Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Las noches que mi marido me pide que le cuente

A veces, cuando se nos hace tarde y compartimos una copa en la cocina, Mateo me pide que le cuente otra de aquellas. Otra historia mía de antes, de cuando todavía no nos conocíamos. Sabe que me cuesta empezar y sabe también que después no puedo parar. Esa es la que más le gusta. Así que voy a contarla otra vez, como si fuera para él y no para mí.

Fue un sábado de septiembre, de esos en los que el calor del verano todavía no acaba de irse del todo. Había quedado con Renata y Camila después de varios meses sin coincidir. Habíamos ido juntas a la secundaria, en el pueblo, y desde entonces, por mucho que la vida nos separara con trabajos, parejas y mudanzas, nos las arreglábamos para vernos al menos cada par de meses.

Era nuestro ritual. Cenar en algún sitio nuevo, ponernos al día con las heridas y los aciertos, y, sin falta, terminar hablando de hombres. De los que nos gustaban, de los que nos enredaban, de los que habíamos dejado escapar. Esa noche, ninguna de las tres estaba sola del todo. Renata había vuelto con su novio después de una pelea fea y no terminaba de creérselo. Camila andaba con un compañero del trabajo desde hacía pocos meses. Yo arrastraba algo a medio camino, sin ganas de ponerle nombre.

—Estás con cara de aburrida, Sofía —dijo Renata cuando llegó la segunda botella de vino.

—Estoy aburrida —reconocí—. De verdad.

—Entonces hoy te toca dejar de estar aburrida —contestó, y le brillaron los ojos como cuando teníamos diecisiete.

Las tres habíamos elegido vestido para esa noche. Renata uno negro, corto, ajustado, que le marcaba las caderas y le subía los pechos sin esfuerzo. Es la más alta de las tres y tiene esa manera de moverse que hace que los hombres se queden quietos cuando pasa. Camila se había puesto algo más sobrio, color teja, manga corta y un escote discreto. Yo había sacado del fondo del armario un vestido azul marino sin mangas, con la espalda al aire y la falda apenas por encima de la rodilla. Cuando me lo subí y me miré al espejo antes de salir, me reconocí menos cansada de lo que estaba.

Cenamos en un italiano del centro, de esos que ponen música alta y aceptan que la mesa se ría más fuerte que la cocina. Después fuimos a un bar de copas a un par de calles, y de ahí, hacia la una, Renata propuso ir a bailar. Hacía tanto tiempo que yo no pisaba una pista que casi me dio pereza. Casi.

—Conozco un sitio bueno —dijo—. Me lo recomendaron en el trabajo.

Tomamos un taxi y en menos de diez minutos estábamos en la puerta de un local que se llamaba El Hangar, en un polígono medio escondido. Por fuera no parecía nada. Por dentro tenía dos pistas grandes, una con luces frías y otra con luz cálida y láser, sonido bien cuidado y, sobre todo, gente que sabía a lo que iba.

Pedimos las copas en la barra y, como suele pasarnos cuando salimos juntas, no tardaron en acercarse los primeros candidatos. Renata eligió rápido. Le bastó una sonrisa para que un chico flaco la sacara a la pista y allí, ni bien tocó el suelo, su cuerpo entendió la música como si la hubiera estado esperando todo el día. Camila se hizo la dura un poco más, pero cuando un hombre algo mayor, de pelo cano y mirada tranquila, le pidió un baile con buenas maneras, le dio la mano y se fue.

Yo me quedé un rato en la barra, balanceándome con la copa entre los dedos, y no me molestaba. Llevaba meses sin sentir eso de estar sola sin sentirme sola. Tampoco fue una sorpresa que se me acercara alguien.

—Hola —dijo—. Me llamo Tomás y me muero por bailar contigo un rato.

Era alto, delgado, con la nariz algo grande pero buena cara. Me hizo gracia que se presentara con tanta solemnidad para algo tan tonto. Le devolví la sonrisa.

—Sofía —dije.

Me tomó de la mano y me llevó a un extremo de la pista, donde la gente no se apretaba tanto. Desde el primer paso me di cuenta de que la noche iba a ponerse interesante. La música hacía el trabajo por nosotros: nos empujaba, nos pegaba, nos separaba justo a tiempo. Pasaron varios temas y él no daba muestras de querer cambiar de pareja, y yo tampoco tenía prisa.

De vez en cuando buscaba a Renata con la vista y la encontraba siempre rodeada de gente, riéndose, sacudiendo la melena, bailando con uno y con otro como si los hombres fueran intercambiables. Es lo que tiene. Sabe perfectamente lo que provoca y lo administra con paciencia de coleccionista.

Cambiaron los temas a algo latino. Empezó una salsa, siguió una bachata, y aunque yo no la bailo bien, mi cuerpo se las arregló para no quedar mal. Tomás bailaba mejor que yo, eso estaba claro, y se permitió ir acercándose más. Pierna contra pierna, palma en la cintura, palma un poco más abajo, palma un poco más arriba cuando me giraba. Yo tampoco me quedé quieta. Cuando estuve de espaldas a él, le marqué el ritmo apoyándole el culo en el regazo, y la respiración se le cortó un segundo.

—Me estás matando —me dijo al oído.

—Échale la culpa a la música —contesté, y me reí.

—¿Te invito a algo?

—Acabas de despertarme una sed enorme —dije, y dejé que me sacara de la pista.

Pedimos dos mojitos. Mientras esperábamos a que el camarero los terminara, él se acercó despacio y me besó. No de mentirijillas. Me besó en serio, con la lengua y con tiempo, sujetándome la nuca con una mano. Yo le respondí sin pensarlo. Tenía el cuerpo encendido, el alcohol justo para que las dudas se quedaran calladas, y todo lo demás eran ganas.

Hacía mucho que nadie me besaba así, pensé, y me sorprendió que me sorprendiera.

El camarero dejó los vasos en la barra y nos miró con la paciencia del que ha visto de todo. Cuando por fin nos separamos, me costó un par de segundos volver a saber dónde estaba. Miré alrededor buscando a mis amigas y no las vi por ningún lado.

—¿Vienes con alguien? —preguntó él.

—Con dos amigas, pero se han perdido. O me he perdido yo.

—Las buscamos —dijo, y me volvió a besar—. Después.

Apuramos las copas y empezamos a recorrer el sitio. Bajamos a la pista grande, dimos la vuelta entera y nada. Probé a llamarlas; ni Renata ni Camila contestaban. Subimos a la planta de arriba, donde el local tenía unos balcones que daban a las pistas y unos pasillos más oscuros. Antes de seguir, Tomás me detuvo, me pegó a la pared de un pasillo y me besó otra vez, esta vez metiéndome la mano por debajo del vestido, despacio, como pidiendo permiso con los dedos. Yo respiré hondo y le di el permiso sin palabras.

Sentí, debajo de su pantalón, un bulto que ya no era una promesa. Le puse la mano encima y apreté. Él dejó escapar un sonido entre la risa y el gemido.

—Arriba hay sitios más tranquilos —dijo.

***

A medida que subíamos, las luces se hacían más bajas y la música se iba quedando atrás. En las escaleras nos cruzamos con un par de parejas que ya no se cuidaban mucho de quién pasara: una chica con la falda arremangada y la espalda contra la barandilla, una mujer mayor que tenía la mano metida sin disimulo en el pantalón de su acompañante. Nadie se inmutaba. El local funcionaba con sus propias reglas y todos las conocían.

El pasillo desembocaba en una sala llena de sillones bajos, mal iluminada a propósito. Algunas siluetas conversaban, otras se besaban, otras hacían cosas que ya no eran besos. Yo iba con la mano de Tomás sobre la mía, dejándome llevar, y de repente me detuve.

A dos sillones de distancia, enrollada como una serpiente alrededor de su chico, estaba Renata. Tenía el vestido subido hasta la cintura y la mano de él entre las piernas. Ella había echado la cabeza hacia atrás y se reía bajito, mordiéndose el labio cada vez que él la tocaba donde tenía que tocarla. No me vio. No vio nada. Estaba en su mundo.

Si yo ya estaba caliente, mirarla así me terminó de encender. Sentí el tanga empapado, la respiración rota y un pulso fuerte entre las piernas. Tomás me notó la tensión y me abrazó por detrás.

—Quiero cogerte ya —susurró.

Yo asentí sin apartar los ojos de mi amiga.

Nos sentamos en el sillón de al lado, a un metro escaso de ellos. Renata seguía sin enterarse. Tomás me besó el cuello, me bajó un tirante del vestido y me pasó la lengua por el hombro. Su mano subió por debajo de la falda y me apartó el tanga, y cuando me tocó por primera vez tuve que morderme para no hacer ruido. No era el sitio para gritar. Aún no.

—Tengo un piso aquí cerca —dijo al cabo de un rato—. ¿Vienes?

No lo pensé mucho. Me incliné hacia Renata y le toqué el hombro. Ella levantó la vista, me reconoció y se rio con una sorpresa que duró medio segundo.

—Nos vamos al piso de este —le dije al oído, señalando a Tomás—. ¿Te apuntas?

Su chico, que no se había soltado de ella, contestó por los dos.

—Nos apuntamos.

Bajamos las escaleras con más prisa que al subir, esquivando parejas que ya no eran las mismas pero hacían lo mismo. En el ascensor del edificio, los cuatro nos pusimos a desabrochar lo que encontramos. Renata reía bajito, contra el cuello de su chico. Tomás me apretó contra el espejo y, en los cinco pisos que duró aquello, ya tenía clarísimo en lo que estaba metida.

Entramos al piso. No me dio tiempo a ver cómo era. Renata y su chico se quedaron en el sillón de la entrada. Tomás me llevó al dormitorio.

***

Me quitó el tanga, que ya pedía aire, y me tumbó al borde de la cama. Me abrió las piernas con las manos y se agachó. Hacía mucho que nadie se tomaba esa molestia, y se notó. Su lengua sabía exactamente lo que hacía: jugaba con el clítoris, bajaba, volvía, se demoraba en los labios, mordía sin hacer daño, succionaba justo lo necesario. Tenía los dedos apoyados en mis caderas sin sujetarme, como si quisiera que yo me moviera sola, y eso me terminó de soltar.

El primer orgasmo me llegó pronto. Demasiado. La noche entera se me había acumulado dentro y bastó un poco para que se desbordara. Me sacudí, me reí, me tapé la cara con las manos y volví a sacudirme.

—Ven aquí —le dije cuando pude hablar.

Él se incorporó, se bajó el pantalón, y yo me senté en el borde de la cama. Lo tomé con las dos manos, lo acaricié despacio y después me lo metí en la boca. Siempre se me ha dado bien esto y siempre lo he disfrutado. Me gusta el momento en el que entiendo que el otro ya no puede pensar.

—Para —dijo al rato—. Quiero estar dentro.

Me tumbó otra vez en la cama y entró. Lo hizo de una sola vez, sin avisar y sin necesidad. Estaba tan mojada que no había nada que preparar. Empezó despacio y enseguida se le acabó la paciencia. Embistió a fondo, sin detenerse, sin dejarme espacio para nada que no fuera responder. Yo le seguí el ritmo levantando las caderas, clavándole las uñas en la espalda, dejando que la cama hiciera el ruido que hiciera falta.

Acabé otra vez, y esta vez no me preocupé del ruido.

Él se retiró de pronto, se sentó al borde de la cama y se acabó a sí mismo con la mano, mirándome a los ojos. Yo lo miré también. La escena tenía algo de promesa cumplida, y los dos lo sabíamos. Acabó copiosamente, jadeando, y se dejó caer a mi lado.

—Joder —dijo.

—Joder —repetí, y nos reímos.

***

Pensé que se acababa ahí. No se acababa.

Tomás me besó otra vez, despacio, con esa calma de después que a mí siempre me ha gustado. Me pasó la mano por el sexo, jugando, no buscando. Sin tener prisa, sus dedos volvieron a entrar y volvieron a salir. No tenía sentido que mi cuerpo respondiera tan pronto, pero respondió.

Y entonces miré hacia la puerta.

Renata estaba ahí, de pie, con las dos manos apoyadas en el marco. Su chico la tenía agarrada por las caderas y se la cogía por detrás, sin disimulo. Ella me miraba a mí. Yo la miraba a ella. Sentí cómo Tomás volvía a entrar y un calor distinto me subió desde abajo.

Era algo nuevo. Que me cogieran mientras miraba que cogían. Y que me miraran a mí. Nos miramos los cuatro un rato así, primero con disimulo, luego sin ninguno, hasta que el chico de Renata la levantó del marco de la puerta y la tiró boca abajo en la cama, al lado de nosotros. Le estiró una mano y me rozó un pecho. Yo no la aparté. Renata estiró la suya y me acarició la cara.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Estoy muy bien —contesté.

Tomás aceleró el ritmo. Su amigo seguía dentro de Renata, sujetándola por el pelo, sin perderme de vista. Yo le acaricié los pechos a ella, y ella me los acarició a mí, y los cuatro nos pusimos a hacer lo que estábamos haciendo sin pedirle permiso a nadie.

En algún momento Tomás me giró y me puso a cuatro patas, con las manos sobre el cabecero. Renata, al lado, se puso igual. Quedamos las dos como en un espejo. Lo que vino después no se cuenta bien. Embestidas, manos buscando, gritos cruzados. El chico de Renata se sujetaba de mi pelo para empujar a su pareja con más fuerza, como si yo fuera un cabo del que tirar.

—Cómo gritáis —dijo en algún momento.

—Cállate y sigue —contestó Renata, y nos reímos las dos como adolescentes, y a mí me dio risa estar riéndome.

El chico de Renata acabó con un gemido largo. Tomás aguantó un poco más, embistiendo en una recta final que me dejó sin aire. Acabé yo, acabó él, y los cuatro nos quedamos quietos un rato, sin hablar.

***

Recobré la conciencia poco a poco. Estaba desnuda en una cama que no era mía, con una amiga a mi lado y dos hombres a los que no había visto nunca antes. Me incorporé despacio. Vi mi vestido tirado en el suelo, mi tanga en otro sitio, los dos teléfonos vibrando en algún lado.

El mío tenía cinco llamadas perdidas y mensajes de Camila preguntando si seguíamos vivas. Sonreí. Le contesté que estábamos juntas y que íbamos para allá. Me vestí en silencio. Renata hizo lo mismo. Los chicos nos miraron desde la cama, todavía sin habla.

—Gracias —dijo Tomás cuando ya estaba en la puerta. No supe si era ironía. Decidí que no.

—Gracias a ti —le contesté.

Bajamos al portal y caminamos las dos calladas hasta encontrar a Camila en la puerta del local. Cuando nos vio, le bastó mirarnos una vez. Solo una. Soltó una carcajada.

—No me lo cuentes ahora —dijo.

—Te lo cuento ahora —contestó Renata.

Y empezó a contárselo. Yo iba al lado, callada, con el aire fresco de la madrugada subiéndome por el escote, y pensé que algún día iba a tener que contárselo a alguien. No imaginaba todavía que ese alguien iba a ser Mateo, ni que él me iba a pedir que lo repitiera, ni que cada vez que lo cuento me vuelve a temblar un poco la voz al llegar a la parte del marco de la puerta.

—¿Vamos? —dijo Camila.

—Vamos —dije yo.

Y nos fuimos las tres, despacio, por una calle vacía, con la sensación de que el sábado por la mañana iba a ser distinto.

Valora este relato

Comentarios

Sé el primero en comentar.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.