La tarde que la hija del capataz subió al camión
Dembo Sané pisó el acelerador y sintió los caballos del motor tirar bajo sus pies. No llevaba gorra de chófer, solo un pañuelo rojo del que asomaba una coleta por detrás, un contraste que le gustaba contra su piel oscura. Las gafas de espejo le tapaban media cara. Hacía sonar la bocina por puro gusto, porque desde hacía dos años llevaba el gasoil metido en las venas.
No se arrepentía de que lo hubieran echado de temporero, años atrás, de una finca de la zona. Allí mismo, en aquel país, se había sacado el carnet de camión, aunque nunca le hubieran confiado ni un tractor. Todo por un malentendido con la hija del patrón. Ahora, pasados los treinta, tampoco se arrepentía de haberse metido a camionero. Hasta se había dejado la coleta, como los toreros.
Llevaba la música a todo volumen. Al adelantar por la izquierda alzaba siempre el mentón, orgulloso, buscando la mirada de los coches que lo veían pasar desde abajo. Al ver el control de la guardia bajó el volumen. Tenía todo en regla, así que continuó, y en cuanto los dejó atrás se puso a marcar un ritmo con la boca, golpeando el volante.
Le tocaba salir a una carretera estrecha de doble sentido. Aunque llevaba el GPS encendido en el ordenador de a bordo, habían quedado en que un hombre de la finca lo guiaría los últimos kilómetros. El punto de encuentro era un área de descanso. Aprovechó para comer algo mientras esperaba.
***
En la finca El Carrascal preparaban las cajas de fruta para el transporte. El capataz escupió en el suelo antes de hablar.
—Castaño, acompaña al camionero de Quirós hasta la nave. Un chico negro, lo encontrarás en el cruce de la general. Y vosotros, que no vea a nadie parado. Tanto cigarro y tanta charla. Andando.
Castaño era un cincuentón calvo y regordete, de los que se quejan por todo. De camino al cruce le dijo a un compañero que él sí conocía la fama de aquel camionero.
—Dicen que cuando andaba de temporero por aquí no dejó mujer sin probar —comentó—. Que por eso lo despidieron, por meterse con la hija del patrón. Le pusieron un mote y todo. Buena herramienta debe gastar el negro.
—Suelen tener fama —rio el otro—. Pero vete a saber qué hay de cierto.
Cuando Castaño bajó de la furgoneta y levantó la mano, vio a Dembo apoyado en la cabina: alto, fornido, de brazos largos, con la coleta y el pañuelo rojo, un aro dorado en la nariz y dos en las orejas. Sobre la camiseta blanca, empapada de sudor, le colgaban las gafas y un collar con símbolos africanos. Los vaqueros le marcaban demasiado. Menudo elemento, pensó Castaño, y se acordó de lo que había dicho su compañero.
—Me llamo Bruno, pero todos me dicen Castaño. Trabajo en El Carrascal.
—Dembo, chófer de Transportes Quirós —dijo, estrechándole la mano con una fuerza de tenaza. Lo tomó por uno de esos jornaleros bobos—. Tú me dirás por dónde tiro.
—Sin prisa. Necesito tabaco y tomar algo antes. Cobras por horas, ¿no? —Castaño sonrió, como quien se cree muy listo.
—Claro, jefe —respondió Dembo con una risa forzada, convencido ya de que no se había equivocado con él.
***
Tomaron algo en una cafetería del área. Castaño se pidió una ginebra; Dembo, un refresco.
—Veo que no tienes vicios —dijo Castaño al salir, encendiendo un cigarro—. Será por la religión.
—Me educaron así —contestó Dembo encogiéndose de hombros.
—Buen camión. Llevará cama y todo.
—Cabina dormitorio. Una buena máquina —dijo con orgullo.
—Y harás como los marineros, supongo. Un amor en cada puerto.
Esa vez Dembo sonrió de verdad. Castaño insistió, mirándole de reojo la entrepierna ajustada.
—Porque dicen que vosotros la tenéis… ya sabes.
—Será, será… —Dembo se enderezó, exhibiendo sin pudor lo que el otro miraba—. ¿Vamos o qué?
Nada más subir, bajo la mirada del camionero, Castaño tiró el cigarro tras un par de caladas ansiosas. Dembo giró el volante con una sola mano, hizo atronar el claxon y se caló las gafas con la otra.
—Menudo camión. En mis tiempos eran tartanas ruidosas —dijo Castaño, y enseguida sonó su móvil—. Su madre… Sí, sí, faltaría más. Nos viene de paso. —Colgó—. Hay que pasar a recoger una pieza por el camino. Solo será bajar y cogerla.
—Usted manda, jefe.
Castaño miró la mampara corredera de detrás de los asientos.
—Ahí detrás duermes, ¿no?
—Y descanso. A veces estoy semanas fuera. Después paro en las áreas de servicio para asearme.
—Siempre tuve curiosidad por ver cómo es.
Dembo movió la cabeza, dándole permiso. Castaño abrió un poco. Pegadas en la pared del fondo había fotos: el propio Dembo con cuatro niños y una mujer, uno de ellos un bebé; al lado, lo que parecían sus padres y una anciana de cara cuarteada, su abuela. La litera estaba sin hacer, con una mancha en la sábana, ropa esparcida, toallitas por el suelo y una caja grande de preservativos sobre el estante. Le llegó un olor cargado, a sudor y a sexo.
—No está mal —dijo Castaño, cerrando rápido—. Oye, hablas muy bien nuestro idioma.
—De niño viví unos años aquí con mis padres. Iba a la escuela. Después se volvieron a nuestra tierra. Allí tengo a mi mujer y a mis hijos.
—Los echarás de menos.
—Uno no se acostumbra nunca. Son mi vida.
***
Pararon en una nave aislada en pleno campo. Castaño bajó a por la pieza y volvió con cara de fastidio: no estaba lista, tardarían un rato. Dembo se apoyó en la cabina a esperar. Mientras tanto le entró un mensaje de un compañero de ruta, un cuarentón guasón al que llamaban Rueda Loca, preguntándole por la chica de la foto que le había mandado el día anterior. Dembo respondió con pocas palabras y guardó el móvil.
La tarde anterior, en un bar de carretera donde había parado a dormir, se había cruzado con una chica de poco más de veinte años, menuda y rubia, que iba ya pasada de copas. Se metió con él, que por qué no la invitaba. Le compró tabaco y unas copas, ella le enseñó sus primeros tatuajes y, en cuestión de minutos, aceptó subir a ver el camión. Dembo no perdona. La tuvo tumbada enseguida, se enfundó un condón y no le hizo falta esforzarse demasiado para que ella terminara. Después le abrió la puerta con la excusa del madrugón. La chica bajó tambaleándose con sus plataformas, despeinada, llamándolo de todo. Él se había apuntado otra y se quedó con la prenda como trofeo. Si te vi, no me acuerdo.
Cuando por fin recogieron la pieza, Castaño volvió a subir y Dembo no estaba en la cabina. Lo encontró de pie, delante del camión, meando de frente, sin el menor reparo, exhibiendo todo lo que tenía. Castaño se quedó mudo. El camionero quería impresionar a aquel pánfilo, y vaya si lo consiguió. Al terminar se sacudió un par de veces y subió como si tal cosa.
—No hay nada como vaciar la vejiga —dijo.
—Con semejante manguera… —murmuró Castaño, sin disimular el asombro—. No había visto cosa igual. ¿Cuánto te mide?
—A plena potencia, lo que haga falta —respondió Dembo, resuelto.
***
Llegaron a la nave de la finca. Dembo aparcó el camión para la carga. Había temporeros y personal fijo yendo y viniendo. Le acercaban las cajas de fruta y él las iba sujetando en el remolque con las correas de anclaje, repasando con la vista a cuanta mujer pasaba.
Quien llevaba el recuento era Vanesa, la hija de Castaño, una chica de veintiún años, tetona, de buen culo, piernas firmes, mechas rojas y ojos felinos. La habían mandado de la oficina a preguntar si cabían todas las manzanas. Subió al remolque con cara de pocos amigos, pero las miradas se cruzaron y algo cambió en el aire. Dembo le respondió sin dejar de mirarla, como si fuera una pieza de caza.
—Dice que caben unas cien cajas más —repitió ella al bajar.
Se cruzó con la encargada de la oficina, una mujer seca llamada Remedios.
—Menudo tiarrón el del camión —soltó Vanesa.
—Ya le has echado el ojo —rio la otra—. Pues aprovecha ahora que estás soltera.
Vanesa miró atrás. El camionero seguía con los ojos clavados en ella. Echó a andar moviendo las caderas a propósito, despacio, como el péndulo de un reloj, y volvió la cabeza dos veces más.
—Menuda pieza —comentó el carretillero.
—Está para parar un tren —dijo Dembo—. Y le gusta que la miren.
—No tiene novio. Y le pica, ya te digo.
***
Terminó la jornada. Algunas se habían duchado en la nave, Vanesa entre ellas. Castaño se ofreció a acompañar al camionero a las duchas antes de marcharse.
—Papá, yo bajo con Tere —dijo Vanesa, mirando de reojo a Dembo.
—De acuerdo. Nos vemos en casa.
Cuando Dembo salió de la ducha, la encontró sentada, fumando, con el pelo mojado, una camiseta de tirantes y una falda vaquera corta que dejaba ver los tatuajes de las piernas. Se hacía la coleta con calma, como quien no tiene prisa por irse.
—Me han dejado tirada —dijo—. Si pudieras acercarme…
—Sube.
Al subir a la cabina, ella se tomó su tiempo. Sus movimientos eran sorprendentemente vigorosos, y los ojos, de gata hambrienta. Dembo supo de inmediato que en su camión no se acababa de subir ninguna santa.
—Se ven pocos camioneros como tú —dijo Vanesa.
—Es que no has corrido mundo, nena —respondió él, poniendo música.
Sonaba un tema lento y pegajoso, de esos que llenan los silencios. Vanesa siguió el ritmo con la cabeza un momento antes de hablar.
—¿Conoces a mi viejo?
—Solo me ha guiado hasta aquí. Le iría bien un poco de deporte —dijo Dembo—. Está fondón.
—En casa solo bebe cerveza y mira el fútbol. ¿Te ha dado mucho la lata?
—Solo sentía curiosidad por la cabina. —Hizo un gesto hacia atrás—. Nunca había visto una.
Sin pedir permiso, ella miró por la rendija.
—Veo que la usas de picadero.
—Hago viajes largos. Es una necesidad.
—Con toda tu familia mirando —dijo, señalando las fotos.
—Veo que te molesta.
—Dicen que los negros la tenéis grande —soltó ella de pronto, y a Dembo le sorprendió la soltura con que hablaba.
—La misma curiosidad que tu viejo.
—No creo que él sea de esos. Es putero, eso sí. —Lo miró de arriba abajo—. Pero tú, por la camiseta que llevas, me da que vas por todos lados. Y por el tamaño que pone en esa caja, gastas buena herramienta.
Dembo entendió entonces que aquello estaba decidido desde el principio.
—¿Quieres verla antes de salir a la carretera?
—Listo el negro —contestó ella, retadora.
***
Con un golpe de volante, Dembo se salió del asfalto por un camino de tierra que se internaba entre los pinos. Atardecía, y el cielo, todavía azul, descansaba sobre las montañas lejanas. Paró el camión, se desabrochó los vaqueros y se los bajó hasta las rodillas.
—¿Te basta con esto?
Vanesa se quedó con los ojos abiertos como platos y la mano fue, sola, a empuñarlo.
—Menudo arma —murmuró, descubriendo y tapando el glande con la palma.
—Quítate la ropa. Me gusta verlo todo.
Ella se quitó la camiseta y él hizo lo mismo. Tenía los pechos firmes y altos, los pezones con piercing, un tatuaje de serpiente bajándole entre el escote, un corazón en una nalga. La puso a cuatro patas, le abrió las nalgas, le dio un par de palmadas que hicieron vibrar la carne. Ella se volvió y se besaron con ganas.
Fuera batían las alas de las palomas buscando los pinos, y se oía, muy a lo lejos, el motor de una cosechadora. Dentro, solo respiraciones y el ronroneo de la música. Corrió la mampara y encendió la luz de la litera. Vanesa se montó sobre su cara sin pensarlo, en un sesenta y nueve completo; estaba empapada, y él no dudó en lamerla mientras ella lo intentaba abarcar como podía.
—Tienes hambre —dijo él.
—Lo que tengo son ganas de follar.
Cogió un preservativo, lo desprecintó y se lo puso. Se acomodó encima, flexionó las rodillas con los pies firmes en la cama y se la clavó hasta el fondo. Dembo estaba acostumbrado a llevar la voz cantante, pero esta vez tenía debajo a una mujer que no necesitaba dirección. Empezó a subir y bajar con una fuerza terca, el pelo ondeando, los pechos saltando, la cara cada vez más roja, hasta que se rompió en un grito largo que llenó la cabina y se quedó quieta, encajada, temblando.
Dembo la apartó con cuidado, se quitó el condón y la tumbó. Le puso el miembro entre los pechos, escupió sobre la serpiente tatuada y ella misma se los juntó para apretarlo. No tardó en terminar entre los dos, jadeando, con la respiración rota.
Las sábanas quedaron empapadas y la cabina apestaba a sexo.
—Follas de cine —dijo él, ya con el camión de nuevo en el camino—. Muchas son más pasivas.
—Tu herramienta lo vale. Me gusta mandar yo.
—¿Habías estado con alguien así?
—Como tú, no. Chulos de gimnasio, algún guiri. El verano pasado trabajé de camarera en la costa y perdí la cuenta. Cada noche uno distinto.
—No me extraña que sepas tan bien lo que haces.
—Es ahí, ese desvío —indicó ella—. Déjame junto a la fuente. El camión no entra por esas calles. —Se recompuso la falda—. Y por la camiseta… sí, a veces también voy con chicas. Todo agujero que valga la pena es bueno. Gracias por el recuerdo, por cierto.
—De nada —dijo Dembo, encendiéndole el mechero a su propio cigarro—. Sé que os gustan los trofeos.
***
Vanesa entró en casa. Su madre planchaba; su padre, recién llegado, apestaba a bar.
—¿Con quién has venido al final? He visto a Tere y bajaba sola.
—Con el camionero negro, le venía de paso —respondió ella, ya de camino al baño—. Tere tenía prisa. Voy a ducharme, papá.
Castaño se extrañó: juraría que ya se había duchado en la finca. No le dio más vueltas. Cuando Vanesa terminó y dejó la ropa en el cesto de la colada, allí estaban la falda, la camiseta y las sandalias.
Faltaban las bragas.