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Relatos Ardientes

La paciente de la 214 me pidió que cerrara la puerta

Esto pasó la semana pasada y todavía no se lo conté a nadie. Lo escribo acá porque necesito sacarlo de algún lado, y porque si lo digo en voz alta suena demasiado increíble para ser verdad.

Trabajo como enfermero en una clínica privada, en la planta de cirugía estética. Es un trabajo tranquilo comparado con otros servicios: los pacientes entran sanos, se operan por elección y se van a los dos o tres días. Casi nadie está realmente enfermo. Esa mañana me tocaba el turno de día, con la planta medio vacía y poco que hacer.

El día anterior había ingresado una mujer que se llamaba Carolina. Treinta y pocos, aunque tenía ese tipo de belleza que no deja adivinar bien la edad. Rubia, de piel muy clara, con unos labios gruesos que ella misma debía haberse retocado en algún momento, y unas piernas que parecían no terminar nunca. La recibí yo en admisión, le tomé los datos, le expliqué los horarios y la preparé para quirófano. Esa tarde la operaron de un recambio de prótesis mamaria.

—¿Va a doler mucho después? —me había preguntado mientras le ponía la vía.

—Un poco las primeras horas —le dije—. Para eso estamos nosotros.

Me sonrió de una manera que en ese momento no supe interpretar. La achaqué a los nervios.

***

Al día siguiente, ya operada, se quejaba de que el pecho izquierdo le dolía bastante más que el derecho. Llevaba un vendaje compresivo, así que le administré una dosis extra de analgesia y avisé para que pasara su cirujano a revisarla.

El cirujano que la había operado no tenía la mejor reputación de la clínica. Para ser sincero, no tenía ni siquiera una reputación regular. Y lo volvió a demostrar cuando le abrió el vendaje para controlar la herida.

Lo que vi no era exactamente un trabajo prolijo. El pecho no había quedado simétrico y las incisiones se notaban demasiado, más de lo que se notan cuando alguien sabe lo que hace. Carolina lo miró preocupada en el espejo y le preguntó si eso era normal. Él le dijo que estaba todo perfecto, que era la inflamación, le colocó el sujetador deportivo de contención y se fue casi sin mirarla.

Yo seguí con mi jornada. Repartí medicación, controlé a otros dos pacientes, llené planillas. Una mañana normal.

***

Dos horas más tarde, Carolina salió al pasillo en pijama y me buscó con la mirada. Estaba pálida y se la notaba inquieta.

—¿Podés venir un momento a la habitación? —me dijo en voz baja—. Quería hacerte una pregunta y no quiero molestar al médico otra vez.

—Claro, vamos —le respondí.

La acompañé. Entramos y, apenas pasé, cerró la puerta detrás de mí. No le di importancia: mucha gente prefiere intimidad cuando se trata del cuerpo. Pensé que iba a preguntarme por la cicatriz, por los puntos, por cuándo podría volver a su casa.

Se metió al baño un segundo y me pidió que esperara. Cuando salió, se había sacado la parte de arriba del pijama y estaba sin el sujetador. Ahí estaban sus dos pechos, todavía inflamados por la cirugía, con las marcas frescas de las incisiones.

Me quedé en la puerta sin saber bien dónde poner la vista.

—¿A vos te parece que están bien? —me preguntó—. Yo veo el pezón izquierdo más caído que el otro.

—No te preocupes —le dije, tratando de sonar profesional—. El pecho está muy inflamado todavía. Es normal en estos días.

—¿Pero va a quedar bien? Decime la verdad.

—Sí, va a quedar bien. Cuando baje la hinchazón de la parte de arriba, el pezón se va a reacomodar hacia adelante. Es cuestión de tiempo.

—¿Y vos creés que está muy inflamado acá?

Antes de que pudiera contestar, me tomó la mano y se la llevó a la parte superior del pecho. Lo hizo despacio, mirándome a los ojos.

Le palpé con cuidado la zona, como cualquier profesional habría hecho, y le confirmé que efectivamente esa parte estaba bastante tensa. Entonces ella cambió mi mano de lugar. La pasó al otro pecho, pero esta vez no me dejó tocar apenas la parte de arriba: me apoyó la palma sobre todo el pecho, abierta, y la sostuvo ahí con la suya.

—¿Este también está inflamado? —preguntó, sin soltarme.

Acá hay algo que no es una consulta médica.

El que empezaba a inflamarse en ese momento era yo. Sentí cómo se me tensaba todo bajo el ambo, y supe que si no me movía iba a notarse. Y se notó. Con la mano libre me rozó el pantalón, como sin querer, y enseguida dejó de ser como sin querer.

—Mis pechos no son lo único hinchado en esta habitación —me dijo, y empezó a acariciarme por encima de la tela.

Mi mano seguía apoyada en su pecho. Tendría que haberla retirado, tendría que haber dado un paso atrás, abrir la puerta, inventar cualquier excusa. En lugar de eso me quedé quieto, dejándome tocar, sintiendo cómo la situación se me iba completamente de las manos.

Ella metió los dedos por debajo de la cintura del pantalón. Primero me acarició despacio, después bajó hasta los testículos y los sostuvo con una suavidad que me hizo cerrar los ojos. No recuerdo la última vez que algo tan simple me había puesto así.

—¿Vos también atendés estas urgencias? —me preguntó en un susurro, casi riéndose.

No le contesté. Le agarré el pelo por la nuca, la atraje hacia mí y la besé. Esos labios gruesos que había mirado de reojo desde el día anterior eran todavía mejores de cerca, blandos y tibios, abriéndose contra los míos sin ninguna duda.

***

Sin soltarle la melena, la guié hacia abajo. Carolina se dejó llevar como si lo hubiera planeado desde el principio, y quizás lo había planeado. Se arrodilló frente a mí, sobre el piso frío de la habitación, y empezó a recorrerme con la lengua de arriba abajo, sin prisa, alternando entre la punta y los testículos.

Tuve que apoyar una mano contra la pared. La otra seguía enredada en su pelo. Cada vez que me los metía en la boca se me escapaba el aire, y tenía que apretar los dientes para no hacer ruido. Porque ese era el problema: estaba trabajando, en mi turno, con una puerta que era lo único que me separaba de un pasillo lleno de gente. Si alguien entraba, si alguien aunque sea golpeaba, se me terminaba la carrera ahí mismo.

Esto es una locura. Tengo que parar.

No paré.

La tomé de nuevo del pelo y marqué yo el ritmo. Ella aguantó, sin apartarse, con los ojos llenos de agua y la respiración entrecortada. Duré mucho menos de lo que me hubiera gustado: la mezcla del riesgo, del silencio forzado y de la imagen de ella arrodillada me llevó al límite en cuestión de minutos. Le avisé en voz baja que no aguantaba más y terminé sin salir de su boca.

Me aparté despacio, todavía con el corazón golpeándome en las costillas. Carolina se levantó, se metió un segundo al baño y volvió pasándose el dorso de la mano por los labios, tranquila, como si nada de lo que acababa de pasar tuviera la menor importancia.

***

Me acomodé la ropa lo más rápido que pude y me dispuse a salir, con la cabeza dándome vueltas y una mezcla de culpa y euforia que no sabía cómo manejar. Pero antes de llegar a la puerta, ella me frenó con una mano en el brazo.

—Esperá —me dijo—. Vas a tener que hacer algo con esto.

Me señaló los pechos. Con todo el movimiento, el vendaje y los apósitos se le habían corrido y estaban húmedos. Me miró con una media sonrisa.

—Te toca trabajar y cambiarme las curaciones. No todo va a ser disfrutar, ¿no?

Me reí por lo bajo, más por los nervios que por otra cosa. Fui hasta el carro de curaciones, busqué gasas estériles, apósitos limpios, suero fisiológico y guantes, y volví a entrar cerrando otra vez la puerta. Esta vez me lavé las manos en serio, me puse los guantes y me concentré en lo que tenía que hacer.

Le retiré con cuidado los apósitos viejos, limpié la zona de las incisiones y observé que, más allá de la inflamación, no había signos de infección ni sangrado. Le fui colocando los nuevos uno por uno, presionando apenas los bordes para que quedaran bien fijados. Ella me miraba todo el tiempo con cara de divertirse, sin decir nada, siguiendo cada movimiento de mis manos.

—Sos mucho más cuidadoso que el médico —comentó.

—Es lo mínimo —le dije, sin levantar la vista.

Le expliqué qué tenía que vigilar en casa, cada cuánto debía tomar la medicación, los signos de alarma por los que tenía que volver a consultar. Todo correcto, todo profesional, como si las manos que ahora le acomodaban los apósitos no fueran las mismas de hacía cinco minutos.

—Gracias por la atención —me dijo cuando terminé, conteniendo la risa.

—Es mi trabajo —le contesté, y salí al pasillo tratando de poner cara de que no había pasado nada.

***

Carolina se fue de alta al día siguiente. Firmó los papeles, me saludó con un apretón de manos perfectamente normal delante de la administrativa y se subió a un taxi. Nunca volvimos a hablar.

De vez en cuando pienso en el cirujano que le dejó ese trabajo a medias, y en que, sin saberlo, fue el que provocó todo. Si él hubiera hecho bien su parte, ella nunca habría salido al pasillo a buscarme con una excusa, y yo seguiría siendo el enfermero aburrido del turno de la mañana.

No estoy orgulloso de lo que hice. Sé que estuvo mal, que crucé una línea que no se cruza, que podría haber perdido el trabajo y mucho más. Pero cada vez que paso por la habitación 214 y la veo vacía, esperando al próximo paciente, no puedo evitar acordarme de esa mañana en que una consulta sobre una cicatriz terminó siendo lo último que esperaba.

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Comentarios (4)

Tomas77

Buenisimo, se siente muy real. Eso es lo que me gusta de los de confesiones, que te hacen creer que paso de verdad.

RominaB_ok

jajaja que suerte!!! seguii escribiendo

ElGatoNegro22

Lei de un tiron, no podía parar. El final me sorprendio, no me lo esperaba asi.

Lucas_BA

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber como siguio todo

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