El masaje que mi vecina me pidió a la hora de la siesta
Llevo casi nueve años como conserje del mismo edificio, y si algo aprendí en este oficio es que la gente termina confiándote cosas que no le contaría ni a su médico. Te ven todas las mañanas, te saludan en bata, te piden que les cambies una bombilla o que les recibas un paquete, y poco a poco bajan la guardia. Esta es una confesión que nunca le conté a nadie, porque la mujer de la que voy a hablar todavía vive tres plantas por encima de la conserjería.
Se llamaba Dora. Tendría unos cincuenta años, viuda hacía poco más de un año, aunque seguía llevando el anillo por costumbre. Vivía en el cuarto con su marido enfermo, un hombre que dormía casi todo el día y que apenas salía al rellano. Ella, en cambio, bajaba siempre con alguna excusa: que si una llave atascada, que si el ascensor hacía un ruido raro, que si me sobraba un poco de café del termo.
Un jueves de esos en que el edificio queda en silencio, bajó con un frasco en la mano y una sonrisa que ya conocía.
—Buenos días, Andrés —me dijo, apoyándose en el mostrador—. ¿Tú sabías que de joven yo daba masajes?
—No tenía ni idea, Dora.
—De recuperación y de relax. Lo dejé cuando me casé, pero todavía tengo las manos. —Levantó el frasco a la altura de mis ojos—. Me ha llegado un aceite nuevo y necesito a alguien que me haga de conejillo de indias. ¿Te animas? Esta tarde mi marido duerme la siesta, no nos molestará nadie.
Me quedé un segundo mirándola sin saber qué contestar. No sé qué me daba a mí que aquello no iba solo de un aceite.
—No quiero abusar de su tiempo —dije, por decir algo.
—No es abuso, hombre. Verás cómo te dejo nuevo. Además, así practico. Sube a las cuatro, cuando él esté dormido. —Y antes de irse, ya en el ascensor, añadió riéndose—: No comas mucho, no vaya a darte una indigestión.
***
Pasé toda la mañana dándole vueltas. La verdad es que Dora me sorprendía. Vestida no se le notaba, siempre con esos jerséis anchos, pero aquel día llevaba una blusa más ceñida y se le adivinaba un pecho enorme, de los que no había tenido nunca entre las manos. Recibí el correo, ordené la paquetería, repartí un par de avisos en los buzones y miré el reloj cada diez minutos como un crío esperando el recreo.
A las cuatro menos cinco cerré la conserjería con el cartel de «vuelvo enseguida», me cambié la camisa por una más limpia y subí. Toqué el timbre dos veces, suave, como si llamar fuerte fuera a delatarnos.
—Hola, Andrés —susurró al abrir—. Pasa, pasa. Él está durmiendo, así que iremos en voz baja.
Había montado una camilla plegable en el cuarto del fondo, lejos del dormitorio. Olía a sándalo y a algo dulce que no supe identificar. Cerró la puerta con cuidado y se frotó las manos.
—Desnúdate y túmbate boca abajo —dijo, sin mirarme—. Voy a por los aceites.
Se marchó justo en el momento en que empecé a quitarme la ropa, como si necesitara darme intimidad o dársela a sí misma. Me quedé en cueros y la esperé tumbado, con la cara metida en el hueco de la camilla. Cuando volvió, oí su respiración antes que sus pasos. Respiraba como respira alguien que está nervioso y no quiere que se le note.
Las primeras gotas de aceite cayeron tibias en mi espalda. Y entonces aparecieron sus manos.
Eran, de verdad, una gloria. Bajó desde la nuca apretando con los pulgares a cada lado de la columna, abrió los omóplatos, recorrió la zona baja de la espalda con la palma entera. Siguió por los muslos, las pantorrillas, hasta los dedos de los pies, uno por uno. Yo no había sentido nada parecido en mi vida. Hubiera querido que aquello durara para siempre. Pero a los pocos minutos su voz cambió de tono.
—Date la vuelta, que te trabajo la parte de delante.
Ahí estaba el problema. Mi cuerpo llevaba un buen rato decidiendo por su cuenta, y cuando me giré ya no había forma de disimular. Me puse colorado hasta las orejas.
—Hay que ver, Andrés —dijo ella, sin apartar la vista—. Vaya cuerpo que te gastas. Uno no diría que estás todo el día sentado en una garita.
—Uno intenta cuidarse —contesté, con la voz más ronca de lo que pretendía.
Empezó por los hombros, bajó por el pecho, por el vientre, y dejó la mano quieta justo donde no había vuelta atrás. No dijo nada. Yo tampoco. Simplemente cerró los dedos y empezó a acariciarme despacio, mirándome a los ojos como si me retara a detenerla. No la detuve.
—Tu marido… —empecé.
—No se entera de nada, lleva meses sin enterarse de nada —me cortó en voz baja—. Hace mucho que no me toca nadie, Andrés. Mucho.
No hizo falta que dijera más. Levanté la mano y le acaricié el muslo por debajo de la falda, y ella suspiró como si llevara años aguantando ese suspiro. Le desabroché la blusa botón a botón, sin prisa, atento al menor ruido que pudiera venir del pasillo. Cuando le solté el sujetador, aquel pecho que tanto había imaginado cayó cálido contra mis manos. Era todavía más de lo que prometía la blusa.
—Dios mío —murmuró ella—, hacía tanto que no me sentía así.
Se inclinó sobre la camilla y me tomó en su boca. Lo hacía con un cuidado y unas ganas que no se aprenden, que solo salen cuando alguien lleva demasiado tiempo a dieta. Yo le sostenía la nuca, le apartaba el pelo de la cara, y todo el rato pendiente de no hacer ruido, los dos en silencio, comunicándonos solo con las manos y la respiración.
***
La hice subir a la camilla y le bajé la ropa interior. Recorrí con los dedos su entrepierna, que ya estaba caliente y entregada, y la besé entre las piernas hasta que se mordió el dorso de la mano para no gritar. Tembló entera, se agarró al borde de la camilla, y cuando se calmó me buscó con los ojos vidriosos.
—Ven —dijo—. Ven ya, por favor.
Le abrí las piernas y entré despacio, conteniéndome, vigilando su cara por si le hacía daño. No le hice daño. Me clavó las uñas en la espalda y me pidió en un susurro que no parara. Estuvimos así un buen rato, cambiando de postura sin separarnos, ella ahogando los gemidos contra mi hombro, yo tapándole la boca con un beso cada vez que se le escapaba el sonido.
La giré y la tomé desde atrás, sujetándola por las caderas, amasándole los pechos con las dos manos. Volvió a estremecerse, esta vez más fuerte, y tuvo que apretar la cara contra la toalla de la camilla para no despertar a media casa. Yo aguanté como pude, porque no quería que aquello acabara, porque sabía que algo así no se repite todos los días.
Al final la senté en el borde, de rodillas frente a mí, y terminé entre sus manos y su pecho. Ella no apartó la cara. Me miraba con una mezcla de asombro y gratitud que no le había visto a nadie. Se quedó un momento en silencio, recuperando el aliento, y después se rio bajito.
—Madre mía —dijo—. Esto no entraba en el plan del aceite.
—El aceite es muy bueno —contesté yo, y los dos nos reímos como dos críos que acaban de hacer una travesura.
Se levantó, se recogió el pelo, se puso la bata por encima y abrió un poco la puerta para escuchar. Del dormitorio llegaba el ronquido tranquilo de su marido. No se había enterado de nada.
—Tienes que irte ya —me dijo, mientras yo me vestía a toda prisa—. Pero, Andrés… —Me agarró del brazo y bajó la voz hasta casi no oírse—. Esto entre tú y yo. Discreción, ¿eh? Discreción total.
—Usted sabe que soy una tumba —le dije—. Aquí no ha pasado nada.
—Gracias. Gracias por todo. —Y me dio un beso corto en la comisura de los labios, ya con la mano en el pomo de la puerta.
—Gracias a usted por el masaje —contesté, y bajé las escaleras de dos en dos antes de que el ascensor pudiera dejarme en evidencia.
***
Volví a la conserjería, quité el cartel de «vuelvo enseguida» y me senté como si no hubiera pasado nada, aunque el corazón todavía me iba a mil. A los pocos minutos entró una vecina del segundo a recoger una carta certificada y me saludó con toda normalidad, sin sospechar que yo seguía oliendo a sándalo de la cabeza a los pies.
Dora siguió bajando a la conserjería con sus excusas, y de vez en cuando, cuando el edificio quedaba en silencio y su marido dormía la siesta, volvía a llamarme para «probar un aceite nuevo». Nunca volvimos a llamarlo de otra manera. Para los dos era un código, una palabra que solo nosotros entendíamos.
Han pasado los años. Su marido murió hace tiempo y ella sigue viviendo en el cuarto, ahora más sola, más callada. Todavía nos saludamos cada mañana con la naturalidad de siempre, como si entre nosotros nunca hubiera ocurrido nada. Pero a veces, cuando me deja un café en el mostrador y nuestras manos se rozan un segundo de más, sé que los dos estamos pensando en aquella siesta de jueves, en el frasco tibio y en el secreto que todavía guardamos. Y eso, después de tanto tiempo, sigue siendo lo más excitante de todo.