Encontré el diario de mi mamá y leí su renacer
Me llamo Tobías y viví con mi mamá desde que tengo memoria. Ella es Renata, tiene treinta y cuatro años, y esta historia es suya, aunque la cuente yo. La vi caer hasta el fondo con mis propios ojos. Después me la contó, mitad llorando, mitad riéndose, cuando por fin volvió a ser ella. Y el resto lo leí en su diario, una tarde que lo encontré abierto sobre la cama mientras ella estaba en el club.
No lo abrí por morbo. Lo abrí porque necesitaba entender cómo una mujer que parecía muerta en vida pudo resucitar de golpe. Y ahí estaba todo, con su letra nerviosa, las páginas con la tinta corrida. Lo que sigue lo armo con lo que vi, lo que ella me confesó y lo que escribió de su puño. Es largo, es crudo, pero es verdad.
Renata mide un metro setenta y dos. Piernas largas, muslos firmes de años de vóley profesional, una cintura estrecha y un abdomen que se le marca apenas cuando se estira. Piel siempre dorada de entrenar al aire libre, pelo castaño en ondas, ojos verdes que pasan de la ternura a algo salvaje en un segundo. Sigue siendo la capitana de su equipo, la que las demás respetan como a una reina. Pero hace medio año todo se le derrumbó.
Mi viejo murió cuando yo tenía seis. Después ella se casó con un tipo con plata que la trató como un trofeo en la repisa. El divorcio se firmó hace cuatro meses. Lo firmó un lunes y el martes ya no se levantaba de la cama. La escuchaba llorar en la ducha. La veía mirar el vacío con el plato lleno enfriándose adelante.
—Estoy rota, Tobías —me dijo una noche—. Nadie va a querer a una divorciada con un cuerpo que ya no tiene veinte años.
Mentira. Su cuerpo seguía siendo una obra maestra. Pero ella no lo veía.
***
Dos meses después del divorcio apareció él. Fue en una presentación de un libro, en una librería del centro. Mamá había ido porque siempre se refugió en las novelas. Ahí estaba Emilio Vance, el escritor del que todas hablaban: cuarenta y siete años, alto, de saco oscuro, una voz grave y pausada que hacía girar cabezas en media sala. Le firmó el libro y le dijo algo al oído que la hizo reír por primera vez en semanas. Después le dio su tarjeta.
—Llamame, Renata. Me gustaría conocer la historia real detrás de esa sonrisa triste.
Empezaron despacio. Muy despacio. Primero un café. Después una caminata junto al río. Luego cenas en las que él le hablaba de poesía y de cómo las mujeres como ella merecían que las adoraran. Le mandaba mensajes a las tres de la mañana: «Pienso en tus ojos y no puedo dormir». Le leía fragmentos de su próximo libro dedicados a «una guerrera de la cancha que me robó el aliento».
—Es un caballero —me decía ella—. Me trata como si fuera de cristal.
En el diario lo contaba más crudo:
5 de julio. Emilio me besó hoy por primera vez. Despacio, sus labios apenas rozaron los míos y después su lengua entró pidiendo permiso. Me mojé entera. Hace meses que no sentía nada ahí y hoy todo volvió a latir como cuando era adolescente. Pero paró. Me dejó en la puerta con un beso en la frente y un «te merecés que te cortejen». Cómo lo deseo. Y me gusta que vaya lento. Me hace sentir viva.
Yo lo veía. Mamá sonreía más. Volvió a entrenar fuerte. Empezó a usar ropa interior linda debajo de los jeans. Una noche la escuché tocarse en su cuarto, gimiendo bajito el nombre de él.
***
Pasaron tres semanas así. Besos cada vez más intensos, manos que se animaban a la cintura y nada más. Él la invitaba a su departamento, le cocinaba, le leía poemas al oído, pero no la tocaba más allá de la ropa. Mamá estaba al borde.
12 de julio. Anoche me besó contra la pared. Lo sentí duro contra mi panza. Me froté contra él como una desesperada, pero se apartó sonriendo: «Todavía no, mi reina. Quiero que lo quieras». Estoy enloquecida. Pienso en él todo el día y no me alcanza con tocarme.
Una tarde dejé sin querer la puerta del baño entreabierta y la vi: sentada en el borde de la bañera, las piernas abiertas, dos dedos adentro, mordiéndose el labio y susurrando el nombre de Emilio. Cerré despacio y volví a mi cuarto con el corazón golpeando. Mi mamá había vuelto a desear, y eso, aunque no debía mirarlo, me alivió como nada en meses.
***
La cena fue el veinte de julio. En casa. Ella lo invitó.
—Quiero que conozcas a mi hijo, pero también quiero que sea una noche especial —le dijo por teléfono.
Preparó carne al horno, vino, velas. Cené con ellos y me fui temprano a mi cuarto, los dejé solos en el living. Escuché risas, música baja, después silencio, después otros ruidos. Lo que pasó esa noche lo supe porque ella me lo contó al día siguiente y porque el diario lo guardó completo.
20 de julio. Cuando Tobías se fue a dormir, Emilio me miró fijo y dijo: «Esta noche se termina la espera». Me besó distinto. Me agarró del pelo, me echó la cabeza hacia atrás y me besó hondo. Sus manos bajaron directo y me apretaron con fuerza. «Te voy a hacer mía como un animal, mi reina.» Me mojé al instante.
Me levantó la falda, me arrancó la ropa interior de un tirón y me sentó en la mesa del comedor. Se arrodilló y me comió despacio, después con hambre, hasta que me corrí en menos de un minuto, temblando, tirándole del pelo. Cuando se paró y se desvistió creí que no iba a poder. Me la dio en la boca sin preguntar, me la di entera, se me cayeron las lágrimas y seguí. Después me puso de espaldas, a cuatro patas sobre la mesa, y entró de un solo empujón.
Me cogió fuerte, profundo, una mano en cada teta, mordiéndome el cuello. «Ahora sos mía.» Me dio vuelta diez veces. Contra la pared, en el sillón, otra vez en la mesa. Me corrí tres veces más. Al final me puso de rodillas y terminó en mi boca, mirándome con esa misma sonrisa de caballero. «Mi reina, te adoro.» Me limpió con cuidado, me llevó a la cama y me abrazó toda la noche.
Yo vi parte. Desde el pasillo, por la rendija de la puerta. Vi cómo la inclinaba sobre la mesa, escuché los gemidos, el sonido húmedo, la cama crujiendo después. Vi a mi mamá arquear la espalda y gritar de un modo que nunca le había oído. Después, silencio. Y al día siguiente amaneció distinta.
Se levantó cantando. Entrenó como en sus mejores tiempos. Me abrazó fuerte y me dijo:
—Hijo, Emilio llegó en el momento justo.
No le conté que lo sabía. Pero le pedí detalles. Se sonrojó y me dijo solo lo esencial.
—Es romántico afuera y un animal en la cama. Esa doble cara me vuelve loca.
***
No pararon ahí. El diario sigue, cada encuentro más intenso.
25 de julio. Emilio me llevó a un hotel. Me ató las muñecas a la cabecera con su corbata. Me comió hasta que le rogué. Me dio la vuelta y me lo dio por atrás por primera vez, despacio al principio, después sin freno. Me corrí así, con sus dedos en el clítoris.
2 de agosto. En su departamento me hizo leer en voz alta uno de sus capítulos mientras me lo daba por detrás. Cada vez que me trababa, una nalgada. Terminé deshecha y me dijo que era la mujer más deseada que jamás había imaginado para sus novelas.
Yo lo notaba. Mamá ya no lloraba. Ganaba partidos. Llegaba a casa oliendo a perfume caro y me contaba pedazos.
—Anoche estuvo horas, Tobías. Me dejó agotada y feliz.
Yo fingía sorpresa, aunque ya lo había leído.
***
La noche más fuerte no fue la primera ni la del hotel. Fue el quince de noviembre, cuando ya se conocían cada rincón del cuerpo del otro. Esa noche no pude dormir. Lo escuché todo desde mi cuarto y al día siguiente encontré el diario abierto en la página, escrita con letra temblorosa.
Mamá había jugado un partido clave esa tarde. Ganaron y ella metió el punto del triunfo en el último minuto. Llegó eufórica, el cuerpo todavía caliente del esfuerzo. Emilio la esperaba en el living con una botella de vino y una sonrisa que prometía problemas.
—Hoy te merecés que te deshagan, mi reina —le dijo en la puerta.
Ella se rio, pero vi cómo se le endurecían los pezones bajo la remera del equipo. Se ducharon juntos primero. Los oí desde el pasillo: el agua cayendo, los gemidos ahogados, los cuerpos golpeando contra los azulejos.
—Ya, Emilio, no me hagas esperar —decía ella.
Salieron envueltos en toallas. Mamá se puso solo una camiseta vieja mía que apenas le tapaba. Él, en boxers, ya marcado. Cenaron rápido, casi sin hablar, con miradas que quemaban. Después la agarró de la cintura y la llevó al dormitorio de un tirón. Cerraron la puerta, pero no con llave. Me acerqué despacio, como siempre. La rendija dejaba ver todo.
Renata se tiró en la cama boca arriba, las piernas abiertas.
—Dame lo peor que tengas hoy —dijo con la voz ronca de la que acaba de ganar.
Él se rio bajo, se sacó los boxers y la arrastró hasta el borde de la cama. Le puso las piernas sobre los hombros.
—Agarrate de las sábanas, porque hoy no vas a poder caminar mañana.
Entró de un empujón. Mamá soltó un grito que me heló la sangre.
—¡Más! —pidió igual, clavando los talones—. ¡Más fuerte!
Él empezó a embestir profundo, cada golpe hacía rebotar la cama contra la pared. La cambió de posición sin salir, la puso a cuatro patas y le tiró del pelo como rienda. Mamá gemía sin parar, la espalda empapada de sudor, el sonido húmedo llenando el cuarto.
—¡Sí, así, no pares! —decía ella.
Se corrió temblando entera y él no se detuvo. Siguió a través del orgasmo hasta que la tiró sobre la alfombra, boca abajo, y entró de nuevo por detrás. Le dio nalgadas seguidas y ella le pedía más. Cuando él no aguantó, salió y terminó sobre su espalda, y después volvió a entrar para los últimos empujones. Mamá gemía bajito, agotada.
—Me mataste —susurró.
Se quedaron así un rato, él todavía encima, besándola en la nuca, volviendo al modo caballero.
—Te amo, Renata. Sos increíble.
—Y vos sos imposible en la cama —se rio ella—. Pero me das lo que me faltaba.
Al día siguiente casi no podía sentarse en el desayuno. Caminaba raro. Me miró y sonrió, culpable.
—Anoche fue intenso, hijo.
Yo fingí no saber nada. Pero esa tarde leí la página:
15 de noviembre. La noche más fuerte de mi vida. Emilio me deshizo y me reconstruyó con cada embestida. Grité como nunca. Me dejó marcada y, sin embargo, jamás me sentí más viva. Romántico de día, salvaje de noche. Lo quiero para siempre.
***
Y así fue. Esa noche marcó un antes y un después. Cada vez que mamá volvía eufórica de un partido, Emilio sabía qué hacer para celebrarlo y recordarle que seguía siendo una diosa.
Pasaron los meses. Renata volvió a ser la de antes, más fuerte, más viva. La convocaron de nuevo para la selección. Todo gracias a esa doble cara: el escritor que le mandaba cartas de amor y el hombre que la enloquecía de noche.
Un día leí la última página del diario:
10 de septiembre. Ya no estoy rota. Emilio me salvó. Su ternura me levanta y su deseo me reconstruye. Soy feliz. Mi hijo me mira y sonríe. No sabe todo… o quizás sí. Pero da igual. Estoy viva otra vez.
Cerré el cuaderno y lo dejé donde estaba. Mamá entró esa tarde, me abrazó y me dijo al oído:
—Gracias por estar siempre, Tobías. Ahora soy feliz.
Le devolví el abrazo y pensé en todo lo que había leído. Porque mi mamá había vuelto. Y su historia, la que armé con lo que vi, lo que me contó y lo que leí, termina acá. O quizás recién empieza. Porque Emilio sigue viniendo, y ella sigue riendo cada mañana como hacía años que no la escuchaba.