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Relatos Ardientes

El desconocido que escribía sobre mí en el café

Lo veo cada tarde desde hace meses. Siempre entra solo, elige la misma mesa del rincón, junto al ventanal, y se pone a escribir antes y después de comer. Pide lo mismo de siempre, apenas levanta la vista de la carta. Pero de vez en cuando lo pillo mirándome. No es una mirada cualquiera. Es la de alguien que está midiendo algo, calculando, anotando.

Me pone nerviosa y no sé por qué. Trabajo en este café desde hace casi dos años y he aprendido a no fijarme en los clientes habituales. Sin embargo, con él no puedo. Tengo la sensación, absurda y persistente, de que cada palabra que garabatea en esa libreta tiene que ver conmigo.

Estás imaginando cosas, Marina, me digo mientras llevo platos de una mesa a otra. Solo es un tipo raro que viene a escribir.

Pero no me lo creo ni yo.

***

Y entonces llegó el día. Se marchó, como siempre, a la misma hora, dejando el dinero exacto bajo el platillo. Solo que esa tarde olvidó una cosa: una hoja doblada sobre la mesa, junto a la taza vacía.

Espero a que cruce la puerta. Espero un poco más, hasta verlo alejarse por la acera con su paso tranquilo. El café está medio vacío a esa hora. Me acerco a recoger su mesa como cualquier otra, con la bandeja en la mano, y deslizo la hoja entre los vasos sucios sin que nadie se dé cuenta.

Vuelvo a la barra. Me escondo casi sin querer en el hueco junto a la cafetera, donde nadie me ve. Despliego el papel. Y empiezo a leer.

***

«La veo cada tarde desde hace meses. A veces viene sola, otras con compañeras del trabajo. Parece simpática, despierta, de esas que se ríen con ganas. Me gusta cuando lleva ropa fina, esa que deja adivinar cómo se mueve su cuerpo debajo. Pero no consigo sacarme de la cabeza aquella tarde en que vino sin nada bajo la falda.»

Aparto la vista un instante. El corazón me da un vuelco. Esto no puede ser sobre mí. Yo nunca he venido sin ropa interior al trabajo. Nunca. Sigo leyendo, con los dedos temblando un poco.

«Llevaba una falda negra y medias grises, pero desde mi sitio alcanzaba a ver esa sombra suave y cuidada, aplastada contra la tela tensa. Lo que más me atormenta es no saber por qué vino así. Dudo que se le olvidara. ¿Vendría de revolcarse con alguien? ¿Se las quitó adrede? Y la pregunta que más me asusta responder: ¿vino así por mí?»

Cierro los ojos un segundo. ¿De qué va esto? ¿Quién se cree que es? Un enfermo. Un pervertido que se inventa historias mientras se bebe el café. Y aun así no puedo parar. Porque hubo una tarde, hace semanas, en que sí vine sin nada debajo. Llegué tarde, con las prisas, sin pensar. Falda negra. Medias grises. Estoy segura de que él lo vio.

«Sería un crimen no querer hundir la cara entre esas piernas. Si no estuviéramos donde estamos, se las separaría despacio, tan despacio como pudiera. Disfrutaría más todavía si ella opusiera un poco de resistencia. No mucha. La justa para que valiera la pena.»

No puedo creer lo que estoy leyendo. Tampoco puedo creer que el calor me esté subiendo por el cuello, que se me haya secado la boca, que de repente sea consciente de mi propia respiración.

«La miraría a los ojos desde abajo. Encontraría culpa en su cara, miedo a ese desconocido metido entre sus muslos. Pero también complicidad. Deseo. Algo que arde y que no se puede esconder.»

«Entonces sacaría mi navaja.»

Levanto la vista de golpe. ¿Una navaja? ¿Quién lleva una navaja encima? Miro hacia la puerta como si fuera a aparecer de nuevo. El estómago se me encoge. Es un loco. Es peligroso. Esto se acabó, dejo de leer ahora mismo.

Pero no dejo de leer.

«Sacaría mi navaja y su cara se llenaría de pavor. El pecho se le aceleraría. Sin embargo, su lengua repasando el labio de abajo no engaña a nadie: lo está deseando.»

«Separaría las medias de su sexo con dos dedos y cortaría con cuidado. Un tajo limpio, rápido. Ella jadearía y la tela se abriría en una grieta vertical, lo justo para mostrar lo más bonito del mundo: un fondo rosado con trazos oscuros que dibujan la entrada al paraíso. Un olor que me llenaría entero, que se me metería hasta el fondo de la cabeza.»

Tengo que parar. Tengo que parar de verdad.

¿Cómo puede gustarles tanto ese olor? Yo lo odio. Soy incapaz de olerme los dedos después de tocarme. Y en cambio ellos, los hombres, pierden la cabeza por eso. Por algo que a mí me da vergüenza. No lo entiendo. Nunca lo he entendido.

Pero sigo.

***

«Es imposible resistirse. He caído en un hechizo del que no quiero salir y mi boca va por fin hacia el sitio para el que fue creada. La abro, saco la lengua. Fuego en la punta. Un sabor ácido que se va extendiendo y diluyendo a la vez, mientras ella se abre a mi paso. Presiono y subo siguiendo el camino que me marca su hendidura. Está húmeda. Mis labios besan los suyos y saben a gloria.»

«Vuelvo a abrirla con la punta de la lengua. Ya no sabe tan fuerte. Lo oscuro ha dejado paso a un rosa intenso, lleno de pliegues y recovecos que voy secando uno a uno. Ella se estremece cuando llevo la lengua hasta el fondo y mi nariz roza su clítoris. Sus jadeos suben de volumen cuando cambio la nariz por la lengua, mucho más hábil, mucho más paciente. No paro de lamer, de sorber, de beberla. Siento la cara empapada de ella.»

Me muerdo el labio. Las piernas se me han juntado solas detrás de la barra. Creo que voy a tener que ir al baño a mojarme la cara. O algo peor. Noto la ropa pegada al cuerpo, una humedad que no debería estar ahí, no aquí, no a esta hora, no leyendo esto.

«Es un manjar que no se acaba, que se derrama sobre mi rostro. Mis labios resbalan sobre ella y sus manos aprietan mi cabeza hacia dentro, pidiendo más y más. Sus caderas se balancean. Mira al techo como si buscara ayuda para correrse de una vez.»

«Las medias han ido cediendo y la muestran entera. Ese hueco mágico como ninguna otra cosa: convierte lo oscuro en rosa, lo seco en empapado, lo blando en una barra de hierro, a un hombre cualquiera en un animal sin control.»

«Mi sexo palpita pidiendo paso, pero tendrá que esperar. Quiero que se corra con mi cara entre sus piernas, sentir sus temblores, sus jadeos mientras se deshace sobre mi lengua. Me encanta el ruido que hacen sus pliegues empapados. Adoro que apriete los muslos contra mis mejillas, asegurándose de que no me voy a mover de ahí. ¿Pero cómo voy a irme? Ahora que estoy en la puerta del cielo, ahora que tengo su alma dentro de mi boca. Acelero. Saco su clítoris con los labios y lo vuelvo a guardar con la lengua. Se acerca el final. Lo noto.»

Y ahí se corta. La hoja se acaba. No hay nada más.

***

Golpeo la barra con la palma de la mano sin darme cuenta. Un par de clientes giran la cabeza. Una compañera me pregunta si estoy bien. Asiento sin mirarla, con la cara ardiendo, y meto el papel en el bolsillo del delantal.

¿Cómo me deja así? ¿A medias? Tengo el pulso en sitios donde no debería tenerlo. Estoy mojada hasta un punto que me da rabia y vergüenza a la vez. Me cuesta caminar derecho hasta el baño. Y cuando por fin me siento, sola, en ese cubículo diminuto, no sé si lo odio o si quiero que vuelva mañana.

Sé la respuesta. Por eso me da tanta rabia.

***

Al día siguiente, a la hora de siempre, en la mesa de siempre.

Lo veo entrar por el ventanal antes de que cruce la puerta. Saca su libreta. Un bolígrafo. Una hoja en blanco. Empieza a escribir, como si nada, como si ayer no hubiera dejado media historia sobre mi barra.

Me acerco con la bandeja, despacio. Dejo la taza frente a él. Me mira.

Y entonces el bolígrafo se le cae de la mano y rueda hasta el borde de la mesa. La boca se le abre tanto como los ojos. La piel de la cara se le enrojece de golpe, igual que se me enrojeció a mí ayer en el hueco de la cafetera.

Quizás la causa sea mi falda negra.

Quizás sean estas medias grises.

Quizás sea lo que no llevo hoy debajo.

No puede ser eso, pienso que está pensando. No.

Me inclino apenas, lo justo para que solo él lo vea, y separo un poco las piernas mientras dejo la cuenta sobre la mesa.

Encima de la cuenta dejo otra cosa. Una navaja pequeña, cerrada, que compré esta mañana camino del trabajo sin terminar de creerme lo que hacía.

—Te olvidaste el final —le digo en voz baja—. Hoy lo escribimos juntos.

Lo veo tragar saliva. Lo veo entender. Y por primera vez en meses soy yo la que está midiendo, calculando, anotando cada gesto suyo.

Ahora sí. Ahora ya puede ser eso.

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Comentarios (6)

NightReader_k

Que relato tan bien llevado, me dejó con el corazon acelerado de principio a fin. Bravo!!!

SilvanaMC

Por favor necesito una segunda parte, no puede quedar asi!! Me quedé con tanta curiosidad de saber como sigue todo.

ElenaOso88

Me recordó algo que me pasó hace años en una biblioteca, esa tensión de notar que alguien te mira sin poder confirmarlo. Muy bien capturado.

LunaRoja22

Increible el final. No lo vi venir para nada.

GabrielMza

Es autobiografico? Porque se siente muy real, muy vivido. Saludos desde Mendoza.

ValeriaBcn

Lo que más me gustó es como describe esos meses de tensión acumulada sin que pase nada, solo miradas de reojo. Eso es lo que hace que el relato enganche de verdad. Ojalá hubiera mas así de bien construidos en la categoría.

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