El bombero que entrevisté y no pude dejar de buscar
Voy a contarlo como pasó, sin maquillarlo, porque hace años que lo callo y ya no quiero seguir haciéndolo. Era 1984 y yo trabajaba en una revista de Rosario, en plena fiebre del destape. Las calles olían a libertad recién estrenada, los quioscos se llenaban de portadas que antes habrían sido impensables, y yo, con treinta años recién cumplidos, sentía que por fin podía escribir lo que se me antojara. Me llamaba Renata, y era ambiciosa, soltera y bastante harta de los hombres tibios que había conocido hasta entonces.
El encargo llegó como un chiste del destino: cubrir el concurso para el primer calendario de bomberos de la provincia.
—Es lo que vende, Renata. Tipos aceitados, cascos, mangueras. La gente lo va a arrancar de las manos —me dijo mi editor, divertido.
Acepté sin pensarlo demasiado. El evento se hacía en un cuartel remodelado del barrio Pichincha, con reflectores, fotógrafos y un público casi entero de mujeres que aplaudían sin disimulo. Y ahí lo vi por primera vez.
Se llamaba Damián Ferreyra, el novato que competía por Míster Marzo. Veintisiete años, alto, con los brazos marcados por el trabajo más que por el gimnasio y un tatuaje de líneas finas en el antebrazo. Posaba con el casco en la mano y el torso desnudo, los pantalones de bombero apenas sostenidos en las caderas, tan bajos que se le adivinaba el nacimiento del vello y el bulto pesado que abultaba la tela. No era solo el cuerpo. Era la manera en que miraba a la cámara, como si supiera algo que el resto todavía no.
Ese gana, pensé. Y no por las fotos.
Ganó marzo. Lo entrevisté en un rincón del cuartel, con el aire cargado de sudor y voces, las libretas temblándome un poco en la mano. Él me miró de arriba abajo, sin apuro, y se me pasó por la cabeza que me estaba desnudando con los ojos con la misma calma con la que se enrollaba una manguera.
—Sos la periodista más linda que pasó por acá —dijo, con esa voz baja que parecía hecha para decir cosas peores—. ¿Querés ver la manguera de cerca?
Sentí el calor subirme por el cuello, pero también más abajo, un latido tibio entre las piernas que me tomó por sorpresa. Me puse colorada como una adolescente, y eso me dio una rabia enorme. Junté mis cosas a los tropezones.
—Gracias por el cumplido —balbuceé—. Tengo que cerrar la nota. Felicitaciones por el premio.
Y me fui. Casi corriendo, como una chica asustada, cuando lo único que quería era quedarme.
***
Manejé hasta mi departamento con las manos firmes en el volante y la cabeza en otra parte. El aire de la noche no me sirvió de nada. Llegué, cerré la puerta de un golpe y me apoyé contra la pared del pasillo, respirando hondo, todavía con la imagen de él pegada detrás de los ojos: el torso brillante, los brazos cruzados, esa media sonrisa, y el bulto que se le marcaba en el pantalón de bombero.
Me arranqué la ropa camino a la habitación. La blusa quedó tirada en el pasillo, la pollera en el umbral, la bombacha ya húmeda a los pies de la cama. Me tiré boca arriba encima del acolchado, con la lámpara de la mesita como único testigo, y me abrí de piernas sin darme tiempo a arrepentirme. Me pasé dos dedos por el coño y ya estaba mojada, empapada, resbalando sola. Me clavé un dedo primero, después dos, apretando fuerte los ojos para que la cara de Damián no se me borrara.
Me lo imaginé subiéndose encima, con esos brazos separándome las rodillas, forzándome a abrirme más. Me imaginé su boca bajando por mi cuello hasta las tetas, chupándome un pezón hasta ponérmelo duro y morado, mordiéndome apenas para arrancarme un quejido. Bajando más, con la lengua por el ombligo, más abajo, hasta hundirme la cara entre los muslos y comerme el coño con hambre, sin pedir permiso. Con la mano libre me apreté una teta, me pellizqué el pezón fuerte como me lo hubiera pellizcado él, y con la otra empecé a frotarme el clítoris en círculos rápidos, mojada de mí misma hasta el culo.
—Damián, hijo de puta —susurré en voz alta, sola en la habitación, y me dio vergüenza y me calentó todavía más escucharme.
Me imaginé la manguera, como me había dicho. Me imaginé la polla que le adivinaba debajo del pantalón, gruesa, larga, con las venas marcadas, empujándome contra la pared del cuartel. Me imaginé abriendo la boca para chupársela, arrodillada en el piso de cemento, con la lengua paseándole por los huevos y la garganta abriéndose hasta el fondo. Me imaginé diciéndole que sí, ahí mismo, sin importarme nada, con la pollera levantada hasta la cintura y él penetrándome de una sola estocada, hasta el fondo, tapándome la boca con la mano para que no gritara.
Cuando llegué fue largo y casi doloroso, un espasmo que me dobló la espalda contra el colchón y me hizo apretar los muslos alrededor de la mano hasta lastimarme. Me corrí gimiendo su nombre como una idiota, con el coño palpitándome descontrolado, empapando las sábanas. Me dejó temblando y avergonzada y feliz a la vez. Me quedé un rato así, con los dedos todavía adentro, sintiendo cómo el coño se me seguía contrayendo solo, en oleadas más chicas.
Después me quedé mirando el techo. Mañana lo llamo para una segunda entrevista, pensé. Y esta vez no me escapo.
Esa fue mi primera mentira. La que me dije a mí misma para no admitir que ya estaba perdida.
***
Al día siguiente volví con la excusa perfecta: necesitaba unas fotos más personales para la nota. Me puse una pollera más corta de lo prudente, sin bombacha debajo —una decisión que tomé mientras me vestía, mirándome al espejo, sabiendo perfectamente lo que estaba haciendo—, y me solté el pelo. Damián me recibió en la puerta del vestuario, todavía sudado del entrenamiento, una toalla al hombro.
—Volviste —dijo, sin sorpresa—. Pensé que te había espantado.
—No me espanto tan fácil —mentí otra vez.
Hicimos unas tomas rápidas, él con la manguera, el agua corriéndole por el pecho. Cada disparo de la cámara era una excusa para acercarme, rozarle el brazo, robar un poco de su olor. Cuando terminamos, propuse un café para charlar detalles. Él aceptó con una sonrisa que ya conocía.
Nos sentamos al fondo de un bar de la esquina, lejos de las miradas. Pedimos dos cortados que casi no tocamos. A los pocos minutos se inclinó hacia mí, bajando la voz.
—Anoche soñé con vos —dijo—. Estabas sola en el cuartel y yo te tenía contra la pared del garaje. Sonaba la sirena de fondo. Te levanté la pollera, te bajé la bombacha con los dientes, y te la metí sin preguntarte nada. Te corriste dos veces antes de dejarte ir.
Era un atrevimiento de mal gusto y, sin embargo, no me levanté. Sentí el calor bajarme por el vientre, un tirón directo al coño. Me reí, nerviosa, tapándome la boca, con los ojos brillando de algo que no era solo vergüenza.
—Sos un desubicado, Damián —dije entre risas—. ¿Cómo me decís eso acá, con gente alrededor?
—Porque vi cómo te pusiste colorada ayer —respondió, encogiéndose de hombros—. Y porque apuesto a que pensaste en mí después de escaparte. Apuesto a que te tocaste. Apuesto a que gritaste bajito para que los vecinos no te escucharan.
No lo negué. Apreté los muslos bajo la mesa y me incliné hacia él. Debajo del mantel, deslicé un pie descalzo y le rocé la pantorrilla, subiéndole despacio por la pierna.
—Tal vez. Pero si seguís hablando así, voy a tener que ponerte reglas.
—Me gustan las mujeres que ponen reglas —dijo, levantando una ceja—. Decímelas. Después vemos si las cumplo o si las rompo una por una.
Y así nacieron, entre risas y rodillas que se rozaban bajo la mesa, las reglas que yo misma inventé esa tarde: nada de tabúes, nada de inhibiciones, nada de compromiso. Solo deseo, en estado puro. Estaba tan segura de que podía controlarlo.
***
No fuimos a ningún lado esa tarde más que a mi cama. Y fue todo lo que había imaginado y más. Apenas cerré la puerta del departamento, Damián me agarró de la nuca y me estampó contra la pared del living, comiéndome la boca con lengua, mordiéndome el labio hasta hacerme gemir. Me metió una mano debajo de la pollera y encontró que no tenía bombacha. Se rió contra mi cuello.
—Puta —murmuró, con una sonrisa que me hizo temblar—. Viniste preparada.
—Callate y seguí —le dije, y le empujé la cabeza para abajo.
Se arrodilló ahí mismo, contra la pared, me levantó la pollera hasta la cintura y me pasó la lengua entera por el coño, de abajo hacia arriba, lento, como quien saborea algo por primera vez. Me temblaron las rodillas. Me chupó el clítoris despacio, después más fuerte, después metió la lengua adentro y me la clavó hasta donde pudo, comiéndome como si tuviera hambre atrasada. Le apreté la cabeza contra mí, sin dejarlo respirar, retorciéndome contra su boca. Cuando me sentí a punto, paró.
—Todavía no —dijo, mirándome desde abajo, con la boca brillante de mí—. Todavía no te corrés. Te lo vas a ganar.
Me arrastró a la cama medio en peso, me tiró boca arriba y se sacó el pantalón. Cuando la vi por primera vez, se me escapó un ruido de la garganta que no supe interpretar. La tenía gruesa, larga, dura hasta la punta, con una vena que le recorría todo el largo. Me arrodillé en el borde de la cama y se la agarré con las dos manos. Me la metí en la boca sin pensarlo, la chupé de arriba abajo, dejando que se me llenara la garganta, escuchándolo gemir por primera vez. Le lamí los huevos, le pasé la lengua por el tronco, se la volví a meter hasta arcada, con los ojos llorosos y saliva chorreándome por el mentón.
—Así —murmuró él, agarrándome del pelo—. Mirame mientras me la chupás.
Lo miré. Y le vi la cara de un hombre que estaba entendiendo que yo tampoco iba a ser fácil de olvidar.
Me dio vuelta, me puso en cuatro sobre el colchón y me abrió el culo con las dos manos. Me clavó la polla de una sola embestida, hasta el fondo, y grité contra la almohada. Empezó a cogerme fuerte, agarrado de mis caderas, la piel golpeándole contra la mía en un ritmo que me hacía crujir la cama. Me llevó una mano al pelo, tiró, me obligó a arquear la espalda para que se la metiera más profundo. Con la otra mano me buscó el clítoris y empezó a frotármelo con dos dedos mientras seguía embistiendo.
—Corréte —me ordenó al oído—. Corréte con mi verga adentro.
Me corrí gritando, apretándole la polla con el coño en espasmos que me sacudieron entera. Él no paró. Me dio vuelta otra vez, me puso boca arriba, me abrió las piernas hasta ponerme los tobillos sobre sus hombros y me volvió a penetrar, mirándome a los ojos mientras se movía. Me la metía lento, hasta el fondo, y salía casi entera para volver a clavarla de golpe. Me lastimaba y me gustaba y no podía parar de gemir su nombre.
—Damián, más fuerte —le supliqué, y me odié por suplicar, y me calenté más por haberme odiado.
Aceleró. Me tomó de las tetas, me apretó los pezones entre los dedos, me mordió el cuello. Sentí la corrida subiéndome desde el vientre otra vez y me corrí antes que él, apretándole la cintura con las piernas, arañándole la espalda. Él siguió unos golpes más, cada vez más rápido, y cuando estaba por venirse me sacó la polla, se me subió al pecho y me acabó en la cara y en las tetas, con un chorro grueso que me cayó desde el mentón hasta los pezones. Le vi la cara desencajada, los ojos cerrados, la boca abierta, y me sentí poderosa por primera vez en la noche.
Nos quedamos ahí, jadeando, él encima de mí sin haber salido del todo, mientras yo me pasaba un dedo por el semen que me chorreaba por el cuello y me lo llevaba a la boca sin dejar de mirarlo.
—Te dije que ibas a suplicar —murmuró después, mientras yo recuperaba la respiración con la cara contra su pecho.
—No te lo agrandes —le dije. Pero los dos sabíamos que tenía razón.
Lo que vino después fueron meses de un vértigo del que no sabía cómo bajar. Nos veíamos en cualquier parte: en mi departamento después de una "entrevista" que duraba hasta el amanecer, en el cuartel vacío de madrugada, en moteles de la ruta, en el auto estacionado frente al río. En el asiento trasero del Renault, con mis piernas apretadas contra el techo y él arrodillado en el piso comiéndome hasta que empañaba los vidrios. En el vestuario del cuartel, contra los lockers, con las duchas corriendo para tapar el ruido, mientras me lo clavaba con el uniforme a medio bajar. En un motel de mala muerte de la ruta 9, donde me ató las manos al respaldo con mis propias medias y me cogió durante horas, sin dejarme correrme hasta que le rogué. Yo seguía inventando reglas para cada encuentro, y él seguía rompiéndolas todas, una por una, hasta dejarme rendida y riéndome de mi propia derrota.
—Sos mi periodista favorita —me decía, con la boca contra mi nuca, todavía adentro mío después de haberse corrido.
—Y vos sos un problema —le respondía yo, y lo decía en serio sin todavía entenderlo.
El calendario salió y fue un éxito enorme. Damián empezó a aparecer en otras revistas, en algún programa de televisión, convertido en el bombero que todas querían. Yo cubría cada paso con notas cada vez más encendidas. Mis compañeros de redacción empezaron a notar que llegaba tarde, con ojeras y una sonrisa que no se me borraba.
***
Y entonces apareció Esteban.
Era un periodista nuevo, de treinta y cuatro años, que llegaba con fama de buena pluma. No tenía nada del físico de Damián: fumaba demasiado, le sobraban unos kilos que lo hacían parecer más humano, y acababa de publicar una investigación sobre la corrupción policial que le había valido premios. Pero era inteligente, rápido, ácido. Me hacía reír a carcajadas en las reuniones y, sobre todo, me escuchaba de verdad cuando hablaba de mi trabajo.
Con Esteban sentí algo que con Damián no existía: la posibilidad de un después. Cafés que se estiraban hasta la madrugada, charlas sobre todo y sobre nada, un beso torpe en la puerta de mi casa que no pasó a más esa primera vez. Con él podía ser yo, sin el papel de mujer fatal que había aprendido a interpretar en la cama del bombero.
La primera vez que nos acostamos fue lento, casi tímido. Esteban me desvistió con cuidado, me besó cada parte del cuerpo como si estuviera aprendiendo un mapa, y me hizo el amor despacio, mirándome a los ojos. Se corrió adentro mío con un gemido corto y después me abrazó por atrás durante una hora, respirándome la nuca. Fue tierno. Fue lindo. Me corrí una vez, apenas, con él frotándome el clítoris con la mano mientras se movía suave. Nada que ver con las tres o cuatro veces que me venía con Damián.
Empecé a fallarle a Damián de a poco. Cancelaba en el último momento, llegaba tarde, y cuando nos veíamos, el sexo seguía siendo intenso pero ya no me llenaba igual. Él lo notaba. No decía nada, pero me apretaba más fuerte, me la metía más al fondo, me marcaba las caderas con los dedos como si quisiera reclamar algo que sentía resbalarse. Una noche me tuvo boca abajo casi una hora, cogiéndome sin parar, sin dejarme dar vuelta la cara, hasta que me corrí llorando contra la almohada.
—¿Con el otro es así? —me preguntó al oído, mientras seguía embistiendo.
No le respondí. No hacía falta.
Una noche, después de un encuentro rápido en el auto —una mamada que le di en el asiento del acompañante, con la mano de él enredada en mi pelo y el semen bajándome por la comisura de la boca—, junté coraje.
—Damián, creo que necesito un tiempo.
Se rió, pero no fue una risa alegre.
—¿Un tiempo o un reemplazo? —dijo—. ¿Ya encontraste a otro?
—No es solo eso. Hay alguien con quien puedo hablar, reírme, construir algo. No solo esto.
Se acomodó la ropa, mirándome con una dureza nueva.
—Las reglas eran tuyas —dijo—. Sin compromiso. No me vengas con dramas ahora. Andá con tu tipo. Pero los dos sabemos que no vas a sentir con él lo que sentís conmigo. No se te va a mojar el coño con solo oírle la voz. No vas a suplicarle que te la meta más fuerte.
Se fue sin despedirse. Y yo me quedé en la calle, sola, con una certeza incómoda instalada en el pecho: tenía razón.
***
Esteban y yo empezamos a salir en serio. Íbamos al cine, cocinábamos juntos, nos quedábamos hablando hasta tarde. El sexo con él era tierno, atento, me besaba mucho y me abrazaba después. Me hacía el amor dos, tres veces por semana, siempre en la cama, siempre con la luz apagada, siempre en la misma postura. Era todo lo que dicen que una debería querer. Y, sin embargo, nunca me dejaba como me dejaba el otro: con el cuerpo vibrando y la cabeza vacía. Con Esteban siempre faltaba algo, un filo que yo extrañaba y que me daba culpa extrañar. Extrañaba que me tiraran del pelo. Extrañaba las manos apretándome el cuello sin ahogarme. Extrañaba la voz baja diciéndome guarradas al oído. Extrañaba correrme hasta perder la cuenta.
Así que volví a mentir. Esta vez a Esteban. Al principio fue un mensaje a Damián, "una última vez". Nos encontramos en el cuartel de madrugada, y me tomó contra la pared del garaje, con la sirena sonando de fondo por una emergencia real que salió mientras cogíamos, igual que en aquel sueño que él me había contado en el bar. Me levantó la pollera, me arrancó la bombacha de un tirón, y me la metió parada, con una pierna mía enganchada en su cadera, mordiéndome el cuello para no gritar. Me corrí dos veces antes de que él terminara adentro mío, con la cara enterrada en mi hombro.
Después fueron más. Encuentros robados a cualquier hora, en cualquier parte. Me hacía cosas que a Esteban ni se me hubiera ocurrido pedirle: me ataba, me tapaba los ojos, me la metía por atrás por primera vez en mi vida, despacio, con los dedos en mi coño y su voz al oído diciéndome que aflojara, que era suyo también ese agujero. Yo lloraba y le pedía más. Llegaba a casa con Esteban, me duchaba rápido para sacarme el olor a él, y me metía en la cama a su lado fingiendo cansancio, con el culo dolorido y el coño todavía palpitando.
Pero ni siquiera eso era como antes. Cada vez con Damián era distinto, más áspero, más triste. Yo me iba sintiéndome menos deseada y más adicta, que no es lo mismo. Él ya casi no me besaba en la boca. Me usaba, y yo me dejaba usar, porque era la única forma que había encontrado de sentir algo. Y volvía a la cama de Esteban a mirar el techo, insatisfecha, pensando en uno mientras dormía abrazada al otro.
Una noche, Esteban me encaró.
—Sé que hay alguien más, Renata. No soy tonto. ¿Quién es?
Lloré. Le conté apenas una parte de la verdad: un bombero, del calendario, algo que había empezado como sexo y que no podía soltar. No grité, no rompió nada. Solo agarró su campera.
—Ojalá algún día encuentres lo que buscás —dijo desde la puerta—. Porque conmigo, evidentemente, no era.
Y se fue, en silencio, que es la peor manera de que alguien se vaya.
***
Me quedé sola otra vez. Intenté llamar a Damián, pero él ya no contestaba. El calendario había sacado ediciones nuevas, con otros bomberos posando, y Míster Marzo era cosa del pasado. Yo seguí escribiendo notas, viviendo el destape como todos, pero cada vez que veía la foto de un hombre así me volvía a ese cuartel, a esa primera tarde, a las reglas que inventé creyendo que podía ganar.
Probé rehacer mi vida. Salidas con amigas, citas con hombres correctos, hasta un intento de algo serio. Pero al final del día siempre volvía a lo mismo: a Damián, al único que me había hecho sentir sin frenos y al único al que no supe retener. A tocarme sola pensando en su polla, en su voz, en la forma en que me agarraba del cuello mientras me la clavaba.
Lo confieso ahora, tantos años después, porque entendí cuál fue la única regla que de verdad se rompió. No fue ninguna de las que escribí. Fue la que ni siquiera me animé a poner en voz alta: no enamorarme. Perdí al hombre que me ofrecía un futuro por uno que solo me ofrecía el presente, y terminé sin ninguno de los dos. Esa es mi historia real, sin adornos. Y si la cuento es porque tal vez, contándola, deje por fin de extrañar lo que nunca debí dejar entrar.