El cornudo que soñaba con su propia traición
¿Saben cuál es el género musical de los cornudos? Yo me lo preguntaba cada noche, mientras imaginaba a mi mujer entregándose a un hombre sin rostro.
¿Saben cuál es el género musical de los cornudos? Yo me lo preguntaba cada noche, mientras imaginaba a mi mujer entregándose a un hombre sin rostro.
Me dejó sus bragas sobre la mesilla como cada noche. Pero esta vez entré en su cuarto sin avisar y encontré algo que lo cambió todo entre nosotros.
Había organizado todo como el regalo perfecto: el hotel, el otro hombre, la noche soñada. Lo que no imaginó fue que ella ni siquiera lo miraría hasta pedirle que se fuera.
La teniente apuntó su fusil al ser grisáceo. Un segundo después estaba desnuda ante sus dos compañeros, y eso era apenas el principio de la noche más larga de su vida.
Estaba solo en su departamento cuando vi sus sandalias junto al sofá. Sabía que no debía tocarlas, pero esa noche descubrí de qué era capaz por un capricho que jamás confesé.
No eran mías y eso era justo lo que las hacía irresistibles. Las levanté del suelo del lavadero sabiendo que esa noche haría con ellas todo lo que llevaba meses imaginando.
Pensé que solo iría a mirar cómo se rodaba la película más sucia de Europa. No me avisaron de las dos butacas, ni de la mujer que ocupaba la de al lado.
Le pedí que se calzara mis tacones para sacarle una cabeza de altura, y en su cara entendí que esa noche él no mandaba nada.
A las diez en punto entro en la sala de juntas y, mientras el jefe habla de cifras, mi cabeza se va a un sitio donde ella y yo no respetamos ninguna regla.
Llevábamos casi veinte años juntos y conocía cada rincón de su cuerpo. Cuando la enfermedad se la llevó, creí que ese deseo moriría con ella. Me equivoqué.
A los 33 años, independiente y sola en todas mis decisiones, me atrevo a escribir lo único que nunca supe pedir en voz alta: un dueño que me lleve al borde y me sostenga ahí.
No soy tonta: estudio arquitectura y me va bien. Pero esa noche salí dispuesta a que un grupo de extraños creyera que era una muñeca sin cerebro.
Llevaba años tocándome con la misma fantasía, y aquella tarde de festival, perdida y empapada de sudor, supe que tenía delante la única ocasión de cumplirla.
Esa noche dejé a mis hijos dormidos, me vestí como una secretaria y bajé al estacionamiento temblando. Iba a pararme en una esquina a esperar clientes.
Casi nunca uso bragas, y esa tarde supe por qué: lo que me esperaba en el baño no admitía demoras ni testigos. Solo yo, mis manos y todo el tiempo del mundo.
Sabía que no debía tocarlo, que era algo íntimo y suyo. Pero el vapor, el silencio de la casa vacía y mi propia curiosidad me empujaron a probarlo.
Cerré la puerta con llave, apagué la luz grande y dejé solo la lámpara. Frente al espejo, me dije que esa noche no estaría sola: alguien me miraría desde el otro lado del cristal.
Pensé que vender unas fotos sería inofensivo. Pero esa noche, con el teléfono en una mano, descubrí cuánto deseaba a alguien que solo era mi amigo.
Son las once, vuelvo a estar sola y tu último mensaje sigue brillando en la pantalla. Apago la luz, y entonces mi mente —y mis manos— deciden por mí.
No había nadie en casa, solo yo, el espejo y dos juguetes esperando en la mesita de noche. Esa noche decidí no detenerme hasta quedar sin aliento.