Carla lloraba por su marido y terminó en mi cama
Después de que Lucía me dejara, mi vida quedó suspendida en una especie de niebla densa. Habíamos pasado tres años juntos antes de que la distancia entre Valencia y Sevilla terminara con todo. Un día simplemente me dijo que ya no podía más, que necesitaba algo que yo no estaba en condiciones de darle, y colgó el teléfono.
No tenía demasiados amigos en la ciudad. Había llegado allí por trabajo y casi todo mi tiempo libre lo había compartido con ella. Cuando se fue, me quedé con un apartamento medio vacío, dos plantas mustias y demasiadas horas para pensar.
Así fue como acabé en aquellas páginas de contactos. Al principio por curiosidad, después por aburrimiento, y al final por una mezcla extraña de orgullo herido y ganas de demostrarme que aún era capaz de gustarle a alguien.
Carla apareció una tarde de noviembre, en uno de esos chats donde la mayoría de los perfiles eran mentiras evidentes. El suyo no lo parecía. Tenía el pelo negro, espeso, y una sonrisa que en la foto se veía algo tímida. Vivía a veinte minutos de mi casa, en un pueblo costero al sur de la ciudad.
Nos escribimos durante dos semanas antes de decidir vernos. En cada mensaje íbamos soltando trozos de nuestras historias, y me sorprendió descubrir que la suya era casi un espejo de la mía. Su marido la había dejado dos meses atrás, sin discusiones, sin escenas, sin avisos. Una tarde volvió del trabajo y encontró el armario medio vacío y una nota breve sobre la mesa de la cocina.
—Lo peor no es que se fuera —me escribió una noche—. Lo peor es no entender por qué.
Esa frase me partió algo por dentro. Yo tampoco había entendido nunca por qué Lucía había decidido marcharse. Quizá por eso quise conocer a Carla en persona cuanto antes.
Quedamos un sábado por la tarde en una terraza del centro. Llegó con un vestido negro sencillo y el pelo recogido, y cuando me sonrió desde la entrada del bar, me di cuenta de que la foto no le hacía justicia. Tenía unos ojos enormes, oscuros, y unas curvas que el vestido apenas disimulaba. Sus tetas eran grandes, pesadas, y le marcaban el escote de un modo que hacía imposible no mirarle ahí cada dos por tres. Tenía la cintura estrecha, las caderas anchas, y caminaba con una seguridad que contrastaba con la tristeza que se le notaba al hablar.
Pedimos cervezas, hablamos durante horas y después fuimos a cenar a un japonés cercano. Nuestra conversación fluyó como si nos conociéramos desde siempre. Reía con facilidad, y cuando reía se le iluminaba toda la cara. Yo no podía dejar de mirarle la boca y de imaginármela abierta, con los labios rojos apretados alrededor de mi polla.
Después de la cena terminamos en un local de copas que ponía música tranquila. Bailamos algo lento, sin separarnos demasiado, y en algún momento entre el segundo gin tonic y el tercero, la besé. No fue un beso brusco. Fue lento, casi cuidadoso, como si los dos estuviéramos pidiendo permiso al mismo tiempo. La lengua de ella entró en mi boca despacio, tanteando, y noté cómo se me endurecía la polla contra su cadera. Ella también lo notó, porque separó apenas la cara y bajó la vista un segundo hacia mi entrepierna antes de volver a besarme.
Cuando salimos a la calle, le propuse subir a mi casa.
—No puedo —dijo ella, apartando la mirada—. Sigo enamorada de él. Sé que es absurdo, pero no quiero hacer algo de lo que mañana me arrepienta.
La acompañé hasta su coche y nos despedimos con otro beso, más corto, casi de disculpa. Llegué a casa con un calentón monumental, con la polla todavía media dura dentro del vaquero, y esa noche me la meneé pensando en cómo se le habrían visto las tetas fuera del sujetador, en cómo sonaría su voz si le hiciera pedir más. Me corrí en dos minutos, con la boca llena de su nombre.
***
Nos vimos dos veces más en las semanas siguientes. Las dos veces ocurrió lo mismo: una cena agradable, conversaciones largas, besos en el portal del coche y un «no» suave en cuanto yo intentaba ir más allá. La tercera vez decidí no insistir. Le mandé un mensaje al día siguiente diciéndole que la entendía, que me parecía maravillosa, pero que prefería que no nos viésemos hasta que ella tuviera las cosas claras.
Pasaron diez días sin saber nada. Hasta que un martes por la noche, hacia las once, me sonó el móvil.
—¿Tienes un minuto? —dijo ella, con la voz alterada—. Tengo noticias.
Por el tono pensé que había pasado algo malo, pero era todo lo contrario. Su marido la había llamado esa misma tarde. Le había pedido perdón, le había dicho que se había equivocado, que quería volver a casa, y que iría a verla el fin de semana siguiente.
—Te lo cuento porque… porque tú me has tratado bien, y no quería desaparecer sin más —me dijo.
Sentí algo amargo en la garganta. Sabía que mis posibilidades acababan de evaporarse. Pero hice lo correcto. Le di la enhorabuena, le dije que me alegraba mucho por ella y le deseé suerte. Colgué con la certeza de que no volvería a saber nada más de Carla.
***
El viernes siguiente, casi a la una de la madrugada, su nombre volvió a aparecer en mi pantalla. Cuando contesté, lo primero que escuché fueron sollozos.
—No ha venido —dijo entre lágrimas—. Me ha mandado un mensaje hace una hora. Dice que… que se ha confundido, que es mejor para los dos. Que no piensa volver.
No supe qué decir. La dejé llorar al otro lado del teléfono durante varios minutos. Cuando se calmó un poco, me preguntó si podíamos hablar.
—No quiero estar sola esta noche —añadió—. Solo necesito un amigo.
—Vente a casa —contesté, antes incluso de pensar en lo que estaba diciendo—. Te preparo algo de cenar y hablamos lo que haga falta.
Ella tardó cinco segundos en responder.
—Está bien. Llego en media hora.
Colgué y me puse en marcha. Saqué del frigorífico lo poco que tenía, improvisé una tabla de quesos, unos embutidos y abrí una botella de vino tinto que llevaba guardada para una ocasión especial. Encendí dos velas en el salón, no porque pretendiese seducirla esa noche, sino porque me pareció lo correcto para alguien que llegaba con el corazón roto. O al menos eso me dije.
Llegó con los ojos hinchados, sin maquillaje, con un jersey gris demasiado grande que probablemente había sido de su marido. Me abrazó en la puerta sin decir nada. Olía a champú y a llanto contenido.
Comimos despacio. Habló de él, de los seis años juntos, del piso que habían comprado, del perro que se había llevado, de la rabia y de la pena que le tocaban a turnos. Yo escuchaba y le servía vino. A la segunda copa, ella misma me alargó la suya para que se la rellenara. A la tercera empezó a reírse de pequeñas cosas, como si el cuerpo decidiera por su cuenta que no podía sostener tanto dolor durante toda la noche.
Pasamos al sofá con la botella mediada. Le preparé un gin tonic, ella se acomodó descalza con las piernas dobladas debajo del cuerpo. La luz del salón estaba baja, y el silencio entre frase y frase empezó a alargarse.
No deberías hacer esto. Está rota y ha venido a buscar consuelo, no otra cosa.
Pero la mano de ella encontró la mía en el respaldo del sofá, y la mantuvo allí mientras seguía hablando, casi sin darse cuenta. Le acaricié los dedos con el pulgar. Después le aparté un mechón de pelo de la cara. Y entonces, sin pensarlo, le rocé la mejilla con el dorso de la mano.
—Estás muy guapa, incluso así —le dije en voz baja.
Ella me miró durante un largo segundo, con los labios entreabiertos, y se inclinó hacia mí. El beso empezó suave, como aquel primero en la calle, y se fue volviendo más hambriento a cada respiración. Su lengua entró buscando la mía con ganas contenidas de meses, y me mordió el labio inferior antes de soltarlo. Se subió encima de mí sin separarse de mi boca, con las rodillas a ambos lados de mis caderas, y noté el peso de sus tetas aplastándose contra mi pecho a través de la lana del jersey. Empezó a moverse encima de mí, restregándome el coño contra la polla a través de la ropa, muy despacio, como si quisiera comprobar cuánto la deseaba yo antes de decidir nada.
—Joder, cómo la tienes —murmuró contra mi oído, casi sorprendida, y volvió a apretar las caderas contra mi bulto.
Le metí las manos por debajo del jersey y le subí la tela hasta arrancárselo por la cabeza. Debajo llevaba un sujetador sencillo, negro, que apenas contenía dos tetas enormes, redondas, con el nacimiento marcado por dos surcos rojos donde le apretaba el aro. Le desabroché el enganche de la espalda de un tirón y el sujetador se le cayó por los brazos. Las tetas le rebotaron al quedarse libres, con los pezones ya duros, oscuros, apuntando hacia arriba. Le agarré una con toda la mano y me metí el pezón de la otra en la boca. Se lo chupé fuerte, tirándolo con los labios, mordisqueándoselo entre los dientes, y ella arqueó la espalda y me clavó los dedos en la nuca para que no parara.
—Sigue ahí, sigue —jadeó—. Dios, hacía siglos que nadie me tocaba las tetas así.
Le pasé la lengua de uno a otro, alternando, y le fui bajando la mano por el vientre hasta meterla dentro del pantalón. Le hundí los dedos entre las bragas y la encontré empapada, con el coño caliente, resbaladizo, hinchado. Le froté el clítoris con el corazón de la mano mientras le metía dos dedos, y ella se agarró a mis hombros y empezó a montarme la mano moviendo el culo adelante y atrás.
—Vamos a la habitación —murmuré, con la boca todavía llena de teta.
Ella se separó un momento, como si recordara de pronto dónde estaba y con quién.
—No sé si debería… —empezó.
—No vamos a hacer nada que tú no quieras —le contesté, sosteniéndole la cara con las dos manos—. Solo vamos a estar más cómodos.
Se mordió el labio, asintió y se levantó conmigo. Caminamos al dormitorio agarrados, y en el pasillo le bajé la cremallera del pantalón. La tela cayó al suelo y ella la apartó de una patada, quedándose sólo con las bragas negras, empapadas por delante en una mancha oscura que le marcaba el coño.
En la cama todo fue distinto. No hubo prisa. La tumbé boca arriba, le enganché las bragas con los dientes y se las bajé despacio, arrastrándoselas por los muslos, por las rodillas, hasta sacárselas por los pies. Tenía el coño depilado por los lados y una franja fina de vello negro en el pubis, los labios abiertos, brillando de lo mojada que estaba. Se abrió de piernas ella sola, con una impudicia que no le había visto nunca, y se agarró las tetas con las dos manos.
—Cómemelo —pidió, sin abrir los ojos—. Por favor, cómemelo entero.
Me arrodillé entre sus piernas, le pasé los brazos por debajo de los muslos para pegármela a la boca, y le clavé la lengua de abajo arriba, de un solo lametón largo, desde el ojete hasta el clítoris. Ella pegó un grito ahogado. Le abrí los labios del coño con dos dedos y le empecé a chupar el clítoris con los labios, apretándoselo, soltándoselo, dándole vueltas con la punta de la lengua. Le metí un dedo, luego dos, curvándolos hacia arriba dentro de ella, buscándole ese punto rugoso mientras seguía mamándole el clítoris.
—Ay, joder, joder, no pares —gemía, moviendo las caderas contra mi cara—. Métemela, méteme la lengua, cómemelo todo.
Le hundí la lengua dentro del coño hasta la raíz, la saqué chorreando de flujo y me volví al clítoris. Ella me agarró del pelo con las dos manos y me apretó contra ella, casi sin dejarme respirar. Le noté los muslos temblar, cerrarse alrededor de mi cabeza, y de pronto todo su cuerpo se puso rígido. Se corrió con un grito largo, mordiéndose el dorso de la mano para no despertar a los vecinos, mientras un chorro de flujo caliente me bañaba la barbilla. Siguió empujándome la cara contra el coño mientras le duraban los espasmos, y no me despegué hasta que ella misma me apartó, ya sin fuerzas.
Subí despacio, dejándole un rastro de besos por el vientre y entre las tetas, y me relamí los labios encima de su boca para que se probara. Ella me lamió la barbilla, me chupó la lengua con la suya, y me buscó la polla con la mano. Me la agarró entera, apretándola, midiéndola.
—Métemela ya —me dijo al oído, con la voz ronca—. Llevo dos meses sin follar. Necesito que me la metas hasta el fondo.
Me coloqué entre sus piernas y la penetré de una embestida seca, sin avisar. Carla soltó un gemido sordo, agudo, casi sorprendido, y me clavó las uñas en la espalda hasta hacerme daño. Estaba tan mojada que la polla se me hundió entera de un golpe, y noté cómo el coño se le cerraba alrededor como un puño caliente. Empezamos con calma, casi por miedo a romper algo, pero en pocos minutos los dos estábamos perdidos. Le levanté una pierna sobre mi hombro, y al cambiarle el ángulo, ella se aferró al cabecero con las dos manos y arqueó la espalda hasta pegar las tetas contra mi pecho.
—Más fuerte —dijo, con los ojos cerrados—. Fóllame más fuerte, no te cortes, dame duro.
Pensé en su marido, en aquel desconocido que la había dejado sin razones, y algo oscuro me empujó a embestir con más rabia de la que pretendía. Le clavé la polla hasta el fondo, una y otra vez, chocándole las bolas contra el culo con cada embestida. La cama empezó a golpear la pared y a ella se le escapaban los gemidos entre dientes, cada vez más agudos.
—Así, así, dámela toda —jadeaba—. Rómpeme el coño, por favor, rómpemelo.
La saqué un momento, la puse boca abajo, le levanté el culo tirándole de las caderas y se la volví a meter por detrás. Le encantó. Se agarró a la almohada con los dientes y empezó a echar el culo para atrás contra mí, buscándome ella. Le vi la espalda arqueada, el pelo revuelto, el culo blanco rebotando cada vez que yo la embestía. Le di un azote fuerte con la mano abierta, se le marcó la palma en rojo y ella pegó un gemido de sorpresa mezclada con placer.
—Otra vez —pidió, mirándome por encima del hombro—. Dame otra vez, dame más.
Le pegué otro azote en la otra nalga y le agarré el pelo de la nuca, tirándole la cabeza hacia atrás mientras la seguía follando. La monté así varios minutos, hasta que noté que ella empezaba a temblar otra vez de arriba abajo, y se corrió por segunda vez con la cara pegada a la almohada, apretándome tanto la polla que casi me arranca la corrida ahí mismo. No fue venganza ni odio. Fue simplemente saber que esa noche ella era mía, y que él, a esa misma hora, dormía probablemente solo en algún sitio sin sospechar nada. La agarré fuerte de las caderas, embestí tres, cuatro veces más hasta el fondo, y me corrí dentro de ella con un golpe seco, descargando a chorros contra el fondo del coño, mientras Carla me apretaba con las piernas como si quisiera retenerme allí para siempre.
Nos quedamos quietos un rato, respirando. Le noté los latidos del coño alrededor de la polla, todavía metida, y ella movió el culo despacio, exprimiéndome hasta la última gota. Pensé que se dormiría, o que se echaría a llorar. No hizo ni una cosa ni la otra. Se levantó, fue al baño y volvió con dos vasos de agua, todavía desnuda, con un hilo blanco de mi corrida bajándole por el interior del muslo. Me dio uno y se sentó a horcajadas sobre mí, con el coño mojado apoyado contra mi vientre, mientras bebía.
—No te creas que ya hemos terminado —dijo, con una media sonrisa que no le había visto en toda la noche.
Bajó por mi cuerpo lentamente, dejándome un rastro de besos por el pecho y el estómago, y antes de que pudiera reaccionar, me tenía otra vez entre sus labios. Se metió la polla en la boca a pesar de que aún estaba pringosa de la corrida y de sus jugos, y no puso ni una mueca. Al contrario. La chupó entera hasta el fondo, hasta la base, y me miró desde abajo con los ojos brillantes mientras se la tragaba hasta la garganta. Hizo cosas con la boca y la lengua que llevaba años sin sentir, y mucho menos con esa entrega. Me pasaba la punta de la lengua por el frenillo, me chupaba las bolas de una en una, me la volvía a meter entera con las mejillas hundidas, dejando hilos de saliva colgando cuando la sacaba. Se la meneaba con la mano mientras me mamaba los huevos, alternando, sin parar.
La polla se me puso otra vez dura como una piedra en cuestión de un minuto. En algún momento volvió a montarse encima, se guio la punta con la mano y se dejó caer despacio, empalándose ella sola hasta el fondo. Se apoyó en mi pecho con las dos manos y empezó a moverse ella sola, a su ritmo, subiendo y bajando el culo, meciéndose adelante y atrás, mirándome a los ojos como si esa parte fuera más importante que el placer físico. Le agarré las tetas de abajo con las dos manos, se las apreté, le pellizqué los pezones, y ella cerró los ojos y aceleró.
—Quiero que termines aquí —dijo al final, señalándose la boca, y se bajó de mí con un ruido húmedo.
Se colocó otra vez entre mis piernas, se metió la polla hasta la garganta y empezó a menearla con la boca a un ritmo que me hizo perder el control en dos minutos. Le avisé, le dije que estaba a punto, y ella sólo apretó más los labios y me clavó la lengua por debajo. Me corrí dentro de su boca con espasmos largos, y ella no se apartó ni una vez. Se lo tragó todo, sin soltarme, chupando hasta la última gota, y después se relamió los labios y me dio un beso en la punta.
Cuando todo terminó, se dejó caer a mi lado, con un brazo cruzado sobre los ojos, y se quedó callada durante varios minutos.
—Mañana me voy a sentir fatal —dijo al fin, sin moverse.
—No tendrías por qué.
—Lo sé. Pero me voy a sentir fatal igual.
***
Se marchó al amanecer, en silencio, con el mismo jersey gris demasiado grande. Antes de irse, se detuvo en la puerta y me miró desde el umbral.
—Prefiero que no nos veamos durante un tiempo —dijo—. No es por ti. Es por mí.
Asentí sin decir nada. Sabía que iba a ser así.
Nunca volvió a llamarme. Pasaron meses y, a veces, todavía me pregunto si su marido habrá vuelto al final, o si ella habrá encontrado a otro como yo, dispuesto a estar al otro lado del teléfono un viernes a la una de la madrugada. Lo único que sé seguro es que aquella noche fue la mejor cama que he compartido con nadie, y que probablemente nunca volveré a vivir una así. Y, a veces, eso basta para sostener un recuerdo durante mucho tiempo.