Fingió estar borracha para ver quién la cuidaría
La fiesta de fin de curso en la casa compartida seguía su rumbo habitual. La música hacía vibrar las paredes, había bebida de sobra, alguna sustancia circulando de mano en mano y un puñado de cuerpos moviéndose en el salón principal.
Mateo observaba todo desde un rincón, con una cerveza tibia en la mano que apenas había tocado. Miraba alrededor y confirmaba, por enésima vez, que las fiestas no eran lo suyo. El ruido lo cansaba antes incluso de empezar.
Pero entre todo aquel mar de gente, sus ojos terminaban siempre desviándose al mismo punto: Daniela. Ella bailaba en el centro, con el cabello castaño ondeando al ritmo de la música, riéndose con el grupo que la rodeaba como si esa noche le perteneciera por completo.
A sus ojos, Daniela era perfecta. Inteligente, aplicada en clase, con una energía radiante y un sentido del humor que lo desarmaba. Pero había un problema, y es que a lo largo de los años en la facultad ella se había ganado una reputación.
La llamaban la «fácil» del campus, la que en cada fiesta acababa con alguien distinto en su cuarto. Las malas lenguas decían que a veces no era uno solo, sino dos o más sus acompañantes.
Mateo conocía los rumores y todo lo que se decía de ella. Sus amigos le repetían que no valía la pena seguir colgado de alguien así, pero ninguna de esas palabras apagaba el fuego silencioso que ardía en su pecho desde el primer semestre. Habían hablado en clase un par de veces, nada más. Para ella era invisible, o eso creía él.
De pronto, la noche dio un giro. Daniela empezó a tambalearse, a desvariar, a chocar con la gente. Derramó su bebida sobre alguien y soltó una carcajada fuera de lugar.
Los murmullos no tardaron. Que vaya borrachera, que era una mala copa, que debería irse a casa antes de montar un espectáculo. El chico que organizaba la fiesta se acercó, la tomó del brazo y le pidió que se marchara. Daniela, fuera de sí, forcejeó, se negó a salir y se ganó las miradas de desprecio de todos los que presenciaban la escena.
Mateo sintió una punzada de lástima. No podía dejarla ahí, expuesta a más juicios de los que ya cargaba a diario. Decidió actuar.
—Yo la llevo a su cuarto —dijo, alzando la voz por encima del ruido.
Las miradas se volvieron hacia él. Algunas eran de alivio, de agradecimiento. Otras, de burla y vergüenza ajena. La tomó del brazo con cuidado, lo pasó por detrás de su espalda para sostenerla y sintió el calor de su piel contra la suya mientras salían despacio de la casa.
Daniela murmuraba cosas sin sentido mientras cruzaban el campus hacia las residencias de mujeres. Él le preguntaba el número de su habitación; ella respondía con frases inconexas, hasta que por fin soltó un dato concreto. Mateo solo esperaba que fuera el real y no caminar en vano.
Subir las escaleras del edificio fue todo un desafío. Ella se apoyaba en él, se dejaba caer de tanto en tanto y lo obligaba a sujetarla con más fuerza para que no terminaran los dos en el suelo.
—Ya casi llegamos —susurró, más para sí mismo que para ella.
Al llegar a la puerta, comprobó que estaba cerrada con llave.
—En el pantalón —balbuceó Daniela.
Aun así, le entendió. Probó en los bolsillos delanteros y descubrió que eran falsos, de adorno. Decidió intentar con los traseros.
Deslizó la palma abierta dentro del bolsillo, sintiendo la curva firme de su trasero, con el miedo latiendo en el fondo por si ella lo malinterpretaba. Alcanzó las llaves, sacó la mano a toda prisa, abrió la puerta y entraron.
La habitación era pequeña, con pósters de bandas desconocidas en las paredes y una torre de libros apilados sobre el escritorio. Acostó a Daniela de lado en la cama, como había visto en las películas, para que no se ahogara si llegaba a vomitar. La cubrió con una manta ligera, tratándola como todo un caballero.
Pensó que, si vomitaba, podía armar un desastre en el suelo. Fue al baño y rebuscó en los armarios hasta dar con un cubo de plástico que dejó junto a la cama, por si acaso.
Al volver a la habitación, se llevó un susto al escuchar una voz que lo llamaba.
—Hola, Mateo.
Era Daniela, sentada en la cama, mirándolo fijamente y hablando sin el menor rastro de balbuceo.
Él soltó un grito ahogado, dejó caer el cubo y dio un paso atrás.
—Daniela, tienes que volver a acostarte, estás borracha.
Una sonrisa juguetona apareció en sus labios. Se levantó y se acercó despacio.
—No estoy borracha, Mateo.
—Claro que sí, estabas desvariando en la fiesta —dijo él, recogiendo el cubo del suelo.
Cuando se incorporó, la encontró frente a frente. Ella se abalanzó sobre él, le plantó un beso y lo empujó contra la pared.
—Te dije que no estoy borracha —murmuró, antes de seguir besándolo.
La mente de Mateo daba vueltas. No sabía si era una broma o algún tipo de reto, pero ella parecía decir la verdad: no había rastro de alcohol en su aliento. La situación lo desbordaba. Su deseo de meses lo estaba besando, y todo se había vuelto confuso de golpe.
—Si no estás borracha, entonces, ¿por qué lo fingiste? —preguntó.
—Para ver qué caballero me ayudaba. Y apareciste tú —dijo, mirándolo a los ojos—. Ahora disfruta tu recompensa.
Daniela pasó a besarle el cuello mientras le acariciaba el pecho. Recorrió su torso entero y jugó peligrosamente con la hebilla de su cinturón.
Sus palabras resonaban en la cabeza de Mateo. Una parte de él quería irse; la otra sabía que una oportunidad así no se repetiría tan fácilmente.
Sus pensamientos se cortaron cuando ella lo tomó de los brazos y lo guio hasta la cama. Lo empujó sobre el colchón y se subió detrás.
Daniela no le dio tiempo a procesar nada. Sus manos ya estaban en el cinturón, desabrochándolo con una lentitud deliberada que lo enloquecía.
—Mírame —susurró mientras bajaba la cremallera—. Quiero ver tu cara cuando te toque.
Mateo tragó saliva. Sus ojos se encontraron con los de ella, oscuros y cargados de deseo. Daniela metió la mano dentro de su ropa interior y lo envolvió con dedos fríos. Un gemido se le escapó sin permiso.
Empezó a acariciarlo despacio. Él echaba la cabeza hacia atrás, intentando guardar el mayor silencio posible.
—¿Te gusta cómo lo hago? —murmuró ella, moviendo la mano con un ritmo lento, apretando justo lo necesario.
Mateo alcanzó a asentir. Si intentaba hablar, volvería a gemir y alertaría a las habitaciones vecinas.
Ella sonrió. Le bajó el pantalón junto con la ropa interior hasta quitárselos del todo. Le subió un poco la camiseta y dejó un camino de besos desde el ombligo hasta la ingle.
Tomó de nuevo su erección, ya completa, y empezó con pequeños besos en la punta, intercalando recorridos lentos con la lengua.
Después se lo llevó a la boca, ayudándose con la lengua y rozándolo contra el interior de las mejillas, empapándolo cada vez más, succionando con una presión perfecta que le hizo arquear la espalda.
De tanto en tanto, Mateo la miraba. La imagen era surrealista. Ella lo disfrutaba de verdad, lo observaba con ojos seductores y los cerraba cada vez que lo sacaba de la boca.
Intentaba llevarlo hasta el fondo de la garganta, soltando alguna arcada que volvía su saliva más espesa, hasta mojarle el miembro por completo y dejar manchas en las sábanas.
Mateo solo conseguía jadear, algo que encendía aún más a Daniela y la empujaba a poner más ganas en cada movimiento. Cuando se cansó, se separó con un hilo de saliva uniendo su boca y su entrepierna.
—Buen chico. Ahora quítate la camisa —dijo.
Mateo obedeció con torpeza, tirando de la tela por encima de la cabeza, mientras ella seguía tocándolo y observaba cómo se desvestía.
Una vez desnudo él, ella se puso de pie junto a la cama. Se quitó la blusa y después el pantalón, dejando a la vista un conjunto de lencería a juego. Tomó la mano de Mateo y la llevó a su centro.
Él, todavía inseguro, sin saber bien qué hacer, la tocaba con timidez.
—Esta noche soy tuya —dijo Daniela—. No te contengas.
Ese fue el último empujón que necesitaba. Apartó la ropa interior de ella e introdujo los dedos.
Daniela soltó un gemido al sentir el contacto en su piel más sensible. Se miraban a los ojos mientras se acariciaban el uno al otro.
—¿Sabes cuántas veces te vi en clase y pensé en esto? —dijo ella, subiendo y bajando la mano—. En lo duro que te pondrías solo con mirarme.
Por la cabeza de Mateo pasó de todo. Llegó a creer que era un sueño, pero su propia erección y el calor de las manos que lo sostenían lo anclaban a la realidad.
Daniela se detuvo un momento. Se llevó las manos al sujetador y se lo quitó despacio, dejando caer unos pechos que, sin ser grandes, tenían una firmeza y una forma perfectas.
Después se deshizo de la última prenda, ya empapada. Su sexo relucía con la luz de las farolas que se colaba por la ventana.
Y ahí estaba ella, desnuda, hermosa y sin la menor pizca de vergüenza. Mateo la miró maravillado, sintiéndose afortunado.
Daniela volvió a subirse a la cama sin romper el contacto visual, como una felina midiendo a su presa. Se colocó sobre él y rozó su sexo húmedo contra la erección, sin dejarlo entrar todavía.
—¿Lo quieres? —preguntó, moviendo las caderas en círculos lentos—. Dime cuánto lo quieres, Mateo.
—Mucho… por favor, Daniela… lo necesito dentro —suplicó él, con las manos sobre sus muslos.
Ella se inclinó. Sus pechos rozaron el torso de Mateo y le mordió con suavidad el labio inferior.
Él deslizó una mano otra vez entre sus piernas. Estaba empapada. Sus dedos encontraron el clítoris y lo acariciaron en círculos suaves. Daniela gimió contra su boca, moviéndose contra su mano.
Él aumentó la presión y el ritmo. Los gemidos de ella se volvieron más agudos, las caderas le temblaban. De pronto su espalda se tensó, le clavó las uñas en los hombros y le empapó la mano por completo.
Apenas recuperó el aliento, se incorporó un poco, tomó el miembro y lo guio dentro de ella con un movimiento lento, descendiendo hasta que sus caderas se encontraron del todo.
Los dos gimieron al mismo tiempo. Ella empezó a moverse arriba y abajo con un ritmo que lo volvía loco, apoyada sobre el pecho de Mateo, mientras él la observaba prácticamente hipnotizado.
—No pares —dijo él, entre jadeos.
Ella lo miró con una sonrisa traviesa, mordiéndose el labio. Poco a poco aceleró, cabalgándolo con fuerza, y el sonido de sus cuerpos chocando llenó la habitación. Ya no les importaba que los descubrieran, solo vivir el momento.
Él subió las manos para apretarle los pechos, pellizcándole los pezones, mientras ella se inclinaba aún más para sentirlo más profundo.
Era Daniela quien tenía todo el control. No le permitía moverse ni cambiar de posición; lo montaba con furia, multiplicando el placer de los dos. Mateo le sujetaba el trasero con fuerza y le dejaba alguna palmada que la hacía acelerar todavía más.
En pleno éxtasis, ella le tomó la cara y dirigió sus ojos hacia los suyos.
—Mírame —exigió—. Quiero verte la cara cuando te corras dentro.
Y dio las últimas embestidas, arqueando la espalda, preparándose para un nuevo clímax.
Mateo no aguantó más. El placer lo atravesó como un rayo. Se tensó debajo de ella, gruñendo mientras se derramaba en su interior.
Daniela siguió moviéndose unos segundos más, exprimiéndolo hasta la última gota, hasta que los espasmos la sacudieron en un segundo orgasmo, esta vez más violento que el primero.
Cayó sobre su pecho, respirando agitada. Por un momento se quedaron así, piel contra piel, con el silencio roto solo por sus respiraciones.
Después se apartó despacio, se tumbó a su lado y le dio una palmada ligera en el muslo.
—Fue increíble —dijo, con la voz satisfecha.
Mateo no supo qué responder. Todavía estaba asimilando lo que acababa de pasar.
—Perdón, pero no puedes quedarte. No admiten chicos en nuestras residencias —añadió ella, sentándose en el borde.
Él, todavía mareado por el placer y la incredulidad, asintió. Se vistió en silencio, con la ayuda de ella, sintiendo cada gesto como una despedida.
Daniela lo acompañó hasta la puerta. Antes de abrirla, él se giró hacia ella.
—¿Alguna vez volveremos a…?
Envuelta en una sábana, ella le dedicó una sonrisa pícara.
—Quizá. Si te portas bien en clase y me miras como si quisieras comerme viva… quién sabe.
Abrió la puerta y le dio un beso en la mejilla. Mateo salió de la habitación y oyó cómo se cerraba a su espalda.
Mientras bajaba las escaleras con cuidado de no hacer ruido, sonrió para sí mismo. Había vivido una noche imposible en la que Daniela había sido exactamente quien quería ser.
Pasaron los días y sus encuentros se volvieron frecuentes. En aquella habitación, en la de él, incluso a escondidas en rincones del campus.
No había promesas ni futuro romántico. Solo dos jóvenes universitarios disfrutando del placer mutuo con ese toque de riesgo. Y él, por primera vez, no necesitaba nada más que eso para sentirse en paz.