Madame Velvet me convirtió en su muñeca
La puerta se cerró a mis espaldas con un clic definitivo, y entendí demasiado tarde que el paquete que traía era yo mismo, listo para ser desempacado.
La puerta se cerró a mis espaldas con un clic definitivo, y entendí demasiado tarde que el paquete que traía era yo mismo, listo para ser desempacado.
La llave de su jaula cuelga del cuello de otra mujer, y cada día que pasa sin liberación su poder crece. Esa noche, el barrio entero iba a sentirlo.
Llevaba un mes y medio enjaulada por orden de Bruna. Esa mañana, cuando la llave giró por fin, ni el barrio entero pudo contener lo que se desató.
Tres gotas al día durante tres días. Eso me dijo la mujer del local sin nombre. Lo que no me advirtió fue lo que pasaría si alguien se equivocaba con el frasco.
Dejó los baúles sobre la cama y me ordenó probarme cada prenda. Esa noche entendí que el viaje no era un destino, sino la prueba de cuánto le pertenecía.
Llevaban semanas perdidos entre las estrellas. Esa noche, Sira dejó de mirar las pantallas y empezó a mirar a la máquina que nunca dormía.
Quería saber qué decían los chicos de ella a sus espaldas. No imaginaba que terminaría soñando que era yo la que estaba de rodillas frente a mi propio novio.
Le pedí ayuda para llegar al lavabo con ese traje imposible. Lo que hizo cuando cerró la puerta a nuestras espaldas no entraba en mi contrato.
Me había llevado al dormitorio sin dejarme soltar la bolsa de la compra. Para cuando entendí lo que tramaba, ya estaba atado a la silla y sonaba el timbre.
La primera vez que sentí a otro hombre dentro de mí, mi esposo estaba a un metro, mirándome con los ojos encendidos. Y yo no podía dejar de buscar su mirada.
Sus dedos moldeaban el barro despacio y yo, a unos metros, imaginaba que esas manos me moldeaban a mí. Nunca cruzamos una sola palabra.
Había entrado en su torre a saldar una vieja deuda. Lo que no esperaba era quedarme inmóvil tras la cortina, conteniendo el aliento, incapaz de apartar la mirada.
Arrodillada sobre sus talones, sin más adorno que el collar de su dueña, Lirea temblaba cada vez que la cámara se abría para dejar pasar a algo que ningún mortal debería desear.
Cada mañana entraba al edificio sabiendo que entre sus manos estaba el destino de cada hombre que cruzaba esa puerta. Y le encantaba.
Cada mañana me pongo los grilletes antes de salir al campo. Nadie me obliga: lo hago porque el peso de la cadena en los tobillos es lo único que me hace sentir viva.
Durante el día gobernaba con mano de hierro. Por las noches descendía a su propia mazmorra y ordenaba que la trataran como a una prisionera más.
Acepté la invitación pensando en una velada elegante entre copas y cumplidos. Nunca imaginé lo que la condesa había planeado para mí cuando se apagaran las luces.
Cuatro hombres, dos agujeros en la pared y una sola regla: yo no debía saber quién era quién. Solo sus vergas iban a delatarlos.
Empezó como un correo de admiración por mis relatos. Terminó conmigo mirando sus fotos a escondidas, deseando cruzar un océano para tocarla una sola vez.
Cuando creamos el perfil no buscábamos sexo a ciegas, sino a alguien que entendiera lo nuestro. Diego y Valeria nos escribieron una noche, y todo cambió.