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Relatos Ardientes

Mi enemiga me enseñó a disparar y a desearla

La luz del mediodía resplandecía sobre la hierba húmeda y el canto de los pájaros se mezclaba con el rumor del viento entre los árboles. Habría sido un día hermoso si yo no estuviera desnuda, atada de muñecas y tobillos, con los pechos aplastados contra la madera áspera de una mesa.

Las risas de las cazadoras me rodeaban. Eran burlas, no alegría. Los banderines amarillos del imperio de Veldoria ondeaban sobre las tiendas, y yo, prisionera del reino de Cáseren, era el mejor trofeo que habían capturado en semanas.

—Pobre niña tonta —dijo una voz por encima de mí—. Esto te enseñará a no meterte donde no te llaman.

La bofetada me giró la cara contra la madera. Cuando logré enfocar, vi a la mujer que mandaba en aquel campamento. Brunilda. Lo supe sin que nadie me lo dijera: tenía el porte de quien está acostumbrada a que le obedezcan. Sombrero de cuero, una túnica roja que combinaba con el azul frío de sus ojos, y un mosquete largo colgado del hombro como si fuera parte de su cuerpo.

Veldoria y Cáseren llevaban generaciones odiándose. Ni siquiera sus habitantes se soportaban, y Brunilda parecía disfrutar de cada segundo de mi humillación. Se acuclilló a mi lado, dejó el arma reposar sobre su hombro y me quitó la mordaza de un tirón.

—Muy bien, perra de Cáseren. No me importa tu nombre, pero te haré una oferta. ¿Ves esto? —golpeó con un dedo el cañón del mosquete—. Muchas todavía usan arco y ballesta. Nosotras nos modernizamos. Mañana habrá una prueba de tiro. Si participas y fallas, te ataremos en el centro del campamento y nos divertiremos contigo toda la noche.

No era una oferta. Era otra forma de humillarme, más elegante. Pero no esperaba mi respuesta.

—Me llamo Irene, basura —escupí—. Y aceptaría encantada con tal de borrarte esa sonrisa. Lástima que no tenga ni idea de disparar.

Brunilda se rio. Se puso de pie, caminó hasta una de las mujeres que estaba apartada del resto y la señaló. Aquella cazadora no encajaba con las demás. Mientras las otras vestían camisas pardas y sombreros de tela, ella llevaba un abrigo de cuero negro y un sombrero del mismo color, como si la primavera no la rozara. Tenía el pelo castaño, sucio del camino, y una mirada que parecía cansada de todo.

—¡Escuchen! —gritó Brunilda, subiéndose de un salto a la mesa y plantándome un pie en la cabeza—. Cinco doblones de oro para la mejor tiradora. Tres disparos cada una. Y, para mantener vivo el espíritu, nuestra invitada de Cáseren también competirá. —Hubo silencio, luego carcajadas—. Nadia, hazme el favor de darle unas clases privadas a esta cosa.

La mujer de cuero negro, Nadia, apretó los labios. No le gustaba la idea. Pero una orden de Brunilda era una orden.

***

Cuando Brunilda por fin se marchó, Nadia me tomó en brazos como si pesara menos que su mosquete y me cargó a través del campamento. Pasamos junto a mesas cargadas de jarras, hogueras donde se asaban animales enteros, cazadoras borrachas que silbaban a mi paso. No levanté la vista.

Su tienda estaba al fondo. Adentro hacía un calor amable, casi acogedor, hasta que me soltó sobre un saco de dormir y mi cuerpo rebotó contra el suelo. Quedé aturdida, todavía atada.

Nadia se arrodilló frente a mí.

—Mira, no soy idiota y tú tampoco. Estás en un problema enorme. Pero yo puedo ayudarte, si tú me ayudas a mí.

La miré largo rato sin contestar, midiendo la tienda, las salidas, sus manos.

—¿Y si me quitas esto primero? —dije al fin.

—Me parece justo. Pero no intentes ninguna estupidez o te arrepentirás.

Sacó un cuchillo y la hoja pasó tan cerca de mis muñecas que contuve el aliento. Las cuerdas cedieron. Luego las de los tobillos. En cuanto me sentí libre, me puse de pie y mi forma de agradecer fue un puñetazo directo a su cara.

—¿Crees que ayudaría a una rata de Veldoria? —gruñí.

La nariz le sangraba, pero no se inmutó. Me embistió con una facilidad humillante y, antes de que pudiera reaccionar, ya estaba debajo de ella, mis pechos sacudiéndose en el forcejeo, sus rodillas inmovilizándome las caderas.

—Tranquila —dijo, sin rabia—. No quiero lastimarte. De verdad quiero ayudarte.

—Si fuera cierto, ¿por qué me tienes así?

Puso los ojos en blanco y me soltó.

—Porque me acabas de pegar. Relájate y te daré algo de ropa.

Lo pensé. La oferta era lo único que tenía. Me alcanzó una túnica verde y unos pantalones marrones, sucios pero secos. Me vestí dándole la espalda, sintiendo todo el tiempo el peso de su mirada.

—¿Y ahora qué? —pregunté.

Nadia tomó su mosquete y lo exhibió con una especie de orgullo. Los detalles de plata brillaban contra la madera oscura.

—Ahora te enseño a disparar. Aunque sospecho que vamos a tener que hacer trampa.

***

La tarde la pasamos en el bosque y fue un desastre. Nadia me explicaba cómo verter la pólvora, asentar la bala, cebar la cazoleta, y yo me perdía antes del segundo paso. Disparé contra un árbol a diez metros y ni siquiera lo rocé.

—No puede ser. Eres horrible en esto —suspiró.

—Claro, perdona que no aprenda a disparar como una profesional en una tarde.

Me puso una mano en el hombro y me dio unas palmadas casi cariñosas.

—Déjalo. Pasaremos al plan B. Ve a descansar. Esta noche saldremos sin que nadie nos vea.

Dormí a ratos. Cuando el cielo ya estaba negro, Nadia me despertó con un golpe suave en la pierna.

—Arriba. Solo con audacia se alcanza la gracia —dijo, con una energía extraña, casi febril—. Vamos, rápido.

La seguí, todavía adormilada, hasta lo más profundo del bosque.

—¿A qué tanta prisa? Podemos perdernos.

—Eso es justo lo que tú quieres, ¿no? Perderte un rato lejos del campamento.

No era una pregunta. Llegamos a un claro despejado, iluminado solo por la luna, y allí me detuve. Nadia cargó el arma con una bala distinta a todas: dorada, brillante, como si la luz le saliera de adentro.

—Toma. Prueba con esto.

Apunté al cielo, nerviosa, y disparé. El estampido rompió el silencio y, un instante después, un águila cayó del aire envuelta en sus propias plumas.

—Qué tiro. Mañana ganamos seguro.

—¿Cómo es posible? —jadeé—. Yo no apunté a nada. ¿Cómo hiciste eso?

Nadia dejó el mosquete a un lado y se sentó en una mesa de piedra que, no sé cómo, ya estaba dispuesta en mitad del claro, servida con una jarra y dos vasos.

—Te lo diré con gusto. Pero antes tienes que hacer algo por mí. —Llenó un vaso con un líquido rojo y espeso—. Bebe.

—¿Qué es?

—Solo vino. Bebe.

Lo dijo con tanta firmeza que obedecí. Lo bebí entero, de un trago, y enseguida una tibieza se me extendió por el vientre y las piernas, un mareo dulce que me aflojó las rodillas.

—¿Qué me diste? —murmuré.

Nadia se acercó. Sus manos empezaron a recorrer mi cuerpo, a desabrochar la túnica que ella misma me había prestado.

—Solo disfruta —susurró contra mi oído—. Y dale las gracias a Vexel.

***

No la detuve. No sé si fue el vino, el cansancio o algo en su voz, pero cuando la túnica cayó al suelo yo ya tenía las manos en su abrigo, tirando de él hasta que su piel quedó contra la mía. Sus pechos se apretaron contra los míos, calientes en el aire frío de la noche, y nuestras bocas se encontraron con una urgencia que no había planeado sentir.

Caímos al suelo del claro, sobre las prendas hechas un ovillo. Nadia quedó encima, sujetándome las muñecas por encima de la cabeza con una sola mano. Esta vez no me resistí.

—Ya no estás tan rebelde —murmuró, divertida.

Su lengua bajó por mi cuello, por la clavícula, hasta mis pechos. Cerró los labios sobre un pezón y lo succionó despacio, y después clavó los dientes apenas lo justo para arrancarme un gemido que no pude tragarme. No había nadie que pudiera oírme. Estaba completamente a su merced, y descubrí que eso me gustaba.

Su muslo se deslizó entre mis piernas y empezó a frotarme, suave al principio, midiendo cada reacción mía, y luego con más insistencia conforme yo me arqueaba contra ella. Estaba empapada y ella lo sabía.

—Mírate —dijo—. Toda la mañana escupiéndome y ahora abriéndote para mí.

No respondí. No podía. Enredé mis piernas con las suyas hasta que nuestros sexos quedaron uno contra el otro, y nos movimos juntas, sudorosas bajo la luna, en un ritmo que se fue volviendo brusco y desesperado. Fui la primera en terminar. El placer me recorrió como una corriente, y la sentí estremecerse a ella justo después, mordiéndose el labio para no gritar.

Quedamos quietas, jadeando, mi pecho subiendo y bajando bajo el suyo.

—Parece que no aguantabas más, ¿eh? —dijo, apartándome el pelo de la frente—. No te preocupes. Luego me terminas de pagar.

—¿Qué me diste de verdad? Todavía me da vueltas la cabeza.

—Un afrodisíaco. Nada grave. Se te pasará.

No me gustó la respuesta, pero ya era tarde para indignarme.

***

—Es medianoche —dijo, poniéndose de pie y vistiéndose a medias—. Es la hora.

Encendió una pequeña hoguera en el centro del claro y colocó encima una sartén de plomo. La miré sin entender.

—Niña de Veldoria… digo, de Cáseren —se corrigió, sonriendo—. Es sabido que a esta hora la magia fluye libre. ¿Querías saber cómo acertaste el tiro? Fue una bala encantada. Y ahora voy a hacer más.

Me senté junto al fuego, muda. Nadia estiró los brazos hacia la luna y cerró los ojos como quien empieza un rezo.

—Antes de que la noche se vuelva gris… Vexel. ¡Vexel! Aparece, por el cráneo del viejo hechicero.

El fuego rugió. El rojo se volvió un verde profundo, tan intenso que iluminó los árboles a nuestro alrededor. Dejó caer siete balas en la sartén.

—Vexel, bendice siete veces estas balas. Guíalas, Vexel.

En segundos las llamas se dispersaron y caí de espaldas, el corazón golpeándome el pecho.

—¿Qué fue eso? ¿Qué acabo de ver?

—Eso fue que ya están listas.

Recogió las balas con un trapo. Estaban heladas, como si hubieran salido del fondo de un río en invierno. El aire se había vuelto pesado, la noche más fría.

—Hora de volver. Y ni una palabra a nadie, Irene. ¿Entendido?

Solo pude asentir.

***

Esa noche me costó dormir como ninguna otra. No por miedo, sino por todo lo que mi cuerpo todavía recordaba. Nadia lo notó. Me hizo subir a su cama estrecha y me rodeó con un brazo.

—Estás intranquila. No tienes que decir nada. Déjame ayudarte.

Esta vez fue distinto. No hubo afrodisíaco, ni forcejeo, ni burla. Sus caricias llegaron despacio, casi tímidas, y los besos vinieron solos. Su mano bajó por mi vientre hasta encontrarme, y sus dedos entraron en mí con una suavidad que no esperaba de alguien tan dura.

—Se nota que esto te encanta —susurró—. Ya estás húmeda otra vez.

No dije nada. Me limité a tocarla, a recorrer su espalda y sus caderas con la torpeza de quien hace algo así por primera vez con alguien que la mañana anterior era su enemiga. Antes nos queríamos muertas. Ahora estábamos enredadas bajo la misma manta.

—Por favor, no pares —fue lo único que conseguí decir, con la voz rota.

Su boca se fundió con la mía en un beso largo, su lengua buscando la mía, hundiéndose hasta el fondo. Cuando se apartó, un hilo de saliva nos unió un instante.

—¿Estás mejor? —preguntó, acariciándome el pelo.

Por fin logramos dormir, las dos, mi cabeza sobre su pecho.

***

El sol nos despertó con el ruido de las cazadoras armándose y riendo afuera.

—Es la hora —dijo Nadia, ya en pie, tomando el mosquete y la bolsa de balas frías—. Espero que estés lista.

Salimos juntas. En el centro del campamento, Brunilda gritaba a los cuatro vientos.

—¡Amigas, llegó el momento de la prueba de tiro! Y aquí están… ¡las estrellas del espectáculo! —Nos señaló con sorna—. ¿Por qué no nos deslumbran con un disparo, eh?

Nadia me mostró un ciervo a lo lejos, entre los árboles. Cargué el arma con las manos temblorosas. Las demás se rieron de mi torpeza. Apunté unos segundos, disparé, y el estampido lo cubrió todo. El ciervo se desplomó. Las risas se cortaron de golpe.

—Suerte de novata —dijo Brunilda, frunciendo el ceño—. Ahora a esa águila.

Recargué, temblando, sin poder fijar el cañón, y aun así el águila cayó del cielo. Antes de que Brunilda terminara de hablar, otras cuatro balas salieron disparadas, una tras otra, hacia un jabalí, un pato, una paloma, una liebre. Cada una dio en el blanco.

Brunilda me miró y supe que había entendido. Sus ojos azules se entrecerraron.

—Para ganar, dispara a ese cuervo negro.

La bala salió. Dio en el blanco, sí, pero no en el cuervo. Dio en Nadia, que estaba a mi lado. La vi tambalearse y caer.

—Balas mágicas, ¿eh? —le susurré, arrodillándome junto a ella, apretando la herida de su costado con las manos.

La séptima bala había encontrado a la única persona que de verdad me importaba en aquel campamento. Las demás cerraron el círculo, listas para lincharme, pero Nadia se levantó con un esfuerzo brutal, una mano en la herida.

—Yo lo vi —jadeó, en voz alta—. Acertó todos los tiros. Cumplió. Ganó. Páguenle y déjenla marchar.

Brunilda apretó la mandíbula. A regañadientes, me arrojó las monedas a los pies. Pero yo no las recogí. Corrí hacia Nadia y volví a presionar su costado.

—Linda, ya está. Puedes irte —murmuró ella.

—No quiero irme sin ti.

Hubo un silencio incómodo. Algunas cazadoras bajaron la vista, conmovidas a su pesar. Pero ninguna de las dos pertenecía ya a aquel lugar.

Al caer la tarde, con la herida de Nadia vendada y las cinco monedas guardadas, dejamos atrás los banderines amarillos. No volví a Cáseren. Ella no se quedó en Veldoria. Caminamos juntas hacia el horizonte, hacia un amanecer que no pertenecía a ningún imperio, solo a nosotras dos.

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