La madura que sabía exactamente lo que quería
Elena es de esas mujeres que saben exactamente cuánto espacio están ocupando. Morena, pelo oscuro hasta los hombros, una forma de andar que no busca llamar la atención pero la consigue de todas formas. Cuando me habló por primera vez, nos presentó un conocido en común porque los dos escribíamos en el mismo foro de relatos eróticos. Fue ella quien escribió primero.
Al principio fue pura conversación: los viajes, el trabajo, los libros. Ella llevaba años recorriendo la mitad del país vendiendo equipamiento médico. Yo hacía lo mismo con software de gestión. Compartíamos esa vida de carretera y hoteles que o te destruye o te hace muy autosuficiente, y eso nos dio un punto de partida que se fue cargando de otra cosa sin que ninguno de los dos lo nombrara.
Poco a poco los mensajes cambiaron de tono. No de golpe. Se fue acumulando tensión hasta que un día me mandó una foto. Nada explícito al principio: estaba de espaldas, con la espalda descubierta, la cabeza girada hacia la cámara. Ese «nada explícito» que te deja la cabeza llena de imágenes durante días enteros.
Empezamos a mandarnos fotos con más regularidad. Las suyas eran siempre más sugerentes que las mías. Tenía ese cuerpo real, sin artificios: tetas grandes y pesadas, caderas anchas, la marca del sujetador clavada en la piel, un culo que rellenaba la pantalla entera cuando se giraba frente al espejo. Una noche me mandó una en la que se había bajado las bragas hasta la mitad del muslo y se sujetaba una teta con la mano libre, el pezón oscuro asomando entre los dedos. Yo le mandaba las mías —una vez con la polla dura en la mano, después de haberme pasado media hora mirando su foto— y ella respondía con un «me la pondría en la boca ahora mismo» tan casual como si me estuviera pidiendo la hora. Nunca decíamos directamente lo que estaba pasando. Los dos sabíamos que no hacía falta.
***
El viaje coincidió sin que lo forzáramos. Yo tenía que estar en aquella ciudad un miércoles. Ella también. Fue Elena quien lo mencionó con esa manera suya de presentar las cosas como si fueran la opción más lógica del mundo: ¿la recogía en el camino?
La esperé en el aparcamiento de un polígono a las ocho y media. Llegó puntual, con una maleta pequeña de ruedas que hacían ruido sobre el asfalto mojado. Me dio dos besos, subió al asiento del copiloto, se abrochó el cinturón y dijo: «A ver si la reunión de las once no se alarga.» Como si lo nuestro no existiera.
El trayecto duró casi dos horas y media. Hablamos de todo: de sus clientes, de los míos, de si el menú del día seguía siendo la opción más decente cuando viajabas solo. Su perfume había llenado el coche desde el primer minuto y yo intentaba concentrarme en la carretera mientras me preguntaba cuánto tiempo más podríamos seguir fingiendo que solo éramos dos conocidos que compartían viaje.
Fue después de la primera hora cuando alargó el brazo y puso la mano sobre mi muslo. Solo eso. La dejó ahí y siguió hablando de un congreso al que había asistido en marzo. Yo asentí y pregunté en los momentos correctos.
Después de un rato, su mano se movió unos centímetros hacia arriba. Nada brusco, casi como si fuera sin querer. Pero no fue sin querer. Sus dedos rozaron por encima de la tela el bulto que se me había ido formando desde que se sentó a mi lado, y se quedaron ahí, apretando muy despacio, midiéndome.
—¿Sabes lo que estás haciendo? —le dije.
—Estoy escuchándote —respondió, mirándome con los ojos muy abiertos.
—Elena.
—¿Qué? —sonrió apenas, y devolvió la vista a la carretera.
Su mano no se movió. Ni para adelante ni para atrás. Siguió ahí durante el resto del trayecto, quieta sobre mi polla dura debajo del pantalón, recordándome todo lo que no decíamos.
***
Cada uno se fue a sus reuniones por separado. Quedamos a las siete en la puerta de su último cliente. Cuando salió tenía esa expresión de quien acaba de cerrar algo importante: relajada, presente. Me dio un beso en la mejilla que duró más de lo necesario.
Subió al coche y colocó la mano en el mismo sitio que por la mañana. Esta vez el meñique se movía despacio, casi sin peso, dibujando la forma de mi polla por encima de la tela.
—¿Cómo te fue? —preguntó.
—Bien. Distraído todo el día.
—¿Por qué?
No contesté. Ella tampoco insistió.
El hotel era un edificio histórico reconvertido, con patios interiores y escaleras de piedra. Elena lo había elegido, y cuando lo vi desde el aparcamiento entendí por qué: era el tipo de sitio en el que las cosas se hacen con calma. El recepcionista nos informó de que la cena ya estaba siendo servida y que él mismo subiría las maletas. Elena le agradeció con una sonrisa, me miró de reojo, y caminó hacia el comedor sin esperarme.
***
La cena fue de esas que no quieres que acaben.
Pedimos un menú de temporada y una botella de tinto con cuerpo que el sommelier recomendó con convicción. Nos sentamos en una mesa cerca de la ventana. Elena tenía el pelo suelto y se lo recogió con la mano una vez mientras leía la carta, un gesto distraído que me resultó más íntimo que cualquier cosa que hubiera hecho antes.
Hablamos durante horas. De ella, de mí, de ciudades que los dos queríamos volver a visitar. En algún momento llegaron los postres y ya no recordaba qué habíamos comido antes. La botella se había vaciado y el camarero nos había traído dos copas de un vino dulce sin que nadie lo pidiera.
Elena tenía esa habilidad para mantener una conversación y hacer otra cosa al mismo tiempo. Cuando puso la mano sobre mi muslo debajo del mantel, siguió hablando de una película que había visto en el avión sin cambiar el tono ni la mirada.
—Elena —dije en voz baja—, nos van a ver.
—¿Quién nos va a ver?
Tenía razón. Las otras mesas estaban lejos. Pero eso no era el punto. Su mano encontró mi polla y la rodeó por encima de la tela del pantalón, apretando con toda la palma, marcando de arriba abajo la longitud entera. Yo me tensé entero.
—Para —dije.
—¿Te molesta?
—Me molesta que no podamos salir ahora mismo.
Apretó ligeramente, una vez, deslizó dos dedos hasta la punta y volvió a bajar, y retiró la mano con calma. Se llevó los mismos dedos a la boca y los chupó despacio antes de agarrar la copa.
—Termina el postre.
—No tengo hambre.
—Yo sí —dijo, y pasó la cuchara por el helado muy despacio mientras me miraba fijamente, sacando la lengua para lamer la crema antes de meterse la cuchara entera en la boca.
Me incliné hacia ella.
—¿Subimos?
Elena dejó la cuchara sobre el platillo con mucho cuidado. Se limpió los labios con la servilleta, se puso de pie, y dijo:
—Vamos.
***
Llamamos al ascensor. Mientras esperábamos, de espaldas al comedor, me puse detrás de ella y le puse las manos en la cintura. Elena no se movió. Solo apoyó ligeramente la cabeza hacia atrás, dejando que le pegara mi polla dura contra el culo por encima de la falda.
—Has estado todo el día haciéndome esto —le dije al oído.
—¿Y?
—Que no entiendo cómo has aguantado tanta calma.
—La calma es parte del plan —dijo, y las puertas del ascensor se abrieron.
Dentro la besé antes de que se cerraran. Ella respondió al beso, despacio al principio, luego con mucha más intensidad, metiéndome la lengua hasta el fondo. La arrimé contra el espejo y sus manos encontraron mi espalda, luego bajaron directamente a mi bragueta y empezaron a apretar sin disimulo. Le subí la falda hasta la cintura y le pasé la mano por encima de las bragas: estaban empapadas.
—Joder, Elena.
—Te dije que llevaba todo el día así —susurró, y me mordió el labio inferior.
Le aparté la tela a un lado con dos dedos y se los metí de golpe. Elena echó la cabeza hacia atrás contra el espejo y soltó un gemido corto y ronco que me subió por la espalda entera. Estaba tan mojada que mis dedos entraban sin resistencia.
—Tranquilo —me dijo entre beso y beso, apretándome la muñeca para que no dejara de moverme—. Queda tiempo.
—Llevo horas esperando esto.
—Lo sé —y me besó en el cuello, justo debajo de la oreja, mientras se restregaba contra mi mano.
Las puertas se abrieron en nuestra planta. Saqué los dedos, se los pasé por los labios y ella los chupó sin apartar los ojos de los míos.
***
Dentro de la habitación, Elena dejó el bolso sobre la silla y se giró hacia mí. No dijo nada. Me miró un momento, luego alargó la mano y me aflojó despacio el nudo de la corbata, sin apartar los ojos de los míos.
La besé. Esta vez sin la contención del ascensor: con las manos en su espalda, cerrando toda la distancia entre los dos. Ella respondió sin reservas, empujando su cuerpo contra el mío. Podía sentir sus caderas, sus tetas aplastándose contra mi pecho, y el calor que desprendía por debajo de la falda.
Nos desnudamos sin ceremonias. Ella se quitó la blusa y soltó el sujetador con esa calma que hacía que todo pareciera deliberado. Sus tetas eran exactamente como las había imaginado meses atrás cuando me mandó aquella primera foto: pesadas, con las areolas anchas y oscuras y los pezones tiesos que yo había tenido en la cabeza desde entonces sin querer reconocerlo. Le agarré una con la mano entera, me agaché y le chupé el pezón, tirando de él con los dientes con cuidado. Elena me sujetó la nuca y me apretó contra ella.
—Así —dijo, con la voz un poco más grave—. Muérdemelo.
Le pasé la lengua de una teta a la otra, mamando cada pezón hasta dejárselos brillantes. Ella jadeaba con la boca abierta, con las manos ya en mi cinturón. Me lo desabrochó, me bajó el pantalón y el calzoncillo de un tirón y mi polla saltó dura contra su vientre. La miró un segundo, se pasó la lengua por los labios y me señaló el sillón del rincón.
—Siéntate.
Me senté con el pantalón por los tobillos, completamente duro, la polla apuntando al techo, sin nada que disimular.
Elena se quedó de pie frente a mí. Se bajó la falda muy despacio, mirándome mientras lo hacía. Tenía unas bragas de encaje oscuro empapadas de un lado, y las dejó caer al suelo sin ningún gesto innecesario. Se abrió las piernas un momento para que le viera bien el coño depilado, con los labios hinchados y brillantes, y luego se acercó, se agachó sobre sus talones y tomó mi polla entre las manos. La miró un segundo.
—Llevo tiempo pensando en esto —dijo.
Y empezó.
Sabía exactamente lo que hacía. Comenzó por la punta, con la lengua, sin apresurarse, deslizándola despacio alrededor del glande mientras sus dedos rodeaban la base y apretaban con un ritmo suave. Recogió una gota de líquido preseminal con la punta de la lengua y me miró desde abajo mientras la tragaba. Tuve que sujetarme en los brazos del sillón para no perder la compostura. Cuando abrió la boca y se la metió entera de golpe, hasta que la punta le llegó al fondo de la garganta, cerré los ojos y dejé de intentar controlar nada.
La empezó a chupar con hambre, subiendo y bajando la cabeza, sacándomela entera y volviendo a tragársela, escupiendo saliva sobre ella y masturbándome con la mano al mismo tiempo. Cada tanto se paraba, me miraba con la polla apoyada contra la cara y se golpeaba la mejilla con ella antes de metérsela otra vez. Me lamió los huevos uno por uno, se los metió en la boca y los chupó con cuidado mientras me seguía pajeando con la mano. Luego volvió a subir con la lengua por toda la longitud y me la mamó entera hasta que la sentí golpearle el fondo de la garganta y ella no se retiró.
Pasó un rato que no supe medir. Le puse la mano en la nuca y ella dejó que le marcara el ritmo, tragando cada vez que yo empujaba.
En algún momento me levanté, la levanté también a ella, y la llevé a la cama. La tumbé boca arriba primero, le abrí las piernas y me metí entre ellas. Le pasé la lengua entera por el coño de abajo arriba, y ella arqueó la espalda y soltó un «joder» que sonó a rendirse. La chupé con ganas: primero los labios, luego el clítoris, moviendo la lengua en círculos y metiéndole dos dedos al mismo tiempo. Elena me apretó la cabeza con los muslos, me tiró del pelo y empezó a moverse contra mi boca sin ningún pudor.
—No pares, no pares, no pares —repetía, cada vez más rápido.
Se corrió así, con mi cara pegada a su coño y los dedos dentro, apretándome la cabeza entre los muslos hasta que casi no me dejó respirar. Cuando la solté, tenía la barbilla brillante de ella.
La giré boca abajo y me coloqué detrás. Le levanté las caderas para dejarle el culo en alto. Estaba completamente empapada. Me pasé la punta de la polla arriba y abajo por su raja un par de veces, restregándomela contra el clítoris, y ella empujó hacia atrás buscándome.
—Métemela ya —jadeó contra la almohada—. No me hagas esperar más.
Entré despacio, disfrutando de cada centímetro, sintiendo cómo se iba abriendo alrededor de mi polla, y ella hundió la cara en la almohada y emitió un sonido largo que no intentó disimular. La primera embestida a fondo le arrancó un gemido ronco.
Follamos así un rato largo, sin prisa al principio y después cada vez con más ganas. Ella empujaba el culo hacia atrás cada vez que yo avanzaba, y yo le puse las manos en las caderas y la acerqué más hacia mí, marcando un ritmo que le hacía temblar las tetas contra el colchón. Le di una nalgada, y luego otra, y vi cómo se le enrojecía la piel.
—Más fuerte —dijo—. Fóllame más fuerte.
Le agarré el pelo con una mano, tirando hacia atrás para que arqueara la espalda, y empecé a metérsela hasta el fondo con cada embestida. El sonido de mis muslos golpeándole el culo llenó la habitación. Sus gemidos iban en aumento, cada vez más agudos, cada vez más seguidos. Yo estaba llegando y no lo ocultaba.
Entonces se detuvo en seco.
Se incorporó, se giró, me hizo salir de golpe y me miró con los ojos brillantes y esa expresión de tenerlo todo calculado.
—Todavía no —dijo.
—Elena, por favor. Estoy a punto.
—Las cosas que se disfrutan despacio se recuerdan mejor.
Me empujó para que me tumbara boca arriba y se sentó sobre mí a horcajadas. Se agarró mi polla con una mano, se la pasó por su coño un par de veces mojándola bien, y se la clavó hasta el fondo de una sola vez. Se quedó quieta un segundo, con los ojos cerrados y la boca abierta, sintiéndome dentro.
—Así —susurró—. Quieto.
Empezó a moverse ella, subiendo y bajando muy despacio, mirándome fijamente. Me agarró las manos y se las llevó a las tetas para que se las apretara. Yo se las agarré con fuerza, jugueteando con los pezones entre los dedos, y ella empezó a montarme más rápido, apoyándose con las manos en mi pecho. Sus tetas rebotaban con cada bajada.
—Voy a correrme otra vez —jadeó—. Contigo dentro.
Empujó las caderas contra las mías, moviéndose en círculos, apretando el coño alrededor de mi polla con cada embestida. Cuando se corrió, se quedó clavada sobre mí hasta el fondo, temblando entera, con el coño apretándomela en espasmos. Yo no aguantaba más.
Me miró fijamente unos segundos, todavía sin recuperar el aliento. Luego se levantó, se inclinó y me besó en la boca, y su mano encontró mi polla resbaladiza de ella y empezó a moverse arriba y abajo con una precisión que me dejó sin palabras. Se colocó entre mis piernas y volvió a meterse la punta en la boca sin dejar de pajearme, apretando con el puño la base mientras la lengua se movía sobre el glande. Esta vez no paró. La miré. Ella me miró, con la polla entre los labios y la mano rodeándola. Cuando llegué fue con los ojos abiertos, mirándola, y ella abrió la boca para recibir el primer chorro en la lengua, siguió moviendo la mano y no soltó una gota, tragándomelo todo mientras seguía apretando y sacándome hasta la última contracción. Me chupó la punta limpia después, con calma, hasta que ya no me quedaba nada.
No dijo nada. Se limpió la boca con el dorso de la mano y apoyó la cabeza sobre mi pecho.
Estuvimos así un rato en silencio.
—Elena —dije, cuando recuperé algo de voz.
—¿Mmm?
—Hace mucho que no pasaba algo así.
—Lo sé —contestó—. Se nota.
Noté que sonreía contra mi piel.
***
Eso fue hace meses. Todavía nos escribimos. A veces me manda una foto sin decir nada más, y yo le respondo con algún comentario que no llega a ser lo que querría decir.
Ella sabe perfectamente lo que hace. Siempre lo supo.