La mujer que confundieron con la psicóloga del equipo
El campus de la Universidad del Litoral hervía aquel fin de semana con dos eventos que nada tenían que ver entre sí. Por un lado, un congreso académico reunía a conferencistas y docentes invitados de medio país. Por otro, una concentración deportiva juntaba a decenas de jóvenes universitarios que peleaban por un lugar en un equipo de ligas menores. Dos mundos distintos cruzándose en los mismos pasillos, entre carteles de ponencias y bolsos de gimnasia.
Lorena había acompañado a Esteban a su charla de la mañana y luego dado la suya, impecable como siempre. Llevaba un traje sastre gris perla que realzaba su porte y esa seguridad serena que en los últimos años parecía no abandonarla nunca. Al terminar, volvieron juntos al hotel contiguo al campus, riéndose de las preguntas absurdas del público y planeando dónde cenar.
Ya en la habitación, Lorena cayó en la cuenta de que había dejado una carpeta de notas en el salón de conferencias. Para no interrumpir el descanso de Esteban, le dijo que bajaría un momento a recuperarla. No imaginaba que, apenas pisara de nuevo el edificio, alguien la estaría esperando sin saberlo.
Un muchacho delgado, en ropa deportiva y con una libreta apretada contra el pecho, se le cruzó casi corriendo.
—Disculpe, usted es la psicóloga del equipo, ¿verdad? —preguntó, con un respeto nervioso, como si tuviera delante a alguien decisivo para su futuro.
Lorena abrió la boca para aclararlo, pero él no le dio tregua.
—Qué bueno que llegó. Los grupos ya están armados y el entrenador está desesperado con los tiempos. Necesitamos que pase a hacerles la evaluación.
Había algo en esa súplica apurada que la desarmó. Sabía tratar con estudiantes, leer gestos, sostener silencios; era su oficio. Y en lugar de deshacer el malentendido, sonrió apenas y se dejó llevar.
—Está bien —respondió con calma profesional, ajustándose la chaqueta.
Mientras el chico la guiaba, sacó el teléfono y le escribió a Esteban: «Me confundieron con la psicóloga del equipo. Quieren que hable con los muchachos. ¿Qué hago?». La respuesta llegó en segundos, con ese tono cómplice que siempre le arrancaba una sonrisa: «Aprovechá. Vas a estar rodeada de jóvenes atléticos. Observalos. Yo te espero acá».
Guardó el móvil, respiró hondo y entró en la sala. Una veintena de muchachos la miraron expectantes. Ella, todavía con su traje y la libreta en mano, se convirtió sin esfuerzo en lo que todos creían que era.
***
No llevaba ni veinte minutos cuando un hombre de gorra deportiva y mirada aguda entró en el salón. Los chicos se pusieron de pie de golpe. Era el director técnico, y se acercó a ella bajando la voz.
—Licenciada, me temo que hubo un malentendido. Usted no es nuestra psicóloga, ¿cierto?
Lorena negó con la cabeza, sin perder la compostura.
—No lo soy. Vine por una carpeta y un muchacho me interceptó en el pasillo. No quise desilusionarlo y preferí esperar a la persona indicada.
El entrenador suspiró, casi vencido. La psicóloga no llegaría —un compromiso de último momento—, y el consejo le exigía un informe sobre la integración del plantel. La miró un instante, midiendo algo más que su traje: la forma en que los chicos la escuchaban, el aplomo con que se expresaba.
—Sé que es un atrevimiento —dijo—, pero ¿podría ayudarme? No le pido un diagnóstico. Solo alguien con criterio que observe la actitud, la entrega, el compañerismo. Usted tiene ese ojo.
Ella dudó apenas. Su instinto le decía que no, pero la curiosidad y el mensaje de Esteban tiraban en otra dirección.
—De acuerdo, pero solo desde ese ángulo —respondió—. Nada de diagnósticos. Observo y anoto su compromiso, su energía de grupo.
—Es todo lo que necesito. Considérese contratada, al menos por hoy.
Más tarde, el técnico volvió a acercarse en tono confidencial. Quería que estuviera tranquila: la decisión final de quién se quedaba era únicamente suya, de él. Ella no cargaría con nada. Solo necesitaba un par de ojos extra que vieran lo que a veces, en el calor del entrenamiento, a él se le escapaba.
—¿Entonces mi opinión no es vinculante? —preguntó Lorena, cruzando los brazos con cierta picardía.
—En absoluto. Solo quiero que disfrute el ejercicio y me diga con franqueza lo que note en ellos.
Si no hay responsabilidad, puedo permitirme jugar.
Y jugó. Dejó de tomar notas pasivas y empezó a interactuar: preguntas cortas, retos improvisados, pequeños equipos que armaba y desarmaba para ver quién animaba a los demás y quién buscaba brillar solo. Los chicos, al verla tan segura y elegante, la obedecían al instante. Pero en su sonrisa intuían un matiz distinto, casi encantador, que los relajaba y los volvía más auténticos.
***
Esa tarde entregó un informe sencillo pero certero: observaciones sobre la actitud de los jugadores, ejemplos de liderazgo, notas sobre la entrega y la cooperación entre ellos. El entrenador lo leyó encantado y, agradecido, le ofreció quedarse al día siguiente con todo cubierto: comidas, hospedaje y acceso a la concentración. Lorena aceptó, divertida con aquel papel que la vida le había puesto encima como una obra improvisada.
Antes de dormir le escribió a Esteban: «Ahora soy parte del cuerpo técnico. Mañana me esperan en los entrenamientos. Y todo pagado». Él contestó al instante: «Aprovechá. Jugá, observá… y dame algún gusto si querés. Después me lo contás con lujo de detalles».
Aquella libertad le encendió una chispa vieja. En el entrenamiento de la mañana, después del corte que dejó fuera a varios, Lorena reparó en dos muchachos que ya le habían llamado la atención el día anterior: Mateo y Nicolás. Buenos atletas, disciplinados, pero sobre todo distintos. Atractivos de una manera fresca y, a la vez, tímidos, de miradas intensas que se desviaban rápido, como si temieran que alguien les leyera el pensamiento.
Había en ellos una energía contenida, un deseo que ni ellos mismos sabían nombrar todavía. Y eso Lorena lo leía mejor que nadie. Justo lo que me divierte, se dijo, mientras anotaba garabatos en la libreta como si fueran secretos.
En la comida se sentó a propósito en su mesa. No fue casual: eligió el lugar con la seguridad de quien domina el escenario. Les preguntó por sus familias, sus estudios, lo que soñaban más allá del deporte. Al principio respondían con monosílabos, intimidados por su presencia. Pero ella sabía aflojar tensiones: una broma liviana, una mirada que se sostenía un segundo de más, un comentario de doble filo apenas perceptible. Poco a poco los dos empezaron a soltarse y a contestar con sonrisas tímidas.
—Me interesa observarlos más de cerca —les dijo con esa voz suave que imponía y seducía a la vez—. Quiero ver cómo se motivan el uno al otro fuera de la cancha.
Ellos aceptaron sin terminar de entender la intención, obedeciendo a esa fuerza que ella ejercía sin esfuerzo. Lorena no quería apurar nada; su gozo estaba en el juego lento, en ver cómo la reserva de esos chicos se transformaba en deseo. Un roce de manos al pasar una libreta, una sonrisa demorada, una pregunta directa que les encendía las mejillas. En sus miradas descubría el hilo perfecto: poca experiencia, mucho deseo escondido.
Esa noche le escribió a Esteban: «Encontré dos perlas en bruto. Reservados, lindos, deseosos sin saberlo. Creo que voy a darme el gusto. ¿Querés que te cuente cada detalle?». La respuesta fue inmediata, casi celebrando: «Claro que sí. Disfrutalos. Y después serán parte de nuestra historia».
***
Ya libre de compromisos, Lorena se recostó en la cama del hotel, frente al ventanal que dejaba ver las luces lejanas del campo de entrenamiento. Le mandó un último mensaje a Esteban: «Estoy libre. Puedo hacer lo que quiera. ¿Querés mirar, como siempre?». «Sabés que sí —contestó él—. Yo desde lejos, vos siendo la protagonista. Hacelo como sabés».
Era parte del ritual que habían construido con los años: ella viviendo la experiencia, él saboreándola a distancia, cómplice invisible. Lorena citó a los dos chicos en el bar del hotel con la excusa de conversar sobre su compromiso con el equipo. Bajo el saco cambió la blusa formal por una más ligera, apenas insinuante. No hacía falta exagerar; un detalle bastaba para que esos muchachos quedaran atrapados.
Los encontró en un rincón discreto, nerviosos y expectantes. Se acercó con paso firme, dueña de la situación. En algún lugar cercano, aunque ellos no lo supieran, Esteban ya estaba atento.
—Gracias por venir —dijo, inclinándose apenas para envolverlos con su perfume y su mirada—. Quiero que sepan algo: no soy del equipo. Solo ayudé hoy, por un momento. Todo lo que pase ahora queda entre nosotros. Y es solo un juego, algo que podemos disfrutar con respeto y confianza.
Mateo y Nicolás asintieron, la voz temblándoles apenas. La barrera del nerviosismo se vino abajo. Ya no rendían cuentas a un entrenador, sino que se dejaban arrastrar por alguien que tenía el control y lo ejercía con dulzura.
Los llevó a una salita reservada, contigua a las habitaciones de la concentración. Caminaba entre ellos midiendo cada paso, dejando que cada gesto fuera una invitación silenciosa. Cuando cerró la puerta a su espalda, el aire de la habitación cambió por completo.
Fue ella quien dio el primer paso. Tomó a Nicolás del mentón, lo miró a los ojos y lo besó despacio, sin prisa, hasta sentir que el muchacho se olvidaba de respirar. Después se giró hacia Mateo y le rozó el cuello con los labios, midiendo su temblor. Los dos la miraban como si no creyeran lo que estaba ocurriendo.
—Despacio —murmuró—. Tenemos toda la noche.
Se quitó el saco sin apuro y dejó que la blusa cayera de un hombro. Guió las manos de Nicolás hasta su cintura y las de Mateo hasta su espalda, enseñándoles dónde y cómo, marcando ella el compás de todo. La torpeza inicial de los chicos se fue volviendo audacia a medida que los dirigía con la voz y con las manos, premiando con un suspiro cada acierto y frenándolos con un gesto cuando se apuraban.
Cuando los tuvo a los dos sin camisa, se tomó su tiempo. Recorrió el pecho de Mateo con la boca mientras su mano bajaba por el vientre de Nicolás, sintiendo cómo se tensaban bajo su tacto. No buscaba la prisa, sino verlos perder el control de a poco, escuchar cómo se les cortaba la respiración cada vez que ella decidía detenerse a mitad de camino.
—Miren —les dijo, llevándose una mano al cierre del vestido—. Quiero que aprendan a esperar.
Se desnudó sin pudor, de pie frente a ellos, dejando que la miraran con calma. Luego empujó a Nicolás contra el sillón y se sentó a horcajadas sobre él, guiándolo dentro suyo con una lentitud calculada. El muchacho soltó un quejido ronco y le clavó los dedos en las caderas; ella le apartó las muñecas y se las sostuvo a los costados.
—Yo decido el ritmo —le advirtió, moviéndose apenas, lo justo para volverlo loco.
Lo cabalgó despacio al principio, después con más fuerza, sin dejar de mirarlo a los ojos. Cuando lo sintió a punto de quebrarse, se detuvo en seco y le mordió el labio inferior. Todavía no, le decía sin palabras. Entonces llamó a Mateo con un gesto. El chico se acercó, y ella lo acomodó detrás, dejándose tomar por los dos a la vez, suspendida entre ambos, dueña absoluta de la escena aunque fueran ellos los que se hundían en su cuerpo.
Los gemidos llenaron la salita. Lorena marcaba cada movimiento, decidía cuándo acelerar y cuándo frenar, y los dos muchachos la seguían rendidos, incapaces de otra cosa que obedecer. En un rincón, sin que ellos lo notaran, Esteban observaba desde la penumbra del pasillo entreabierto, conteniendo el aliento, embriagado por la imagen de su mujer convertida en el centro de todo.
Cuando por fin los dejó terminar, lo hizo en sus términos, primero uno y después el otro, sosteniéndolos con la mirada hasta el último estremecimiento. Los chicos quedaron jadeando, vencidos, mientras ella se incorporaba despacio, serena, con la piel perlada de sudor y una sonrisa de fiera satisfecha.
***
Más tarde, ya vestida, Lorena salió de la salita con el andar tranquilo de quien acaba de ganar una partida. En el pasillo se cruzó con Esteban, que la esperaba apoyado en la pared con los ojos todavía encendidos.
—¿Y? —preguntó él, aunque lo había visto todo.
—Dos perlas en bruto —respondió ella, pasándole un dedo por el pecho—. Aprenden rápido.
Él la rodeó con el brazo y caminaron juntos hacia su habitación. Atrás quedaban Mateo y Nicolás, dos jóvenes que habían llegado al campus soñando con un puesto en un equipo y se iban con una lección que ningún entrenador podría darles. Y entre Lorena y Esteban, un capítulo nuevo para sumar a esa historia que escribían a dúo: una agradable confusión que ninguno de los dos pensaba olvidar.