Un año sin ella y el destino nos cruzó en la calle
El calor de la tarde caía a plomo sobre las calles del centro de Sevilla mientras caminaba sin rumbo, perdido entre recuerdos que no terminaba de soltar. Había pasado casi un año entero desde la última vez que vi a Naty, y todavía me dolía como el primer día. No era cualquier historia. Lo que habíamos tenido era de esas cosas que se meten en la piel y no se van.
Todo se había roto de un día para el otro. Después de aquella última noche, la que compartimos los tres con su marido incluido, algo se torció. Ella desapareció sin explicación. Me bloqueó de cada red social, dejó mis mensajes sin abrir, se borró de mi vida como si nunca hubiera existido. Y yo me quedé con la pregunta clavada en la cabeza: ¿qué hice mal?
Pensé mil veces que él se lo había prohibido. Que la había encerrado en una jaula de celos. Pero nunca tuve forma de saberlo, y con el tiempo aprendí a vivir con esa duda como quien convive con una cicatriz.
Hasta esa tarde.
Doblé una esquina sin mirar, absorto, y mi cuerpo chocó de lleno contra alguien. Estuvimos a punto de caernos los dos.
—¡Perdón, perdón! —solté, sosteniéndola del brazo por instinto.
Levanté la vista y el mundo se detuvo. Era ella. Naty, con los ojos abiertos de par en par, tan sorprendida como yo. El tiempo se congeló entre los dos, y esa atracción que creí enterrada volvió a golpearme en el pecho con la misma fuerza de siempre.
—¿Qué haces tú aquí? —preguntó, y las mejillas se le encendieron al instante.
Estaba más hermosa de lo que recordaba. Llevaba un vestido de verano ajustado que marcaba cada una de sus curvas, esas que tantas noches habían poblado mis sueños. Sonreí, con el pulso disparado.
—Podría preguntarte lo mismo —respondí—. Vaya sorpresa.
Se quedó un segundo en silencio, mordiéndose el labio, y entonces todo salió de golpe.
—¿Por qué no supe más de ti? ¿Por qué me bloqueaste? Te escribí, te dejé en visto, pensé que había hecho algo malo. ¿A qué venía tanto misterio?
Me quedé helado. Era yo quien creía haber sido borrado, y ella pensaba exactamente lo mismo de mí.
—Espera —dije—. Fuiste tú quien desapareció. Yo te escribí por todos lados y nunca me llegó respuesta.
Bajó la mirada. Tomó aire antes de hablar.
—Es por Bruno. Aquella última vez le dieron unos celos terribles al verme tan entregada. Cuando llegamos a casa estaba encendido, quería follarme, demostrarme algo. Yo abrí las piernas para calmarlo, pero ya no era lo mismo. La pasión no estaba. No podía dejar de pensar en tu polla dentro de mí, en cómo me la metías tú. —Hizo una pausa—. Desde ese día todo cambió. Empezó a controlarme. El teléfono, los mensajes, las redes, todo. Siento que me vigila la vida entera. Por eso me desconecté de ti. Lo siento de verdad.
La escuché en silencio, entendiéndolo todo. La rabia que había cargado durante meses se deshizo de golpe.
—No te preocupes —le dije con suavidad—. Algo así me imaginé. Y mírate ahora… los años te sientan demasiado bien.
La tomé de la mano y la hice girar despacio sobre sí misma, como en un baile improvisado en plena vereda. El vestido se abrió un instante con el movimiento, y volví a contemplar esas curvas que conocía de memoria y que parecían aún más generosas que la última vez.
Naty se mordió el labio. Sus ojos castaños se oscurecieron de una manera que reconocí al instante.
—He pensado en ti tantas veces, Diego —dijo con la voz ronca, casi sin aire—. Me preguntaba qué habría pasado si no nos hubiéramos separado. Me he corrido pensando en ti más noches de las que puedo contar.
Di un paso más. Le rodeé la cintura con la mano, sintiendo el calor de su cuerpo a través de la tela.
—Entonces no perdamos esta oportunidad —murmuré cerca de su oído—. Vuelve conmigo, aunque sea por un rato. Quiero follarte hasta dejarte sin voz.
Tembló bajo mi tacto. Cerró los ojos un instante y luego asintió, decidida.
—Sí —dijo en voz baja—. Pensé que nunca lo ibas a pedir. Ya estoy mojada solo de imaginármelo. Pero no tengo mucho tiempo… dos horas como máximo. Después ya veré qué invento al llegar a casa.
—Tranquila —le respondí—. Esas dos horas las vamos a aprovechar como nunca.
***
El hotel donde me hospedaba quedaba a tres cuadras. Las recorrimos casi corriendo, con las manos buscándose y los labios encontrándose en besos apurados, febriles, como si tuviéramos miedo de que el momento se evaporara. En el ascensor no pude aguantarme: la empujé contra la pared del espejo, le metí la mano por debajo del vestido y le acaricié el coño por encima de la ropa interior. Ya estaba empapada. La tela se le pegaba a los labios, y cuando aparté el elástico y hundí dos dedos en su carne caliente, Naty soltó un gemido ronco contra mi boca.
—Joder, no puedo esperar —jadeó mordiéndome el labio—. Fóllame ya, aquí mismo si hace falta.
—En la cama —le prometí, sacando los dedos brillantes y chupándolos delante de ella—. Y no voy a parar hasta vaciarme entero.
Apenas cruzamos la puerta de la habitación, la ropa empezó a caer al suelo. Nos la arrancábamos entre risas y respiraciones entrecortadas, devorados por unas ganas que llevábamos un año reprimiendo. Le bajé el vestido de un tirón, le arranqué el sujetador y las tetas le saltaron libres, redondas, con los pezones ya duros como piedras. Me agaché y le atrapé uno con la boca, chupando fuerte, mordisqueando, mientras con la otra mano le amasaba el pecho contrario. Ella me arrancaba la camisa a tirones, jadeando, buscando mi bragueta con dedos torpes.
Cuando por fin liberó mi polla, la agarró con las dos manos y soltó un suspiro largo, como quien recupera algo perdido.
—Dios mío, cómo la extrañaba —murmuró, pasando el pulgar por la punta ya húmeda—. Es exactamente como la recordaba.
Se dejó caer de rodillas sin que yo se lo pidiera. Me miró desde abajo, con esos ojos castaños llenos de deseo, y se metió mi polla entera en la boca de una sola vez. La sentí llegar hasta el fondo de su garganta, apretándome, y se me doblaron las piernas. Naty empezó a mamármela con hambre, con ganas atrasadas, chupando y lamiendo desde la base hasta la punta, arrastrando la lengua por los huevos, escupiendo saliva para que resbalara todo. Yo le agarré el pelo con una mano y marqué el ritmo, empujándole la cabeza suavemente contra mi verga.
—Así, mi amor, chúpamela como sabes —gemí, mirándola trabajar—. Un año esperando esa boca.
Ella respondió acelerando, moviendo la cabeza con fuerza, engulléndome hasta arcadearse y volviendo por más. La saliva le chorreaba por la barbilla, le caía sobre las tetas, y esa imagen casi me hace correrme ahí mismo. La levanté de un tirón antes de perder el control, la cargué hasta la cama y la tiré de espaldas.
La recosté sobre la cama y me detuve un segundo a mirarla. Su cuerpo desnudo extendido frente a mí era una imagen que había echado de menos cada noche. Le abrí las piernas de par en par y me quedé un instante contemplando su coño, hinchado, brillante, pidiéndomelo a gritos.
—Estás aún más espectacular de lo que recordaba —le dije, subiéndome despacio entre sus muslos.
Pero no me subí del todo. Antes me agaché y hundí la cara entre sus piernas. Le pasé la lengua entera de abajo hacia arriba, saboreándola, recorriéndole los labios con la punta antes de cerrar los míos alrededor de su clítoris y chupar. Naty pegó un grito y se arqueó de golpe, agarrándome del pelo con las dos manos.
—¡Ah, joder, sí! —chilló—. Cómeme, cómemelo todo, no pares.
La comí sin piedad. Le metí la lengua adentro, la saqué, le hice círculos en el clítoris, le clavé dos dedos mientras seguía chupando. Ella se retorcía debajo de mí, movía las caderas contra mi cara, me embarraba la boca de sus jugos. Cuando sentí que empezaba a temblar y a apretarme la cabeza con los muslos, aceleré. Naty soltó un aullido largo y se corrió en mi boca, empapándome, con las piernas sacudiéndose sin control.
—Todavía no acabo contigo —le susurré, subiendo por su cuerpo, besándole el vientre, los pechos, el cuello.
Me rodeó la cintura con las piernas y me atrajo hacia sí sin paciencia. Yo podía sentir el calor que irradiaba, las ganas acumuladas, la urgencia idéntica a la mía. Me agarró la polla y ella misma se la puso en la entrada, frotándose contra la punta.
—Entonces demuéstrame cuánto me extrañaste —jadeó, moviendo las caderas contra mí—. Métemela entera, no te contengas. Fóllame como aquella vez.
No hizo falta que lo dijera dos veces. Entré en ella de una embestida larga y profunda, hasta el fondo, y los dos soltamos un gemido a la vez. Su coño me apretó como un puño caliente y mojado, chupándome, tragándome. Nuestros cuerpos se acomodaron de inmediato, recordando un ritmo que nunca habían olvidado. Empecé a bombear con fuerza, sacando la polla casi entera para volver a clavarla hasta el fondo. Cada embestida la hacía arquearse, clavarme las uñas en los hombros, aferrarse a mí como si la vida le fuera en ello. Las tetas le rebotaban con cada golpe y yo bajaba a mordérselas, a chuparle los pezones sin dejar de follarla.
—Sí, así —gritó, apretándose alrededor de mí—. Más fuerte. Rómpeme el coño. No te atrevas a parar. Lo necesitaba tanto…
Le agarré una pierna y me la eché al hombro, abriéndola más, entrando más hondo. Naty gritó y se retorció, con la boca abierta y los ojos en blanco. Le di así un buen rato, sintiendo cómo me apretaba con espasmos, hasta que la giré con cuidado para que quedara encima de mí. Me dejé caer de espaldas sobre el colchón y la guié por las caderas mientras ella tomaba el control. Se ensartó en mi verga de una sentada, hasta el fondo, y se quedó quieta un segundo con la cara torcida de placer.
—Estás hasta el útero —gimió, empezando a moverse—. Se me clava enterita.
La vista desde abajo me dejó sin palabras: su cuerpo meciéndose, las tetas subiendo y bajando al ritmo de sus caderas, la piel brillante de sudor, la entrega total dibujada en su cara. Le agarré el culo con las dos manos y le marqué el compás, haciéndola cabalgarme más rápido.
—Así, mi amor —gimió, apoyando las manos en mis muslos mientras se movía con fuerza—. Más rápido. Fóllame, fóllame.
Acompañé sus movimientos, levantando las caderas para recibirla, embistiéndola desde abajo cada vez que ella bajaba, y una oleada de placer nos recorrió a los dos al mismo tiempo. Ella echó la cabeza hacia atrás, perdida en la sensación, y le llevé el pulgar mojado al culo, presionando apenas, jugando con el borde. Naty soltó un grito ahogado y se apretó todavía más contra mí.
—Me encanta cómo te mueves —alcancé a decir, sin aliento—. Y me encanta cómo aprietas ese coño.
Una de sus manos bajó hacia su propio clítoris, buscando el punto justo, y empezó a frotárselo mientras seguía cabalgándome. Sus movimientos se volvieron frenéticos, descoordinados, desesperados.
—Dios, estoy muy cerca —jadeó—. Vente conmigo. Córrete dentro, por favor, quiero sentirlo. Lléname.
No pude resistirme. Con unas pocas embestidas más, profundas y firmes, los dos caímos al mismo abismo. Sentí su coño cerrarse alrededor de mi polla en oleadas apretadas mientras yo me descargaba dentro de ella, chorro tras chorro, vaciándome hasta la última gota. Naty soltó un grito que seguramente atravesó las paredes, sin importarle nada, y se derrumbó sobre mi pecho jadeando, temblando, con mi semen desbordándose entre sus muslos y goteando sobre mi vientre. La rodeé con los brazos y le dejé pequeños besos en la piel húmeda.
—Extrañaba esto —murmuré con la voz cargada—. Te extrañaba a ti.
Ella levantó la cabeza y me acarició la mejilla.
—No quiero que nos separemos otra vez —dijo con firmeza—. Pase lo que pase, nos pertenecemos. Este coño es tuyo, aunque duerma con otro.
Asentí, sabiendo que tenía razón. No importaba cuánto se empeñara la vida en separarnos: siempre encontraba el camino de regreso a ella.
***
Los minutos se nos escapaban entre las manos, pero estiramos cada uno hasta donde pudimos. Nos perdimos por completo el uno en el otro, recorriendo cada centímetro de piel con las manos, con los labios, con la lengua, dibujando el cuerpo del otro de memoria por si la vida volvía a separarnos. Apenas recuperé el aire, ya la tenía otra vez a cuatro patas al borde de la cama, con el culo levantado y la espalda hundida, ofreciéndome ese coño empapado de mi propia leche. Se lo abrí con los pulgares y volví a metérsela de un empujón seco. Naty enterró la cara en el colchón y gritó, con el culo en pompa, meneándolo contra mí cada vez que yo la embestía.
—Así, muy fuerte, dame duro —me suplicaba con la voz rota—. Que me duela mañana. Quiero llegar a casa sintiéndote.
Le agarré el pelo y tiré de él, arqueándole el cuello, follándola con rabia acumulada de un año entero. Le di una palmada en el culo y la piel se le puso roja al instante. Otra. Otra más. Naty gemía cada vez más fuerte, apretándome desde dentro, empapándome los huevos con lo que le chorreaba. Antes de correrme otra vez la giré, la puse de lado, le levanté una pierna y me acomodé detrás de ella, entrándola en cucharita mientras le mordía el hombro y le pellizcaba los pezones.
La tuve de mil maneras: sobre mí, debajo de mí, de costado, abierta para dejarme llegar más hondo, de espaldas para que pudiera abrazarla mientras la hacía mía. Le lamí el culo, le metí un dedo mientras la follaba por delante, le dejé la boca chorreando después de correrme por segunda vez sobre sus tetas. Cada postura era un descubrimiento, un pedazo de tiempo perdido que recuperábamos a la fuerza.
Empapados de sudor y temblando por el esfuerzo, nos dejamos caer juntos cuando el reloj ya no nos daba tregua. La luz del atardecer se filtraba entre las persianas, partiéndole la cara en franjas doradas. Naty se acurrucó contra mi pecho, con el semen todavía escurriéndosele por los muslos, y poco a poco nuestros corazones volvieron a su ritmo.
—Se acabaron las despedidas —le dije bajito, besándole la frente—. Ahora eres mía, y siempre lo serás.
—Bien —susurró con una sonrisa—. Porque no pienso dejarte ir otra vez. —Entonces algo cambió en su cara y se incorporó de golpe—. Pero me tengo que ir ya. Tengo que inventar algo, voy tardísimo, si no Bruno me mata.
Saltó de la cama de un brinco. Era ella otra vez: la mujer que, cuando volvía a la realidad, se llenaba de nervios y empezaba a hacerlo todo a las apuradas, como si el tiempo nunca le fuera a alcanzar.
Yo me quedé tumbado, disfrutando del espectáculo. La miraba moverse por la habitación, recogiendo la ropa que habíamos tirado por todas partes, con el culo todavía marcado por mis manos y un hilo de mi corrida bajándole por la cara interna del muslo, con esa urgencia adorable que solo aquellas cuatro paredes presenciaban.
—¿Qué tanto me miras? —protestó—. Estoy hecha un desastre. Me pones nerviosa.
—Estás preciosa —me reí—. Toda follada y despeinada, como más me gustas. Pero tú, como siempre, los nervios te ganan apenas se te acaba el tiempo. Eres mi Cenicienta particular: en cuanto suena la hora, sales corriendo.
—No te burles —dijo mientras se acomodaba el vestido sin ponerse las bragas—. Sabes que me pongo así, y Bruno es muy celoso.
—Tranquila, mi amor. Ya conozco las reglas. Voy a aguantarme las ganas de escribirte. Pero tú sí puedes hacerlo: mándame un mensaje, una señal, lo que sea, para saber que estás bien. No quiero volver a perderte.
Se acercó a la cama con los ojos brillantes. Me tomó la cara con una mano y me dio un beso largo, de esos que se quedan pegados a la boca durante horas.
—Te quiero —dijo—. Voy a hacer todo lo posible para que nos volvamos a ver. Te lo prometo.
—Aquí voy a estar —respondí—, esperando que me cuentes de ti.
Me dio un último beso y salió casi corriendo, cerrando la puerta tras de sí. Su perfume se quedó flotando en el aire, llenando la habitación de ella.
***
Pasó cosa de media hora. Yo seguía tumbado, con la polla todavía pegajosa y el olor a sexo por todo el cuerpo, repasando cada instante, cuando me llegó un mensaje desde el número que me tenía bloqueado:
«He pasado el mejor día de mi vida. Contigo siempre es distinto, me follas como nadie. Todavía siento tu leche escurriéndoseme por los muslos mientras camino. A veces pienso cómo habría sido nuestra vida juntos… pero no me arrepiento de nada. Doy gracias de que el destino nos haya cruzado otra vez. No quiero que dejes de ser parte de mí, aunque no pueda escribirte cuando quiero. Una cosa más: ve al baño, te dejé un recuerdo. Guárdalo para que no me olvides. Ya estoy llegando a casa, no me respondas, deja que yo lo haga. Cuídate.»
Me quedé mirando la pantalla, sorprendido de que se hubiera arriesgado a escribirme. Pero respeté su pedido y no contesté. Me levanté de un salto y fui hasta el baño. Allí, colgada en la puerta de la ducha, encontré su tanga, todavía tibia, empapada de sus jugos y de mi semen mezclados, con su aroma impregnado en la tela. No lo dudé un segundo: la acerqué a mi cara y me dejé envolver por ese olor tan suyo, ese que me tenía hechizado desde la primera vez. Chupé la tela, saboreándonos a los dos juntos, y sentí la polla despertarse otra vez.
Entonces entendí su última frase antes de irse, cuando me dijo entre risas que se marchaba sin bragas y con mi corrida chorreándole. Sonreí solo, en medio del baño, imaginándola caminar a las apuradas por la calle con esa sensación, con los muslos pegajosos y el coño abierto todavía por mi verga.
No tardé en excitarme del todo. Me agarré la polla con la mano derecha y con la izquierda me apreté su tanga contra la nariz. Empecé a masturbarme despacio, después más rápido, imaginándomela en ese momento tomando un taxi con los muslos empapados, sonriendo por dentro con el secreto pegado a la piel. Me la pajeé pensando en cómo la había roto, en cómo me había chupado la verga, en la cara que había puesto al correrse encima de mí. No tardé mucho: me corrí con un gruñido, chorreándome en la mano y en la propia tela de su tanga, dejando un recuerdo mío mezclado con el suyo, en honor a la mujer que el destino me había devuelto cuando ya la daba por perdida.
Espero, queridos lectores, que quienes llegaron hasta aquí hayan disfrutado de este reencuentro tanto como yo. Sigo esperando que Naty me escriba, que el destino vuelva a ser generoso y nos regale una aventura más, de esas que quedan tatuadas en el alma para siempre.





