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Relatos Ardientes

Las vecinas nuevas me descubrieron desnudo en la terraza

Hay costumbres que se forman sin que uno se dé cuenta, y otras que uno cultiva con la lentitud de un secreto. La mía empezó cuando volví por primera vez al pueblo de mis abuelos a pasar unas semanas yo solo. Tenía diecinueve años, recién independizado de la residencia de estudiantes, y aquel piso del segundo me parecía un milagro: silencio absoluto, persianas que nadie miraba, una nevera vacía y todo el día para mí.

El pueblo, Aldea del Roble, había sido bullicioso en algún momento que solo conocía por las fotos de mi madre. Para cuando yo empecé a frecuentarlo, ya era casi un esqueleto. Diez o doce ancianos en invierno, alguna familia de paso en verano. En mi bloque, cuatro plantas con dos puertas cada una, llevaban años sin vivir nadie más que yo, y solo de vez en cuando. El ascensor estaba apagado para ahorrar luz comunitaria. Las escaleras olían a piedra fría.

Esa primera tarde, después de subir las maletas y comprobar que la caldera todavía funcionaba, hice algo que no había planeado: me desnudé entero antes de cocinar. No fue una decisión erótica. Fue un acto pequeño, casi infantil, de probar el silencio. Nadie me iba a oír. Nadie me iba a ver. La cocina daba a un patio interior cerrado, y la luz que entraba por la ventana del salón solo iluminaba un par de tejados de pizarra. Cociné pasta desnudo. Comí desnudo. Fregué desnudo. Cuando me senté en el sofá a leer, mi cuerpo se había acostumbrado al aire de la casa como si fuera otra prenda.

Aquella costumbre se convirtió en mi pequeño ritual de soledad. Cada vez que volvía, en Navidad, en Semana Santa, en algún puente, repetía el mismo gesto: dejaba la bolsa junto a la puerta, me quitaba todo y empezaba a moverme por el piso sin más capa que la piel. Al principio me ponía cachondo. Mucho. Andaba medio empalmado durante horas, con la polla balanceándose entre las piernas a cada paso, sin necesidad de tocarme, solo por el morbo de saber que estaba haciendo algo prohibido en un sitio donde nadie podía prohibírmelo. Alguna tarde me sentaba en el sofá, me escupía en la mano y me la pelaba mirando al techo hasta correrme sobre el vientre en chorros calientes que me chorreaban hasta el ombligo. Con el tiempo, esa excitación se fue diluyendo. Quedó la rutina, que es una forma de ternura con uno mismo.

Lo que nunca perdió la carga fue la terraza.

La terraza acristalada estaba al fondo del salón. Era un cubo de cristal templado con visillos de esa tela traslúcida que de día deja pasar la luz, pero también, lo había comprobado muchas veces, deja ver siluetas hacia fuera. Si uno camina detrás de esos visillos a media tarde, en pelotas y con sol, lo único que se oculta es el detalle: la forma del cuerpo, la curva de los hombros, los muslos, todo lo que hace de un cuerpo desnudo un cuerpo desnudo, se proyecta perfectamente sobre la tela. Y si se está empalmado, la silueta lo cuenta sin necesidad de palabras: la polla tiesa se marca con una nitidez casi obscena, cabeza hacia arriba, cortando la luz.

Lo descubrí por casualidad la segunda vez que vine. Subí a la terraza a colgar una camiseta, miré hacia abajo y me vi reflejado en el cristal de un coche aparcado: un fantasma blanco y vertical, con la polla apuntando hacia delante como una aguja de reloj parada en las nueve. Me reí solo, durante mucho rato. Después dejé de reírme. Me agarré la verga con la mano derecha y empecé a machacármela ahí mismo, pegado al visillo, mirando mi propia sombra crecerme entre los dedos. Me la sacudí despacio primero, cerrando el puño en la base y subiendo hasta el glande, y después más rápido, hasta que me corrí a chorros contra la tela y quedaron dos manchas oscuras a la altura de la cadera, como firmando el descubrimiento.

Después de eso, tender la ropa en la terraza dejó de ser una tarea. Se convirtió en otra cosa.

***

Volví por motivos de trabajo en marzo de aquel año. La empresa me había dado la opción de teletrabajar tres meses desde donde quisiera, y elegí Aldea del Roble sin pensarlo demasiado. Quería despejarme. Quería dormir sin alarma de tráfico. Y, aunque no me lo dije con tantas letras, quería volver a sentir el frío del suelo de la cocina debajo de las plantas de los pies.

Los primeros días fueron lo de siempre. Me instalé el segundo monitor en la mesa del comedor, conecté el router, llamé al jefe para confirmar que me llegaba el VPN. Por la ventana del despacho —que era el cuarto de mis tíos, una habitación que olía a ropa de cama vieja— se veía la calle empedrada, las dos farolas, el bar cerrado desde hacía un año. No pasaba nadie. Ni siquiera el cartero, que dejaba las pocas cartas que llegaban en un buzón comunal a la entrada del edificio.

El miércoles puse la primera lavadora. La saqué a tender desnudo, sin mirarlo dos veces. Subí al ordenador, terminé la reunión de la mañana, me hice un café. La normalidad de una vida secreta.

El viernes oí el camión de mudanzas.

Lo primero que pensé fue que se había equivocado de calle. Después, cuando vi a través de la mirilla a dos hombres subiendo cajas por las escaleras, supuse que sería para alguna casa de la otra planta, quizá una herencia que había cambiado de manos. No le di más vueltas. Cerré la puerta, volví al ordenador y trabajé hasta media tarde.

Al día siguiente, cuando salí a por pan, me crucé en el portal con una mujer mayor —pelo blanco recogido, gafas en cadena— y con dos chicas jóvenes que descargaban una caja del maletero. Una rubia, alta, con una camiseta de tirantes de algún equipo de baloncesto universitario que no reconocí, y unas tetas que le rebotaban cada vez que se agachaba a coger otra caja. La otra morena, más bajita, con flequillo recto y los hombros pecosos, con unos vaqueros ajustados que le marcaban un culo redondo y firme. Me saludaron con un «hola» rápido que no esperaba respuesta. Calculé, sin pretenderlo, sus edades: veintidós, veintitrés como mucho. La sobrina y la nieta de la señora, supuse. O dos amigas que venían a echar una mano. No pregunté.

Volví a casa con el pan bajo el brazo y un pensamiento muy concreto: ahora hay gente, tienes que ir con cuidado.

Durante tres días lo hice. Me puse calzoncillos por la mañana. Cerré las cortinas del salón. Me asomé a la terraza solo con pantalón corto. Trabajé con la disciplina de un internado.

Y entonces vino el lunes.

***

El lunes amaneció con un sol oblicuo de marzo que entraba por la ventana de la cocina y dibujaba un rectángulo amarillo en las baldosas. Me levanté a las siete, hice café, miré los correos. No había reuniones hasta las once. La casa estaba tan callada que se oía la nevera. Sin pensarlo —ese es el detalle importante, sin pensarlo— me quité el pantalón corto en mitad del pasillo y lo tiré sobre la silla.

Volví a ser yo.

A las nueve y media metí una lavadora. Programa corto, treinta grados. Me serví otro café. Trabajé en una hoja de cálculo durante una hora. Cuando sonó el final del ciclo, me levanté, abrí el tambor, llené el barreño y subí a la terraza con la naturalidad de quien lo ha hecho cien veces.

La terraza estaba inundada de luz. Los visillos vibraban con un aire mínimo. Me arrodillé junto al tendedero, empecé a sacar las primeras camisetas, las sacudí, las colgué. Estaba pensando en cualquier otra cosa —en una presentación que tenía a las cuatro— cuando oí las risas.

Eran dos voces. Femeninas, jóvenes, con esa frecuencia aguda que se reconoce sin ver. Venían de abajo, de la acera del bloque, a unos metros escasos de mi ventana. Me quedé quieto, con una camiseta en la mano, sin entender al principio qué estaba pasando. Después caí en cuenta: el visillo. El sol. La silueta.

Mi primer impulso, igual que tantos años atrás, fue agacharme. Pegar el cuerpo al suelo, salir reptando, hacerme invisible. Lo pensé. Llegué a flexionar las rodillas.

Pero algo más rápido que el pensamiento me detuvo.

Sentí cómo se me ponía dura. No despacio, no en una progresión amable, sino de golpe, como si alguien hubiera pulsado un interruptor en el centro de mi cuerpo. Una corriente caliente me subió por las piernas, me empujó la sangre hacia abajo, y en cinco segundos estaba completamente erecto, de pie detrás del visillo, con la camiseta todavía en la mano. La polla me palpitaba con cada latido, gorda, tirante, apuntando hacia el techo con la vena gruesa marcándose por debajo. El glande estaba tan hinchado que me dolía la piel del prepucio replegada, y ya tenía una gota gruesa de precorrida asomando en la punta, brillando bajo el sol como una perla.

Las risas volvieron. Una de las chicas dijo algo que no entendí del todo, y la otra contestó con un «no me digas» casi gritado. Después hubo un silencio. Un silencio breve, espeso, de esos que se forman cuando dos personas miran lo mismo y ninguna quiere ser la primera en confesarlo.

Yo no me moví.

Podría haberme apartado. Podría haber dado tres pasos hacia el lateral, esconderme detrás de la pared maestra, recuperar el control. No lo hice. Me quedé donde estaba, con la luz a la espalda y la silueta proyectada perfectamente sobre la tela, sabiendo —notándolo en el cuero cabelludo, en los dedos, en la respiración corta— que ellas seguían mirando la sombra de mi verga tiesa recortada contra el visillo.

Levanté la mano y colgué la camiseta. Despacio. Como si nadie estuviera abajo.

Saqué la siguiente, la sacudí. La luz daba directamente en mis hombros y bajaba por mi espalda, se me colaba entre las nalgas y me acariciaba los huevos por detrás. Sabía exactamente lo que estaban viendo: a un hombre completamente desnudo, completamente empalmado, con la polla dura marcada contra la tela como una estaca, tendiendo la ropa con la calma de quien no tiene nada que esconder. Y sabía, sobre todo, que ellas ya habían tomado la decisión de seguir mirando.

—Joder —murmuró una de las dos, muy bajito, y me llegó solo por casualidad, porque el aire venía hacia arriba.

Esa palabra, dicha así, me atravesó.

—Tía, esa polla es real —susurró la otra, y aunque tampoco quería que la oyera, la oí.

—Cállate, cállate, que nos oye.

—Que se corra encima me da igual, mira eso.

Se me tensó todo el cuerpo. La verga me dio un latigazo tan fuerte que se movió sola, subiendo y bajando en el aire, y supe que ellas habían visto ese movimiento porque una soltó una risa entrecortada, ahogada, como quien se está mordiendo el labio para no gritar.

Cogí la siguiente prenda. Era un calzoncillo, irónicamente. Lo colgué con la misma lentitud, dándole tiempo a la silueta para que se moviese, para que la curva de mi brazo se dibujara entera contra el visillo. Mi polla, dura y ligeramente desplazada hacia un lado por la postura, debía proyectar una sombra inequívoca. Yo sentía que el corazón me latía en el cuello.

La rubia —porque por algún motivo decidí en ese momento que era la rubia la que hablaba— soltó una risa entrecortada. La morena le mandó callar con un siseo que se oyó perfectamente. Después susurraron algo entre las dos, demasiado bajo para entenderlo, y por el tipo de pausas y de risitas supe que estaban discutiendo si quedarse o no.

Se quedaron.

Y entonces hice lo que no había hecho nunca detrás de ese visillo con testigos: bajé la mano derecha y me agarré la polla.

Lo hice despacio. Cerré los dedos en la base, apretando los huevos con el meñique, y subí el puño hasta el glande en un movimiento largo, lento, dejando que la silueta contara cada centímetro. Sentí la piel deslizarse, tirante, resbaladiza por la gota de precorrida que se me había escurrido hasta la mano. La bajé otra vez. La subí. Le estaba haciendo una paja al visillo, a las dos chicas de abajo, a mí mismo, a los años acumulados de fantasía en esa terraza.

—Dios mío, se la está pelando —dijo una, y ya ni siquiera intentaba bajar la voz.

—No mires, no mires —contestó la otra, sin dejar de mirar.

La sombra de mi mano subiendo y bajando por la sombra de mi verga tenía que ser tan clara como una película en un telón blanco. Aceleré. Escupí sobre la palma sin dejar de darme, y el sonido húmedo de la mano deslizándose por la polla llegó abajo, tuvo que llegar, porque en el silencio del pueblo cualquier ruido baja por la fachada como por un embudo.

Me temblaban las piernas. Los huevos, apretados y calientes, se me habían subido hasta la base, tensos, listos. Con la mano izquierda me agarré el visillo, apoyé la frente en la tela, y seguí machacándome la polla con la derecha, más rápido, más fuerte, moviendo la cadera hacia delante para follarme el puño como si fuera un coño. La tela del visillo me rozaba el glande a cada embestida y esa fricción me estaba volviendo loco.

Abajo, una de las dos gimió. Fue un gemido bajo, involuntario, de esos que se te escapan cuando estás mirando algo que no deberías y el cuerpo te traiciona. La otra le dijo algo que sonó a «cállate, joder», pero también sonó cachondo, sonó a que ella tampoco estaba entera.

Cuando colgué la última pieza —ni recuerdo cómo me las apañé para colgarla con una mano—, una sábana entera, levanté las dos manos para extenderla bien por el tendedero y la silueta se abrió de golpe, brazos en cruz, todo el cuerpo desplegado contra la luz, con la polla tiesa sobresaliendo entre las piernas como el mástil de una cruz. Volví a agarrármela. Ya no aguantaba. La sacudí tres, cuatro veces, apretando el glande al final de cada pasada, y me corrí.

Me corrí a chorros contra el visillo. El primer chorro salió con tanta fuerza que oí perfectamente el impacto contra la tela, un golpe húmedo, sordo. El segundo bajó por la tela dejando un reguero grueso, blanco, translúcido a contraluz. El tercero, el cuarto, me chorrearon por los dedos y me cayeron a los pies, sobre las baldosas. Se me escapó un gemido, ronco, de garganta, que también tuvo que llegar abajo.

Oí, esta vez sí, las dos respiraciones desde abajo. Aceleradas. Rotas. Una de ellas dijo «vámonos» y la otra contestó «espera». No se fueron. Tardaron todavía un minuto largo, un minuto entero mirando la mancha de mi semen bajar por el visillo como una lágrima gorda, antes de que oyera los pasos alejándose por la acera, y ni siquiera entonces se iban rápido.

Bajé el barreño vacío, con la polla todavía goteando, salí de la terraza y cerré la puerta corredera detrás de mí.

***

Lo que pasó dentro de la casa, después de cerrar la corredera, lo guardo para otro día. Pero esa misma tarde, cuando bajé al portal a buscar un paquete que esperaba, me crucé en la escalera con la chica morena. Iba sola, llevaba el pelo recogido y un libro contra el pecho. Levantó la vista y me miró fijo durante un segundo largo, sin sonreír. Bajó los ojos, muy claramente, hasta la bragueta de mi pantalón. Se detuvo ahí. Después volvió a subir la mirada, se mordió el labio inferior y siguió subiendo las escaleras sin decir palabra. Al pasar a mi lado, tan cerca que le olí el champú, murmuró algo que tardé dos segundos en descifrar: «mañana a la misma hora».

Yo me quedé en el rellano más tiempo del necesario, con la polla otra vez hinchándose dentro del pantalón.

A la mañana siguiente, cuando subí a la terraza, el visillo estaba descorrido. Yo no lo había tocado. Y debajo, en la acera, había dos chicas sentadas en el bordillo, fingiendo mirar el móvil.

Pero esa parte la cuento en la segunda entrega. Si la queréis.

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Comentarios(9)

Lautaro55

jajaja tremendo el momento!!! me lo imagine perfecto

SergioPunta

Muy buen relato, morboso y divertido a la vez. Espero que haya continuacion con las vecinas, quede con ganas de mas!

Carla_Rq

Excelente! muy bien narrado y se siente real

EstebanF

Me hizo acordar a una situacion parecida que tuve en mi depto hace años, aunque mucho menos entretenida jaja. Muy bueno, seguí publicando!

Dante_lector

La situacion es demasiado morbosa, me encanto. Pocas veces lei algo asi en esta categoria, muy original

NicolasK

y como termino la historia con ellas?? necesito la segunda parte jaja

Pablo_SF

Bien escrito y entretenido de principio a fin. Gracias por compartir

LuisMdp

me mori de risa imaginandome la cara de las chicas jaja, tremendo relato. Sigue asi!

RamonBA

Muy morboso el planteo, me metí de lleno desde el principio. Buenísimo

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