Nos grabó en la ducha del camping y se lo cobramos
Pocas cosas reconfortan tanto como una ducha después del sexo. Lucía y yo lo sabíamos bien esa tarde, con el cuerpo todavía pegajoso y las piernas un poco flojas tras revolcarnos un buen rato en su autocaravana. No hizo falta hablarlo: agarramos las toallas y salimos hacia los baños del camping casi al mismo tiempo.
De camino nos cruzamos con los chicos, que volvían de correr junto al pinar, jadeantes y sudados. Hugo me recorrió de arriba abajo con una mirada tan descarada que sentí los pezones endurecerse al instante. Noelia, que caminaba a su lado, nos observó con curiosidad, y juraría que adivinó perfectamente lo que acabábamos de hacer.
—Disfrutad de la ducha —dijo, con media sonrisa.
Seguimos sin contestar. Las cabinas eran amplias, con una antecámara para dejar la ropa y, al fondo, el plato de ducha. Nos metimos juntas en una sin plantearnos siquiera separarnos. Nos desnudamos despacio y nos colocamos bajo el chorro, pegadas la una a la otra.
Enseguida noté las manos de Lucía deslizándose por mi espalda, bajando hasta mis nalgas y volviendo a subir.
—Ya te enjabono yo —susurró.
Sus dedos recorrieron mi culo cubriéndolo de espuma. Cuando coló una mano entre mis muslos, abrí las piernas casi sin pensarlo, dejando que llegara hasta mi sexo desde atrás. Me acarició por fuera, sin entrar, aunque yo lo estaba deseando con una urgencia que me sorprendió a mí misma.
Sentí sus pechos apoyarse en mi espalda y sus manos subir por mi abdomen. Un escalofrío me recorrió entera. La oí suspirar muy cerca de mi oído mientras sus palmas alcanzaban mis pechos y sus dedos resbalaban sobre los pezones tensos.
—Mmm. Qué duros se te ponen —murmuró.
—Los tuyos también. Los siento en la espalda —respondí, sin aliento.
Se entretuvo un instante y luego una de sus manos descendió de nuevo. Yo ya estaba completamente excitada cuando uno de sus dedos separó mis labios y los recorrió de abajo arriba, hasta detenerse justo en el clítoris hinchado.
—Este también está duro —dijo en voz baja.
Gemí por toda respuesta. Su dedo lo acariciaba y lo presionaba, y mi cuerpo respondía con pequeños temblores. Apoyé la cabeza en su hombro, dejándome llevar, hasta que noté los primeros espasmos avisando del orgasmo.
Justo entonces oí a alguien entrar en la cabina de al lado. Tuve que llevarme una mano a la boca para ahogar los gemidos mientras los dedos de Lucía me hacían correrme y sus labios me recorrían el cuello. Me quedé desmadejada contra ella un momento antes de girarme y buscar su boca con la mía.
Sus labios se abrieron para recibir mi lengua y empezamos a besarnos con ansia. Mis manos buscaron sus pechos grandes y encontraron dos pezones durísimos que no tardé en atrapar entre mis labios. Los lamí, los mordí con cuidado, los succioné mientras ella apretaba mi cabeza contra su pecho y suspiraba bajito.
Bajé besándole el abdomen hasta ponerme en cuclillas frente a ella. Lucía apoyó la espalda en la pared y separó un poco las piernas. Le abrí los labios con la lengua y me hundí hasta lo más profundo. Olía a limpio, a jabón y a deseo. Recorrí su sexo de abajo arriba hasta llegar al clítoris inflamado.
Lo rodeé despacio con la punta de la lengua antes de posarla justo encima, y noté su cuerpo crisparse. La oía suspirar mientras lo acariciaba, lo envolvía entre mis labios y volvía a pasar la lengua por él, sintiendo cómo se estremecía a cada roce.
—Joder, no pares —jadeó, sujetándome la cabeza—. Qué gusto.
No tardó en ponerse rígida. Su humedad me inundó la cara mientras temblaba, mordiéndose el labio para no hacer ruido, porque alguien seguía duchándose al otro lado del tabique. Cuando dejó de temblar, hizo que me levantara y nos besamos suave, acariciándonos.
—Gracias —dijo, con la respiración entrecortada—. Es la primera vez que una mujer me hace correrme así. Ha sido brutal.
—Mis mejores orgasmos me los ha dado siempre una mujer —admití, sonriendo—. Pero negaré haber dicho esto delante de Diego.
Se rió, y nos terminamos de enjabonar acariciándonos sin prisa. Salimos, nos vestimos y emprendimos la vuelta hacia las autocaravanas.
***
A lo lejos vi a un chico que se alejaba a paso rápido por el camino de grava.
—¿Aquel no es Hugo? —pregunté.
—Sí. Creo que sí —contestó Lucía, frunciendo el ceño.
Llegamos a las parcelas y encontramos a Diego y a Noelia sentados fuera, con unas cervezas. Charlamos un rato. En algún momento Noelia comentó, como de pasada, que Hugo ya se había duchado antes. Lucía y yo nos miramos sin decir nada, pero un mal presentimiento empezó a formarse en mi estómago.
Preparamos la cena entre todos. Noelia fue a buscar a Hugo a su autocaravana y volvió riéndose por lo bajo, con él detrás. El chico evitaba mirarnos a la cara, y entonces lo entendí: algo había visto, o algo había oído, desde la cabina de al lado.
Cuando terminamos de cenar, Hugo se retiró enseguida y Diego se fue a la ducha, dejándonos a las tres solas alrededor de la mesa.
—¿De qué te reías antes? —le preguntó Lucía a Noelia.
—¿Cuándo?
—Cuando saliste de buscar a Hugo.
—Ah, eso. —Dudó—. No sé si debería contarlo.
—Algo me dice que te mueres por hacerlo —tercié yo—. Venga. Suéltalo.
—Mejor os lo enseño.
Sacó el móvil y nos lo giró. En la pantalla se veía a Hugo sentado en la cama de su autocaravana, mirando su propio teléfono. Y, sin ningún disimulo, masturbándose.
—Serás cotilla. Déjale en paz al pobre —dijo Lucía, entre la risa y el escándalo.
—Pobre, pero bien dotado —comenté yo.
En la foto se veía cómo agarraba su polla con una mano y aún sobresalía buena parte. No demasiado gruesa, pero larga y marcada, con el glande sonrosado asomando.
—Lo que no se ve es lo que estaba mirando en el móvil —añadió Noelia, disfrutando del momento.
—Porno, supongo —dijo Lucía.
—Porno, sí. Pero del casero.
Lucía la miró sin entender. Yo, en cambio, até los cabos de golpe.
—Nos grabó en la ducha —dije despacio—. A ti y a mí. ¿Me equivoco?
Noelia tardó un segundo en responder, aunque era evidente que llevaba toda la noche deseando soltarlo.
—Pues no. Erais vosotras dos.
Lucía se llevó la mano a la boca, entre escandalizada y furiosa.
—¿Cómo? Este se va a enterar.
—Yo no os he dicho nada —se defendió Noelia, levantándose—. Es más, me voy a la ducha y vosotras veréis lo que hacéis.
—Luego te vuelves con Diego —le solté.
Lo dije con un tono que la hizo detenerse y mirarme fijamente. Le sonreí para dejarle claro a qué me refería. Se fue sin contestar, aunque me sostuvo la mirada un instante más de lo necesario.
—Este chaval no sabe la que le espera —resopló Lucía.
—Tranquila. No le digas nada todavía.
—¿Cómo que no? ¿Qué es eso de grabarnos en la ducha?
—¿Le damos un escarmiento? —propuse—. Que vea en directo lo que tiene grabado. Pero antes lo borramos.
—¡Estás loca!
—Yo voy. Tú verás.
***
Me levanté y me acerqué a la puerta de su autocaravana. Antes de entrar ya notaba la presencia de Lucía detrás de mí. Desde luego, no se lo había pensado demasiado antes de decidir seguirme.
Abrí sin llamar. Hugo estaba sentado con el móvil en la mano y, al vernos, intentó esconderlo a toda prisa.
—Quieto. Dámelo —ordené.
Fui tan tajante que no le dejé otra opción. Me lo entregó con la pantalla todavía desbloqueada, así que no me costó nada llegar a la carpeta de vídeos. Abrí el primero. En efecto, éramos Lucía y yo en la ducha, besándonos después de que me corriera. El vídeo terminaba mientras nos enjabonábamos, ya tranquilas. Lucía lo miraba con los ojos muy abiertos, sin decir palabra.
Lo borré delante de él y le devolví el teléfono. Hugo nos miraba entre asustado y avergonzado, sin saber dónde meterse.
—¿Qué? ¿Te gustó vernos? ¿Te puso? —pregunté, cruzando los brazos bajo los pechos.
Desvió la mirada, incapaz de articular nada.
—Levántate.
El pobre obedeció, intentando disimular el bulto del pantalón.
—No te tapes. ¿Esto te lo provocó vernos en un vídeo? —Me coloqué detrás de Lucía y le subí la camiseta, dejando sus enormes pechos al aire—. ¿O esto?
Hugo miró de reojo y tragó saliva sin contestar. Me quité también mi camiseta y me puse al lado de ella. Sin dejar de vigilarlo, agarré los pechos de Lucía y bajé la cabeza para lamer uno de sus pezones, que se endureció al momento.
El bulto del pantalón iba a más, y él volvió a llevarse las manos delante.
—Que no te tapes —le repetí.
Le bajé los pantalones a Lucía y la dejé completamente desnuda. A ella, por cierto, le brillaban los ojos de pura excitación con todo lo que estábamos haciendo.
—¿Esto es lo que mirabas? —Me desnudé yo también delante de él—. ¿Con esto te masturbabas?
Hugo estaba rojo hasta las orejas, pero su mirada ya recorría nuestros cuerpos sin disimulo. Miré a Lucía, que a su vez no apartaba la vista del bulto de sus pantalones.
—Dile que se desnude —le pedí.
Me miró fija, sin abrir la boca, así que volví a girarme hacia el chico. Antes de hablar yo, oí la voz titubeante de Lucía.
—Desnúdate.
Hugo no reaccionó. Di dos pasos, me puse detrás de él y le quité la camiseta yo misma.
—Acaba tú solito.
Vacilando, se llevó las manos a la cintura del pantalón y se lo quitó, quedándose desnudo, aunque con las manos cubriéndose a duras penas la erección. Volví junto a Lucía, que no le quitaba ojo.
—Quita las manos. Déjanos verla.
Con su cuerpo fibrado y lampiño delante de las dos, le costó retirarlas. Cuando lo hizo, apareció ante nosotras una polla larga, no muy gruesa pero muy marcada, que terminaba en un glande brillante un poco más ancho.
—Mmm. Está bien dotado el chaval. ¿No te parece? —le dije a Lucía.
Le agarré la mano y, medio a la fuerza, tiré de ella hasta colocarla pegada a su espalda, mientras yo me apretaba contra él por delante. Con mis pechos contra su torso, sintiendo su polla clavándose en mi abdomen, hice que Lucía pasara los brazos por su cintura y la agarrara.
Hugo, que nos observaba como asustado, respiraba cada vez más rápido al sentir nuestros cuerpos desnudos pegados al suyo y las manos de Lucía rodeándolo.
—¿Te imaginabas esto mientras veías el vídeo? —le pregunté.
Solo fue capaz de negar con la cabeza, sin dejar de mirarme. Cubrí las manos de Lucía con las mías y empecé a moverlas despacio, masturbándolo entre las dos. Le di un beso suave en los labios y fui bajando, deteniéndome a lamerle los pezones y a pellizcárselos con los labios, hasta arrancarle un pequeño gemido.
Seguí descendiendo hasta quedar en cuclillas frente a él, con su polla a la altura de mi boca. Lucía seguía moviendo una mano por la base mientras con la otra le acariciaba el torso. Aún sobresalía más de la mitad cuando acerqué los labios. En la punta del glande brillaban unas gotas que recogí con la lengua antes de pasarla alrededor.
Lo oí gemir, tenso, cuando lo rodeé con la boca y deslicé la lengua por él. Apoyé las manos en sus muslos firmes y dejé que entrara muy despacio, hasta tocar la mano de Lucía, para volver a sacarlo igual de lento. Le temblaban las piernas sin parar. Cuando le agarré los testículos y los apreté un poco, dio un pequeño respingo.
Lucía no tardó en arrodillarse a mi lado y, entre las dos, empezamos a lamerle y besarle la polla. Un instante después le dejé el sitio a ella y me coloqué detrás de él. Le levanté una pierna apoyándola contra el sofá y le abrí las nalgas con las manos, mientras veía cómo su polla desaparecía casi entera en la boca de Lucía.
Desde atrás empecé a pasar la lengua alrededor de su ano, sin llegar a tocarlo, jugando con la espera. Le volví a coger los testículos. Luego deslicé la lengua justo por encima y lo noté contraerse. Presioné la punta sobre él y la introduje apenas un segundo.
Mientras Lucía seguía lamiéndolo por delante, mojé un dedo y lo apoyé en el mismo punto, hundiendo solo la yema. Permanecí quieta, sintiendo cómo sus músculos lo apretaban, antes de empujar un poco más.
—¿A que con esto no fantaseabas? —le susurré al oído, de pie tras él, sin dejar de mover la mano.
Lucía se había metido la polla entre los pechos y lo masturbaba con ellos, lamiendo el glande cada vez que asomaba. De repente Hugo se puso rígido y soltó un par de chorros directos a su boca. Fue tan abundante que ella se atragantó y empezó a toser, derramando buena parte sobre sus pechos.
Cuando se apartó, tiré de Hugo hacia el fondo de la autocaravana y lo hice tumbarse en la cama. Le abrí las piernas, me arrodillé delante y le acaricié la polla, que aún seguía lo bastante dura. Lo miré a la cara y, sonriendo, bajé la cabeza para volver a lamerla. La sentí endurecerse de nuevo poco a poco.
Tras unos últimos besos me puse a horcajadas sobre él, dándole la espalda. Él mismo la guió mientras yo me sentaba encima, sintiéndola entrar hasta lo más hondo. La notaba palpitar dentro cuando empecé a moverme, subiendo hasta dejar solo el glande y volviendo a bajar.
Lucía nos observaba sin decidirse, así que tiré de ella.
—Siéntate sobre su cara. Que te lama bien.
No se lo pensó dos veces y se dirigió hacia la cabecera. No podía verla, pero la oía gemir mientras la polla de Hugo entraba y salía de mí. No llevaba ni dos minutos cabalgándolo cuando la puerta de la autocaravana se abrió de golpe y vi entrar a Noelia y a Diego.