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Relatos Ardientes

Los muchachos del barrio y mi secreto de los gatos

A los cuarenta y cinco años, Susana vivía sola en una casa baja del fondo del barrio, rodeada de seis gatos que entraban y salían por la ventana como si fueran los únicos que tenían permiso de quedarse. La llamaban la solterona, aunque nunca a la cara. Era una mujer de cuerpo lleno y maduro, de tetas grandes que se movían sueltas bajo las blusas anchas, caderas amplias y un culo redondo y firme que los años no habían vencido.

Tenía el pelo castaño hasta los hombros y unos ojos verdes que mezclaban cansancio con un hambre vieja que no se le iba. La boca carnosa ya casi nadie de su edad la miraba dos veces. Pero los pibes del barrio sí la miraban. Muchachos de diecinueve, veinte, veintidós años, con las pijas siempre duras, cargados de ganas que no encontraban salida fácil ni con sus novias tímidas ni con sus propias manos machacándose a escondidas.

Su rutina era siempre igual antes de que todo cambiara. Se levantaba temprano, daba de comer a los gatos —Lunares, Carbón, Nieve, Manchas, Gata y el viejo Romeo—, se cebaba un mate amargo y se sentaba en el sillón del living con la bata entreabierta. A veces se abría de piernas ahí mismo, se lamía dos dedos y se los metía en el coño, moviéndolos despacio mientras imaginaba pijas jóvenes empujándole hasta el fondo. Su último novio la había dejado diez años atrás, diciendo que era «demasiado» en la cama, que le pedía coger tres veces por noche y él no daba abasto. Desde entonces, nada. Solo sus dedos, algún pepino de la heladera cuando la calentura la volvía loca, y una soledad que se le metía en los huesos.

***

Todo empezó un martes caluroso de verano, hace tres meses. Damián, un chico de veinte que vivía dos casas más allá, golpeó la puerta para pedir prestada una herramienta. Susana abrió en bata corta, con las piernas al aire y el escote suelto, las tetas grandes marcándose sin corpiño. El muchacho la miró fijo, sin disimular, y ella le vio el bulto crecerle en el short. Ella sintió esa mirada bajarle por la espalda y clavársele entre las piernas.

Conversaron un rato en la cocina, él sudado, ella sirviéndole un vaso de agua y agachándose a propósito para mostrarle el escote entero. De pronto Damián se acercó más de lo necesario y le habló bajo, con la voz ronca.

—Doña Susana, usted todavía está muy bien. ¿No se aburre de estar tan sola?

Ella no lo pensó. Solo se abrió la bata del todo y lo dejó mirar. Quedó desnuda contra la mesada, con las tetas caídas de maduras que le colgaban pesadas, los pezones ya duros como piedritas, y el coño peludo y hambriento a la vista.

—Vení, entonces —dijo—. Acá nadie se entera de nada. Y mostrame qué tenés adentro de ese short.

Damián no dudó. Se bajó el short de un tirón y la pija le saltó afuera, gruesa, roja en la punta, dura como un fierro. Susana se le tiró encima ahí mismo, arrodillada en la cocina, y se la metió entera en la boca sin siquiera besarlo. El pibe pegó un gemido que no se esperaba y le agarró la cabeza con las dos manos. Ella se la chupaba con hambre atrasada de diez años, se la sacaba de la boca para lamerle los huevos, se la volvía a meter hasta la garganta, babeándose el mentón, mirándolo desde abajo con los ojos verdes brillando.

—Doña, así me voy a venir —le avisó él, agitado.

—Todavía no, nene —le dijo ella, y se paró, se dio vuelta y se apoyó contra la mesada, ofreciéndole el culo—. Metémela primero. Rompeme.

Damián se le pegó por atrás, le manoteó las tetas con las dos manos y le clavó la pija de una sola estocada. Susana se arqueó y soltó un grito ronco que hizo levantar la cabeza a dos gatos. El chico empezó a cogerla fuerte, con el apuro de pibe, chapaleándole el culo contra las caderas. Ella se apoyaba en la mesada con las dos manos y le devolvía cada envión echando el culo para atrás.

—Así, dale, más fuerte, no te frenes —le decía ella, jadeando—. Dame con todo, que hace años que nadie me coge así.

El pibe le agarró el pelo, tiró un poco y siguió embistiéndola. En dos minutos se puso a temblar, pegó tres estocadas más profundas y se vino adentro con un gemido largo, descargando la leche caliente que a Susana le corrió por los muslos cuando él la sacó. Damián se separó colorado, con la pija todavía goteando, y se disculpó por haber durado tan poco.

Ella se rió suave, se pasó dos dedos por el coño para juntar el semen, se los llevó a la boca y los chupó despacio, mirándolo.

—No te preocupes, nene. Tenemos toda la tarde. Y a tu edad se te para en cinco minutos otra vez.

Y así fue. Damián se recuperó rápido y volvió a montarla en el sillón del living, esta vez ella arriba, cabalgándolo despacio con las tetas rebotándole en la cara mientras él se las chupaba y le mordía los pezones. La tercera vez fue en la cama, ella boca abajo con una almohada bajo las caderas y él encima, cogiéndola profundo, ya sin apuro, aprendiendo el cuerpo de ella como quien estudia un mapa nuevo. Al final del día, Susana tenía las piernas temblando, el coño hinchado y ardiendo de tanto uso, y una sonrisa que hacía años no se le veía. Los gatos los miraban desde el respaldo del sillón, indiferentes, como testigos mudos de un secreto que recién empezaba.

***

Al día siguiente, Damián no vino solo. Trajo a dos amigos: Bruno, de diecinueve, flaco y nervioso, y a Iván, de veintiuno, más corpulento y callado, con una pija que se le marcaba abultada contra el jean. Llegaron a media tarde, cuando Susana estaba dándoles de comer a los gatos, y no hizo falta hablar demasiado. Ella los hizo pasar al living, corrió las cortinas y se sentó en el borde del sillón, ya sin bombacha bajo la pollera corta.

—Pasen, muchachos —dijo, divertida por la cara de susto de Bruno—. No muerdo. Bueno, casi no. Y sáquense la ropa, que no vinieron a mirar televisión.

Los tres se desnudaron ahí mismo, medio nerviosos, y Susana los miró de arriba abajo. Damián ya la tenía dura de antes. La de Iván era la más gruesa, corta pero con un grosor que la hizo relamerse. La de Bruno era larga y flaca como él, temblándole apenas. Susana se abrió la blusa, se sacó la pollera y se quedó en pelotas frente a los tres, tocándose una teta con una mano y el coño con la otra.

—Vengan acá, todos —les dijo—. De a uno no alcanza.

Se arrodilló en la alfombra y los agarró a los tres a la vez. Con la boca se comió la de Iván, la más gruesa, ahogándose un poco al principio y babeándola entera para poder chuparla mejor. Con la mano derecha le hacía la paja a Damián y con la izquierda a Bruno, moviendo las tres pijas a distinto ritmo, cambiando cada tanto la boca de una a otra. Bruno, que había llegado mudo de timidez, ya le estaba manoteando las tetas por atrás y le empujaba la cabeza para que se la mamara más profundo.

—Chupála toda, doña, hasta el fondo —le decía Iván, agarrándole el pelo con las dos manos y metiéndosela hasta la garganta.

Susana lo dejaba hacer, con los ojos llorosos y baba cayéndole por el mentón hasta las tetas. Después se tiró de espaldas en la alfombra, abierta de piernas, y los llamó.

—Uno abajo, uno arriba, uno en la boca. Todos a la vez, muchachos.

Damián se acostó primero y ella se subió encima, empalándose de una en su pija. Iván se puso detrás y le agarró el culo, escupiéndole el ojete y frotándole la punta gruesa contra el agujero apretado. Bruno se paró a un costado con la pija en la mano, apuntándole a la boca.

—Más despacio vos —le ordenaba ella a Iván, sintiendo cómo empezaba a forzarle el culo—, que esto no es una carrera. Metémela de a poco.

Iván empujó despacio y la pija gruesa se le fue metiendo entre los quejidos ahogados de Susana, que tenía la boca llena con la de Bruno. Cuando lo tuvo adentro por los dos agujeros, con Damián moviéndole el coño desde abajo, empezó a gemir como no había gemido en su vida. Los tres se acomodaron, encontraron el ritmo, y la cogieron a la vez durante largos minutos, cambiando de posición, turnándose de agujero. Bruno terminó primero, viniéndose en la cara de ella con un gemido agudo, salpicándole las mejillas y las tetas con chorros calientes de leche. Iván fue el segundo, adentro del culo, empujando profundo hasta descargarle todo. Damián aguantó más y la terminó de rodillas frente a él, la boca abierta, la lengua afuera, recibiendo el chorro justo en la lengua y tragándose lo que pudo.

Se turnaron durante más de una hora, cambiando de lugar, riéndose entre ellos, descubriéndola. Le probaron cada agujero, la pusieron en cuatro, la doblaron sobre el sillón, la cogieron de a dos y de a tres. Cuando se fueron, ya entrada la noche, le prometieron volver. Susana se quedó tirada en el sillón, agitada, con leche corriéndole por los muslos y las tetas manchadas, con un gato subiéndosele al pecho como si nada hubiera pasado. Esa noche durmió de un tirón por primera vez en años.

***

Desde ese día, se volvió rutina. Cada mañana, entre las nueve y las once, aparecía alguno solo. A veces era Damián, al que le gustaba empezar el día sin apuro, despertándola despacio, metiéndose bajo las sábanas y comiéndole el coño lento, hasta hacerla venir con la lengua antes de meterle la pija.

—Sos mi despertador favorito —le murmuraba ella contra la almohada, medio dormida, arqueando el culo hacia atrás para que él la penetrara desde atrás mientras seguía acostada.

Damián le agarraba las caderas y se la cogía así, en cucharita, despacio, sin apuro, susurrándole guarradas al oído mientras le apretaba las tetas por debajo del camisón. Terminaba viniéndose adentro y quedándose abrazado a ella, con la pija todavía dentro, hasta que se le ablandaba sola.

Otras mañanas venía Bruno, que ya no era el chico tímido del primer día. Llegaba con una caja de facturas, las dejaba en la cocina y antes de desayunar la sentaba en la mesa, le abría las piernas y le comía el coño hasta hacerla temblar. Después se paraba, se bajaba el pantalón y se la metía ahí mismo, mientras ella se aferraba al borde de la mesa. Cogían rápido, con hambre de mañana, y recién después se quedaban a desayunar, charlando de fútbol mientras Susana le cebaba mate en bata, con la leche del pibe todavía chorreándole entre las piernas. Esa mezcla de descaro y ternura le gustaba más de lo que admitía.

Por la tarde solían venir dos o tres juntos. Era el momento más cargado del día. Llegaban Iván y un nuevo, Gonzalo, de veintidós años, morocho y de pocas palabras pero con una pija oscura y larga que Susana se relamió apenas la vio. Entraban sin tocar el timbre —ella les había dado una copia de la llave— y la encontraban donde estuviera, en la cocina o en el patio con los gatos. La agarraban ahí mismo, le levantaban la pollera, le arrancaban la bombacha y se turnaban para metérsela sin siquiera avisar. Susana les pedía lo que se le antojaba sin pudor, y ellos obedecían encantados.

—Más despacio, que tenemos toda la tarde —les decía, marcando ella el compás mientras los dos la tenían apoyada contra la pared del patio, uno cogiéndola por delante y el otro esperando turno con la pija dura en la mano—. No vinieron a apurar nada. Y vos, Gonza, esa pija negra la quiero adentro del culo. Escupime bien primero.

Gonzalo la escupía y le metía la pija gruesa despacio, abriéndole el culo con paciencia mientras Iván la seguía cogiendo por el coño. Susana quedaba tomada entre los dos, con las dos pijas dentro a la vez, y gemía tan fuerte que los gatos salían corriendo del patio.

Un día trajeron a otro amigo, Federico, de diecinueve, que llegó tan colorado que daba ternura. Los demás se reían de él, pero Susana lo tomó de la mano, lo apartó del resto y se lo llevó a la pieza. Lo desnudó despacio, lo besó en la boca, le agarró la pija con las dos manos y se la chupó suave, mirándolo a los ojos, hasta que el chico dejó de temblar. Después se acostó boca arriba, se abrió de piernas y lo guió despacio.

—Vení, montame despacio. No hay apuro. Y sentí cómo está de mojado.

Federico se le metió temblando y ella lo abrazó con las piernas, moviéndole las caderas para enseñarle el ritmo. El pibe duró poco pero se vino con un grito ahogado en el cuello de ella, y se quedó abrazado, respirándole en la piel. Susana lo peinó con los dedos como a un hijo. Federico se fue caminando distinto, como si hubiera crecido diez centímetros en una tarde, y los otros lo cargaron toda la semana.

***

Las noches eran para los grupos más grandes. Cuatro o cinco muchachos llegaban pasadas las ocho, cuando ya estaba oscuro y los vecinos no andaban en la vereda. Susana los esperaba con la casa en penumbra, una botella de vino barato en la mesa y ella ya en corpiño y bombacha negra, esperando en el sillón. Las sesiones podían durar dos o tres horas, entre gemidos, chapaleos y silencios cómplices.

Un jueves memorable llegaron los cinco: Damián, Bruno, Iván, Gonzalo y Federico. Esa noche fue distinta. Antes de cualquier cosa se quedaron un rato largo hablando, tomando, contándole cosas que no le contaban a nadie: una novia que los había dejado, un trabajo que no aparecía, un padre con el que no se hablaban. Susana los escuchaba a todos con la mano de uno metida bajo la bombacha y la boca del otro pegada al cuello, y recién después la cosa se prendía del todo.

Terminó en cuatro sobre la mesa del comedor, con Damián cogiéndola por atrás, Bruno metiéndole la pija en la boca de un lado, Iván del otro, y Gonzalo esperando turno con la pija en la mano. Federico, ya menos tímido, le comía las tetas mientras le pellizcaba los pezones. Se turnaron toda la noche, sin dejar un solo agujero en paz. Susana se vino tres veces, la primera con Iván adentro del coño y Damián en el culo a la vez, la segunda con Gonzalo cogiéndola profundo mientras le agarraba las dos tetas por atrás, la tercera con la cara enterrada en el pecho de Bruno mientras los otros le tiraban la leche encima. Terminó bañada en semen: en la cara, en el pelo, en las tetas, chorreando por dentro de los muslos.

Cuando terminaron, casi a medianoche, los muchachos se fueron de a uno, dándole un beso en la mejilla en la puerta como si fueran sobrinos, dejándola desnuda en el sillón con los agujeros llenos de leche. Susana se quedó en el living, con los gatos volviendo despacio a sus lugares de siempre.

—Vengan cuando quieran, muchachos —les decía bajito, aunque ya no había nadie para escucharla.

Para ella eso era perfecto. Los gatos olfateaban el aire cargado de la casa pero nunca se acercaban demasiado. Testigos callados de lo único suyo que no le debía a nadie.

***

Con las semanas, la rutina se volvió adicción. Susana ya casi no se tocaba sola; esperaba las visitas como quien espera una buena noticia. Se despertaba pensando en qué pija golpearía la puerta esa mañana. Se arreglaba un poco, se ponía la blusa que mejor le quedaba sin corpiño debajo, dejaba la pava lista por las dudas y una bombacha limpia doblada al lado, aunque sabía que no iba a durar puesta ni cinco minutos.

Un viernes vino solo Damián, temprano. La encontró todavía en la cama, con el pelo revuelto y un gato a los pies. No dijo casi nada; se sacó las zapatillas, se metió bajo las sábanas y se quedó un rato abrazándola antes de cualquier otra cosa. Era el más viejo del grupo y el que más se animaba a esos gestos.

—Hoy no tengo apuro —le dijo él al oído, la pija dura apoyándose contra el culo de ella.

La cogió despacio, casi con cariño, en cucharita primero, después con ella arriba cabalgándolo suave mientras se besaban en la boca como si fueran novios. Le comió el coño largo rato antes de venirse, y después la hizo venir a ella con los dedos y la lengua otras dos veces. Cuando Damián se fue, le dejó dos medialunas en un plato y la promesa de volver el domingo.

Esa misma tarde aparecieron Bruno e Iván con un muchacho nuevo: Maxi, de diecinueve, recién mudado al barrio, alto y desgarbado, con cara de no saber dónde meterse. Lo presentaron como «el que necesita perderle el miedo a todo». Susana lo miró de arriba abajo y sonrió.

—Sentate, Maxi —le dijo, palmeando el sillón a su lado—. Y relajá esa cara, que acá nadie se burla. A ver, mostrame qué tenés.

Le abrió el pantalón ella misma, le sacó la pija —que ya estaba media dura— y se la empezó a chupar despacio ahí mismo, mientras Bruno e Iván se desvestían y esperaban. Maxi al principio no sabía qué hacer con las manos, pero cuando ella le hizo tocarle las tetas por dentro de la blusa, agarró confianza. Terminó cogiéndola de rodillas en la alfombra mientras Iván se la metía en la boca a Susana y Bruno le comía el culo por atrás. Maxi se fue siendo otro, y los tres terminaron tirados en el living, riéndose de cualquier cosa, con Susana desnuda entre ellos, repartiendo vasos de gaseosa tibia como si fuera la dueña de casa de una reunión cualquiera.

***

La noche de ese viernes fue la más concurrida hasta entonces. Volvieron los cinco de siempre más Maxi. Seis muchachos en su living, ocupando cada rincón, peleándose por el control del televisor antes de que ella apagara las luces. Susana los miraba desde la cocina y pensaba que, sin darse cuenta, se había armado una familia rara, hecha de pibes que no tenían a dónde ir.

Esa noche los seis se la cogieron por turnos y en grupo. La pusieron en el medio del living, en cuatro, con Iván adelante metiéndole la pija en la boca, Damián atrás cogiéndola por el coño, y los otros cuatro parados alrededor haciéndose la paja esperando turno. Se fueron rotando cada tanto, y Susana no dejó un solo agujero sin usar. Le taparon los tres agujeros a la vez más de una vez esa noche. Terminaron todos vaciándose encima de ella, tirándole la leche en la cara, en las tetas, en el culo, uno tras otro, hasta dejarla completamente empapada, con el pelo pegoteado y el cuerpo brillando.

Cuando se fueron, ella quedó sola con el desorden, los vasos a medio tomar y el olor a semen y a juventud flotando en el aire. Se sentó en el sillón, con Romeo, el gato más viejo, ronroneando en la falda a un costado, y se pasó los dedos por el coño hinchado, se los llevó a la boca, recordando, satisfecha de un modo que ya no tenía nada que ver con la soledad.

—Esto es lo que quiero —se dijo en voz baja—. Que sigan viniendo, nada más.

***

El sábado el ciclo empezó temprano otra vez. A las ocho ya estaban Damián y Bruno en la puerta. La encontraron preparando el desayuno de los gatos y se quedaron a tomar mate, los tres apretados en la mesa chica de la cocina, hablando de un partido del fin de semana. La cosa se dio después, sin prisa, como ya era costumbre. Terminaron en la pieza, los dos pibes cogiéndola a la vez, uno por delante y otro por atrás, con Susana en el medio mordiéndose los labios para no gritar tan fuerte y despertar al barrio entero.

A media mañana llegó el resto. La casa se llenó de risas, de gemidos y de pasos, y la mañana se estiró hasta el mediodía entre el living, la cama y hasta el patio, donde los gatos miraban desde la sombra del limonero cómo Iván la doblaba sobre la mesa de afuera y le clavaba la pija hasta el fondo mientras ella se agarraba de los bordes. Susana perdió la cuenta de las horas y de las corridas. Solo sabía que hacía mucho que no se sentía tan deseada, tan usada, tan parte de algo.

El domingo se repitió, más relajado. Mañana con tres, tarde con cuatro, noche con todos. Cada día que pasaba, Susana se sentía más viva. Ya no era apenas la solterona de los gatos. Era la mujer a la que los pibes del barrio elegían para escapar de sus líos, para vaciarse en un coño que siempre estaba esperando, para sentirse grandes, para volver a casa más livianos. Y ella lo disfrutaba con cada parte de su cuerpo maduro, con cada agujero abierto, con cada gota de leche que le quedaba adentro.

Semanas después, todo seguía igual de fuerte. Algunas mañanas llegaban dos; otras noches, seis. A veces la trataban con una ternura que la emocionaba; otras, con un descaro que la hacía reír a carcajadas mientras la agarraban del pelo y se la cogían contra la pared. Susana ya no imaginaba otra vida. Sus gatos seguían siendo sus compañeros silenciosos, testigos de cada visita, de cada gemido, de cada chorro de leche caliente entre esas cuatro paredes.

—Vengan, muchachos —susurraba cada mañana al abrir los ojos, con la mano ya metida bajo la sábana, dos dedos en el coño—. Acá los espero. Bien abierta.

Y ellos siempre volvían. Día tras día. Porque Susana, la solterona de los gatos, se había convertido sin proponérselo en el secreto más sucio y más prohibido del barrio entero.

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Comentarios(8)

Andres_Cba

Buenisimo, me quede con ganas de mas!!

TomasR_BA

Por favor seguí, quiero saber como termina con los muchachos. Dejaste todo en suspenso.

LectorArgento

La solterona de los gatos jaja... esas apariencias engañan siempre. Me encantó el giro.

MarceCP_88

¿Cuanto tiempo llevás con ese secreto? Me dejo muy intrigado el final.

Soledad_MR

Me identifico un poco con eso de guardar apariencias. Muy bien contado, se siente autentico sin ser exagerado.

RomiC_21

Jaja el titulo me mato de entrada, no esperaba este relato para nada. Genial!

ViejoLector77

Excelente narrativa, se lee de un tiron. Seguí escribiendo asi!

BettyNoc

La clave esta en ese martes de verano... me recordo a algo que me paso hace años. Muy bueno esto.

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