lenta, paciente, segura, se metió entera en mi boca y jugó con la mía hasta que se me escapó un ruido tonto de la garganta. Yo me agarré a sus hombros porque las piernas dejaron de responderme. Bajo el agua sentí su polla, dura ya, apretada contra mi vientre a través del bañador. Era una barbaridad. La mano que me sujetaba la cadera bajó, me metió los dedos por dentro del tanga y me tocó el coño despacio, abriéndome con dos dedos y luego colando el corazón dentro. Se me escapó un gemido contra su boca.

—Empapada —dijo, sonriendo contra mis labios—. Ya estás empapada y ni te he tocado bien.

—Cállate —jadeé.

Sentí cómo su otra mano subía por mi espalda, encontraba el nudo del bikini y, con dos dedos, lo deshacía. La parte de arriba flotó a la deriva entre los dos. Me agachó un poco hacia atrás y me chupó un pecho entero, luego el otro, se los metió en la boca uno tras otro con los pezones tiesos entre los dientes. Yo movía las caderas contra su mano sin pensarlo, follándole los dedos sin ninguna vergüenza.

—Eres preciosa —dijo contra mi cuello—. Pero estás temblando.

—No es por el agua —admití.

Me besó el cuello, el hombro, bajó hasta los pechos y se entretuvo allí hasta que se me escapó el primer gemido de verdad, de esos que salen sin permiso. Después me cogió en brazos como si no pesara nada, me sentó en el borde de la piscina con las piernas colgando y se quedó de pie en el agua, justo a mi altura. Me bajó el tanga por las rodillas y dejó que también se perdiera flotando. Me abrió las piernas con las dos manos, sin ceremonia, y se quedó un segundo mirándome el coño abierto, brillante, mientras yo me moría de vergüenza y de ganas a partes iguales.

—Qué coñito más bonito —murmuró—. Y qué mojado.

Y bajó la cabeza.

Lo que hizo después con la boca me dejó sin aire. No tenía nada que ver con las prisas torpes de Rubén, que me lamía dos veces por compromiso y ya se subía a follarme. Adama plantó la lengua entera contra mi coño y me lo lamió de abajo arriba, largo, sin prisa, terminando con un chupetón en el clítoris que me hizo dar un respingo. Repitió el gesto una, dos, tres veces, cada vez más lento, hasta que yo empujaba las caderas contra su boca buscándole. Entonces me metió la lengua dentro, follándome con ella como si fuera una polla pequeña, mientras el pulgar me daba vueltas al clítoris. Cuando yo empezaba a temblar, paraba en seco. Se apartaba, me miraba desde abajo con la boca brillante, y esperaba a que le suplicara.

—No pares, por favor, no pares —le rogué, y no reconocí mi propia voz.

—Pídelo mejor.

—Cómeme el coño, por favor, chúpamelo, no pares.

Volvió. Me metió dos dedos gruesos dentro, los curvó buscando ese punto que Rubén no había encontrado en tres años, y a la vez se comió el clítoris a lametones seguidos. Eché la cabeza hacia atrás y vi el cielo blanco de tanto sol. Se me contrajo todo el cuerpo, se me cerraron los muslos alrededor de su cabeza sin querer, y me corrí a gritos, sentada en el cemento caliente, con sus manos sujetándome las caderas para que no me escapara. Sentí cómo mi coño le apretaba los dedos por dentro con espasmos que no terminaban. Él no paró hasta que yo se lo pedí, medio riendo medio llorando, porque no lo aguantaba más.

***

Cuando recuperé el aliento, lo miré. Él se había incorporado y, de un tirón, se bajó el bañador negro por los muslos. La polla le saltó fuera, dura y pesada, apuntando hacia arriba. Tragué saliva. Era grande, más de lo que yo había visto nunca, gruesa desde la base, oscura, con la punta hinchada y brillando. Larga, muy larga. Me asustó tanto como me encendió. Sin pensarlo, me tiré al agua otra vez, me arrodillé en el escalón de abajo y se la agarré con las dos manos. Aun así me sobraba polla.

Me la metí en la boca. O lo intenté. Le lamí primero la punta, redonda y salada, y le pasé la lengua por debajo, desde los cojones hasta arriba. Él soltó un gruñido grave y me puso una mano en la nuca, sin apretar, guiándome. Abrí la boca todo lo que pude y le fui tragando lo que me cabía, mientras la mano de abajo le trabajaba lo que la boca no alcanzaba. Le mamé la polla con hambre, escupiendo saliva encima para que resbalara, escuchando los ruidos guarros que hacía yo misma y sin poderme creer que fuera yo la que estaba haciendo aquello. Cuando le noté las venas de la polla hincharse contra mi lengua, se apartó él, tirándome del pelo hacia atrás con suavidad.

—Todavía no —dijo, con la voz ronca—. Todavía no me corro. Quiero follarte primero.

—Despacio —pedí, mirándole la polla brillante de mi saliva.

—Despacio —repitió él, y por una vez sonó como una promesa que pensaba cumplir.

Salimos del agua chorreando. Extendió una toalla enorme sobre el césped, a la sombra de la parra bajo la que yo dormía la siesta de niña, y me tumbó boca arriba. Se colocó entre mis piernas, me las abrió con las rodillas y se agarró la polla con la mano. Me pasó la punta por el coño arriba y abajo, embadurnándose de lo mojada que estaba, y me la restregó contra el clítoris hasta que yo empujaba las caderas buscándola.

—Métemela ya —le pedí—. Por favor.

La empujó despacio. Muy despacio. Sentí cómo el coño se me estiraba alrededor de esa polla, centímetro a centímetro, dándome tiempo a acostumbrarme a cada uno. Me dolió un instante, no de daño sino de estar tan llena, y luego dejó de doler. Luego solo hubo placer, un placer denso que me subía desde el vientre hasta la garganta, un placer nuevo que no sabía que existía. Cuando por fin la tuvo entera dentro de mí, se quedó quieto un segundo, respirándome en el cuello, y noté que la polla le latía dentro.

—Mírame —ordenó.

Lo miré. Y embistió.

La primera embestida me sacó un grito. La segunda también. Empezó lento, casi cruel de tan medido, sacándomela casi entera y volviéndomela a meter hasta el fondo, hasta chocarme contra algo dentro que Rubén no había tocado nunca. Fue subiendo el ritmo a medida que mi cuerpo le pedía más. La toalla se arrugaba bajo mi espalda, el sudor nos pegaba la piel, los grillos seguían cantando como si no pasara nada. Yo le clavaba las uñas en la espalda, le mordía el hombro, repetía su nombre sin darme cuenta. Cada empujón me sacaba un gemido que rebotaba en los olivos. El ruido de las pelotas dándome contra el culo se mezclaba con el chapoteo obsceno de mi coño empapado tragándose esa polla enorme una y otra vez.

—Dime cómo la tengo —jadeó contra mi oreja.

—Enorme —conseguí decir—. Enorme, joder, no pares.

—¿Te folla así tu novio?

—No... no, así no...

—Dilo.

—Nadie me ha follado así nunca —solté, y me odié y me encantó decirlo a la vez.

Esto es lo que me faltaba. Esto.

Me dio la vuelta. Quedé a cuatro patas sobre el césped, agarrada a la toalla, con el culo en alto, y él me sujetó por las caderas con esas manos que me parecían capaces de partirme en dos. Me abrió las nalgas con los pulgares, se escupió en la polla y volvió a entrar de una embestida seca que me arrancó un gemido animal. Desde ese ángulo todo era más profundo, más bruto, más mío. La parra se movía sobre nuestras cabezas. Me la clavaba hasta el fondo, tirándome del pelo con una mano y agarrándome de la cadera con la otra, y yo le empujaba el culo hacia atrás para que me llegara aún más adentro. Me estaba follando como nunca me habían follado, como una perra, y yo estaba pidiendo más.

Me metió el pulgar mojado por el ojete a la vez que seguía embistiéndome el coño, y ahí perdí la cabeza. Me corrí otra vez, con la cara aplastada contra la toalla y las tetas rebotándome debajo. El coño se me cerró entero alrededor de su polla en oleadas y él soltó un gruñido largo.

—Me voy a correr —avisó.

—Dentro no —alcancé a decir.

Salió a tiempo, justo. Se agarró la polla y le dio un par de tirones cortos encima de mi espalda. Sentí los chorros calientes cayéndome en la parte baja de la espalda, en el culo, en la raja: uno, dos, tres, cuatro. Un montón. Se corrió como si llevara meses guardándolo. Me dejé caer de bruces sobre la toalla, deshecha, riéndome y temblando a partes iguales, con su semen resbalándome hacia el arranque de las nalgas.

Él se agachó, me pasó dos dedos por la espalda recogiendo un poco de su corrida, y me los acercó a la boca. Yo abrí sin pensarlo. Le chupé los dedos limpios y él sonrió, con la polla todavía dura y goteando entre las piernas.

***

Tendría que haber parado ahí. Tendría que haberme levantado, haberme vestido, haber vuelto a casa y haber llamado a Rubén para escuchar su voz cansada de exámenes. Pero no hice nada de eso.

El móvil empezó a sonar a media tarde. Era Rubén. Lo dejé vibrar sobre la hamaca, boca abajo, mientras Adama me servía otra copa y me contaba historias de su ciudad que yo escuchaba a medias, hipnotizada por la forma en que se le movían los labios y por el bulto que ya volvía a marcársele bajo el bañador seco. Cada tono que sonaba era una punzada de culpa que el alcohol y las ganas de más se encargaban de tapar enseguida.

—Tu novio —dijo él, sin preguntar, señalando el teléfono.

—Sí.

—¿Vas a contestar?

—No —dije, y me sorprendió lo fácil que salió.

Cayó la noche y con ella un poco de fresco, lo justo para que el campo respirara. Seguimos junto a la piscina, ahora a oscuras, con la única luz de la luna sobre el agua quieta. Volvimos a hacerlo allí, en el bordillo. Me sentó a horcajadas encima de él, con las piernas abiertas sobre sus muslos y la espalda contra su pecho, y se la fui metiendo yo misma, bajando despacio hasta que le tuve la polla entera dentro otra vez. Me follé yo, subiendo y bajando, apretando el coño alrededor de esa verga cada vez que la sacaba casi entera, mientras él me pellizcaba los pezones por detrás y me murmuraba guarradas al oído en su acento arrastrado. Éramos conscientes de que en alguna casa lejana los vecinos podían oír algo y no saber de dónde venía. Esa idea, lejos de frenarme, me ponía más. Me corrí encima de él en silencio, mordiéndome el labio para no gritar, y sentí cómo él se corría a los pocos segundos, esta vez sí, dentro de mí, un chorro caliente que me llenó entera. Ni siquiera se lo impedí. Me daba igual.

Me llevó en brazos hasta su casa. La alfombra del salón nos recibió mejor que cualquier cama. Me tumbó boca arriba, se arrodilló entre mis piernas y volvió a comerme el coño, ahora con su propia corrida chorreándome por dentro. Yo me tapé la cara con las manos, muerta de vergüenza y de gusto, mientras él me lamía y me tragaba lo que le salía a mí. Después pidió una pizza por teléfono, con la polla dura todavía en la mano, y cuando llegó, me dio de comer trozo a trozo mientras yo estaba sentada sobre él, de espaldas, mirando las estrellas por la ventana abierta y con su polla otra vez metida hasta el fondo dentro de mí. Nos movíamos despacio, sin urgencia, como si quisiéramos estirar la noche todo lo posible. Me hizo correrme dos veces más así, sentada sobre él, comiéndome una porción de pizza mientras el coño me chorreaba encima de su regazo.

El móvil siguió sonando en la oscuridad de la finca de al lado. Yo ya ni lo escuchaba.

De madrugada me lo hizo en su cama, otra vez, esta vez de lado, con una pierna mía sobre su hombro y la otra doblada bajo su cuerpo, follándome despacio, con la polla saliendo brillante de mi coño con cada embestida. Perdí la cuenta de cuántas veces me corrí. Perdí la cuenta de cuántas se corrió él. Le mamé la polla una vez más antes de que amaneciera, arrodillada a los pies de la cama, y me tragué todo lo que me dio sin pensarlo. Sabía a él, a piscina, a mi propio coño, y me pareció el mejor sabor del mundo.

***

Amaneció y yo seguía allí, enredada en sus brazos, oliendo a cloro, a ron, a semen y a hombre. Por la ventana entraba la primera luz, gris y limpia, y por un momento me asusté de mí misma. De lo poco que me costó. De las ganas que tenía de repetir.

—Tengo que irme —dije.

—Lo sé.

No me pidió que me quedara, ni el teléfono, ni nada. Solo me besó la frente, despacio, como se besa algo que se sabe prestado. Recogí mi bikini medio seco del respaldo de una silla, me lo puse sobre el coño todavía dolorido y lleno de él, y crucé descalza la valla baja de vuelta a la casa de mi abuelo con las primeras chicharras ya calentando motores.

Llamé a Rubén desde el porche. Le mentí. Le dije que me había quedado sin batería, que había bebido un poco de más, que lo echaba de menos. Él me creyó, porque nunca tuvo motivos para no creerme. Y mientras hablaba con él, sentía el semen de otro hombre resbalándome muslo abajo dentro del bikini blanco, miraba la piscina quieta y la toalla que seguía arrugada bajo la parra, y sabía que esa chica que había bajado sola al campo unos días antes ya no existía.

Adama se fue una semana después. No volví a verlo. No intercambiamos números, ni promesas, ni esa clase de mentiras que se dicen para no sentirse sucio. Fue exactamente lo que tenía que ser: un paréntesis, una grieta, una verdad sobre mí misma que prefería no haber conocido y que ya no podía ignorar.

Con Rubén lo dejé al final de aquel verano. No por culpa, o no solo por culpa. Lo dejé porque ya sabía que había una parte de mí que él nunca había tocado, que su polla nunca había alcanzado, y que ahora yo no estaba dispuesta a guardar bajo llave.

De aquello han pasado muchos años. Tengo otra vida, otra piel encima. Pero cada vez que vuelvo al campo de mi abuelo y veo esa piscina temblando bajo el sol, vuelvo a tener veinte años, un bikini blanco a la deriva en el agua, una polla enorme abriéndome en canal bajo la parra y un calor en el cuerpo que no sé si fue el principio de algo o el final de la chica que era. Esta es mi confesión. Hagan con ella lo que quieran.

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Comentarios(7)

RocioLectora

Que bien contado!! se me hizo cortisimo, quiero saber todo lo que paso despues

SilvinaW

Dios, que mezcla de culpa y emocion. Me hizo recordar una tarde de verano hace años que prefiero olvidar jeje. Buenisimo

Ramiro_BA

Las confesiones reales tienen algo que las hace especiales. Muy buen relato

DiegoQ73

Y el novio se entero?? jajaja me quedé con esa pregunta. Muy bueno

PatriciaRos

Se nota que es vivido, eso se siente en cada parrafo. Seguí compartiendo por favor!

VeronicaBsAs

excelente!!!

Gaston_lee

El calor del verano tiene la culpa de todo... increible relato

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