Lo que hago cuando mis padres salen de casa
La alarma sonó a las diez y no pensaba levantarme. Lo que no sabía era que ese sábado iba a descubrir cuánto puedo desearme cuando nadie me mira.
La alarma sonó a las diez y no pensaba levantarme. Lo que no sabía era que ese sábado iba a descubrir cuánto puedo desearme cuando nadie me mira.
Pensé que tenía el jacuzzi para mí sola. Con dos chicos observándome desde la sauna, mi imaginación se desbordó y mis manos siguieron el ritmo.
Ningún hombre me hizo terminar. Lo descubrí tarde, después de años de manos ajenas y orgasmos fingidos: el único cuerpo que sabía exactamente qué quería el mío era el mío propio.
Entré a ordenar su cuarto como cualquier madre. Salí sabiendo que mi propio hijo me deseaba, y que una parte de mí llevaba meses esperando justo eso.
En cuanto el ascensor se cierra, mi hermana me besa como si llevara toda la semana esperándolo. Y la verdad es que los dos lo hacíamos.
Llamé a mi psicóloga porque llevaba todo el día ardiendo. Su voz me convenció de que ningún deseo era pecado, ni siquiera el que sentía por Diego.
Tomó mi mano sobre la mesa de la cocina, me miró fijo y dijo lo que llevaba semanas pensando. Yo solo atiné a levantarme y caminar en círculos.
Conduje hacia el barranco decidido a terminar con todo. Lo que encontré en el agua helada de la laguna me devolvió las ganas de vivir, y algo que jamás imaginé.
La frase que siempre habíamos susurrado en la cama la dijo en voz baja frente a un hombre real. Y esta vez yo no pensaba dejar que se quedara en fantasía.
Apenas cerramos la puerta nos buscamos con urgencia. Entonces él me preguntó al oído si me imaginaba a las dos juntas, y todo cambió esa noche.
Pagamos por convertirnos en los machos que nos humillaban. Pero Madame Muñeca siempre cumple lo que promete... nunca de la forma que uno espera.
Nadie me había enseñado a desearme. Esa mañana, con la casa vacía y la luz entrando por la ventana, decidí enseñarme yo misma.
No había bragas, ni zapatos, ni película a medias. Solo el vestido que ella estuvo a punto de descartar y la mirada con la que él la esperaba en la penumbra.
Llevamos años juntos y todavía hay algo que no me atrevo a pedirle. Cada noche que se arrodilla frente a mí, la fantasía vuelve y me cuesta callarla.
Aquella noche bajé la guardia ante unos ojos vulnerables bajo el contenedor. No imaginé que el animal que abracé contra mi pecho llevaba dentro algo mucho más antiguo y hambriento.
Desperté con una erección que ya no recordaba, y el sueño seguía vivo: la chica menuda de la playa, su sonrisa, su piel mojada bajo el sol. Cerré los ojos y dejé que volviera a mí.
Le confesé a un extraño de internet la fantasía que nunca me atreví a contar. No imaginé que un martes cualquiera, en el vagón lleno, decidiera cumplirla.
Crucé sola un edificio en ruinas buscando refugio. No esperaba encontrar a aquel hombre junto a la hoguera, ni descubrir hasta dónde estaba dispuesta a llegar para sobrevivir.
Tardó en contármelo. Decía que le daba apuro, que era demasiado fuerte. Y cuanto más se resistía, más dura se me ponía mientras la penetraba despacio.
Cuando entendí que el regalo de mi hermana no incluía a mi marido, supe que tendría que contárselo. Lo que no supe prever fue su reacción esa noche.