Lo que pasó con mi vecino después del divorcio
Me falta poco para los cuarenta y hace algo más de dos años que me separé. Con mi exmarido estuvimos juntos desde que yo era casi una niña: él me llevaba unos años y, como pasa siempre que uno es joven y se cree invencible, nos descuidamos y quedé embarazada antes de terminar el liceo. Nos fuimos a vivir con sus padres, llegó el segundo hijo y con el tiempo armamos una casa propia. Yo me ocupé del hogar, él salió a trabajar por turnos. No fue un mal matrimonio. Durante muchos años, de hecho, fue bastante bueno.
El problema fue lo de la cama. Al principio lo hacíamos dos o tres veces por semana, aprovechando que los chicos estaban en el colegio y él libraba de día. Probamos cada rincón de la casa, hasta los que daban vergüenza. Pero en algún punto eso se fue apagando, y terminamos en una vez cada tres meses, con suerte, y siempre porque yo lo buscaba.
Empecé a notarle cosas raras. Se arreglaba más, los turnos de noche se le hacían eternos. Nunca tuve una prueba, pero tampoco la necesité. Lo más triste fue darme cuenta de que ya no me dolía. Convivíamos como dos desconocidos educados. El encierro de la pandemia, obligados a soportarnos las veinticuatro horas, terminó de gastar la poca paciencia que quedaba. Una mañana hizo un bolso y se fue.
Por primera vez en mi vida me quedé sin pareja. Me costó más de un año cerrar esa herida y empezar a mirar otra vez hacia afuera. En realidad, miré hacia el frente.
***
Enfrente vivía Andrés, un hombre algo mayor que mi ex. Con su esposa habíamos compartido muchas tardes; él venía a darnos una mano con cualquier arreglo, porque era de esos que saben hacer de todo, y después se quedaba tomando una cerveza en el patio. Otros fines de semana cantábamos y bailábamos todos juntos, y en eso también se movía bien. Se cuidaba: varias noches por semana, mientras yo fumaba un cigarrillo en el balcón, lo veía salir en pantalón corto a correr. Me llamaban la atención sus piernas, firmes y velludas, y los brazos anchos cuando usaba musculosa. Pero lo que más me gustaba era su mirada, intensa, de las que parecen leerte por dentro. Siempre creí que algo le provocaba, aunque jamás me faltó el respeto ni se insinuó. Eso, justamente, lo hacía más deseable.
Después de mi separación, él se ofreció amablemente para lo que necesitara, y su mujer me llamaba cada tanto para saber cómo estaba. Ellos y otra vecina, separada por la misma época, fueron mi sostén en los meses feos, cuando no me podía permitir mostrarme rota delante de mis hijos.
Hace unos meses noté que a la esposa de Andrés no se la veía por el barrio. Una tarde, volviendo del supermercado, me lo crucé saliendo de su casa. Me acerqué a saludar y le pregunté por ella.
—Tuvimos problemas —me dijo, midiendo cada palabra—. Se fue a vivir con una hermana, a otra ciudad. Hace como un mes que estamos separados.
Le dije que lo lamentaba, que entendía perfectamente por lo que estaba pasando. Esa noche, ya en la cama, dándole vueltas a la noticia, mi cabeza empezó sola a inventar cosas. Eran la pareja modelo del barrio, y de golpe él también estaba solo.
Sin proponérmelo, me lo imaginé arreglando algo en mi cocina mientras yo paseaba frente a él con una bata transparente, hasta que perdía la compostura, me agarraba fuerte y me hacía suya sin pedir permiso. Mientras armaba esa escena en la cabeza, el cuerpo se me iba calentando, mis manos empezaban a recorrerme y terminaba desahogándome en silencio. Al principio era apenas una fantasía. Pero se repitió tantas noches que dejó de parecerme una.
***
Unos días después se me tapó el desagüe del lavaplatos. Yo sabía perfectamente cómo destaparlo, pero esperé al atardecer, a ver su auto estacionado, para tocarle el timbre y pedirle auxilio. Lo encontré justo saliendo a correr.
—Es cosa de minutos —me dijo, servicial como siempre—. Paso después del trote.
No le aclaré que estaría completamente sola. No quise anticiparle nada. O quizás me guardaba ese silencio para tener tiempo de arrepentirme de lo que rondaba mi cabeza.
Cerca de las diez golpeó la puerta con su caja de herramientas, todavía sudado por el ejercicio. No sé ustedes, pero a mí un hombre transpirado me resulta de lo más sexy. El verano estaba terminando y hacía calor, así que me había puesto un vestido de gasa, fresco y con botones al frente. En diez minutos ya había destapado todo. Le ofrecí una cerveza, me serví una copa de vino, y nos quedamos conversando en la cocina. Pasó una copa, después otra, después una más.
Cerca de la medianoche anunció que se iba, que necesitaba una ducha y que no quería darle de qué hablar a los vecinos si lo veían salir tarde de mi casa.
—¿Te esperan en casa? —le pregunté.
—No, estoy solo hasta el fin de semana. Así que puedo desarmarme tranquilo —dijo, y me devolvió la pregunta.
—Yo también estoy sola —contesté—. Si querés, podemos desarmarnos juntos.
No sé si habló el vino, o las ganas acumuladas de dos años de abstinencia, o el simple hecho de tenerlo ahí, frente a mí, tal como lo había imaginado tantas noches. Le ofrecí que se duchara en mi cuarto y no tuviera que salir a esa hora, que nos quedáramos un rato más.
Se me quedó mirando, como leyendo en mis ojos lo que no me animaba a decir. Yo le sostuve la mirada, con las manos entrelazadas a la altura del vientre, contestándole en silencio que sí, que lo deseaba. Y él entendió, porque dio un paso al frente sin decir una palabra, hasta quedar pegado a mí.
Nuestros labios se encontraron solos. Me rodeó la cintura sin dejar aire entre los dos. Mis manos quedaron atrapadas entre nuestros cuerpos, justo a la altura de su bulto, y lo sentí endurecerse contra mis dedos. Se me cortó la respiración. Lo acaricié por encima de la tela, sin ningún recato, mandando al diablo todo el respeto que él me había tenido durante años. Su lengua buscaba el fondo de mi boca y me dejaba sin aire. Una mano me apretó el trasero, la otra me tomó del mentón.
Hizo una pausa, agitado, mirándome como pidiendo permiso. Le puse la mano en la nuca y lo traje de vuelta a mi boca. Esa fue mi respuesta.
Me apretó contra la mesada. Bajé la mano a su trasero para empujarlo hacia mí mientras le amasaba ese paquete que tantas veces había estado conmigo solo en mi cabeza, y que ahora, real, superaba de lejos lo que esperaba. Me levantó y me sentó sobre el mármol. Mis piernas lo rodearon solas. Se apartó medio paso para mirarme, y empezó a soltarme los botones del vestido uno por uno, sin apuro, hasta abrirlo del todo.
Su mano subió por mi muslo hasta la ropa interior, y se quedó observando cómo la humedad ya traspasaba la tela mientras sus dedos la rozaban. Me mordí el labio al ver que el pantalón corto no le disimulaba nada. Lo atraje tirándole de la remera, desaté el cordón y metí la mano. Lo encontré rígido, con la punta ya brillante.
Se quedó quieto, observándome con la cabeza gacha mientras yo lo estimulaba. Después levantó la vista, mirándome por entre las pestañas, con una media sonrisa que me encendió todavía más. Con una mano volvió a mi entrepierna; con la otra me levantó el corpiño y me apretó un pecho, atrapándome el pezón entre los dedos. Bajó la boca por mi cuello, por mi pecho, hasta cerrar los labios sobre mi pezón y succionar fuerte. Se sentía exquisito.
De golpe me arrancó la última prenda de un tirón. Casi se arrodilla para sacármela de los pies, me miró a la cara y después a mí, abierta frente a él. Sin pausa hundió la boca entre mis piernas. Su lengua me recorría provocándome corrientes por todo el cuerpo. Solo atiné a rodearle el cuello con los muslos, apoyar la cabeza en la pared y entregarme a su boca y a sus dedos, que también entraron a jugar, hasta que tuve que empujarlo para dejarme explotar en un orgasmo que me dobló entera. Hasta el roce de su boca en mi piel, después, me resultaba insoportable de tan intenso. Y recién empezábamos.
***
Años atrás habría necesitado unos minutos para recuperarme. Con mi ex era así: o terminábamos juntos, o él acababa un rato antes, y siempre venía esa pausa obligatoria. Pero esa noche la pausa no existía. Yo no la quería y él no la necesitaba.
Lo atraje tirándole de la remera y nos besamos con frenesí. Terminó de bajarme las mangas del vestido y de sacarme el corpiño. En sus labios sentí el sabor de mi propio sexo, algo que nunca había probado, y me excitó saber que era el mío. Le quité la remera, le acaricié la espalda desnuda.
—Metémelo —le susurré al oído, rodeándole la cadera con las piernas.
Me miró a los ojos mientras me agarraba del trasero y me iba bajando despacio, sintiendo cómo se abría paso entre mis pliegues mojados. Empezó con un ritmo suave y profundo, sujetándome los muslos. Desde ahí podía ver cómo se unían nuestros cuerpos, y eso me calentaba más. Aceleró. Sus caderas golpeaban contra mí y yo lo quería más adentro.
—Dejame darme vuelta —le pedí. Siempre me gustó que me tomen desde atrás, pero mi cocina era demasiado estrecha para ponerme en cuatro.
Me bajó, me di vuelta y me incliné apoyando el pecho en el mármol, sintiendo mis senos resbalar en el sudor. Le ofrecí mirándolo por encima del hombro, abriéndome con una mano. Sin esperar, me tomó de las caderas y entró de una. La sensación fue maravillosa. Empezó a embestirme fuerte y profundo, tanto que tuve que apoyar una mano en la pared para no golpearme la cabeza. Cada estocada me arrancaba un gemido más fuerte. Sentía que se venía otro orgasmo.
Entonces me envolvió el vientre y me hizo enderezarme contra su pecho. Mientras me amasaba un seno con una mano, con la otra me buscaba el clítoris, sin dejar de moverse. En esa posición lo sentía golpear un punto distinto, más adentro, y el sudor de su pecho bajaba por mi espalda. Pasé una mano hacia atrás y lo sujeté del trasero para que no aflojara el ritmo.
—Qué rico —le dije, casi lo grité.
Apenas podía respirar. Me dejé caer de nuevo sobre el mármol al venirme con un grito. Las piernas me temblaban, pero él no paró. Su respiración me avisó que estaba por terminar. De golpe se salió y, apoyándose contra mi espalda baja, lo sentí descargar caliente sobre mi piel, esparciéndolo con la mano mientras recuperaba el aliento. Yo no era capaz de tenerme en pie.
***
Cuando nos repusimos un poco, me dijo al oído lo bien que había estado. Le tomé el miembro, que para mi sorpresa seguía erguido.
—Estuvo delicioso —le dije, jugando con los dedos en la punta—. Si querés, subí a ducharte antes de irte.
La verdad era que no quería dejarlo ir todavía.
Mientras él se acomodaba el pantalón y yo me limpiaba la espalda, le pregunté si se iba a bañar.
—Parece que no querés que me vaya —contestó, con una sonrisa pícara.
—Es para que salgas fresco —le mentí a medias, juntando mi ropa del piso.
Eran cerca de la una. Lo tomé de la mano, lo subí por la escalera hasta mi cuarto y lo dejé en la puerta del baño.
Escuché la ducha encenderse. Entré a dejarle una toalla limpia y, al verlo a través del vidrio, sin pensarlo me nació otra idea perversa. Me quedé mirándolo bañarse, sin que él lo supiera, espiándolo, y eso me encendió de nuevo. Me saqué el vestido, empecé a tocarme y sentí cómo me mojaba otra vez. Cuando cortó el agua, me decidí: abrí la puerta y entré desnuda. Estaba de espaldas. Lo abracé desde atrás, acariciándole el pecho mojado. Se quedó quieto, sorprendido, y apoyó las manos en la pared dejándome hacer lo que quisiera.
Su cuerpo estaba frío, porque se había duchado con agua helada, pero el contraste con mi piel caliente me endureció los pezones de inmediato. Bajé la mano hasta su miembro y lo encontré erecto. Lo estimulé despacio, sintiéndolo endurecerse más con cada caricia. Él estiró las manos hacia atrás para apretarme el trasero y empujarme contra su cuerpo.
Se dio vuelta, me envolvió en sus brazos y me besó. Empecé a bajar por su vientre, dispuesta a probarlo, pero me detuvo tomándome de los brazos.
—Todavía no —me dijo, levantándome.
Me confundió un poco; creía que a todos les gustaba eso antes. Pero él, evidentemente, no lo necesitaba.
Salimos del baño. Lo llevé de la mano hasta la cama y me subí de rodillas. Me abrazó por detrás, besándome el cuello, acariciándome los senos, el vientre, la entrepierna. Sentí su miembro acomodarse entre mis nalgas. Me incliné en cuatro frente a él y, sin perder tiempo, me penetró hasta el fondo, con una serie de estocadas tan fuertes que terminé con el pecho aplastado contra el cobertor, agarrándome de la tela. Después dejó caer todo su peso sobre mi cuerpo, con una pierna a cada lado del mío, y siguió clavándome con fuerza. En esa posición me tocaba un punto exacto que, a los pocos minutos, me llevó a otro orgasmo.
Lo supo, porque bajó el ritmo sin detenerse para alargarme el placer. Después se salió despacio, besándome la espalda, dejándome el cuerpo pidiendo más. Yo recién descubría que podía acabar tantas veces en un solo encuentro.
Se recostó a mi lado y, al mirarlo, vi que seguía excitado. Este hombre no se saciaba con nada. Sin perder tiempo me senté sobre él y me lo metí entero de una vez. Apoyada en su pecho, lo cabalgué salvajemente, decidida a agotarlo, sacando todas mis técnicas. Él me sujetaba las caderas, me chupaba los pechos, a veces me atrapaba entre sus brazos para embestir hacia arriba. No aguanté mucho y me derrumbé sobre él, deshecha por un nuevo orgasmo.
Me acosté de espaldas para recuperarme y lo vi acariciándose. Todavía podía más, pero a mí las piernas no me respondían.
—No doy más —le confesé.
—Ahora sí —dijo él, señalando con la mirada su erección.
No podía mostrarme débil. Bajé besándole el pecho y me acomodé entre sus piernas. Por fin lo vi en detalle, y me pareció hermoso. Empecé a besarlo despacio, pasé la lengua de la base a la punta, sintiendo otra vez el sabor de mi propio sexo. Me juntó el pelo en una cola, no para someterme, sino para que no me molestara mientras lo disfrutaba.
—Tomate tu tiempo —me dijo, acariciándome el mentón.
Cerré los ojos y me dejé llevar. Lo recorrí entero, con calma, sintiendo cada vena, mientras lo ayudaba con la mano. Su respiración se entrecortó y empezó a retorcerse en la cama, hasta que me tomó la muñeca para frenarme.
—Voy a acabar —me avisó, dándome tiempo a apartarme.
Pero yo quería poseerlo así. Lo encerré con firmeza entre mis labios y dejé que terminara en mi boca, sin perder una sola gota. Vino chorro tras chorro, y yo lo acompañé con caricias suaves hasta el final. Cuando pareció vaciarse del todo, me acarició la cara. Abrí los ojos, lo miré a los suyos y me aseguré de que viera cómo tragaba todo. Él lo agradeció con una sonrisa.
Nos quedamos un rato abrazados y, cerca de las dos y media, se vistió. Lo acompañé a la puerta. Al ver todas las luces del barrio apagadas, cruzó rápido a su casa.
Desde esa noche nos juntamos cada tanto a acompañarnos. Un mensaje con un simple «Hola» alcanza para empezar otra noche de lujuria. Acordamos que esto sea solo sexo, discreto y sin exclusividad, y creo que así está bien. Quizás más adelante les cuente otro de nuestros encuentros.